viernes, 20 de octubre de 2017

f = m · a


f = m · a





El aviso del timbre me despierta de los pensamientos, cuando quiero darme cuenta los alumnos ya están en silencio, cada uno en su sitio esperan a que me levante de la mesa y comience la clase. Que paradoja, hoy mismo voy a explicar la irrefutable segunda ley de Newton o ley de la gravedad. Demostraré que existe un matrimonio sagrado entre masa y aceleración, y que fruto de esa unión, su hija la fuerza de atracción, une los cuerpos a la tierra. Como cada año escribiré en la pizarra su expresión matemática, f = m · a, dejaré caer de mi mano la tiza al suelo, y explicaré que esa fuerza de atracción provoca que los cuerpos desciendan con una aceleración determinada que se denomina gravedad. Repetiré otra vez la misma anécdota de Newton y su manzana para poder captar más aun su atención.
Siempre me ha fascinado la física, comprobar que sus teorías son irrefutables, creo que por ello estudié Ingeniería y me dedique a la docencia, me gusta explicar la leyes y saber que se cumplen.
Pero hoy va a ser diferente, no creo que pueda hablar con tanta vehemencia a los alumnos, todavía me dura una sensación de aturdimiento de lo ocurrido hace unas horas.
Esta mañana ella tenía ganas de sexo, me ha buscado y ha encontrado la respuesta a sus caricias, por lo menos todavía existe algo de atracción entre nuestros cuerpos, siempre le ha gustado hacerlo por las mañanas, eso no ha cambiado. Seguimos follando, solo que ahora medio dormidos buscamos esa dejadez y desapego que proporciona el placer somnoliento y narcotizado.
Como si de un ritual se tratara, ha dejado caer su ligero cuerpo sobre el mío, acopladas las caderas y bien erguida ha utilizado peso y fuerza para buscar su placer, poco a poco sus movimientos se han ido acelerando. No he querido abrir los ojos, prefiero recordar cuando abrazados de verdad nos mirábamos el uno en el otro. He notado que su momento iba llegar y de repente se ha hecho un vacío, una falta de presión de su masa corpórea sobre la mía, con los ojos entreabiertos la he visto allí, elevada sobre mí y gozando. No he querido pensar, he cerrado los ojos con rabia para negar la visión y al momento la he vuelto a sentir sobre mi. Pasados unos eternos minutos, se ha despegado, indolente y en silencio a abandonado la cama. No he podido ni he querido buscar una explicación de lo ocurrido, pero reconozco que ha escenificado la extrema separación y distancia a la que hemos llegado.
El silencio ha presidido el desayuno, tampoco hemos cruzado miradas de complicidad, hace tiempo que dejamos que nos separe un territorio gélido, como si físicamente nos hubiéramos trasladado a sendas zonas polares, allí también se encuentran alterados los fenómenos magnéticos.
No queda más remedio, voy a dar comienzo la clase y no podré explicar a los alumnos que en mi matrimonio, un día falló hasta lo que nunca podía fallar, la ley de la gravedad.
Paco Florentino
20 de Octubre de 2017

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