lunes, 21 de mayo de 2018

Cincuenta y uno por setenta y siete






Yo necesito extrañarme, no quiero acostumbrarme a verme sentado y pegado a una silla a fuerza de gravedad porque esta gravedad es capaz de entristecerme.

No busco entristecer, pero me niego a que se acostumbren a verme, necesito que me vean, me recuerden y por lo menos algo se extrañen.

Que se extrañen al ver mis nuevas dimensiones, cincuenta y un por setenta y siete. Alto y ancho, dos nuevas cotas adquiridas por la gravedad de una lesión. Cincuenta y un centímetros de altura del asiento de mi silla de ruedas y que son los que ahora separan mis glúteos del suelo, por los setenta y siete centímetros de anchura que me obligan a estar pendiente de distancias y umbrales que necesito a travesar.

Echo de menos mis antiguas medidas y sobre todo la costumbre de estar de pie, la de mirarme el trasero en el espejo y ver cómo me sientan los pantalones, ahora sentado compruebo que los pantalones se arrugan bastante más y tienen la costumbre de marcharse y la manchas suelen desquiciarme.

También compruebo, no sin desasosiego, que esta posición corporal favorece que a menudo me acompañen restos de comida y un montón de migas que logran colocarse de forma estratégica en todo tipo de huecos y resquicios, aunque las sacuda y crea que me he desecho de ellas, siguen ahí, porque ya en la noche, cuando abandono la silla para acostarme, aparecen y quedan al descubierto sobre el cojín del asiento, recordándome que son legión y no tardarán en acompañarte en un nuevo día. 

Ya sé que esta posición sedente no es una posición natural del homo Sapiens, sino para que tantos millones de años de evolución humana para transformarse en homo erectus y no es que tenga la sensación de pertenecer a otra especie,  “homo sedente”, pero cada día compruebo que esta sociedad tiene una enorme capacidad para excluir  lo que no es semejante, debe estar arraigado la costumbre en nuestros ancestros y en psiquismo humano.

También experimento todos los días, como la interacción con mi entrono se ve afectada, mi visión de las cosas ha cambiado, mi cabeza está situada ahora en tierra de nadie, a un metro y veinte centímetros del suelo, lejos de metro setenta al que se encontraba cuando era un bípedo orgulloso, estoy más cerca del suelo y tengo cierta sensación de empequeñecimiento.

Pero lo que más me afecta es la relación emocional con mis congéneres, por una parte la comunicación con los niños se han vuelto más próxima, pero mucho más complicada con todo con aquel ser que mida más de un metro veinticinco, las conversaciones son más dificultosas y los besos y abrazos son a veces patéticos.



Los adultos cuando se acercan a mí, en lugar de flexionar las rodillas para poder situar sus labios más o menos a mi altura, por comodidad doblan el tronco al nivel del sacro, convirtiendo así, lo que podría ser un beso en condiciones con intercambio de mirada, en un beso que en el mejor de los casos acaba en la frente y en el peor, su labios se sitúan sobre mi cabeza, y yo me acuerdo de los beso que me daban los padres Salesianos en mi época escolar del tipo “muchacho ve con Dios”, o “ hijo mí yo te perdono”, otras veces se asemeja un beso eutanásico casi como si se me concediera la “extremaunción”.

La verdad, es que al final de todo, he perdido corporal y ahora me fijo mucho más en cómo se mueven las personas, hay veces que incluso las odio y pienso, malditos bípedos desgarbados.



Paco Florentino

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