sábado, 14 de octubre de 2017

Las Ciegas

Mi deseo de que desaparezcas va en aumento estrepitoso cada día. Irracionalmente busco tu presencia física a través de mi ventana. Ese tamaño de balón de fútbol te permite ser muy osado detrás de las macetas. Cuando te diviso, noto como la cara se me transfigura en un gesto de repugnancia y quisiera ser lo suficientemente maníaca como para gritarte a pleno pulmón: ¡cállate de una vez maldito perro patada! ¡Tírate del balcón abajo y desaparece de mi vista!
Y no es precisamente que una sea parca en paciencia, Jacobo, el chico que me plancha los vestidos los domingos de buena mañana, opinaría que peco de lo contrario: '¡ni María Teresa de Calcuta! En esta escalera no aguantaba yo un minuto de microondas'. Y reafirme mi cualidad mansa que a pesar de la alerta mental que asalta a mi cerebro cada vez que escucho la retahíla jacobea, nunca la ejecuto según su correspondiente materialización lingüística: '¡que no es María que es Madre, ignorante!'
La cosa es que las urbanizaciones residenciales donde una no se cruza más que con árboles, contenedores de reciclaje y runners, no han sido mi entorno favorito para desarrollar la destacable potencialidad creativa que me caracteriza, o al menos así me lo cercioran las diferentes instituciones de las que recibo la adecuada socialización . Mi abuela fue la primera en apodarme Antoñita la Fantástica, mi compañero del coro me pregunta cada ensayo por el número de mi camello y la jefa de correos insiste en proclamarme año tras año responsable de festejos en mi oficina de destino. Así pues, para sostener el nivel de originalidad que se me presupone, preferí alejarme de esos lugares alienados del diario que de tan neutros y homogéneos insultan la diversidad humana, y habituarme a las comunidades vecinales y a los barrios, digamos, más excesivos. Por consiguiente, cada vez que un programa software de la administración pública decide según la meritocracia establecida mi próxima fortuna, así empaqueto ciertos bártulos, practico el desapego con otros ciertos y zarpo hacia el siguiente barrio con la emoción de conocer a mi nueva hornera y a mi presidente de la comunidad. Jacobo será el único paisaje conocido, dice que planchar los volantes de mis vestidos le apasiona.
De esta manera he llegado al barrio de Las Ciegas. La oficina de correos correspondiente no está precisamente cerca, son unos tres cuartos de hora en mono-ciclo. A pesar de tal distancia, elegí instalarme aquí y notar con satisfacción como mi equilibrio va mejorando a zancadas, hasta Jacobo ha caído en la cuenta, no hay tantos jirones en los volantes, dice.
Más que escuchar rumores, los he leído en las webs que consulto a menudo. Las Ciegas es uno de esos barrios donde pasan cosas extraordinarias, aunque la vecindad lo resuma en un 'simplemente pasan cosas, punto'.
Hasta el momento, he disfrutado de mi tarjeta como extranjera de raza blanca y occidental en el barrio. Es la autoridad más ambicionada en muchos lugares del mundo por sus innumerables privilegios, a los que es fácil que, siendo europea caucasiana, accedas sin despeinarte un caracol del flequillo, por lo que no iba a ser menos en Las Ciegas. Este estatus me permite pasear mi mentón altivo sin sospecha, e incluso ser requerida en papel de mediadora moral si el hecho acaecido tuviera pinta de desembocar en una no-resolución, porque en Las Ciegas cualquier acontecimiento se solventa, no existen asuntos pendientes, y el medio no provoca un debate nacional sobre el mal y el bien. La sabiduría popular comenta que de aquí vendría este conocido apodo del barrio de Las Ciegas, oficialmente llamado de la Virgen de la Merced y los Cautivos.
Si digo hasta el momento es porque algo urdo, y si algo urdes una debe inmiscuirse en el barrio como actriz protagonista de su telenovela particular, a pesar de la pérdida que significará de mi extranjería inherente. Realmente, pasar a ser una ciega más no activa otra emoción que la de recobrar mi habitual estabilidad, actualmente hecha miles de añicos que punzan y arañan cada noche que su agudo ladrido alcanza mis oídos.
La otorrina del ambulatorio ha diagnosticado que las llagas del tímpano no sanarán hasta que desaparezca la causa que las propicia. El departamento de Psiquiatría del hospital en proyecto interdisciplinar con el de Física de la universidad politécnica estudian el caso hipotético en el que la agudeza de un sonido animal, en dosis interválicas pero continuadas y en un periodo de tiempo duradero, podría provocar un problema social de incremento de población con desequilibrio mental, para lo cual nuestras arcas estatales no estarían preparadas.
Por tanto, tomar partido en este caso conlleva, no solo beneficios exclusivamente personales tales como la recuperación holística de mi salud y la superación del rito iniciático de entrada a la comunidad de Las Ciegas, sino también una acción en pro del bien común.
Desde mi ventana puedo verte, tu también a mi. La calle que nos separa es suficientemente estrecha como para que también pueda detallar tus rutinas. A la par las de tu amo. Voy tomando notas como me ha recomendado Adela: describe tiempos y espacios, dice, tan minucioso como esos diarios de ovulación cuando tratas de quedarte preñada. Adela vende ajos en la esquina los miércoles, el resto de los días trabaja como administrativa en el sicariato del barrio. Fue ella quien me dio la cita con Teo, apodado la Alquimista. Teo no tiene género, o mejor dicho tiene dos, Teo es hombre cuando proporciona los cuidados básicos en la residencia de mayores, y mujer cuando fabrica venenos para ejecutar los asesinatos del sicariato. Tanto a Adela como a Teo mi problemática les ha parecido de justicia social, están dispuestos a ayudarme aunque aumentando mínimamente la cuota, deben externalizar una parte del servicio dado que entre sus principios éticos no se recoge el intrusismo laboral. En cuanto realicen una pormenorizada revisión de mis notas y les respondan los traficantes de setas, recibiré una carta y un paquete en la ofician. Deberé proceder tal cual se indica sin mas cuestiones.
Últimamente no puedo evitar que mi lenguaje corporal comunique un estado angustioso, además he empezado a aullar para contrarrestar sus ladridos. Sé que algo intuyes, animal de cuatro patas, pero has perdido tu identidad de mascota entrañable. Mis aullidos te espantan y soy yo la que se relame, aunque ese sonido agudo que emites lo estés transformando en un llanto estridente y las llagas de mis oídos sangren y duelan como tu rabia.
Hoy ha entrado una niña en traje y chaqueta a la oficina, con una carta, un paquete y una rata en su hombro izquierdo. Exquisitamente educadas ambas han procedido a la entrega, recogido mi dni y mi firma en su ipad y apretado mi mano en señal de cierre de contrato.
Esta vez he preferido no usar el mono-ciclo de camino a casa, el paquete no es precisamente pequeño y manejable y los síntomas acusados de vértigo que padezco modifican el eje que equilibra mi habilidad ciclista.
Por fin ha llegado la hora establecida en la carta, seleccionada según un estudio estadístico que Adela ha elaborado a partir de las rutinas de mi objetivo. Es en ese momento cuando el amo entrecierra el balcón y deja al susodicho a la intemperie desgañitándose cuando deberás masticar el 1,5 gr. de setas secas Mckennaii. No habrás ingerido ningún sólido durante las dos horas y media previas y depositarás una bebida azucarada junto a tu cama para el final de la operación. Recomendamos especialmente el zumo de naranja.
La Fowler de Ardesa para caza menor ha sido previamente cargada. Antes de empuñarla, coloca el dispositivo modular que silenciará el disparo y ponte la bandolera adjuntada. Comprueba que contiene un bote de miel.
Si notas cosquillas en los pies y cierta ligereza es que las setas han iniciado su proceso alucinógeno.
Espera la visita de una rata en tu ventana, entonces sal a la calle.
Una vez situada debajo del balcón del objetivo unta la boca del silenciador con la miel generosamente. Empuña la escopeta y en posición de puntillas agita los pies como si nadaras. Te despegarás del suelo. Sigue agitándolos con energía moderada hasta alcanzar la altura correspondiente.
La miel atraerá al objetivo a la par que lo despistará de la situación de tensión. Apunta y dispara, un único tiro.
Inicia el descenso ejerciendo un movimiento de presión hacia abajo y en vertical con los brazos y agitando levemente los pies.
Devuelve la escopeta a la niña con la rata y dirígete a tu piso. Bébete el zumo de naranja y duerme.


Jacobo anda canturreando, dice que ha puesto un poco de orden en el salón porque así uno no puede planchar a gusto. Yo miro a través de la ventana sin reparar en su retahíla y le pregunto si han llegado los del sepelio. Él no atiende a minucias, dice, mis volantes le dan suficiente faena.

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