Y DETUVIERON LA VIDA
Ni espero ni pido que
alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir.
Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia.
Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y
quisiera aliviar hoy mi alma.
Me llamo Jacinto Cebreiros
Rua y soy, hasta que mañana, 27 de Octubre de 1936, terminen con mis días, el maestro
de Ribas de Sil.
Hasta que llegué a estudiar
a Madrid mi vida nada había tenido de extraordinario. Nací en Lugo en el año
1910, mi padre era médico en la misma ciudad y mi madre maestra, aunque no
ejercía, más allá de ocuparse de enseñar las primeras letras a algunos vecinos
del barrio. Sin duda ésta fue la causa de mi vocación. Nunca olvidaré el brillo
en la mirada de aquellas personas cuando
lograban descifrar los primeros textos.
Mi infancia transcurrió, como todas, con sus luces y sus
sombras. Fui el mediano de tres hermanos, ni el mayor, ni el pequeño, ni el más
guapo, ni el más listo. Siempre he sido tímido y callado, observando el mundo
desde la sombra. A pesar de que las aspiraciones de mi familia eran que sus
hijos fueran médicos o notarios, yo tuve siempre claro que sería maestro.
Soñaba con llevar la palabra y dar voz a
los que más difícil acceso tenían. Puesto que ese era mi empeño, mis padres
cedieron y consideraron que debía recibir la mejor formación. Me trasladé a
Madrid a casa de unos familiares y empecé mis estudios en la Escuela de
Estudios Superiores del Magisterio.
Madrid me abrió los ojos a
otros mundos. Un compañero de la Escuela me llevó a algunos conciertos y conferencias
en la Residencia de Estudiantes y me sumergí en un bullir de cultura de altos
vuelos. Descubrí otra forma de entender la educación y sobre todo, y por encima
de todo me descubrí a mí mismo.
Una tarde de mayo, en un
concierto, mis ojos se cruzaron con los de Julián y todo a mi alrededor
enmudeció. Se acercó a saludarme, nos presentaron, sentí su mano acoplarse en
la mía, tan cálida y segura, y todo mi cuerpo vibró desatándose en él una
tormenta de ansias y temores que apenas pude disimular.
Paseamos y hablamos todos
los rincones de Madrid. Julián estaba estudiando Derecho, o eso, al menos,
creían sus padres allá en Quiroga. Julián estudiaba vida, todo le interesaba,
la música, el arte, la literatura, todo, menos el Derecho. Hacía “como que”, y
saboreaba sus 19 años. Vivía en una pensión de estudiantes, en el centro, a
cargo de Doña Amparo, una mujer, que, a fuerza de bregar con ellos, había
trocado su bondad en tolerancia.
Antes de terminar el curso
y volver con nuestras familias era costumbre correr en una noche todas las
tascas, tabernas y tugurios de Madrid y beber hasta caer muertos. Esa noche
salimos juntos y terminamos en brazos el uno del otro, más para sostenernos que
otra cosa.
Como no estaba en
condiciones de volver a mi casa me invitó a subir a su habitación y nos
dormimos borrachos y necesariamente abrazados dado el tamaño de la cama.
Nos despertamos al
amanecer tremendamente excitados. Nos miramos a los ojos y, en aquel instante,
sentí desvelarse todas las emociones y deseos que siempre me había negado,
escondiéndolos en el búnker de mi timidez.
Nos devoramos con los ojos,
con la boca, con las manos. Nos penetramos una y otra vez hasta rendirnos.
Aquel verano transcurrió
para mí en el más profundo desconcierto. A pesar de que Quiroga no estaba muy
lejos de Lugo no nos vimos, ni tuvimos noticias el uno del otro.
Intenté calmar mi
desasosiego leyendo y estudiando todo lo que había descubierto sobre la Institución
Libre de Enseñanza y su nueva concepción de la educación, aunque su mirada se
me trababa con las letras y mi cuerpo se manifestaba a gritos con solo pensar
en él.
Por fin llegó Septiembre y
volvimos todos a Madrid, era mi último año, a final de curso, si todo iba bien,
entraría en el escalafón para acceder a las plazas vacantes de maestro.
A los pocos días nos
encontramos en un café del centro, nos miramos y, sin mediar palabra, nos
dirigimos a los servicios y allí estalló de nuevo el hambre, la furia, la
ferocidad del deseo.
El curso transcurrió
feliz, en la más absoluta inconsciencia: conferencias, debates, conciertos, teatro,
encuentros de arte, y encuentros de ¿amor? Sí, era un tanto brutal y salvaje,
pero era amor auténtico y puro. “Santificamos” todos los urinarios de las
tabernas de Madrid, los rincones oscuros de los parques, la pensión de Doña
Amparo, incluso la casa de mis tíos en algún momento de descuido…
Con la misma pasión discutíamos
sobre política, sobre educación, compartíamos lecturas…Julián admiraba mi clara
vocación de maestro, a él le costaba más encontrar su lugar en el mundo.
Terminó el curso y, esta
vez sí, volvimos juntos a Lugo, le presenté a mi familia, por supuesto como un
buen amigo, y fuimos hasta Quiroga a conocer a sus padres. Estuvieron
encantados de que su hijo tuviera un amigo tan centrado en sus estudios y su
profesión.
Su padre, Don Rafael, al
enterarse de que iba a incorporarme al escalafón comentó que justamente había
sabido de una vacante en Ribas de Sil un pueblo pequeño muy cercano a Quiroga.
Se comprometió a mover sus influencias para que pudiera ocupar esa plaza que
estaba también relativamente cerca de Lugo.
Así fue como llegué a mi
escuela aquel mes de Septiembre de 1932, con mi título recién estrenado, mis
libros y mi maleta llena de sueños.
Era una escuela unitaria
con una sección de niños y una de niñas. De las niñas se ocupaba y se ocupa, hasta
la fecha, Doña Isabel, una maestra de Quiroga algo mayor que yo, pero todavía
muy joven. Era más tradicional, tampoco había tenido la oportunidad de conocer
otros horizontes, pero se preocupaba mucho por sus alumnas y se esforzaba por
llevarles un poco de luz en aquel mundo tan miserable y retrógrado. Desde el primer día congeniamos y se ilusionó
con mis ideas y mis proyectos.
Por las tardes organizamos
clases para adultos, una pequeñísima biblioteca y un taller de teatro y
representamos varias obras de teatro clásico en el pueblo. En muchas
actividades juntábamos a los niños y a las niñas. Tanto fue así que fuimos
consiguiendo que el cura empezara primero a mirarnos con recelo, a recriminarnos
e incluso a reclamar a las fuerzas vivas de la comarca que tomaran cartas en el
asunto.
Pero, aunque lejanos, allí
también llegaban los ecos de la República y muchos vecinos estaban de acuerdo
con nuestro trabajo.
Y en esa pelea han
transcurrido mis últimos años.
Al principio Julián
continuaba estudiando en Madrid hasta que hace dos años terminó la carrera y su padre le
consiguió trabajo como pasante en un despacho de abogados de Lugo.
Nuestra relación se fue consolidando
y, de una forma u otra, seguíamos encontrándonos, siempre con la misma pasión, en
mi casa de maestro en Ribas, en su casa de Lugo, siempre en la clandestinidad, aunque,
de vez en cuando, nos gustaba pasear por el río y abrazarnos sobre las hojas de
los chopos en los rincones húmedos y sombreados. Allí nos sentíamos fuera de
este mundo en nuestro universo particular, a salvo de todo.
Pero no estábamos tan a
salvo, a pesar de todas nuestras precauciones, alguien debió de seguirnos, algo
debió de ver o intuir y este mes de mayo empezaron a correr rumores por el
pueblo. Algunas personas dejaron de saludarme y apartaban la mirada cuando nos
cruzábamos por la calle. Los niños empezaron a faltar a la escuela.
Decidí no darme por
aludido, ya quedaba poco para terminar el curso, el verano calmaría los ánimos.
Ya estábamos en Julio
cuando una mañana, vi llegar a Julián lleno de golpes y magulladuras. Su padre
se había enterado, le había dado una paliza de muerte y le había tirado de casa
para siempre.
Tal y como estaban las
cosas decidimos dejar de vernos por un tiempo. Nos despedimos amargamente. El
se marchó a Madrid y no lo he vuelto a ver.
Como había terminado el
curso, pensé que sería mejor marchar también con mi familia, para ver si con el
tiempo y la distancia se calmaban las murmuraciones.
Mientras tanto en España había
ganado las elecciones el Frente Popular y la derecha no estaba dispuesta a
permitir su consolidación. Desde el primer momento se escuchaba ruido de sables
hasta que este mismo mes de Julio un
grupo de Generales desde Marruecos se levantó contra la República y declaró el
estado de guerra.
En pocos días
prácticamente toda Galicia cayó en manos del autoproclamado “Ejército Nacional”
y se desató la persecución implacable de todos los que olían a “rojo”.
Después del verano volví a
Ribas. El 17 de Septiembre, a punto de empezar el nuevo curso, llegaron los
militares en un camión, pararon en mitad de la plaza y empezaron a ir por las
casas deteniendo gente. También llamaron a mi puerta y me sacaron esposado.
Unas cuantas personas se acercaron a insultarme: “¡Maricón!”, “¡Pervertido!”,
alguno me escupió. La mayoría miraban desde la distancia, alguno disimuladamente
me hizo un gesto de despedida. Vi llorar a Isabel en la puerta de la escuela.
Nos recibieron a golpes y vejaciones, nos tuvieron hacinados, asfixiados
en nuestros propios deshechos, exigiéndonos nombres ¿qué nombres? solo
personas, gentes del pueblo, gentes de trabajo y pan, nada más.
A primeros de Octubre se han celebrado los
juicios sumarísimos. Don Rafael, padre de Julián y el cura de Ribas han sido
los testigos de la acusación.
Se me acusa de comunista, pervertido
sexual y corruptor de menores.
Estoy condenado a varias penas
de muerte para que no haya indulto posible.
Todavía no logro creerlo,
me siento atrapado en una absurda pesadilla de la que no consigo despertar.
No han tenido mejor suerte
algunos de los más nobles vecinos de Ribas. A todos nos fusilarán mañana.
Julián, ¡cuánto daría por
poder abrazarte una vez más! En el último momento sentiré tu mirada en la mía, con
ella escaparé de este infierno y mi alma volará, como siempre la he sentido,
ligera, limpia y libre, para siempre contigo,
¡Que el tiempo se detenga
hasta que nos devuelvan la vida!
JULIA
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