lunes, 14 de mayo de 2018

PEÑASCAL


PEÑASCAL
                Cuando he visto que Jony (lo llamo así, porque siempre va vestido de vaquero) , el tendero, iba pedo y cuando Jony está de botella no se puede echar cuentas con él, he pensado que no hubiera podido conseguir lo que necesitaba y como lo que más falta me hacía ahora es:   alambre, estacas de madera y algún mando de azada he calibrado que podía esperar a tenerlo dentro de dos semanas. Entonces me he ido con lo puesto, el chubasquero y el rifle (aún tengo munición de sobra)  y he dejado la carreta en una de las esquinas de Cuatro Cantos. Espero que no me la roben los gitanos. Me he propuesto, aunque hoy el día no está  para eso, pues la lluvia cae sin descanso,  volver  a Peñascal.
                Cada dos semanas voy hasta allí. Me quedó otras dos semanas y regreso, para que no me echen de menos en Reservas, el pueblo donde vivo desde que pasó lo que pasó cuando era pequeño en la casa Peñascal.  Hasta Peñascal, la llaman así porque la casa, bueno lo que queda de ella,  la levantaron padre y madre  sobre un peñasco al lado del rio escondida en el bosque de los hombres de Reservas. Voy a pie, tirando de la carreta que me dejo en fiado Jony. En la carreta cargo las herramientas que necesito, sobre todo bidones, azadas, picos, clavos martillos y material de limpieza  que Jony tiene abandonados  en la parte de atrás de la tienda porque hace ya más de cinco años que nadie le compra nada en Reservas (yo sí aunque le pago a botella de trago por herramienta).  Voy a pié porque el camino se las trae y porque un carro no llegaría ni hasta la primera curva de empinado que está, lleno de broza y luego la bajada hasta el río que es todo una senda de lo más escarpada. Podría tener la furgoneta y dejar el vehículo cargado antes de llegar al descampado de la Tórtola y luego hacer varios viajes hasta  Peñascal para acercar las herramientas, pero me he quedado varado, no dispongo de motor  desde que Matilde (la mona, que estaba conmigo), se largó con el Figura y  me dejó sin la furgoneta: una camper roja apunto del desguace  que había comprado por menos de doscientos pavos  antes de conocerla. El rifle hace ya más de dos años, que me lo regalo Jony. Fue después que me enseño a disparar, cuando  he decidido volverme a Peñascal y también por desquite con la Mona. Hoy por hoy, es el único sitio donde me siento seguro.
                Cuando volví a Peñascal después de tantos años, lo que ocurrió pasó cuando tenía solo siete años y ahora ya rondo los veintisiete, lo primero que hice fue sentarme en una piedra que estaba en la rampante del río y pararme a mirar la casa que estaba en la otra orilla. Apenas la reconocí las puertas y las ventanas arrancadas,  seguro que habían sido los gitanos porque en los alrededores de la casa se veían excavados hoyos y habían en ellos trípodes de hierro de los que aún colgaban calderos de hierro antiguos abajo se podían ver restos de las hogueras . Los gitanos son los únicos capaces de dormir en casas abandonadas, sin que les preocupe mucho las historias que cuentan sobre ellas. Parte del techo se había desplomado y las paredes que aún se resistían al abandono  estaban descalabradas. Me dio tanta pena el verla así de abandonada.
                La quemaron con mis padres dentro, nadie sabe quién lo hizo yo pienso que los gitanos, quién se iba a acercar hasta allí si los que vivíamos en esa casa éramos invisibles.  A mi me rescataron los de Reservas, dos años después. Para entonces me había pegado al bosque y vivía como cualquier otro animal enzarzado en la soledad del bosque y el canto del rió golpeando sobre las piedras.
                Nunca he hablado con nadie, lo mismo soy mudo, pero es que no me sale lo de hablar, lo mismo por eso me dejó por otro la Mona. A Jony le escribo las cosas que le agarro de la tienda para reconstruir Peñascal y al lado del papel de estraza le dibujo lo que yo creo que vale en una dos o tres botellas de trago.
                Ahora Peñascal, ya va pareciendo de nuevo lo que era, cuando la construyeron mis padres y yo tenía cinco años. En el tiempo que estoy viniendo he desbrozado el jardín, cavado la tierra, plantado habas, lechugas y alcachofas en invierno y en primavera he sembrado judías, puesto tomates y he recuperado esa tierra negra repleta de lombrices que la escarban. Con unos cuanto bloques de cemento y tela metálica he construido un corral donde ponen las gallinas y puesto unas conejeras de madera sobre un muro de piedra, cubiertas de uralita. He limpiado toda la inmundicia que han dejado los gitanos en el campo y lo he amontonado todo calderos rotos, hierros doblados, varillas, plásticos,  trípodes, cajones rotos, ropa, trozos de tela, ruedas de carro rotas y he allanado la tierra, luego con un arado que me traje de la tienda de Jony he cruzado una y otra vez la tierra y la he sembrado de alfalfa.
                Cuando me da por descansar, voy hasta el rio y cruzo con maderos hasta la otra orilla. Me tumbo en la hierba levanto la cabeza y miro Peñascal, sé que un día de estos me atreveré a entrar en la casa, he visto pasearse por dentro los cuerpos calcinados de mis padres. Me llaman. El día que decida entrar, no saldré hasta dejarla con la misma luz que antes brillaba. Echo de menos los besos de mi madre en la frente, en la habitación antes de dormirme con el susurro del agua. Cuando salga de la casa con sus paredes levantadas y el techo arreglado ese mismo día prometo que no regresaré jamás a Reservas.
               


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