PEÑASCAL
Cuando
he visto que Jony (lo llamo así, porque siempre va vestido de vaquero) , el
tendero, iba pedo y cuando Jony está de botella no se puede echar cuentas con
él, he pensado que no hubiera podido conseguir lo que necesitaba y como lo que
más falta me hacía ahora es: alambre,
estacas de madera y algún mando de azada he calibrado que podía esperar a
tenerlo dentro de dos semanas. Entonces me he ido con lo puesto, el chubasquero
y el rifle (aún tengo munición de sobra) y he dejado la carreta en una de las esquinas
de Cuatro Cantos. Espero que no me la roben los gitanos. Me he propuesto,
aunque hoy el día no está para eso, pues
la lluvia cae sin descanso, volver a Peñascal.
Cada
dos semanas voy hasta allí. Me quedó otras dos semanas y regreso, para que no
me echen de menos en Reservas, el pueblo donde vivo desde que pasó lo que pasó
cuando era pequeño en la casa Peñascal. Hasta Peñascal, la llaman así porque la casa,
bueno lo que queda de ella, la
levantaron padre y madre sobre un
peñasco al lado del rio escondida en el bosque de los hombres de Reservas. Voy a
pie, tirando de la carreta que me dejo en fiado Jony. En la carreta cargo las
herramientas que necesito, sobre todo bidones, azadas, picos, clavos martillos
y material de limpieza que Jony tiene
abandonados en la parte de atrás de la
tienda porque hace ya más de cinco años que nadie le compra nada en Reservas
(yo sí aunque le pago a botella de trago por herramienta). Voy a pié porque el camino se las trae y
porque un carro no llegaría ni hasta la primera curva de empinado que está, lleno
de broza y luego la bajada hasta el río que es todo una senda de lo más
escarpada. Podría tener la furgoneta y dejar el vehículo cargado antes de
llegar al descampado de la Tórtola y luego hacer varios viajes hasta Peñascal para acercar las herramientas, pero
me he quedado varado, no dispongo de motor
desde que Matilde (la mona, que estaba conmigo), se largó con el Figura
y me dejó sin la furgoneta: una camper
roja apunto del desguace que había
comprado por menos de doscientos pavos antes de conocerla. El rifle hace ya más de
dos años, que me lo regalo Jony. Fue después que me enseño a disparar, cuando he decidido volverme a Peñascal y también por
desquite con la Mona. Hoy por hoy, es el único sitio donde me siento seguro.
Cuando
volví a Peñascal después de tantos años, lo que ocurrió pasó cuando tenía solo
siete años y ahora ya rondo los veintisiete, lo primero que hice fue sentarme
en una piedra que estaba en la rampante del río y pararme a mirar la casa que
estaba en la otra orilla. Apenas la reconocí las puertas y las ventanas
arrancadas, seguro que habían sido los
gitanos porque en los alrededores de la casa se veían excavados hoyos y habían
en ellos trípodes de hierro de los que aún colgaban calderos de hierro antiguos
abajo se podían ver restos de las hogueras . Los gitanos son los únicos capaces
de dormir en casas abandonadas, sin que les preocupe mucho las historias que
cuentan sobre ellas. Parte del techo se había desplomado y las paredes que aún se
resistían al abandono estaban
descalabradas. Me dio tanta pena el verla así de abandonada.
La
quemaron con mis padres dentro, nadie sabe quién lo hizo yo pienso que los
gitanos, quién se iba a acercar hasta allí si los que vivíamos en esa casa éramos
invisibles. A mi me rescataron los de
Reservas, dos años después. Para entonces me había pegado al bosque y vivía
como cualquier otro animal enzarzado en la soledad del bosque y el canto del
rió golpeando sobre las piedras.
Nunca
he hablado con nadie, lo mismo soy mudo, pero es que no me sale lo de hablar,
lo mismo por eso me dejó por otro la Mona. A Jony le escribo las cosas que le
agarro de la tienda para reconstruir Peñascal y al lado del papel de estraza le
dibujo lo que yo creo que vale en una dos o tres botellas de trago.
Ahora
Peñascal, ya va pareciendo de nuevo lo que era, cuando la construyeron mis
padres y yo tenía cinco años. En el tiempo que estoy viniendo he desbrozado el
jardín, cavado la tierra, plantado habas, lechugas y alcachofas en invierno y
en primavera he sembrado judías, puesto tomates y he recuperado esa tierra
negra repleta de lombrices que la escarban. Con unos cuanto bloques de cemento
y tela metálica he construido un corral donde ponen las gallinas y puesto unas
conejeras de madera sobre un muro de piedra, cubiertas de uralita. He limpiado
toda la inmundicia que han dejado los gitanos en el campo y lo he amontonado
todo calderos rotos, hierros doblados, varillas, plásticos, trípodes, cajones rotos, ropa, trozos de
tela, ruedas de carro rotas y he allanado la tierra, luego con un arado que me
traje de la tienda de Jony he cruzado una y otra vez la tierra y la he sembrado
de alfalfa.
Cuando
me da por descansar, voy hasta el rio y cruzo con maderos hasta la otra orilla.
Me tumbo en la hierba levanto la cabeza y miro Peñascal, sé que un día de estos
me atreveré a entrar en la casa, he visto pasearse por dentro los cuerpos
calcinados de mis padres. Me llaman. El día que decida entrar, no saldré hasta
dejarla con la misma luz que antes brillaba. Echo de menos los besos de mi
madre en la frente, en la habitación antes de dormirme con el susurro del agua.
Cuando salga de la casa con sus paredes levantadas y el techo arreglado ese
mismo día prometo que no regresaré jamás a Reservas.
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