RAQUEL
Me gusta coleccionar cajitas de todo tipo, una vez me
dijeron que simbolizaban el útero materno… ¡quién sabe!
Las mañanas de domingo acostumbraba a pasear por los
mercadillos en busca de alguna que me llamase, aunque cada vez era más difícil
encontrar algo especial.
Aquella era una de esas mañanas en que parece que la vida se
viste de fiesta y nos invita a disfrutar de ella.
Había quedado a desayunar con mi amiga Raquel en una terraza
de la Plaza Mayor. Estábamos a mediados de Noviembre, pero todavía se agradecía
la sombra y el suave airecito de la sierra.
Me gustaba la compañía de Raquel porque con ella nos
sumergíamos en el alma y nos ayudábamos a crecer. Nuestra amistad había
sobrevivido a muchas tempestades que la habían hecho más fuerte. Conocíamos
nuestra luz y nuestra sombra, incluso nuestras peores traiciones.
Nos habíamos encontrado en el Instituto, cuando estudiábamos
bachillerato. Ella siempre había estado más centrada que yo. Siempre tenía
claro lo que quería o debía hacer.
Justamente, aquellos días, andaba yo dándole vueltas a una
oferta de trabajo que me llenaba de contradicciones.
Me habían ofrecido un puesto de selección de personal y
asesoría de recursos humanos en una gran empresa. Un puesto muy bien pagado,
con un horario flexible… en fin…, un lujo.
Pero, era un “regalo envenenado”: tenía que poner mi
conocimiento al servicio de la empresa, sin duda, en muchas ocasiones, pasando
por encima de los derechos y el equilibrio emocional de las personas.
Estuvimos hablando, largo y tendido, sobre nuestras
necesidades, nuestros intereses, nuestros valores, intentando ver prioridades…
En cualquier caso la decisión era mía.
Cerramos el tema y nos lanzamos al callejeo por ese mundo
insólito de objetos abandonados, que un día fueron deseos, ilusiones, regalos,
muestras de amor o de amistad… y que por una u otra razón han perdido su valor
o su sentido. Objetos tan apagados, deslucidos, quebrados, que hay que buscar
en su alma para encontrar su belleza.
Raquel se detuvo en uno de los puestos y cogió una cajita
redonda de madera rojiza con incrustaciones de marfil y maderas de diferentes
colores. La dueña del puesto nos dijo que era muy antigua y procedía de una
casa-palacio de la nobleza de Granada.
Raquel estuvo abriendo y cerrando la caja, escuchando su
sonido, olfateando su interior, me miró a los ojos y me dijo:
-Esta caja me ha saltado a las manos y me ha transmitido una
energía extraña, mezcla de fuerza y sosiego y quiero que sea para ti.
-¡Gracias Raquel! Es perfecta. Le daré un lugar preferente
en la casa, donde siempre me acompañe.
Nos abrazamos y seguimos curioseando cogidas del brazo calle
Curtidores arriba hacia Carlos Arniches a buscar libros curiosos, otro de
nuestros vicios compartidos.
Íbamos ya camino del metro cuando Raquel se paró, me cogió
las manos, y me dijo:
-Tengo una noticia que darte…No te asustes, pero no puedo
seguir ocultándotelo, en la revisión me
han encontrado unos quistes en un ovario y parece que no tienen muy buen
aspecto.
-¿Cómo? ¿Quieres decir…?
-Sí, eso quiero decir.
Sentí que me rompía por dentro, quise abrazarla, pero
enseguida me apartó…
-Lo siento, pero no puedo hablar del tema, por eso he
esperado al último momento. Lo que tenga que ser será. Solo puedo decirte que
estoy dispuesta a luchar con todas mis fuerzas, pero, ahora, por favor deja que
me vaya.
Se fue y yo me quedé sin aliento, abrazada a mi cajita.
Como un autómata cogí el metro y vi pasar las estaciones con
la mirada perdida.
Al llegar a casa, puse
la caja en mi rincón de trabajo y, por fin, sobre ella pude volcar el llanto, el desconcierto y la rabia.
Unos días más tarde tuve que contestar a la oferta de
trabajo. Había decidido que si Raquel podía enfrentarse al monstruo yo también
podría aprender a moverme entre dos aguas y salvar mi dignidad. Este era “un
trabajo de verdad” y ¡Necesitaba tanto
algo seguro dónde apoyarme!
Empecé en la nueva empresa. Al principio todo perfecto,
organizar dinámicas de grupo, formar equipos, dar formación en liderazgo a los
mandos intermedios…
Una semana después me llamó Raquel, se habían confirmado los
peores presagios: era maligno y había metástasis. La iban a ingresar para un
tratamiento experimental.
Aunque el trabajo cada día me demandaba más, estuve a su
lado cada día, en cuanto tenía un hueco, intentando mantener la alegría y las
ganas de vivir.
Cuando llegaba a casa ponía mis manos sobre su cajita
tratando de transmitirle fuerza para luchar. No soy yo de rezar, pero eso era
lo más parecido que sabía hacer.
Una madrugada, mientras preparaba la formación del día
siguiente, de pronto, noté que la caja vibraba, incluso parecía que se había
desplazado un poco sobre la mesa.
-¡Uf! Tendré que descansar porque ya alucino.
Pero, en ese momento, se elevó hasta situarse frente a mis
ojos y vi cómo se iluminaba su interior.
Creí que estaba soñando y me restregué los ojos, pero allí
seguía.
Enseguida supe qué había pasado.
-¡Raquel!
Volé hasta el hospital solo para confirmar su muerte.
Me sentí perdida en el desconcierto, huérfana de amistad,
tratando de asimilar esa inexplicable ausencia, tratando de comprender lo
incomprensible.
Cada noche, me sentaba frente a su cajita, la cogía entre
mis manos y le contaba tantas cosas que nos quedaron por hablar. Algunas veces
volvía a vibrar y se elevaba hasta apoyarse en mi hombro o se situaba sobre mi
Ipad o daba algunas vueltas por la habitación, como respondiendo con su baile a
mis dudas. El caso es que podía adivinar sus palabras
Nunca comenté aquello con nadie. ¡Cómo explicarlo!
Y, como suele ocurrir, aunque no lo creamos, todo termina
por convertirse en una costumbre, y, como tal, lo incorporé a mi vida.
Para no hacerme muchas preguntas me había volcado en el
trabajo, pero cada día aquello se iba volviendo más complejo. Con demasiada
frecuencia se me demandaban funciones que no me correspondían. Cada vez se me
hacía más difícil sostener un equilibrio.
Esos días, cuando llegaba a casa, la caja despegaba y giraba
con furia dándose golpes en las paredes.
Hasta que llegó lo que más temía: La empresa decidió cambiar
sus objetivos de producción y sus métodos de trabajo, había que hacer una
reestructuración: En resumen, despedir casi a la mitad de la plantilla. La
empresa confiaba en mí para hacer una selección del personal que podía quedarse
por su capacidad de adaptación a los cambios.
Durante varias semanas estuve sumergida en el caos. Me dije
que alguien tenía que hacer el trabajo sucio, que si no lo hacía yo, lo haría
otro y podía ser peor. Traté de contemporizar con unos y con otros, de buscar
alternativas, pero la empresa me devolvía una y otra vez al mismo punto.
Busqué a Raquel. ¡Cómo sentía su ausencia en esos momentos!
Pero su caja estaba como clavada a la mesa, vibraba, por debajo de la tapa se
veía su luz interior, pero no lograba siquiera cogerla en mis manos.
Estaba claro, la respuesta estaba en mí, tenía que tomar una
decisión, en una situación así no se puede ser neutral, no hay escapatoria.
Por respeto a mi misma yo no podía asumir aquella “tarea”.
Así que presenté mi dimisión irrevocable.
Me sentí libre por fin. Libre y en armonía conmigo misma.
Libre y con fuerza para enfrentar el futuro.
Llegué a casa, abrí todas las ventanas, busqué mi música
favorita y me puse a bailar como si no hubiera un mañana.
De pronto sentí que alguien me acompañaba: estaba bailando
conmigo.
Caí derrotada en el sofá justo a tiempo de ver cómo volvía a
su sitio.
Su luz interior se hizo más brillante, hizo saltar la tapa y
me envolvió como en un abrazo. Un abrazo que hubiera deseado eterno.
Pero, poco a poco, se separó de mí y pude ver cómo, a través
de la ventana, se iba diluyendo en el
azul de la noche.
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