BUEN CAMINO
Siempre me
ha gustado pasear al anochecer por la acera del viejo cauce. Antes, para mí,
frontera del espacio permitido. Sigue llegando la fresca brisa de levante,
cargada de mar.
Me gusta
respirarla profundamente y dejar que me penetre hasta la planta de los pies.
Y cuando, en primavera, llega perfumada de azahar, se abren
todos los poros de mi piel dispuestos a tragarse la vida.
Sin querer me transporto a mis 15 años. Hacer tarde paseando en
el límite del espacio y el tiempo era una pequeña conquista de independencia.
Todavía siento la fuerza de ese pequeño “yo” que brotaba incontenible.
Hasta aquí, nada especial: Una anciana que recuerda su
adolescencia.
Pero el pasado 17 de Abril ocurrió un suceso sorprendente.
Andaba yo con mi caminar ya renqueante
por mi acera favorita, cuando la sentí llegar por detrás dando saltitos en un
pie y el otro. Me adelantó y siguió camino, casi bailando, sin percatarse de mi
presencia. Me llamó la atención que vestía unos vaqueros un poco acampanados,
un suéter de rayas, cortito y ajustado y
unas botitas de piel vuelta, como de otro tiempo. Todo ello me resultaba
familiar, como su paso y su pelo. Seguí caminando detrás de ella, aunque
rápidamente se alejó, pero, cuando ya se acercaba al puente del Ángel Custodio,
fue frenando su trote, como con miedo, y dio media vuelta. Ahora venía hacia mí,
despacio, remoloneando y mirando de vez en cuando para atrás.
Cuando la vi llegar de frente, sentí un escalofrío, no sé si
decir de miedo, de sorpresa o de desconcierto. Tuve que detenerme, porque me
quedé sin aliento y sentí que el suelo se movía debajo de mis pies. Se fue
acercando y a cada paso el parecido era más nítido. Esta vez sí se fijó en mí.
Sin duda le llamó la atención mi cara de pasmo.
Pasó de largo y vi cómo se encaminaba hacia mi casa. Más
despacio, dando algún salto de vez en cuando y volviéndose para mirar el cielo.
Cuando ya estaba suficientemente lejos la llamé:
-“¡Julia!”
Y sí, se giró, sorprendida, buscando quién la llamaba. Se paró
y, al no ver a nadie conocido, siguió caminando.
¿Cómo era posible? ¡Hubiera podido jurar que era yo misma a mis
15 años!
Intenté quitarle importancia, simplemente era alguien que se
parecía. Aún así pasé la noche y el día siguiente temiendo por el estado de mi
mente:
-“Estás alucinando Julia. Los viajes en el tiempo, solo ocurren
en las películas y en la demencia senil. Si esto vuelve a suceder, tendremos
que tomar medidas.”
Al anochecer bajé de nuevo a mi paseo, no sé si con ilusión o
con pánico de volverme a encontrar con ella.
Cuando ya no la esperaba, entre el sosiego y la decepción, la escuché
llegar de nuevo. Se detuvo unos instantes y me saludó:
-“¡Buenas noches, señora!”
-“¿Te llamas Julia?”
-“¿Cómo lo sabe?”
-“Ayer escuché cómo te llamaban. Me llamó la atención porque yo
también me llamo Julia. ¿Te gusta pasear por aquí?”
-“Sí, me gusta probar a estar sola.”
-“Te veo todas las noches y me resultas familiar, me recuerdas
a alguien.”
-“A mi también me parece conocerla. Será de vernos por el
barrio. ¡Adiós!”
-“Adiós Julia, espero verte otro día.”
Allí me quedé, paralizada de pánico e invadida por la ternura.
No podía ser verdad, pero ¡Cómo me gustaría que lo fuera!
Volví a bajar al día siguiente. Puntualmente volvió a aparecer.
Caminaba despacio, como abatida. Se acercó y se sentó en el pretil.
-“¡Hola Julia!”
-“Hola, señora…Julia ¿No?”
-“¿Qué pasa esta noche? No pareces la misma de todos los días.”
-“Me pasan cosas que no puedo contarle a nadie.”
-“¿Tan inconfesables son? ¿Sabes? No hay nada que pueda
sorprenderme de ti. Te conozco mejor de lo que imaginas. Tampoco necesito que
me cuentes nada.”
-“Los mayores siempre creen que lo saben todo.”
-“Solo te diré que nunca es malo lo que se hace desde el
corazón. ¿Te sirve?”
-“Puede ser, pero no todos piensan lo mismo. ¿Quién es usted?
¿Qué sabe de mí?”
-“Todo. Lo sé todo. Más que tu misma.”
-“Es usted muy extraña, pero a la vez me parece que la conozco
desde siempre y me da confianza. ¡Uf! Me tengo que ir, es muy tarde, mi padre
me mata.”
-“Ve, corre, ¡Buenas noches!”
Sigo bajando cada día, a veces viene, otras no. Entonces siento
pánico de no volverla a ver.
Todavía pienso que es una alucinación. Si voy al médico me
recetará Haloperidol y desaparecerá para siempre.
Pero por otra parte ¡Me duele tanto ese animalillo herido!
No paro de hacer inventario de todas las cosas que querría
enseñarle, de todos los peligros de los que me gustaría advertirla, de todos
los sufrimientos que quisiera evitarle.
Quisiera decirle lo valiosa que es, que nada tiene que
demostrar, que confíe en sí misma, que ame su cuerpo y se atreva a disfrutar de
él.
Podría “chivarle” todas las personas de las que debería
protegerse, señalarle en quién se tiene que apoyar, decirle con quién puede
contar.
Podría mostrarle todo lo que va a ser capaz de hacer. Intentar
evitarle unos cuantos errores.
Con ese deseo vuelvo a buscarla.
-“¡Cuántos días sin verte! Te echaba de menos.”
-“Estos días han sido los peores de mi vida. Ni siquiera tú,
que dices que lo sabes todo de mí te lo puedes imaginar.”
-“No te he dicho toda la verdad, porque pienso que no me vas a
creer. Soy tu misma en 2018.
No sé cómo he podido encontrarme contigo. Tal vez porque me
dolías, por mi afán por sosegarte. Tal vez porque pedías auxilio a tu propia
alma. Así que sí, sé perfectamente lo que te ha pasado estos días.”
-“¿Cómo voy a creerme una cosa así?, ¿estás bien de la cabeza? No
es posible, por más que veo en ti muchas cosas mías… No sé qué pensar.”
-“El verano pasado estuviste de intercambio en Francia. La
muerte de tu abuela te reafirmó tu deseo de huir, en busca de ese mundo libre y
perfecto que habías aprendido a amar de la mano de tu madre. Tal vez en busca
de ti misma. Y te encontraste ¡vaya que sí!
Te enamoraste de ella, sin poderlo evitar, como, en el fondo,
ya sabías que tenía que ocurrir y abriste sin querer la caja de Pandora. ¿No es
así?”
Permanece a mi lado, muda, con los ojos llenos de lágrimas.
-“Ahora todo se ha venido abajo, han leído tus cartas, le han
prohibido comunicarse contigo. La tierra de la libertad se te ha caído de
bruces. Te sientes en el caos y nadie te ayuda.”
-“Me haces dudar. Nadie sabe todas estas cosas de mí.”
-“Voy a enseñarte algo que te demostrará quién soy. Mira, esto
se llama teléfono móvil y sirve para muchas cosas aparte de comunicarse; por
ejemplo puedo enseñarte una foto del río que estoy viendo yo ahora mismo;
mira…”
-“¡Es un jardín increíble! Pero…sí, es el mismo puente y los
mismos pretiles. ¿Cómo has hecho este truco?”
-“No es un truco. Lo conquistaron los ciudadanos, tú misma peleaste por él”
-“Bueno, pues si es verdad, explícame qué me pasa, por qué soy
así, cómo será mi vida.”
-“¿Sabes? nada desearía más que desvelarte tu futuro para
evitarte dolor. Pero ¿Qué pasaría entonces? Tu vida ya no sería la misma ¿Cómo
podrías aprender todo lo que te tienen que enseñar los momentos difíciles, los
errores? ¿Tendrían las cosas el mismo valor para ti? ¿Podrías llegar a ser la
misma persona? No sería una buena idea
alterar el curso de tu vida.”
-“¿Entonces…?”
-“Solo te diré que confíes en tu fuerza, que has sido capaz de
hacer tu camino y ha sido un buen camino. Que sabrás hacer frente a lo que
tenga que venir. Que aprenderás a quererte y yo te esperaré al final. Ahora
márchate, corre, ya es muy tarde.”
La he visto marcharse hacia casa, con su mirada entre
desconcertada y curiosa, con su sonrisa brillante.
Me quedo sola mirando el intenso azul del cielo, me siento en
paz conmigo misma. Me doy cuenta de que, en ese trote alegre, empapado de
azahar, está la clave que ha hecho de mi vida, después de todo, la mejor entre
todas las posibles.
Julia
No hay comentarios:
Publicar un comentario