EL CUADRO
Desde que me encargaron hace más
de dos meses - como no podía ser de otra manera- la restauración de Mujeres de Tahití de Paul Gauguin, era la última en salir del museo
y la primera en llegar. Cuando el vigilante salía del edificio, yo ordenaba la
mesa de trabajo, recogía mis cosas y me
llevaba a casa el lienzo dentro de un
tubo de polietileno.
Me
sentía bien, con el cuadro colgado a modo de bandolera, andando por la calle.
Al llegar a casa iba directa al
estudio, lo sacaba del tubo
con sumo cuidado y después de
dejarlo caer sobre un paspartú, lo
sujetaba con pinzas flexibles a un
soporte de madera de cedro en forma de marco que había hecho yo misma. En el
silencio del estudio trazaba, en mi cerebro, un mapa de los desperfectos
que había sufrido con el tiempo y fui
reconociendo con los días, gracias a mi visión telemétrica, los artificios,
ardides y juegos de destreza que utilizó Gauguin para pintarlo.
Pero
hoy en vez de estudiar el cuadro; he ido a la cocina y me he servido un jerez
bien frío. He sintonizado Radio Tres
y mientras el jerez se deslizaba por mi
boca, en mi sensata cabeza se ha filtrado, como a través de una malla, un
incondicional destello de locura que ha acabado por destartalar mi ordenado pensamiento. No
podría decir si fue la mirada de esa
mujer sentada en la playa de Haití, o el vino lo que provocó unas
sacudidas frías que recorrieron mi cuerpo. Sea
lo que fuere ese cuadro me empujaba,
hacia un enigma oculto y prohibido. Atropelló mis pensamientos y me hizo creer que
disponía de cualidades artísticas escondidas,
en mi alma artística, suficientes para hacer una versión, sino igual, al menos
una capaz de no levantar sospechas en ningún crítico de arte ni menos en un
pasante. Al levantarme de la silla, me hice una pregunta. No era pintora ¿Sería
capaz de hacer una copia idéntica del Gauguin?
Llevo
diez años en el museo de Bilbao, cuando entré a trabajar como restauradora
apenas rozaba los 20. Desde niña me gustaba mirar los libros que tenían muchos
dibujos y pasaba horas delante de las láminas
de los tratados de historia del arte que mis padres tenían en la
biblioteca Mis ojos eran capaces de detectar, lo que estaba oculto a los demás detrás de cualquier retal de pintura, así
como de descubrir las huellas que el doliente
tiempo hubiera estampado en cualquier obra de arte. Ya desde el instituto demostré que mis manos eran
hábiles estaban dotadas de un ingenio especial capaz de restaurar cualquier
objeto deteriorado por el paso del tiempo. Por eso estudié restauración. Además,
ahora a pesar de mi juventud, estoy regalada de experiencia y mi
reputación está fuera de dudas debido a mi carácter metódico y rutinario;
podría decirse que hasta un poco obsesivo. Era la mejor con diferencia de las
otras tres restauradoras que trabajaban en el museo, unas verdaderas arpías,
sobre todo Irene. Por todo ello habían decido, los americanos, encargarme la
restauración del Gauguin del museo de New York.
Estaba
saliendo, mejor dicho, me follaba a Javier un becario ciclado de veinticinco
años. Era su tutora y llegó al museo al
mismo tiempo que el Gauguin. No tenía muchas luces artísticas, pero sus
virtudes en la cama conseguían calmar el infernal deseo de no soltar el pincel
y alejar el pensamiento vivaz que me sacudía desde que había tomado la decisión
de demostrar que también podía pintar como uno de los mejores maestros del
impresionismo. La coca y su sexo inyectaban mi vulva, Juan hacía que me
corriese varias veces, todas las noches que hacíamos el amor en casa. Disfrutaba con él.
Fuera
de esos pequeños hiatos placenteros con Juan; el resto, pasaba los días en el
museo restaurando el Gauguin. No perdía
ni un segundo en escuchar las quejas diarias de las arpías. Por la noche,
encerrada en el estudio, contemplaba absorta el cuadro, a veces durante horas, antes de comenzar a plagiarlo. La
enigmática fuerza de aquella pintura, pensaba no era otra que la que escondían
los ojos de la mujer que miraba a quién gozaba del privilegio de contemplar cuadro.
Había una dulce serenidad en su mirada, aunque al examinarla con más
detenimiento parecía transmitir un misterio, parecía guardar una respuesta
escondida que te sumergía en una especie de malestar que enturbiaba. Aquellas
noches, tapizadas por la paranoia de la farlopa, completamente ida, sin noción
del tiempo, mi pensamiento se deslizaba luminoso a través de los secretos de
aquellos trazos y descubría en las líneas
la fuerza y la debilidad de la pintura. Era como contemplar un implante
febril ensamblado en aquellas dos mujeres sentadas en la arena. La luz infinita
del color apartada del movimiento y sumidas en la quietud me hablaba y guiaba mis sabías pinceladas.
Era capaz con mis trazos de entretejer lo más armónico,
lo que no era visible en aquel lienzo. Mi cuadro avanzaba rápido, como las cascadas de un rio en la oscuridad
de la noche. Quien lo viera expuesto, no
solo contemplaría un Gauguin sino un mundo capaz de ser sentido un mundo
cercano, natural, dominado por la misma mirada inquisitiva y serena que la de
la nativa del cuadro. Mis pinceladas, estaba segura, superarían a las de Gauguin.
Apenas dormía dos horas y para hacerlo tenía
que tomarme dos o tres Valium con tal de
dominar el efecto de la farlopa. Mi
cuerpo se resentía a medida que mi mente se encerraba ebria de éxito en mi
muevo papel de maestra pintora. Había perdido más de diez kilos y las ojeras me
habían dejado los cuencos de los ojos tan negros como el fondo de las cuevas. Cuando las arpías (bueno
casi siempre era Irene la emisaria) me invitaban a tomar algo por la tarde en
el Iruñe, siempre tenía la respuesta a punto: ─ No Irene, no puedo te lo agradezco
de verdad, pero estoy muy cansada. Otro día , en serio. necesito estar
tranquila. Además hoy quiero llegar pronto a casa necesito estar tranquila. Un
día con una risita gélida me dijo: ─Hoy no puedes faltar, seguro que vienes,
Juan nos acompaña esta tarde a tomar una copa. Arpia esa Irene es asquerosa,
siempre buscando los entresijos. Sabe dónde golpear. La miré y le dije con
sorna. Pués hoy tampoco. Va a ser que no, mira. Ni que Juan fuera mi príncipe azul.
Solo me gusta de él su cuerpo y como folla.
Esta
semana me he desmayado dos veces en el museo, y han tenido que venir los del
SAMU a reanimarme. Como me he recuperado no ha hecho falta que me llevaran al
hospital. Me han tumbado en un sofá, Juan me tenía cogido de las manos cuando
ha entrado Irene. Se ha acercado a mí y
me ha dicho que la directora del museo quería hablar conmigo.
─ ¿Te encuentras bien? –me ha dicho la
directora
─Si estoy bien. Solo un poco cansada. Me
ha dado algo de flojera pero no es nada.
─ ¡Seguro! ¿Te has visto bien? Tienes
un aspecto fatal
La verdad es que parecía un cadáver,
me dolían los músculos (como si tuviera agujetas) y apenas podía mantenerme en
pie. Me alegré de estar sentada.
─ Se trata del Gauguin, ¡verdad!. Ese cuadro te ha cambiado
Los dedos de mis manos comenzaron a
temblar; le repliqué con una voz tan débil que dudé de que me hubiera oído:
─No. No es el cuadro.
─He estado pensando que lo mejor sería
que te ayudara Irene en la restauración. Es buena en su trabajo, no tanto como
tú, eso ya lo sé, pero en tu situación te servirá de ayuda.
Esta
vez, sonó con fuerza mi voz. ─ ¡No, no me lo quites.El cuadro no! No lo voy a
consentir. Soy capaz de llegar hasta el final yo sola, aunque este algo
cansada; lo reconozco pero te digo que no me hace falta ayuda, ni menos de Irene.
─
Te vas a coger un mes de descanso, durante ese tiempo se encargará Irene de la
restauración. Luego cuando te hayas recuperado. ¡Mírate si estas en las últimas!
Vuelves a retomarlo. No se hable más.
─Eres
una cerda. Te vas a arrepentir.
─Largo
de aquí. No me faltes el respeto. Venga descansa y vuelve recuperada. Me haces
mucha falta. Ya veremos que les digo a los americanos.
Me levante de la silla y como pude abandoné el
despacho. Al salir tuve fuerzas para dar un portazo. Antes irme a casa bajé al
sótano para recoger un barniz brillante que necesitaba para mi obra. Nada más
bajar las escaleras escuché unos gemidos que escapaban a través de una
puerta entreabierta. No pude evitar
acercarme. Juan e Irene estaban
follando, ella tenía la falda levantada y apoyaba sus nalgas sobre un montón de
cajas el con los pantalones bajados empujaba su sexo contra su pelvis. Cogí el
barniz y me fui a casa.
Al
llegar a casa me pasé dos diazepanes, me bebí un vaso de vino y me tumbé en la
cama. El que Juan se follara a Irene, me tenía sin cuidado, pero que fuese Irene la que continuase restaurando el cuadro
me torturaba la mente, me rondaba como una sensación de rechazo e impotencia,
que se resistía a abandonarme, a pesar de haberme tomado el ansiolítico. Me
había dejado descolocada, a nadie le gusta ser una fracasada. Y para colmo no
podría llevarme el cuadro por la noche. Eso era lo peor. ¿Qué iba a pasar con
mi copia? Mi cabeza se pobló de una neblina
silenciosa, apresándome en un descanso reparador por donde flotaba mi intención de resistir a
cualquier precio. Aunque estaba perdida, pude verme entre sueños, girando alrededor del Gauguin, acabando de
dar mis últimas pinceladas.
Me
levanté dos días después. Nada más volver del Centro de Salud, para pillar la
baja, allí estaba sentada frente a mi cuadro. Me dí cuenta entonces, que de los
pintores tomas lo que te dan y Gauguin de tanto verlo colgado, noche tras noche,
en mi estudio me había despertado el talento necesario para que mi pincel aflojara,
separara, aumentara y bebiera de sus trazos. Estaba preparada y esta vez sin
necesidad de tener el cuadro delante, ltodos los secretos de la pintura, lo tenía
plagiado entre mis neuronas. Me llevó más de dos meses acabarlo. Estaba que
saltaba de alegría. Mi cuadro era mucho mejor que él Gauguin.
Al
volver al museo me temblaban las piernas, llevaba el cuadro que había
pintado dentro del tubo de polietileno colgado a modo de bandolera. Mi cuadro haría este recorrido una sola vez, al
contrario que el verdadero Gauguin, atrapado desde los primeras días de su llegada,
en constantes idas y venidas desde museo a mi casa. Esta vez La directora me recibió en el
despacho. Ahora ya podía recuperar el cuadro y acabar la restauración –dijo- Me
veía mejor. Al ver el cuadro me pareció
que estaba igual que cuando lo dejé. La verdad es que Irene no había avanzado
nada. Saludé con cierta indiferencia a Irene, al cruzarme
con ella en el pasillo de los telares. Sin perder un minuto me arrimé a su mesa
de trabajo. Al ver el cuadro me pareció
que estaba igual que cuando lo dejé. La verdad es que Irene no había avanzado
nada. Lo transporté , sin decirle nada, con sumo cuidado, a mi mesa y retomé estoica la restauración. El
lunch, salí a tomarlo con las arpías, ya no tenía prisa en acabarlo, además quedaba
poco que hacer. A mitad del lunch pregunte a Irene por Juan. Me dijo que estaba en Toledo, pero que volvería en unas
dos semanas. Al parecer debía hacer un trabajo sobre un cuadro del Greco que
estaba en el museo toledano. Bueno tenía
su teléfono, lo llamaría si era preciso. Me apetecía un buen polvo. Volvía a
tener el Gauguin para mí y esta vez iba a ser para siempre.
Como
era costumbre desde que comencé a restaurar el Gauguin, también esa noche fui la
última en abandonar el museo. Antes de salir saqué el cuadro que había pintado del tubo y lo cambié por el verdadero Gauguin.
Sería la última vez que el cuadro cubriese la distancia que separaba el museo
de mi casa. Se quedaría para siempre entre las paredes de mi estudio. Unas dos semanas después volvió Juan de
Toledo. Salimos a cenar, no me dijo nada de Irene, yo tampoco le pregunté.
Durante
las noches acababa de restaurar el verdadero Gauguin en mi casa y mientras tanto en el
trabajo fingía hacer lo mismo con mi cuadro. El verdadero Gauguin había pasado
a ser de mi propiedad; permanecía a salvo en mi casa. Faltaba poco para que
diera por acabado su restauración. Al concluir, podía hacer con él lo que
quisiese. Me pregunté si de hoy en adelante iba a ser capaz de hacer lo mismo
con otros cuadros, porque si lo había conseguido con un Gauguin porque no con
un Greco, o con un Rembrant o con un Dalí. Me estremecí de placer con solo
pensarlo. Me acorde entonces que hacía casi dos meses que no follaba.
Hoy
a la salida del museo Juan estaba
esperándome en la puerta. Apenas nos dio
parara comer medio sándwich en la cocina. ─Ven –dijo arrancando el sándwich de
mi boca- hay cosas que no pueden esperar. Puso sus manos sobre mis nalgas
y levantó mi cuerpo yo abrí mis
piernas y me agarré con ellas a su
espalda. Me llevó hasta la cama, en un
momento mis muslos se humedecieron y salivaban con mi flujo, todo era movedizo,
mi cuerpo se abría como una naranja madura y se agitaba bajo el suyo. Me
entregaba, mis movimientos convulsos se acompañaban de jadeos; estuve
a punto de naufragar envuelta en los sabores dulzones de su sudor que
olían a acre y a piel mojada. Su pubis rozando mi triangulo esperaba impaciente
que me corriera, una y otra vez, y cuando llegaba la ola estiraba con todas mis
fuerzas de su cabello negro y gritaba. Mis gritos de placer sonaban como el
silbar del viento entre las rocas, se alzaban y se enroscaban en el aire a
esperar con impaciencia otra nueva descarga. El
placer de contemplar sus labios carnosos que me succionaban era el mismo
que el de aquellas dos mujeres nativas
del cuadro del Gauguin en la playa de Haiti. Una de espaldas mirando al
mar y la otra con su mirada clavada en el horizonte esperando algún nativo
dispuesto a armar con las dos un ritual de sagrada alegría fálica sobre la
arena. Sentí tan cerca de mí el Gauguin que me alegré de que estuviera a salvo.
Me
desperté a mitad de noche. Al estirar los brazos en busca de Juan reparé en que
la cama estaba vacía. Abrí los ojos, se
filtraba algo de luz a través de una rendija de la puerta. Juan no estaba en la
habitación, afiné mi oído y escuche ruidos por el estudio. ¿ Lo habría
descubierto Juan? –pensé. Me levanté y al pisar la ropa que estaba desparramada
por el suelo, noté algo frio en mis pies. Me agache como para recogerlo era una
especie de placa que salía de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Acabé
de sacarla del bolsillo y al salir de la habitación y mirarla, vi que era una placa de policía.
Al
entrar en el estudio Juan contemplaba el Gauguin. Se volvió con brusquedad como
si se sintiera descubierto y me miró con los ojos entornados –como reprendiéndome
por haber sido una niña muy pero que muy mala-. Señalo el cuadro y asintió con
una expresión grave. ─¿Es el verdadero o la copia? -preguntó
Me
acerque desnuda como estaba, cogí su mano con la mía a modo de disculpa. ─Tan
solo podemos hacer dos cosas: ─ o me envias a la cárcel o aceptas ser rico y
pasar el resto de tus días en
Copacavana. ¿Tú eliges? Se quedó paralizado unos instantes, luego sonrió como
si fuera a hacer algo que nadie sabía y soltó una risita ahogada.