Sobrevivir
Salgo temprano como todas las mañanas y me pongo mis viejas
zapatillas, el médico me ha dicho que aún es demasiado pronto, que mis piernas y
mis caderas necesitan fortalecerse, pero quiero correr, sentir que me desplazo
y avanzo, que después de todo soy capaz de crear espacio tras de mí. Llevo los
auriculares puestos en un intento de aislarme, de no sentir y poder detener mis
pensamientos, ni siquiera necesito oír mi respiración ni mis pisadas, solo me
apetece escuchar nuestra música, sus canciones y las mías, melodías antagónicas
y complementarias, como nosotros. Me pongo en marcha y poco a poco mi zancada va
marcando un ritmo constante, ella se hace presente y pegada a mí, se acompasa golpeando
suavemente mi pecho, me recuerda una y otra vez que la llevo colgada del cuello.
En realidad, no acabo de entender por que la he atado a mi
garganta, imagino que al final se ha convertido en un amuleto, en un mecanismo capaz
de cerrar parte de una vida, pero también se ha transformado en una obsesión y me
descubro abstraído, demasiado tiempo recorriendo su contorno, cartografiando una
y otra vez su perfil con las yemas de mis dedos, sus crestas y sus valles, como
queriendo leer un mensaje encriptado que no he sido capaz de comprender. A
menudo incluso la llevo a mis labios, la muerdo y la hago partícipe del
silencio de mis palabras, otras veces voy más allá, la meto en mi boca y mi
lengua, queriendo jugar con ella, la hace chocar con mis encías, busco hacerme
daño, reconozco que hay cierto placer en ese gesto de herirme.
Acabado de correr, estoy cansado, entro en casa y atravieso presuroso
el pasillo, voy directo a la ducha, por un momento la miro de reojo y confirmo
que sigue ahí, cerrada, casi puedo sentir toda la energía que hay detrás de
ella, objetos, recuerdos y más recuerdos, todas sus cosas y también las de él.
Éramos una pareja cariñosa y llena de contrastes, esa era la
imagen que proyectábamos. Yo era el hombre serio, maduro y cartesiano, ella era
la chica hippy y malabarista, yo era el padre del hijo único, del termómetro
digital y los grados Celsius, y ella era la madre analógica, de familia
numerosa, de la frente pegada a los labios y la sonrisa luminosa. Al fin y al
cabo, yo era el hombre práctico, a veces frío y ella era la mujer del calor natural
y del pecho lactante en la boca. Ella era la mujer terca e intuitiva y yo el
hombre sumiso y lógico.
Todavía recuerdo la última discusión, ella sabía que la amaba
demasiado para querer cambiarla, pero debía hacerle entender que se podían
utilizar cosas prácticas sin tener que renunciar a sus principios.
Entré en la farmacia y lo vi en el expositor, me hizo gracia
la frase que lo acompañaba “apriete el pezón contra el orificio”, lo cogí y lo
tuve en mis manos bastante tiempo, lo examiné detenidamente y por un momento dude,
pero me pareció simple he higiénico. Salí de la farmacia con él y sonreí, imaginaba
la situación, ella mirándome con perplejidad y colocándose el dispositivo en su
seno.
Teníamos mucha prisa, quise convencerla para que lo
utilizara, era lo más práctico y para eso lo había comprado. Hacía mucho frío y
lo más lógico era llamar a su hermana para que se quedara con él y tranquilamente,
le diera el biberón más tarde. No hubo forma, no tardó en mirarme con insolencia
y lanzarme el dichoso dispositivo, su decisión era darle el pecho de camino, en
el asiento de atrás.
Al final salimos con demasiada urgencia, demasiado frío y
demasiadas curvas. Ella me habló y yo me giré un momento para verlos, de repente
todo desapareció, nuestro presente y su futuro. Desperté semanas después solo
en el hospital, boca arriba y sin poder moverme, amputado de ella y de él.
Creo que no estamos fabricados para sobrevivir a ciertos
traumas, es mas natural haber perecido en ellos. A veces se me hace
insoportable no estar muerto, me odio y los necesito.
Paco Florentino
12 de noviembre de 2017
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