miércoles, 18 de octubre de 2017

RAQUEL

RAQUEL
Me gusta coleccionar cajitas de todo tipo, una vez me dijeron que simbolizaban el útero materno… ¡quién sabe!
Las mañanas de domingo acostumbraba a pasear por los mercadillos en busca de alguna que me llamase, aunque cada vez era más difícil encontrar algo especial.
Aquella era una de esas mañanas en que parece que la vida se viste de fiesta y nos invita a disfrutar de ella.
Había quedado a desayunar con mi amiga Raquel en una terraza de la Plaza Mayor. Estábamos a mediados de Noviembre, pero todavía se agradecía la sombra y el suave airecito de la sierra.
Me gustaba la compañía de Raquel porque con ella nos sumergíamos en el alma y nos ayudábamos a crecer. Nuestra amistad había sobrevivido a muchas tempestades que la habían hecho más fuerte. Conocíamos nuestra luz y nuestra sombra, incluso nuestras peores traiciones.
Nos habíamos encontrado en el Instituto, cuando estudiábamos bachillerato. Ella siempre había estado más centrada que yo. Siempre tenía claro lo que quería o debía hacer.
Justamente, aquellos días, andaba yo dándole vueltas a una oferta de trabajo que me llenaba de contradicciones.
Me habían ofrecido un puesto de selección de personal y asesoría de recursos humanos en una gran empresa. Un puesto muy bien pagado, con un horario flexible… en fin…, un lujo.
Pero, era un “regalo envenenado”: tenía que poner mi conocimiento al servicio de la empresa, sin duda, en muchas ocasiones, pasando por encima de los derechos y el equilibrio emocional de las personas.
Estuvimos hablando, largo y tendido, sobre nuestras necesidades, nuestros intereses, nuestros valores, intentando ver prioridades… En cualquier caso la decisión era mía.
Cerramos el tema y nos lanzamos al callejeo por ese mundo insólito de objetos abandonados, que un día fueron deseos, ilusiones, regalos, muestras de amor o de amistad… y que por una u otra razón han perdido su valor o su sentido. Objetos tan apagados, deslucidos, quebrados, que hay que buscar en su alma para encontrar su belleza.
Raquel se detuvo en uno de los puestos y cogió una cajita redonda de madera rojiza con incrustaciones de marfil y maderas de diferentes colores. La dueña del puesto nos dijo que era muy antigua y procedía de una casa-palacio de la nobleza de Granada.
Raquel estuvo abriendo y cerrando la caja, escuchando su sonido, olfateando su interior, me miró a los ojos y me dijo:
-Esta caja me ha saltado a las manos y me ha transmitido una energía extraña, mezcla de fuerza y sosiego y quiero que sea para ti.
-¡Gracias Raquel! Es perfecta. Le daré un lugar preferente en la casa, donde siempre me acompañe.
Nos abrazamos y seguimos curioseando cogidas del brazo calle Curtidores arriba hacia Carlos Arniches a buscar libros curiosos, otro de nuestros vicios compartidos.
Íbamos ya camino del metro cuando Raquel se paró, me cogió las manos, y me dijo:
-Tengo una noticia que darte…No te asustes, pero no puedo seguir ocultándotelo, en la revisión  me han encontrado unos quistes en un ovario y parece que no tienen muy buen aspecto.
-¿Cómo? ¿Quieres decir…?
-Sí, eso quiero decir.
Sentí que me rompía por dentro, quise abrazarla, pero enseguida me apartó…
-Lo siento, pero no puedo hablar del tema, por eso he esperado al último momento. Lo que tenga que ser será. Solo puedo decirte que estoy dispuesta a luchar con todas mis fuerzas, pero, ahora, por favor deja que me vaya.
Se fue y yo me quedé sin aliento, abrazada a mi cajita.
Como un autómata cogí el metro y vi pasar las estaciones con la mirada perdida.
Al  llegar a casa, puse la caja en mi rincón de trabajo y, por fin, sobre ella pude volcar  el llanto, el desconcierto  y la rabia.
Unos días más tarde tuve que contestar a la oferta de trabajo. Había decidido que si Raquel podía enfrentarse al monstruo yo también podría aprender a moverme entre dos aguas y salvar mi dignidad. Este era “un trabajo de verdad” y  ¡Necesitaba tanto algo seguro dónde apoyarme!
Empecé en la nueva empresa. Al principio todo perfecto, organizar dinámicas de grupo, formar equipos, dar formación en liderazgo a los mandos intermedios…
Una semana después me llamó Raquel, se habían confirmado los peores presagios: era maligno y había metástasis. La iban a ingresar para un tratamiento experimental.
Aunque el trabajo cada día me demandaba más, estuve a su lado cada día, en cuanto tenía un hueco, intentando mantener la alegría y las ganas de vivir.
Cuando llegaba a casa ponía mis manos sobre su cajita tratando de transmitirle fuerza para luchar. No soy yo de rezar, pero eso era lo más parecido que sabía hacer.
Una madrugada, mientras preparaba la formación del día siguiente, de pronto, noté que la caja vibraba, incluso parecía que se había desplazado un poco sobre la mesa.
-¡Uf! Tendré que descansar porque ya alucino.
Pero, en ese momento, se elevó hasta situarse frente a mis ojos y vi cómo se iluminaba su interior.
Creí que estaba soñando y me restregué los ojos, pero allí seguía.
Enseguida supe qué había pasado.
-¡Raquel!
Volé hasta el hospital solo para confirmar su muerte.
Me sentí perdida en el desconcierto, huérfana de amistad, tratando de asimilar esa inexplicable ausencia, tratando de comprender lo incomprensible.
Cada noche, me sentaba frente a su cajita, la cogía entre mis manos y le contaba tantas cosas que nos quedaron por hablar. Algunas veces volvía a vibrar y se elevaba hasta apoyarse en mi hombro o se situaba sobre mi Ipad o daba algunas vueltas por la habitación, como respondiendo con su baile a mis dudas. El caso es que podía adivinar sus palabras
Nunca comenté aquello con nadie. ¡Cómo explicarlo!
Y, como suele ocurrir, aunque no lo creamos, todo termina por convertirse en una costumbre, y, como tal, lo incorporé a mi vida.
Para no hacerme muchas preguntas me había volcado en el trabajo, pero cada día aquello se iba volviendo más complejo. Con demasiada frecuencia se me demandaban funciones que no me correspondían. Cada vez se me hacía más difícil sostener un equilibrio.
Esos días, cuando llegaba a casa, la caja despegaba y giraba con furia dándose golpes en las paredes.
Hasta que llegó lo que más temía: La empresa decidió cambiar sus objetivos de producción y sus métodos de trabajo, había que hacer una reestructuración: En resumen, despedir casi a la mitad de la plantilla. La empresa confiaba en mí para hacer una selección del personal que podía quedarse por su capacidad de adaptación a los cambios.
Durante varias semanas estuve sumergida en el caos. Me dije que alguien tenía que hacer el trabajo sucio, que si no lo hacía yo, lo haría otro y podía ser peor. Traté de contemporizar con unos y con otros, de buscar alternativas, pero la empresa me devolvía una y otra vez al mismo punto.
Busqué a Raquel. ¡Cómo sentía su ausencia en esos momentos! Pero su caja estaba como clavada a la mesa, vibraba, por debajo de la tapa se veía su luz interior, pero no lograba siquiera cogerla en mis manos.
Estaba claro, la respuesta estaba en mí, tenía que tomar una decisión, en una situación así no se puede ser neutral, no hay escapatoria.
Por respeto a mi misma yo no podía asumir aquella “tarea”. Así que presenté mi dimisión irrevocable.
Me sentí libre por fin. Libre y en armonía conmigo misma. Libre y con fuerza para enfrentar el futuro.
Llegué a casa, abrí todas las ventanas, busqué mi música favorita y me puse a bailar como si no hubiera un mañana.
De pronto sentí que alguien me acompañaba: estaba bailando conmigo.
Caí derrotada en el sofá justo a tiempo de ver cómo volvía a su sitio.
Su luz interior se hizo más brillante, hizo saltar la tapa y me envolvió como en un abrazo. Un abrazo que hubiera deseado eterno.
Pero, poco a poco, se separó de mí y pude ver cómo, a través de la ventana,  se iba diluyendo en el azul de la noche.



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