viernes, 3 de noviembre de 2017

"DIS-SATISFACTION"

“DIS-SATISFACTION”

Ávila, año 1965. Mientras el mundo se estremecía con la guerra de Vietnam y “I can’t get no” de los Rolling resonaba en los oídos de cualquier adolescente que se preciara,  Ernesto había cumplido los 18 años. Era el mayor y el único varón entre 7 hermanas.
Su padre, Don Hipólito, era un funcionario de Hacienda, más bien pequeño y enjuto, trabajador esforzado, cumplidor, tranquilo, mientras nadie alterase el orden de  sus rutinas. En la casa tenía una existencia casi virtual. Su madre hablaba de él con cariño, aunque, frecuentemente, para quejarse de su falta de espíritu; pero, en persona, solo se le veía salir sin hacer ruido a primera hora del día y, por la noche,  al volver, se le escuchaba girar suavemente la llave como para no molestar, y, después de saludar con un gesto desganado, sentarse a escuchar la radio en su butaca, donde se hacía transparente. En resumen, poca cosa, aunque, eso sí, altamente eficiente en su tarea reproductiva.
Su madre, Doña Encarna, siempre embarazada o criando. Lo hacía con gusto, era lo que había elegido, pero, en cualquier caso, no tenía otra más que ocuparse de la intendencia de aquella casa y del cuidado de la prole. Era una matrona con mando en plaza. Sabía lo que necesitaba cada uno según el gesto con el que amanecía. Se ocupaba de atender a todos, había estudiado en varias ocasiones los estudios primarios y  el bachillerato acompañando a sus crías. Incluso había aprendido a no discutir con adolescentes. Nada se escapaba a su control.
Pero tenía una debilidad: Ernesto.
Desde que lo tomó entre sus brazos se sintió atrapada por aquellos ojitos extraviados y aquella boquita que chupaba todo lo que se encontraba en el camino buscando la teta con desesperación.
Ernesto se cogió con facilidad y creció bien sano y sonriente. Pero llegó el fatídico momento del destete. Ya había cumplido 2 años y tenía todos los dientes necesarios para enfrentarse a un buen bistec, pero solo comía con la condición de tener “un poco de tetita” de postre.
En esas estaban cuando Doña Encarna quedó embarazada de su segunda hija. Aún así continuó como pudo, a costa de su salud, dándole su “postre” a Ernesto en cada comida.
Mientras su madre amamantaba a su hermana, Ernesto miraba embelesado, esperando que la niña se cansara para ocupar su lugar.
Así, resistiéndose al destete, se sucedieron embarazos, partos y lactancias.
Cuando cumplió los 8 años, poco antes de tomar la Comunión, Doña Encarna, consideró que no era muy correcto que su hijo siguiera manoseándole y chupándole los pechos con fruición varias veces al día. Llena de dudas consultó con su confesor, que, como era lógico, se llevó las manos a la cabeza y le dijo que no podía continuar así ni un solo día más. Así que, con gran dolor de su corazón, le dijo que ya era muy mayor y tenía que alimentarse por sí mismo como todo el mundo.
Ernesto entró en un estado de melancolía profunda: Dejó de comer, dejó de jugar y de sonreír.  Se le veía arrastrándose como un fantasma por la casa, se dejaba caer por los rincones y unos lagrimones enormes le surcaban la cara.
Doña Encarna no estaba mucho mejor, acababa de tener a su cuarta hija, y se le juntó la depresión post parto con el desconsuelo de su niño. No levantaba cabeza. Ya apenas se escuchaba su voz, una niebla gris había invadido la casa.
Don Hipólito que, aunque pareciera ausente en su mundo virtual, se mantenía alerta como lugarteniente, cuando vio que su Encarna perdía el norte y que peligraba el equilibrio familiar, decidió tomar cartas en el asunto.
Anduvo investigando con diversos conocidos, procedimientos alternativos para amamantar a las crías. Nadie se extrañó, como era lógico en su caso, de su preocupación.
Aquella noche giró la llave con fuerza al entrar en casa y sus pasos sonaron con energía  en el pasillo. Todos acudieron al salón ante la sorpresa de su presencia manifiesta y allí estaba con la solución en la mano: Un sacaleches.
Explicó el funcionamiento del artefacto y su Encarna le abrazó agradecida y feliz, dispuesta a probar la nueva experiencia.
Don Hipólito volvió a su sillón dispuesto a diluir tanta emoción sobrevenida.
Ernesto miraba el sacaleches con recelo, aunque dejando entrever un cierto brillo en sus ojos.
Su madre ya más tranquila y convencida de que aquello no entrañaba ningún pecado,  le llamó, le mostró cómo aquel aparato permitía sacar su leche y pasarla a un biberón, lo cogió en sus brazos y se lo dio.
Ernesto apoyaba la cabeza en la teta de su madre con nostalgia, pero aceptó aquel sucedáneo como un mal menor.
Y así todo volvió a la normalidad. Ernesto volvió a tener su “postre”, empezó a comer y recuperó la sonrisa y las ganas de jugar.
Y así de nuevo en la rueda de embarazos y lactancias fueron transcurriendo los años sin que ni Ernesto ni su madre se plantearan siquiera la posibilidad del destete.
Pero aquel verano todo se había conjurado en su contra:
Por un lado su hermana pequeña, ya tenía 3 años y su madre prácticamente ya no tenía leche ni daba muestras de volverse a embarazar.
Por otro, había terminado el Bachillerato y  tenía que ir a la Universidad, era preciso, no tenía alternativa, era el varón y en él estaban puestas todas las esperanzas, pero, para su desgracia, tenía que salir de casa, en Ávila no había Universidad.
El pánico se fue apoderando de él ¿Cómo iba a sobrevivir?

No podía conciliar el sueño, sintiéndose ante aquél enorme vacío, en el borde del abismo. Teniendo que saltar sin paracaídas ni red.
Pero una tarde ocurrió algo providencial. En una de esas repentinas presencias, su padre había aparecido con una TV. Ante la novedad, todos, incluso Ernesto, se sentaron a verla. Estaban entrevistando a un actor que contaba cosas de su infancia y habló de su “ama de cría”.
AMA DE CRÍA, aquellas palabras se iluminaron como un neón ante sus ojos.
En Septiembre marchó a Salamanca, con gran desgarro de Doña Encarna que no podía hacerse a la idea de verlo partir.
Ante la extrañeza de toda la familia, Ernesto parecía feliz en Salamanca. Su madre se fue resignando a su ausencia encargándose febrilmente de la crianza de las más pequeñas
Unos meses después apareció una extraña noticia en “El Norte de Castilla”:
“Salamanca. ¿Tráfico de leche materna? En diferentes comisarías de distrito se han recibido denuncias de varias mujeres, todas ellas en fase de lactancia, que, a media mañana y en ausencia de sus maridos han sido asaltadas y adormecidas y, al despertar, han visto la puerta hábilmente forzada con una llave maestra. No han echado nada a faltar en la casa. Únicamente han notado sus pechos vacíos.”
…La necesidad agudiza el ingenio.

Julia

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