domingo, 5 de noviembre de 2017




         

 Y TODO SE ACABÓ



                La situación entre nosotros se había hecho insoportable. Y duraba ya un año. Por cualquier cosa saltaba la discusión y, generalmente, por cosas nimias, sin importancia. Se disparaba entonces como una especie de competición entre nosotros por ver quién decía la última palabra, porque, tácitamente, eso representaba haber ganado al otro. Una lucha de poder al fin y al cabo.

                La verdad es que no me reconocía ni a mí ni a mi pareja en aquella situación. Después de diez años de convivencia, donde hubo amor, cariño, respeto, ahora había rencor, suspicacias, desconfianza, que nos iba separando más y más cada día.

                Ya no quedábamos para comer juntos como antes, aprovechando un hueco en nuestros respectivos trabajos. Ahora yo comía en la cafetería de mi empresa o, a veces, comía cualquier porquería de la máquina expendedora que se erguía, fría y solitaria, al final del pasillo donde yo tenía mi despacho.

                Se acabaron esas escapadas a la cafetería a mitad camino entre su trabajo y el mío donde, apuradamente, comíamos, y donde casi nunca teníamos tiempo para el café pues debíamos volver al trabajo enseguida. Estos eran momentos dulces, de compartir cómo nos había ido la mañana, de contarnos qué nos esperaba a la tarde, y donde siempre, siempre, mi pareja tenía detalles cariñosos conmigo: me cogía de la mano mientras me hablaba, o me miraba de esa manera tan especial que sabes solo es para ti y dice cuánto te quiere.

                Ahora, sin embargo, cuando llegaba la noche y nos reencontrábamos en casa después de un largo día de trabajo, el silencio caía como una losa entre los dos, como si no tuviésemos ya nada que decirnos. O, como mucho, solo lo imprescindible. A veces, llegaba tan cansada que yo misma procuraba medir mucho mis palabras porque no tenía ganas de provocar ninguna discusión. No tenía fuerzas.

                La verdad es que no tenía fuerzas desde hacía más de un año, cuando perdí a mi bebé. ¡Dios, cómo me duele decirlo! Los ojos se me vuelven a empañar, como siempre que vuelve a mi mente ese recuerdo. Recuerdo que en realidad es constante. No se puede olvidar nunca la muerte de un hijo.

                Mi hijo había nacido sano, gordito, sonrosado. Fue un niño muy deseado. Después de varios años de convivencia mi pareja y yo habíamos decidido ser padres. Estábamos muy seguros de nuestro amor y ello nos llevó a dar este importante paso.
                Estuvimos seis meses preparando la habitación de nuestro futuro bebé. Discrepábamos en el mobiliario: él es más moderno en sus gustos y yo más clásica. Al final, por fin, llegamos a un entente. Y quedó muy bonita.

                Nuestra casa es una casa antigua, heredada de los abuelos de mi pareja. No le hicimos ascos cuando su padre, el primer heredero de la misma, antes que venderla nos la cedió al enterarse que queríamos vivir juntos. Cuando se tienen problemas económicos no puedes desechar semejante regalo.
                De la casa me chocó sus altos techos, sus suelos donde las baldosa hacían bonitos dibujos geométricos, zócalos en el comedor, y donde las puertas de todas las habitaciones tenían llave. Evidentemente, como no íbamos a cerrar ninguna puerta, lo primero que hicimos fue recogerlas todas y guardarlas en el último cajón de la cómoda de nuestro cuarto.

                Y llegó él, nuestro bebé, nuestro hijo. Como ya dije, precioso. Yo estaba loca por él, pero mi pareja creo que aún más. Solo quería tenerlo en brazos, aunque ninguno sabíamos bien cómo coger aquella cosita tan pequeña, Creo que aquel bebé nos unió aún más.

                Pero el niño no se cogía a mi pecho, a pesar de que yo los tenía llenos de leche, tanta que hasta me dolían de los tensos que estaban. Intentamos muchas veces que se cogiera a mamar, entre las enfermeras, que me daban instrucciones, y yo. Pero nada.

                Y mi niño lloraba y lloraba de hambre.

                Tuvieron que utilizar el sacaleches para vaciar mis pechos. Qué artilugio más horroroso. Yo lo sentía como un instrumento de tortura. Cada vez que veía a la enfermera con él en la mano, yo lloraba. Y no solo por el dolor que me producía sino porque implicaba que mi niño no mamaba. Un día más.

                Me sentía frustrada como madre, como mujer. Mi pareja me consolaba, me daba mucho ánimo, pero yo le apartaba muchas veces de mi lado, llena de rabia, de frustración. Pero no contra él, sino contra aquella situación. Y él, ante mis continuos rechazos, fue espaciando, cada vez más, sus muestras de cariño.

                Y le dieron a mi niño una alimentación alternativa. Tampoco era el primero en no cogerse al pecho. A veces, incluso, hay madres que no tienen ni leche. Con estos argumentos querían consolarme todos. Pero yo seguía produciendo leche y aquel dichoso sacaleches me seguía torturando y frustrando cada vez más.

                Pero mi bebé no engordaba. Empezó a devolver todo lo que le daban. No toleraba ni alimentación ni medicación alguna. Acabó en la incubadora. Acabó en un féretro blanco.

                La desolación cayó sobre nosotros. Yo me encerré aún más en mí misma. Rechazaba a mi pareja, rechazaba a mi familia, amigos. En definitiva, cualquier acto de cariño hacia mí, fuera de quien fuera.

                Y no solo me cerré yo, también cerré la habitación que iba a ser para nuestro hijo, Rebusqué en el último cajón de la cómoda. Saqué el manojo de llaves y probé y probé en la cerradura hasta que encontré la que buscaba.

                Desde entonces me la colgué en el cuello y no se la dejo a nadie. Mi pareja, la familia, amigos, me dicen que después de un año desde que faltó mi hijo, he de hacerme a la idea, que la vida sigue, y un buen paso para superarlo sería abrir la habitación, e, incluso, tener otro hijo.

                 Pero yo no quiero. Ni una cosa ni la otra. Cerré la habitación, pero esa llave también cerró mi corazón.


                                                                                                                Teresa Báguena

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