Banalidades
A mí me gusta beber. Beber alcohol, por supuesto. Lo
demás es hidratarse o alimentarse, pero para mí, beber es un verbo que me huele
a alcohol. Y me gusta en reuniones, en fiestas, en orgías; pero, por lo
general, me gusta más cuando estoy solo, si es que existe eso de estar solo. Ahí
aprovecho para rumiar tranquilamente mis pensamientos más recurrentes, oír
música prestándole toda mi atención a un mismo tema una y otra vez hasta
encontrarle su sentido más prístino o llevarme al hastío pasito a pasito, suave, suavecito… Pero últimamente dedico mis
tardes-noches de beber solo para hojear libros empolvados, buscando fragmentos
subrayados o con notas a los costados para ver si aún así, fuera de contexto,
tienen algún significado para mí.
Hace unos días tomé un viejo diario de campo que encontré
en un cajón del escritorio. Con una mano lo sujeté del lomo y con los dedos
índice y pulgar de la otra empecé a ejercer presión al costado contrario del
lomo, deslizando el pulgar hacia el índice, dejando pasar rápidamente las hojas
de un lado a otro para detenerme en cualquiera, al azar. Allí encontré un texto
que decía:
<<Hoy amanecí con una pereza existencial
inmarcesible. Una tentación terrible a no hacer nada. Sólo pensar en bañarme,
vestirme, tomar mi grabadora y mi diario; hacer entrevistas, encuestas,
talleres… me parece un suplicio. Y es que ayer no fue un buen día. Antes de
salir de casa, mientras desayunaba, apareció de nuevo mi tía con su retahíla:
que se me estaba haciendo tarde como siempre, que me voy sin lavar un solo vaso,
que todo huele a tabaco, que consiga un trabajo de verdad, que esto, que lo
otro. En fin, lo de siempre, pero unas veces cansa más que otras. Y cuando más
cansa es cuando más reconozco que ella tiene la razón en todo lo que me dice. Entonces
me vuelve el remordimiento, la nostalgia de añorar lo que nunca jamás sucedió,
como cantara Sabina, y la culpa que pesa tanto. Todo me pesa demasiado. Ojalá
de un momento a otro me llegara un alivio, que todo se hiciera liviano. Que
nada nos jalara hacia un centro de la nada y así ver esta libreta y mi lápiz
danzar por el aire en esta habitación. Y yo, flotando también, haciendo vanos
esfuerzos por agarrarlos. Todo liviano, todo flotando. Mi tía no podría decirme
nada porque no encontraría ninguno de sus vasos, ni los limpios ni los sucios.
Y menos aún podría reprocharme el ir tarde al trabajo (que para ella no es
trabajo) porque nadie podría llegar a tiempo. Nadie podría tomar la dirección correcta.
¡Pero vaya estupideces digo! ¡Si lo que me pesa adentro, en mi cabeza y alma,
no se rige por gravedad alguna! Andaría igual de mal, pero flotando. Sin
siquiera poder escribir. Mejor dejo este tema acá y empiezo a anotar las cuestiones
realmente importantes, que ya se me está haciendo tarde…>>
En adelante sigo con anotaciones del trabajo (bastante
aburridas, por cierto), que era la verdadera razón de ser del susodicho diario. ¡Pero qué cantidad de banalidades torpes escribía en aquella época! Con razón
al poco tiempo me quedé sin empleo. A mí que no me pongan a flotar nada, que
por ahora el vino en esta copa están muy bien. No necesito más.
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