Yo necesito
extrañarme, no quiero acostumbrarme a verme sentado y pegado a una silla a
fuerza de gravedad porque esta gravedad es capaz de entristecerme.
No busco entristecer,
pero me niego a que se acostumbren a verme, necesito que me vean, me recuerden
y por lo menos algo se extrañen.
Que se
extrañen al ver mis nuevas dimensiones, cincuenta y un por setenta y siete.
Alto y ancho, dos nuevas cotas adquiridas por la gravedad de una lesión. Cincuenta
y un centímetros de altura del asiento de mi silla de ruedas y que son los que ahora
separan mis glúteos del suelo, por los setenta y siete centímetros de anchura
que me obligan a estar pendiente de distancias y umbrales que necesito a travesar.
Echo de
menos mis antiguas medidas y sobre todo la costumbre de estar de pie, la de
mirarme el trasero en el espejo y ver cómo me sientan los pantalones, ahora sentado
compruebo que los pantalones se arrugan bastante más y tienen la costumbre de marcharse
y la manchas suelen desquiciarme.
También
compruebo, no sin desasosiego, que esta posición corporal favorece que a menudo
me acompañen restos de comida y un montón de migas que logran colocarse de
forma estratégica en todo tipo de huecos y resquicios, aunque las sacuda y crea
que me he desecho de ellas, siguen ahí, porque ya en la noche, cuando abandono
la silla para acostarme, aparecen y quedan al descubierto sobre el cojín del
asiento, recordándome que son legión y no tardarán en acompañarte en un nuevo
día.
Ya sé que esta
posición sedente no es una posición natural del homo Sapiens, sino para que tantos
millones de años de evolución humana para transformarse en homo erectus y no es
que tenga la sensación de pertenecer a otra especie, “homo sedente”, pero cada día compruebo que esta
sociedad tiene una enorme capacidad para excluir lo que no es semejante, debe estar arraigado la
costumbre en nuestros ancestros y en psiquismo humano.
También experimento
todos los días, como la interacción con mi entrono se ve afectada, mi visión de
las cosas ha cambiado, mi cabeza está situada ahora en tierra de nadie, a un
metro y veinte centímetros del suelo, lejos de metro setenta al que se
encontraba cuando era un bípedo orgulloso, estoy más cerca del suelo y tengo
cierta sensación de empequeñecimiento.
Pero lo que
más me afecta es la relación emocional con mis congéneres, por una parte la
comunicación con los niños se han vuelto más próxima, pero mucho más complicada
con todo con aquel ser que mida más de un metro veinticinco, las conversaciones
son más dificultosas y los besos y abrazos son a veces patéticos.
Los adultos
cuando se acercan a mí, en lugar de flexionar las rodillas para poder situar
sus labios más o menos a mi altura, por comodidad doblan el tronco al nivel del
sacro, convirtiendo así, lo que podría ser un beso en condiciones con
intercambio de mirada, en un beso que en el mejor de los casos acaba en la
frente y en el peor, su labios se sitúan sobre mi cabeza, y yo me acuerdo de
los beso que me daban los padres Salesianos en mi época escolar del tipo “muchacho
ve con Dios”, o “ hijo mí yo te perdono”, otras veces se asemeja un beso eutanásico
casi como si se me concediera la “extremaunción”.
La verdad, es
que al final de todo, he perdido corporal y ahora me fijo mucho más en cómo se
mueven las personas, hay veces que incluso las odio y pienso, malditos bípedos
desgarbados.
Paco
Florentino
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