domingo, 15 de octubre de 2017

Levitando...

RELATO: LEVITANDO….

                Era miércoles. ¡Bendito miércoles! Ese día en que podía salir del trabajo durante unas horas. Salir a “documentarme”. Sí, documentarme, porque trabajo en una empresa de productos ecológicos como “cazadora de tendencias”, como se dice ahora. Visito supermercados, fruterías, para ver lo que suelen comprar los jóvenes de hoy, jóvenes entre 20 y 35 años preferentemente. Mi empresa quiere lanzar un nuevo producto dirigida a esta franja de edad.
                Cogí pues mi mochila y mi chaquetón y ¡a disfrutar!
                Es la parte que más me gusta de mi trabajo. Y no la parte aburrida de despacho, manejando datos y estadísticas. ¡Uf! ¡No!
                Al levantarme de la silla noté como un mareo, como si estuviese en una noria. Sí, eso era, como en una noria ¡Con lo que yo me mareo en esos artefactos! A pesar de ello, y sin darme cuenta, me vi ya abajo, caminando ligera calle abajo, y, a diferencia de otras veces, sin cansancio alguno.
                Pero el mareo seguía ¿Qué era esto? ¿Qué me estaba pasando? ¿Estaba flotando? ¿Volando? ¿Levitando?
                No, no podía ser. Eso no le pasaba a la gente normal.
                Pero sí. Era cierto ¡Levitaba!
              ¡Socorro! ¡Ayuda! Pero nadie me oía.
                Veía la ciudad allá abajo y cada vez más pequeña. Al principio sabía dónde estaba, pero pronto me perdí ¡Con el poco sentido de la orientación que yo tengo y me tenía que pasar esto a mí!
                Probé a controlar la situación, pues hasta ahora solo levitaba, pero una fuerza extraña me empujaba ahora de aquí para allá, hacia no se sabía dónde.
                Y sí, lo conseguí. Controlé.
                Pero, ¿a dónde dirigirme? ¿Sabría volver? Y, sobre todo, ¿cómo explicar mi situación a la vuelta? Pero esto no era lo que más me preocupaba.
                Aunque también pensé: ¿Y si aprovechaba para realizar mi trabajo de observación? Volando como estaba ¡podía visitar más sitios en menos tiempo! Pero claro, ¿cómo me iba a meter en las tiendas volando? Se mueren del susto. Lo mismo creen que soy un dinosaurio volador de esos de las películas y salen en mi caza. Porque con Wonderwoman, (y 90kg a cuestas), no, no me iban a confundir.
                A ver, tenía que pensar rápido.
              Pues mira por dónde: estaba sobrevolando un centro comercial con hipermercado y todo. Y, ¡Oh, là, là!, con un solar cercano lleno de escombros. Lo que yo necesitaba.
                Conseguí acercarme a él lo más posible. Vi una soga deshilachada pero fuerte y la até a una pesada pieza metálica de por allí. Até el otro extremo a mi cintura. Por fin lograba pisar tierra de nuevo. Pero ¿qué yo podía andar con lo que pesaba aquello? Claro, no era Wonderwoman. Pero, en todo caso, presentarme de esa guisa en el centro comercial no era la mejor idea. Una puede ser moderna pero este look no creo que triunfara.
                Desistí de mis observaciones, ya tenía suficiente por hoy. Tanta ventaja que le vi al asunto al principio y ahora solo estaba cansada de mis esfuerzos por anclarme a tierra de nuevo, mareada de tanto vuelo inútil y solo quería volver a mi querido despacho. Sí, querido ¡Hasta lo echaba de menos!
                Como esta zona sí la conocía, me deshice de mi lastre y eché a volar de nuevo.
                No me costó mucho llegar. Gracias a Dios la ventana estaba abierta ¿Abierta? ¡Qué raro!
                Me senté exhausta y aliviada a la vez pues ¡ya no levitaba! ¡Pero qué cansada me sentía…!
                De repente oí pasos rápidos y decididos que se acercaban a mi puerta y que me despertaron de la ensoñación en la que había caído por momentos. ¡Eso era! ¡Ahora caigo! ¡Todo había sido un sueño! ¡Qué alivio!
                Una de mis ayudantes entró precipitadamente en el despacho y empezó a explicarme que varios compañeros de mi equipo habían venido a hablar conmigo y no me habían encontrado, porque se suponía que yo tenía que volver a las 5 ¡y eran las 8! Ella misma venía a comprobarlo con sus propios ojos. Y, sobre todo, les había extrañado además que, en pleno invierno, y con lo friolera que yo era, ¡tuviera la ventana abierta! Y por cierto, por dónde había entrado que nadie me había visto…
                Yo solo sé que abrí los ojos desorbitadamente y me pregunté: ¿que no había sido un sueño todo aquello?
                La secretaria me estaba mirando fijamente y me decía: ¿Te encuentras bien? Estás pálida.
Y yo pensé entonces: ¿Qué no sería yo una Wonderwoman después de todo?


                                                                                                    Teresa Báguena


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