sábado, 9 de diciembre de 2017

Espacio y tiempo


Espacio y Tiempo





Ni espero ni pido que alguien crea en el extraño, aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Con toda seguridad mañana será mi último día, mi último gran salto, esta es una intuición convertida en certeza desde que la gitana me agarró la mano y pasó sus dedos por los surcos de mi palma. Todavía no sé explicar lo sucedido, pero mis pies, acostumbrados a no pisar tierra firme, condujeron mi cuerpo paso a paso hasta su caravana, y allí, en un estado de trance, rodeada de velas, runas y amuletos, predijo me que mis días de vuelo estaban próximos a finalizar. No creo en la quiromancia, pero todo este tiempo he visto cumplirse sus predicciones, así que algo dentro de mi entendió que me quedaba poco tiempo para redimirme. Es por lo que, antes de lo que parece ser la inminente desaparición física de mi ser, me he propuesto relatar de forma breve lo que ha sido mi vida, mis actos y cierta locura que ha acompañado siempre a mí alma.
Estas navidades estamos en Almagro y desde la ventana de mi caravana puedo sentir el frío en los huesos y ver como lentamente se atirantan y brotan las grandes carpas. Ya tengo una edad y ahora los más veteranos estamos exentos del montaje, tampoco es algo que me seduzca, antes participaba y disfrutaba de un ensamblaje de lonas, estructuras y pilares basado en la colaboración ancestral entre hombres y bestias, ahora todo eso ha sido sustituido por enormes y ruidosas máquinas.
Quizás sea un romántico, pero tampoco me gusta ver acampadas las modernas y orgullosas autocaravanas de los jóvenes artistas, prefiero ver las clásicas y sobrias casas de madera con ruedas de antaño, aunque respiren cierta decadencia. Se que, a los ojos de los nuevos, parezco atemporal y extraño, pero poco a poco los Hombres Bala nos hemos convertido en bichos raros, solitarios y un poco marginados, desbancando incluso a la propia mujer barbuda, estoy seguro que si hubiesen categorías de bichos raros, los hombres bala ocuparíamos la primera categoría.
Recuerdo que siempre he sido un incomprendido, ya de pequeño me pasaba el día saltando sobre la cama y desquiciando a mi familia, sobre todo a mi padre que a tierna edad me dio por imposible. Fui creciendo y mi interés por los saltos acrobáticos siguió en aumento, cuando acudía a un parque, siempre buscaba un buen columpio, me situaba de pie a un lado del mismo y con rostro serio y teatral, les pedía a mis amigos que saltaran sobre el otro extremo para salir catapultado, reconozco que a priori podría parecer una actitud un poco suicida, pero para mí, la idea de convertirme en un proyectil humano era irresistible.
Con el tiempo mi devoción por el cañonismo humano fue creciendo y busqué más información, me propuse estudiar los escritos del patriarca de la idea, William Leonard Hunt, más conocido como el Gran Farini, a partir de ese momento la construcción de un dispositivo que me posibilitara un buen impulso para salir disparado al vacío se convirtió en una obsesión, y no tardé hacer cotidianos el manejo de conceptos como, distancia de aterrizaje, fuerza de lanzamiento y peso de la bala humana.
Finalmente, con 16 años pude construir algo parecido a un cañón de lanzamiento gracias a la ayuda de mi cómplice y mecenas, la querida tía Catalina, así que fabriqué un artefacto rudimentario pero muy eficaz. Parecía que toda mi familia ya tenía asumido que estaba llamado a ser un hombre bala, incluso unas navidades me pidieron que les hiciera una demostración, fue un gran salto, pero tuve mala suerte, fui a caer fuera de la red de protección y justo encima de mi pobre tía Catalina, realmente no hubo daños de consideración salvo una pequeña conmoción de mi tía, desde ese día, ella ya no volvió a ser la misma y parece ser que empezó a perder la cabeza. En mi familia está asumido que tuve parte de responsabilidad en la locura y desastroso final que acompañó a mi tía Catalina, confirmando que algunas veces caigo fuera de la red destruyendo a personas cercanas.
Con 18 años recién cumplidos abandoné todos mis lazos familiares y estudios para realizar mi sueño, ser y vivir como un auténtico hombre bala. Así que me enrolé en el primer circo que pude, el “Circo Sensación”. Cada día ejecutaba en la carpa mi breve e intenso espectáculo acrobático, salía impulsado de mi cañón y recorría por el aire la pista hasta caer con éxito en la red. Pero me fui cansando de tanta inmediatez y brevedad, los saltos se me quedaron cortos, así que ávido de nuevas sensaciones busqué combustibles que me proporcionaran viajes todavía más duraderos y emocionantes. El circo posee un mundo subterráneo al margen de la vida convencional, tiene sus propias leyes y es capaz de proporcionarte cierta oscuridad si uno la necesita. Puedes llegar a convivir con enanos que te introducen en sustancias que se fuman, inyectan, tragan o inhalan, llevar a cabo tus fantasías sexuales con bellas equilibristas que venden su vagina e incluso realizar actos innombrables que desaparecen por arte de magia.
Si, soy un hombre bala yonqui, pero este circo es mi familia y ha sido mi hogar durante más de 40 años de itinerancia, siendo espectador de mi oscura vida de drogadicción y decadencia vital. Mi caravana ya no es visitada por incautas jovencitas deslumbradas por el espectáculo acrobático y porque no decirlo, por mi traje sobrio y elegante, de cuero negro con pequeñas alas plateadas en los hombros y casco anatómico con gafas de aviador. Ahora me parece patético el mono blanco con la bandera americana a la espalda y las horribles botas rojas que nos obligan a llevar, lamentablemente la globalización también nos ha afectado y debemos conservar la uniformidad establecida por la Asociación Internacional de Hombres Bala.
Estoy ya cansado que ahora me acompañe demasiada soledad y tristeza; siempre se ha hablado de la tristeza y la soledad del payaso, pero nada tiene que ver con la verdadera soledad y tristeza del hombre bala, si hubiesen categorías de soledad y tristeza, el hombre bala estaría también en primera categoría.
Recuerdo que mi familia y sobre todo mi padre murió preguntándose que veía su hijo en esa obsesión suya de salir volando y sobre todo nunca entendió que aportaba yo a la humanidad, hoy tampoco sabría responderle, pero creo que los Hombres Bala aportamos belleza, por unos instantes hacemos el espacio más bello, creamos y dibujamos en el espacio parábolas, elipses e hipérbolas donde antes solo había vacío, pero está claro que la belleza es una percepción del alma y a casi nadie ya le interesa el alma de un hombre bala.
Es cierto que elegí esta vida, pero si miro a mi alrededor el paisaje es bastante desolador, únicamente me acompañan, la mujer barbuda, cuatro enanos decrépitos vestidos de aviadores y la gitana con su bola recordándome su certeza, así que hoy, en esta que seguramente será mi última función, haré un homenaje a mi tía Catalina.

Paco Florentino

9 de diciembre de 2017

domingo, 3 de diciembre de 2017

MAÑANA VOY A MORIR

Yo le conocí cuando mi realidad era confusa y denigrante. Cada mañana me preguntaba para que quería levantarme, pero mi fuerza interior penduleaba rítmicamente obligándome a poner los pies en la estrecha alfombra de cuadros azules y rojos que existía porque alguien me la había regalado , seguramente después de ir a comprar a rebajas de Navidad.
Yo no había tenido una formación cultural, dejé de estudiar en segundo de primaria y empece a trabajar en lo primero que me ofrecieron por necesidad económica perentoria. Mis padres, universitarios, me insistieron mucho en que estudiar para formar una base sólida era muy importante y desembocaba normalmente en conseguir una ocupación satisfactoria, pero yo seguí mi propio camino con convencimiento.

En los dos últimos años he trabajado de varias cosas que siempre he dejado porque no me satisfacían mínimamente. Pero aquel día me pasé por la agencia del paro con la extraña sensación premonitoria y repetida (o tal vez el deseo solapado) de que iba a encontrar algo que por fin me iba a ilusionar, un trabajo con el que me sintiera útil. Mucha gente habla con fervor de ser feliz como deseo primordial de vida, pero otros dicen que la verdadera revolución personal consiste en tener un trabajo que les divierte y les llena por completo, y yo busco eso con toda mi alma y por encima de todo, además de ayudar todo lo que pueda a los demás haciéndolo.

Mary, detrás de su mesa rectangular y rodeada por papeles amontonados, me explicó que necesitaban una persona para cuidar a un tretrapléjico y que me imaginaba que no me iba a interesar.Tras hablar detenidamente las dos durante unos minutos aderezados de un inquisitivismo profundo fluyente de su experiencia decidimos que podría, al menos , empezar a hacer el trabajo .
Una mañana soleada me recibieron las flores blancas con centro rojizo y negro, en baile solapado con el viento suave, de los almendros situados delante de la enorme y señorial casa como una segunda premonición insistente de que todo iba a ir muy bien.

Henry me miró cuando su madre nos presentó, desde su silla ergonómica , con indiferencia acusada y casi tocante con el suelo. Pero esa sensación inicial quedó borrada y olvidada por las magnificas cosas que llegamos a hacer juntos en las próximos tres semanas.

Yo me esforzaba cada segundo de los momentos que compartimos para trasmitirle que vivir es lo mas importante sean cual sean las condiciones vitales de cada uno, la ilusión se alía con diversos disfraces impensables que
nos hacen descubrir facetas nuestras y cosas en general que nunca habíamos concebido. Llegamos a ser dos en uno de tal manera que compartimos todo sin ningún esfuerzo por nuestra parte, a pesar de nuestras diferencias físicas y psíquicas.


Pero un dia, después de haber compartido unos canapés de caviar que le habían regalado y un vino reserva , el alcohol cristalizó en sus venas ocasionándole una sensación de que era necesario sincerarse conmigo totalmente :
  • -  Susan, hay algo que llevo tiempo queriendo decirte. Pero es muy delicado y no se si lo vas a comprender.
  • -  Pues dímelo, !venga!, seguro que lo entenderé.
  • -  Hoy es el último día que nos veremos, mañana ya no podremos hacerlo.
  • -  ¿Quieres decir que me despides y no nos seguiremos viendo como hemos hecho los últimos noventa y tres días?.
  • -  No, hace unos meses contraté a una empresa de Suiza que se encargan de manera legal de ayudar a acabar de vivir adecuadamente y la fecha que me dieron es mañana. Después de meditarlo durante cuatro años decidí hacerlo. Las limitaciones , cada vez más grandes, al las que me encuentro sometido han hecho que quiera acabar con mi lamentable vida.
  • -  Pero no puedo creerlo, ¿como puedes decir eso?, yo soy feliz viéndote cada momento, disfrutando contigo. Tu has tenido una vida maravillosa.
  • -  Mi vida fue apasionante ... antes del accidente de coche que me dejó como estoy, pero ahora es indeseable para cualquier persona a la que quieras mínimamente.Yo “he sido” también muy feliz estos días contigo pero la decisión, tras hablar con mis padres y ahora contigo, ya está tomada y es irreversible. La deseo profundamente y la concibo como una mejora absoluta para mi. El vivir cada día, como voy perdiendo facultades cada vez más, me resulta insoportable.
  • -  Me estás haciendo tanto daño que no se si puedo respirar. Yo he aprendido a quererte durante los últimos días y me sentía absolutamente ilusionada de verte de nuevo. No entiendo la decisión que has tomado, creo que tal vez podrías reconsiderarlo.


- Susan, mi determinación está tomada y meditada largo tiempo. Y el hecho de haberte conocido lo valoro sobremanera, pero por eso mismo voy a seguir adelante. Quiero que tengas una vida magnífica, que elijas y decidas lo que quieres hacer en cada momento, por ello te voy a dejar una cuenta con el dinero suficiente para que puedas hacerlo. Piensa que me haría inmensamente feliz si pudiera verlo.




Sonia, regada por finos copos de nieve y con sus zapatos negros - de medio tacón - casi inyectados en el césped mojado de tristeza repetida, asistió a la ceremonia de despedida que se hizo en memoria de Henry con lagrimas ya todas derramadas anteriormente y con el firme propósito de hacer , lo mejor posible , lo que le había pedido él en su última conversación. Dejó caer el ramo de violetas sobre la urna con sus cenizas y caminó con ritmo sosegado pero decidido , sola y hacia adelante.


Boro.Diciembre 17 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Y DETUVIERON LA VIDA

Y DETUVIERON LA VIDA

Ni espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma.
Me llamo Jacinto Cebreiros Rua y soy, hasta que mañana, 27 de Octubre de 1936, terminen con mis días, el maestro de Ribas de Sil.
Hasta que llegué a estudiar a Madrid mi vida nada había tenido de extraordinario. Nací en Lugo en el año 1910, mi padre era médico en la misma ciudad y mi madre maestra, aunque no ejercía, más allá de ocuparse de enseñar las primeras letras a algunos vecinos del barrio. Sin duda ésta fue la causa de mi vocación. Nunca olvidaré el brillo en la mirada de aquellas personas cuando  lograban descifrar los primeros textos.
Mi infancia  transcurrió, como todas, con sus luces y sus sombras. Fui el mediano de tres hermanos, ni el mayor, ni el pequeño, ni el más guapo, ni el más listo. Siempre he sido tímido y callado, observando el mundo desde la sombra. A pesar de que las aspiraciones de mi familia eran que sus hijos fueran médicos o notarios, yo tuve siempre claro que sería maestro. Soñaba con llevar la palabra y dar voz  a los que más difícil acceso tenían. Puesto que ese era mi empeño, mis padres cedieron y consideraron que debía recibir la mejor formación. Me trasladé a Madrid a casa de unos familiares y empecé mis estudios en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio.
Madrid me abrió los ojos a otros mundos. Un compañero de la Escuela me llevó a algunos conciertos y conferencias en la Residencia de Estudiantes y me sumergí en un bullir de cultura de altos vuelos. Descubrí otra forma de entender la educación y sobre todo, y por encima de todo me descubrí a mí mismo.
Una tarde de mayo, en un concierto, mis ojos se cruzaron con los de Julián y todo a mi alrededor enmudeció. Se acercó a saludarme, nos presentaron, sentí su mano acoplarse en la mía, tan cálida y segura, y todo mi cuerpo vibró desatándose en él una tormenta de ansias y temores que apenas pude disimular.
Paseamos y hablamos todos los rincones de Madrid. Julián estaba estudiando Derecho, o eso, al menos, creían sus padres allá en Quiroga. Julián estudiaba vida, todo le interesaba, la música, el arte, la literatura, todo, menos el Derecho. Hacía “como que”, y saboreaba sus 19 años. Vivía en una pensión de estudiantes, en el centro, a cargo de Doña Amparo, una mujer, que, a fuerza de bregar con ellos, había trocado su bondad en tolerancia.
Antes de terminar el curso y volver con nuestras familias era costumbre correr en una noche todas las tascas, tabernas y tugurios de Madrid y beber hasta caer muertos. Esa noche salimos juntos y terminamos en brazos el uno del otro, más para sostenernos que otra cosa.
Como no estaba en condiciones de volver a mi casa me invitó a subir a su habitación y nos dormimos borrachos y necesariamente abrazados dado el tamaño de la cama.
Nos despertamos al amanecer tremendamente excitados. Nos miramos a los ojos y, en aquel instante, sentí desvelarse todas las emociones y deseos que siempre me había negado, escondiéndolos en el búnker de mi timidez.
Nos devoramos con los ojos, con la boca, con las manos. Nos penetramos una y otra vez hasta rendirnos.
Aquel verano transcurrió para mí en el más profundo desconcierto. A pesar de que Quiroga no estaba muy lejos de Lugo no nos vimos, ni tuvimos noticias el uno del otro.
Intenté calmar mi desasosiego leyendo y estudiando todo lo que había descubierto sobre la Institución Libre de Enseñanza y su nueva concepción de la educación, aunque su mirada se me trababa con las letras y mi cuerpo se manifestaba a gritos con solo pensar en él.
Por fin llegó Septiembre y volvimos todos a Madrid, era mi último año, a final de curso, si todo iba bien, entraría en el escalafón para acceder a las plazas vacantes de maestro.
A los pocos días nos encontramos en un café del centro, nos miramos y, sin mediar palabra, nos dirigimos a los servicios y allí estalló de nuevo el hambre, la furia, la ferocidad del deseo.
El curso transcurrió feliz, en la más absoluta inconsciencia: conferencias, debates, conciertos, teatro, encuentros de arte, y encuentros de ¿amor? Sí, era un tanto brutal y salvaje, pero era amor auténtico y puro. “Santificamos” todos los urinarios de las tabernas de Madrid, los rincones oscuros de los parques, la pensión de Doña Amparo, incluso la casa de mis tíos en algún momento de descuido…
Con la misma pasión discutíamos sobre política, sobre educación, compartíamos lecturas…Julián admiraba mi clara vocación de maestro, a él le costaba más encontrar su lugar en el mundo.
Terminó el curso y, esta vez sí, volvimos juntos a Lugo, le presenté a mi familia, por supuesto como un buen amigo, y fuimos hasta Quiroga a conocer a sus padres. Estuvieron encantados de que su hijo tuviera un amigo tan centrado en sus estudios y su profesión.
Su padre, Don Rafael, al enterarse de que iba a incorporarme al escalafón comentó que justamente había sabido de una vacante en Ribas de Sil un pueblo pequeño muy cercano a Quiroga. Se comprometió a mover sus influencias para que pudiera ocupar esa plaza que estaba también relativamente cerca de Lugo.
Así fue como llegué a mi escuela aquel mes de Septiembre de 1932, con mi título recién estrenado, mis libros y mi maleta llena de sueños.
Era una escuela unitaria con una sección de niños y una de niñas. De las niñas se ocupaba y se ocupa, hasta la fecha, Doña Isabel, una maestra de Quiroga algo mayor que yo, pero todavía muy joven. Era más tradicional, tampoco había tenido la oportunidad de conocer otros horizontes, pero se preocupaba mucho por sus alumnas y se esforzaba por llevarles un poco de luz en aquel mundo tan miserable y retrógrado.  Desde el primer día congeniamos y se ilusionó con mis ideas y mis proyectos.
Por las tardes organizamos clases para adultos, una pequeñísima biblioteca y un taller de teatro y representamos varias obras de teatro clásico en el pueblo. En muchas actividades juntábamos a los niños y a las niñas. Tanto fue así que fuimos consiguiendo que el cura empezara primero a mirarnos con recelo, a recriminarnos e incluso a reclamar a las fuerzas vivas de la comarca que tomaran cartas en el asunto.
Pero, aunque lejanos, allí también llegaban los ecos de la República y muchos vecinos estaban de acuerdo con nuestro trabajo.
Y en esa pelea han transcurrido mis últimos años.
Al principio Julián continuaba estudiando en Madrid hasta que  hace dos años terminó la carrera y su padre le consiguió trabajo como pasante en un despacho de abogados de Lugo.
Nuestra relación se fue consolidando y, de una forma u otra, seguíamos encontrándonos, siempre con la misma pasión, en mi casa de maestro en Ribas, en su casa de Lugo, siempre en la clandestinidad, aunque, de vez en cuando, nos gustaba pasear por el río y abrazarnos sobre las hojas de los chopos en los rincones húmedos y sombreados. Allí nos sentíamos fuera de este mundo en nuestro universo particular, a salvo de todo.
Pero no estábamos tan a salvo, a pesar de todas nuestras precauciones, alguien debió de seguirnos, algo debió de ver o intuir y este mes de mayo empezaron a correr rumores por el pueblo. Algunas personas dejaron de saludarme y apartaban la mirada cuando nos cruzábamos por la calle. Los niños empezaron a faltar a la escuela.
Decidí no darme por aludido, ya quedaba poco para terminar el curso, el verano calmaría los ánimos.
Ya estábamos en Julio cuando una mañana, vi llegar a Julián lleno de golpes y magulladuras. Su padre se había enterado, le había dado una paliza de muerte y le había tirado de casa para siempre.
Tal y como estaban las cosas decidimos dejar de vernos por un tiempo. Nos despedimos amargamente. El se marchó a Madrid y no lo he vuelto a ver.
Como había terminado el curso, pensé que sería mejor marchar también con mi familia, para ver si con el tiempo y la distancia se calmaban las murmuraciones.
Mientras tanto en España había ganado las elecciones el Frente Popular y la derecha no estaba dispuesta a permitir su consolidación. Desde el primer momento se escuchaba ruido de sables hasta que este mismo mes de Julio  un grupo de Generales desde Marruecos se levantó contra la República y declaró el estado de guerra.
En pocos días prácticamente toda Galicia cayó en manos del autoproclamado “Ejército Nacional” y se desató la persecución implacable de todos los que olían a “rojo”.
Después del verano volví a Ribas. El 17 de Septiembre, a punto de empezar el nuevo curso, llegaron los militares en un camión, pararon en mitad de la plaza y empezaron a ir por las casas deteniendo gente. También llamaron a mi puerta y me sacaron esposado. Unas cuantas personas se acercaron a insultarme: “¡Maricón!”, “¡Pervertido!”, alguno me escupió. La mayoría miraban desde la distancia, alguno disimuladamente me hizo un gesto de despedida. Vi llorar a Isabel en la puerta de la escuela.
Nos recibieron a golpes y  vejaciones, nos tuvieron hacinados, asfixiados en nuestros propios deshechos, exigiéndonos nombres ¿qué nombres? solo personas, gentes del pueblo, gentes de trabajo y pan, nada más.
 A primeros de Octubre se han celebrado los juicios sumarísimos. Don Rafael, padre de Julián y el cura de Ribas han sido los testigos de la acusación.
Se me acusa de comunista, pervertido sexual y corruptor de menores.  
Estoy condenado a varias penas de muerte para que no haya indulto posible.
Todavía no logro creerlo, me siento atrapado en una absurda pesadilla de la que no consigo despertar.
No han tenido mejor suerte algunos de los más nobles vecinos de Ribas. A todos nos fusilarán mañana.
Julián, ¡cuánto daría por poder abrazarte una vez más! En el último momento sentiré tu mirada en la mía, con ella escaparé de este infierno y mi alma volará, como siempre la he sentido, ligera, limpia y libre, para siempre contigo,

¡Que el tiempo se detenga hasta que nos devuelvan la vida!

JULIA

EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...