Mi
deseo de que desaparezcas va en aumento estrepitoso cada día.
Irracionalmente busco tu presencia física a través de mi ventana.
Ese tamaño de balón de fútbol te permite ser muy osado detrás de
las macetas. Cuando te diviso,
noto como la cara se me transfigura en un gesto de repugnancia
y quisiera ser lo suficientemente maníaca como para gritarte a pleno
pulmón: ¡cállate de una vez maldito perro patada! ¡Tírate del
balcón abajo y desaparece de mi vista!
Y
no es precisamente que una sea parca en paciencia, Jacobo, el chico
que me plancha los vestidos los domingos de buena mañana, opinaría
que peco de lo contrario: '¡ni María Teresa de Calcuta! En esta
escalera no aguantaba yo un minuto de microondas'. Y reafirme mi
cualidad mansa que a pesar de la alerta mental que asalta a mi
cerebro cada vez que escucho la retahíla jacobea, nunca la ejecuto
según su correspondiente materialización lingüística: '¡que no
es María que es Madre, ignorante!'
La
cosa es que las urbanizaciones residenciales donde una no se cruza
más que con árboles, contenedores de reciclaje y runners, no han
sido mi entorno favorito para desarrollar la destacable potencialidad
creativa que me caracteriza, o al menos así me lo cercioran las
diferentes instituciones de las que recibo la adecuada socialización
. Mi abuela fue la primera en apodarme Antoñita la Fantástica, mi
compañero del coro me pregunta cada ensayo por el número de mi
camello y la jefa de correos insiste en proclamarme año tras año
responsable de festejos en mi oficina de destino. Así pues, para
sostener el nivel de originalidad que se me presupone, preferí
alejarme de esos lugares alienados del diario que de tan neutros y
homogéneos insultan la diversidad humana, y habituarme a las
comunidades vecinales y a los barrios, digamos, más excesivos. Por
consiguiente, cada vez que un programa software de la administración
pública decide según la meritocracia establecida mi próxima
fortuna, así empaqueto ciertos bártulos, practico el desapego con
otros ciertos y zarpo hacia el siguiente barrio con la emoción de
conocer a mi nueva hornera y a mi presidente de la comunidad. Jacobo
será el único paisaje conocido, dice que planchar los volantes de
mis vestidos le apasiona.
De
esta manera he llegado al barrio de Las Ciegas. La oficina de correos
correspondiente no está precisamente cerca, son unos tres cuartos de
hora en mono-ciclo. A pesar de tal distancia, elegí instalarme aquí
y notar con satisfacción como mi equilibrio va mejorando a zancadas,
hasta Jacobo ha caído en la cuenta, no hay tantos jirones en los
volantes, dice.
Más
que escuchar rumores, los he leído en las webs que consulto a
menudo. Las Ciegas es uno de esos barrios donde pasan cosas
extraordinarias, aunque la vecindad lo resuma en un 'simplemente
pasan cosas, punto'.
Hasta
el momento, he disfrutado de mi tarjeta como extranjera de raza
blanca y occidental en el barrio. Es la autoridad más ambicionada en
muchos lugares del mundo por sus innumerables privilegios, a los que
es fácil que, siendo europea caucasiana, accedas sin despeinarte un
caracol del flequillo, por lo que no iba a ser menos en Las Ciegas.
Este estatus me permite pasear mi mentón altivo sin sospecha, e
incluso ser requerida en papel de mediadora moral si el hecho
acaecido tuviera pinta de desembocar en una no-resolución, porque en
Las Ciegas cualquier acontecimiento se solventa, no existen asuntos
pendientes, y el medio no provoca un debate nacional sobre el mal y
el bien. La sabiduría popular comenta que de aquí vendría este
conocido apodo del barrio de Las Ciegas, oficialmente llamado de la
Virgen de la Merced y los Cautivos.
Si
digo hasta el momento es porque algo urdo, y si algo urdes una debe
inmiscuirse en el barrio como actriz protagonista de su telenovela
particular, a pesar de la pérdida que significará de mi extranjería
inherente. Realmente, pasar a ser una ciega más no activa otra
emoción que la de recobrar mi habitual estabilidad, actualmente
hecha miles de añicos que punzan y arañan cada noche que su agudo
ladrido alcanza mis oídos.
La
otorrina del ambulatorio ha diagnosticado que las llagas del tímpano
no sanarán hasta que desaparezca la causa que las propicia. El
departamento de Psiquiatría del hospital en proyecto
interdisciplinar con el de Física de la universidad politécnica
estudian el caso hipotético en el que la agudeza de un sonido
animal, en dosis interválicas pero continuadas y en un periodo de
tiempo duradero, podría provocar un problema social de incremento de
población con desequilibrio mental, para lo cual nuestras arcas
estatales no estarían preparadas.
Por
tanto, tomar partido en este caso conlleva, no solo beneficios
exclusivamente personales tales como la recuperación holística de
mi salud y la superación del rito iniciático de entrada a la
comunidad de Las Ciegas, sino también una acción en pro del bien
común.
Desde
mi ventana puedo verte, tu también a mi. La calle que nos separa es
suficientemente estrecha como para que también pueda detallar tus
rutinas. A la par las de tu amo. Voy tomando notas como me ha
recomendado Adela: describe tiempos y espacios, dice, tan minucioso
como esos diarios de ovulación cuando tratas de quedarte preñada.
Adela vende ajos en la esquina los miércoles, el resto de los días
trabaja como administrativa en el sicariato del barrio. Fue ella
quien me dio la cita con Teo, apodado la Alquimista. Teo no tiene
género, o mejor dicho tiene dos, Teo es hombre cuando proporciona
los cuidados básicos en la residencia de mayores, y mujer cuando
fabrica venenos para ejecutar los asesinatos del sicariato. Tanto a
Adela como a Teo mi problemática les ha parecido de justicia social,
están dispuestos a ayudarme aunque aumentando mínimamente la cuota,
deben externalizar una parte del servicio dado que entre sus
principios éticos no se recoge el intrusismo laboral. En cuanto
realicen una pormenorizada revisión de mis notas y les respondan los
traficantes de setas, recibiré una carta y un paquete en la ofician.
Deberé proceder tal cual se indica sin mas cuestiones.
Últimamente
no puedo evitar que mi lenguaje corporal comunique un estado
angustioso, además he empezado a aullar para contrarrestar sus
ladridos. Sé que algo intuyes, animal de cuatro patas, pero has
perdido tu identidad de mascota entrañable. Mis aullidos te espantan
y soy yo la que se relame, aunque ese sonido agudo que emites lo
estés transformando en un llanto estridente y las llagas de mis
oídos sangren y duelan como tu rabia.
Hoy
ha entrado una niña en traje y chaqueta a la oficina, con una carta,
un paquete y una rata en su hombro izquierdo. Exquisitamente educadas
ambas han procedido a la entrega, recogido mi dni y mi firma en su
ipad y apretado mi mano en señal de cierre de contrato.
Esta
vez he preferido no usar el mono-ciclo de camino a casa, el paquete
no es precisamente pequeño y manejable y los síntomas acusados de
vértigo que padezco modifican el eje que equilibra mi habilidad
ciclista.
Por
fin ha llegado la hora establecida en la carta, seleccionada según
un estudio estadístico que Adela ha elaborado a partir de las
rutinas de mi objetivo. Es en ese momento cuando el amo entrecierra
el balcón y deja al susodicho a la intemperie desgañitándose
cuando deberás masticar el 1,5 gr. de setas secas Mckennaii. No
habrás ingerido ningún sólido durante las dos horas y media
previas y depositarás una bebida azucarada junto a tu cama para el
final de la operación. Recomendamos especialmente el zumo de
naranja.
La
Fowler de Ardesa para caza menor ha sido previamente cargada. Antes
de empuñarla, coloca el dispositivo modular que silenciará el
disparo y ponte la bandolera adjuntada. Comprueba que contiene un
bote de miel.
Si
notas cosquillas en los pies y cierta ligereza es que las setas han
iniciado su proceso alucinógeno.
Espera
la visita de una rata en tu ventana, entonces sal a la calle.
Una
vez situada debajo del balcón del objetivo unta la boca del
silenciador con la miel generosamente. Empuña la escopeta y en
posición de puntillas agita los pies como si nadaras. Te despegarás
del suelo. Sigue agitándolos con energía moderada hasta alcanzar la
altura correspondiente.
La
miel atraerá al objetivo a la par que lo despistará de la situación
de tensión. Apunta y dispara, un único tiro.
Inicia
el descenso ejerciendo un movimiento de presión hacia abajo y en
vertical con los brazos y agitando levemente los pies.
Devuelve
la escopeta a la niña con la rata y dirígete a tu piso. Bébete el
zumo de naranja y duerme.
Jacobo
anda canturreando, dice que ha puesto un poco de orden en el salón
porque así uno no puede planchar a gusto. Yo miro a través de la
ventana sin reparar en su retahíla y le pregunto si han llegado los
del sepelio. Él no atiende a minucias, dice, mis volantes le dan
suficiente faena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario