lunes, 13 de noviembre de 2017

Lía





Estoy cansada de las patrañas del amor incondicional. El amor incondicional no existe, y menos cuando se lo endosan al amor maternal. Nunca antes había estado tan condicionada como desde que nació Akel. Hoy está cumpliendo apenas cuatro mesecitos, pero para mí es como si hubiesen pasado vidas completas. Siento mi cuerpo agotado, desgastado, y vivo con rabia de no poder dormir una noche entera de largo, ni ducharme ni vestirme tranquilamente, ni comer todo sin tener que levantarme de la mesa cada dos por tres. Desde hace cuatro meses que todo es a medias.

Y sin embargo no quiero otra cosa que estar junto a Akel. Darle cálidos baños entre pompas de aceite y jabón, dejar que el agua recorra todo su cuerpo y pase entre cada uno de los pliegues de su piel. Vestirlo lo mejor combinado posible sin importar que al rato tenga que cambiarlo de nuevo. Y sentarme en el sillón de la abuela para amamantarlo: mientras él succiona y se adormece, yo miro cada uno de sus rasgos encontrándole nuevos detalles, nuevos parecidos a alguien, como si tuviera varios rostros, como si naciera cada día. No hay nada más plácido que amamantarlo tranquilamente. Dicen que esa placidez no es más que una elevada dosis de oxitocina producida por la succión que hace el niño en el pezón, generando una sensación que se conecta con el hipotálamo a través de los nervios espinales y ¡qué sé yo!, para mí no es más que amor.

Pero hoy no solo cumple cuatro meses Akel, hoy también vuelvo a trabajar. Mis ahorros se han ido agotando desde que dejé el trabajo en los primeros meses del embarazo hasta ahora, pero esta noche seguro obtendré una buena paga que me permita empezar a recuperar mi economía. Francisco, un viejo cliente, volvió al país y me ha estado escribiendo insistentemente para que hoy lo acompañe a una reunión social, como la llama él, pero imagino que no es más que una fiesta de niñatos ricos. Me ha dicho que me pagará bien y que será comprensivo si no quiero hacer algo de lo que otrora, sin pudor y con toda profesionalidad, hacía sin chistar. Así que esta noche regresa el vestido rojo corto y escotado, los zapatos negros de tacón alto y el maquillaje. Antes de salir hacia el café en el que quedamos de encontrarnos, duermo al niño y lo dejo al cuidado de la abuela. Me saco leche con el sacaleches que compré ayer en medio de una profunda resignación y la pongo en un biberón que, aunque nuevo, he desinfectado más de tres veces. Hasta ahora el niño no ha probado más que mi teta. Tomo mi cartera, meto un par de condones, algo de maquillaje, el teléfono, la llave de casa y salgo.

Al entrar al café, Francisco apaga un cigarrillo que fumaba para matar la espera. Me mira de arriba a abajo como cerciorándose de que el embarazo y la maternidad no han dejado secuela alguna en mi físico. Nos saludamos. Me dice algunas lisonjas vacías -no necesita ganarse mi voluntad, yo necesito ganar su dinero, mi dinero- y me convida a un café que rechazo sugiriendo que mejor vayamos directamente a la fiesta y allí bebamos algo. No estoy para charlas condescendientes, a veces prefiero follar que hablar con el cliente.

Llegamos a una casa muy grande, bonita, ubicada en una colina a las afueras de la ciudad. Todo muy elegante, con mucho lujo. Todo vulgar. No hay nada más vulgar que la demostración ostentosa de posesión. Ahora es cuestión de esperar a que pasen las horas. Ir de la mano de Francisco mientras me exhibe ante sus amigos como un trofeo -su derrota-, responder con sonrisas a las miradas morbosas de los hombres e ignorar las inquisitivas de las mujeres. Si bien ésta es una escena que he vivido muchas veces, esta vez me es imposible seguir mi propio libreto. No hago otra cosa que pensar en Akel ¿Se habrá despertado ya? ¿La abuela le habrá podido dar el biberón? ¿Me habré sacado leche suficiente? ¿Sentirá mi ausencia, así como yo siento la suya? Me empieza a dar un subidón de leche al tiempo que una ansiedad terrible. Quiero ir a casa, no quiero saber nada de bebidas, bailes, miradas, sexo. Le pido a Francisco que nos marchemos, que vayamos a un hotel para terminar el servicio y que luego me pida un taxi para poder ir a casa antes del alba. Francisco, tan comprensivo como el papa, se despide de sus amigos y me lleva deprisa al hotel. Ahora es él el del subidón.

- ¡Cómo se te han puesto las tetas de ricas, Lía, qué buena estás! - Me dice Francisco al oído, tumbado sobre mí mientras su baba espesa moja mi oreja, y sus gordas, pequeñas y sudorosas manos aprietan mis pechos- Hoy eres tú la que me dará lechita a mí, ¿eh, putita? 

Me derrota la repugnancia. Debo salir de aquí. No quiero que sus manos toquen el pecho con el que solo quiero amamantar a Akel. Solo quiero estar con él, ¡ni sacaleches ni ni mierda! Intento apartarlo, quitármelo de encima, pero Francisco sigue en su soliloquio porno-erótico. No sé da cuenta -no se quiere dar cuenta- de mi desprecio. Se piensa -asume- que es un forcejeo performativo, un juego violador. Cada vez ejerce más fuerza sobre mí. Alcanzo con la mano a tirar de la cartera, saco una llave, que es lo primero que encuentro, y se la clavo en el cuello. Lo empujo, salto de la cama y salgo corriendo de la habitación en medio de los gritos llorosos de dolor que vocifera Francisco ¡Un sacrificio! Huyo. Cruzo la calle mientras un tímido sol empieza a opacar la luz de los faroles. Me subo en el primer taxi que pasa y me voy a casa.

- Ya está empezando a amanecer más pronto, ¿no es cierto, señorita?
- Amanece, que no es poco. ¿Le podría dar más voz a la radio, por favor?

Al amanecer, y al amanecer
se le llama aurora...



Julián Santigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...