Estoy cansada de las patrañas del amor incondicional. El
amor incondicional no existe, y menos cuando se lo endosan al amor maternal.
Nunca antes había estado tan condicionada como desde que nació Akel. Hoy está
cumpliendo apenas cuatro mesecitos, pero para mí es como si hubiesen pasado
vidas completas. Siento mi cuerpo agotado, desgastado, y vivo con rabia de no
poder dormir una noche entera de largo, ni ducharme ni vestirme tranquilamente,
ni comer todo sin tener que levantarme de la mesa cada dos por tres. Desde hace
cuatro meses que todo es a medias.
Y sin embargo no quiero otra cosa que estar junto a Akel.
Darle cálidos baños entre pompas de aceite y jabón, dejar que el agua recorra
todo su cuerpo y pase entre cada uno de los pliegues de su piel. Vestirlo lo mejor
combinado posible sin importar que al rato tenga que cambiarlo de nuevo. Y
sentarme en el sillón de la abuela para amamantarlo: mientras él
succiona y se adormece, yo miro cada uno de sus rasgos encontrándole nuevos
detalles, nuevos parecidos a alguien, como si tuviera varios rostros, como si
naciera cada día. No hay nada más plácido que amamantarlo tranquilamente. Dicen
que esa placidez no es más que una elevada dosis de oxitocina producida por la
succión que hace el niño en el pezón, generando una sensación que se conecta
con el hipotálamo a través de los nervios espinales y ¡qué sé yo!, para mí no
es más que amor.
Pero hoy no solo cumple cuatro meses Akel, hoy también
vuelvo a trabajar. Mis ahorros se han ido agotando desde que dejé el trabajo en
los primeros meses del embarazo hasta ahora, pero esta noche seguro obtendré
una buena paga que me permita empezar a recuperar mi economía. Francisco, un
viejo cliente, volvió al país y me ha estado escribiendo insistentemente para
que hoy lo acompañe a una reunión social, como la llama él, pero imagino que no
es más que una fiesta de niñatos ricos. Me ha dicho que me pagará bien y que
será comprensivo si no quiero hacer algo de lo que otrora, sin pudor y con toda
profesionalidad, hacía sin chistar. Así que esta noche regresa el vestido rojo
corto y escotado, los zapatos negros de tacón alto y el maquillaje. Antes de
salir hacia el café en el que quedamos de encontrarnos, duermo al niño y lo
dejo al cuidado de la abuela. Me saco leche con el sacaleches que compré ayer
en medio de una profunda resignación y la pongo en un biberón que, aunque
nuevo, he desinfectado más de tres veces. Hasta ahora el niño no ha probado más
que mi teta. Tomo mi cartera, meto un par de condones, algo de maquillaje, el
teléfono, la llave de casa y salgo.
Al entrar al café, Francisco apaga un cigarrillo que
fumaba para matar la espera. Me mira de arriba a abajo como cerciorándose de
que el embarazo y la maternidad no han dejado secuela alguna en mi físico. Nos
saludamos. Me dice algunas lisonjas vacías -no necesita ganarse mi voluntad, yo
necesito ganar su dinero, mi dinero- y me convida a un café que rechazo
sugiriendo que mejor vayamos directamente a la fiesta y allí bebamos algo. No
estoy para charlas condescendientes, a veces prefiero follar que hablar con el
cliente.
Llegamos a una casa muy grande, bonita, ubicada en una
colina a las afueras de la ciudad. Todo muy elegante, con mucho lujo. Todo
vulgar. No hay nada más vulgar que la demostración ostentosa de posesión. Ahora
es cuestión de esperar a que pasen las horas. Ir de la mano de Francisco
mientras me exhibe ante sus amigos como un trofeo -su derrota-, responder con
sonrisas a las miradas morbosas de los hombres e ignorar las inquisitivas de
las mujeres. Si bien ésta es una escena que he vivido muchas veces, esta vez me
es imposible seguir mi propio libreto. No hago otra cosa que pensar en Akel ¿Se
habrá despertado ya? ¿La abuela le habrá podido dar el biberón? ¿Me habré
sacado leche suficiente? ¿Sentirá mi ausencia, así como yo siento la suya? Me
empieza a dar un subidón de leche al tiempo que una ansiedad terrible. Quiero
ir a casa, no quiero saber nada de bebidas, bailes, miradas, sexo. Le pido a
Francisco que nos marchemos, que vayamos a un hotel para terminar el servicio y
que luego me pida un taxi para poder ir a casa antes del alba. Francisco, tan
comprensivo como el papa, se despide de sus amigos y me lleva deprisa al hotel.
Ahora es él el del subidón.
- ¡Cómo se te han puesto las tetas de ricas, Lía, qué
buena estás! - Me dice Francisco al oído, tumbado sobre mí mientras su baba
espesa moja mi oreja, y sus gordas, pequeñas y sudorosas manos aprietan mis
pechos- Hoy eres tú la que me dará lechita a mí, ¿eh, putita?
Me derrota la repugnancia. Debo salir de aquí. No quiero
que sus manos toquen el pecho con el que solo quiero amamantar a Akel. Solo
quiero estar con él, ¡ni sacaleches ni ni mierda! Intento apartarlo, quitármelo
de encima, pero Francisco sigue en su soliloquio porno-erótico. No sé da cuenta
-no se quiere dar cuenta- de mi desprecio. Se piensa -asume- que es un forcejeo
performativo, un juego violador. Cada vez ejerce más fuerza sobre mí. Alcanzo
con la mano a tirar de la cartera, saco una llave, que es lo primero que
encuentro, y se la clavo en el cuello. Lo empujo, salto de la cama y salgo
corriendo de la habitación en medio de los gritos llorosos de dolor que
vocifera Francisco ¡Un sacrificio! Huyo. Cruzo la calle mientras un tímido sol
empieza a opacar la luz de los faroles. Me subo en el primer taxi que pasa y me
voy a casa.
- Ya está empezando a amanecer más pronto, ¿no es cierto,
señorita?
- Amanece, que no es poco. ¿Le podría dar más voz a la radio, por
favor?
Al amanecer, y al amanecer
se le llama aurora...
Julián Santigo.
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