viernes, 10 de noviembre de 2017

Lilith



Tras de sí cerró la puerta con llave cuidadosamente y la colgó de nuevo de su cuello dejándola caer entre el sobrecorpiño y el escote estremeciéndole la piel. Aquel frío metálico significaba la caída de la noche y la fortuna de guarecerse bajo techo y cerrojo. Ciertamente, no había mal que el poder de echar la llave pudiese parar y dejar a espuertas, y sin embargo tan igualmente inevitable era la sensación apacigüe que le sobrevenía al escuchar el engranaje de la cerradura. Respiró.

De frente ante el espejo, una sirvienta la despoja de camisillas con encajes, faldones y enaguas almidonados. Prefiere dejarse puestas las medias, le recogen los pliegues carnosos dejados por el corpiño al librarle el tronco. Se mira los senos desnudos y evoca la última vez que lactó Lilith, las piernas le flojean.
- Señora, ¿se encuentra bien?
- Sí, puede irse
- Debo vendarla, señora
- No, hoy no. Salga de la sala, Rosana.
- Sí, señora.

Recordaba el tiempo en que vivió en los palacios al recorrer con la mirada la habitación que la hospedaba. El sistema moderno de tuberías tardaría en llegar a aquel barrio proletario, pero la ama de la posada cuidaba de llenar el barreño con el agua bien calentada al amor de la chimenea. Sumergirse plácidamente la distanciaban del temor a que la cerradura se descorriese. Su mano en la llave.

Alberga el deseo de que hoy no venga el señor, que el puro y el brandy lo entreguen a asuntos importantes. Esta noche sus senos inflamados han dejado de ser ubres. No despedirá a Lilith. El señor le ha dado tiempo para acostumbrarse al nuevo invento. Ha pedido a Rosana que lo saque de su vista. Lilith le devuelve su cuerpo.

Ejercer el oficio de mamona había sido una labor respetada y necesaria. Lilith masajeaba los senos de sus señoras con suma delicadeza. La boca entreabierta que aspiraba debajo de la gasa cubriendo sus rostros indicaba el instante preciso para lactar. Algunas gemían de dolor, otras se retorcían de placer. Aquel artefacto no ofrecería nunca el amor que Lilith dedicaba a sus señoras, pero esa intimidad no sería considerada. El cuerpo de sus señoras tenía dueños.

El señor quiso estar presente durante la succión de Lilith y no ha modificado su cara de insatisfacción durante todo el procedimiento. Le ha disgustado el olor de su perfume al mezclarse con el de la leche agria que Lilith iba escupiendo en el lavamanos. Recuerda que se han desafiado al despedirse con la sutileza del silencio y las miradas sostenidas. Ha sido cuando el señor ha mostrado el sacaleches.

Aún reposaba sus pensamientos en el vaho que había ido caldeando la habitación cuando dos golpes en la puerta hacían temblar la superficie del agua. Sabía que tarde o temprano le sellarían la boca y le atarían de manos, pero que le darían tiempo a ser ella quien descorriese la cerradura. Su señora debería acostumbrarse al artefacto.

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