Espacio y Tiempo
Ni espero ni pido que
alguien crea en el extraño, aunque simple relato que me dispongo a escribir.
Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia.
Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y
quisiera aliviar hoy mi alma. Con toda seguridad mañana será mi último día, mi
último gran salto, esta es una intuición convertida en certeza desde que la
gitana me agarró la mano y pasó sus dedos por los surcos de mi palma. Todavía
no sé explicar lo sucedido, pero mis pies, acostumbrados a no pisar tierra
firme, condujeron mi cuerpo paso a paso hasta su caravana, y allí, en un estado
de trance, rodeada de velas, runas y amuletos, predijo me que mis días de vuelo
estaban próximos a finalizar. No creo en la quiromancia, pero todo este tiempo he
visto cumplirse sus predicciones, así que algo dentro de mi entendió que me
quedaba poco tiempo para redimirme. Es por lo que, antes de lo que parece ser la
inminente desaparición física de mi ser, me he propuesto relatar de forma breve
lo que ha sido mi vida, mis actos y cierta locura que ha acompañado siempre a mí
alma.
Estas navidades estamos
en Almagro y desde la ventana de mi caravana puedo sentir el frío en los huesos
y ver como lentamente se atirantan y brotan las grandes carpas. Ya tengo una
edad y ahora los más veteranos estamos exentos del montaje, tampoco es algo que
me seduzca, antes participaba y disfrutaba de un ensamblaje de lonas, estructuras
y pilares basado en la colaboración ancestral entre hombres y bestias, ahora todo
eso ha sido sustituido por enormes y ruidosas máquinas.
Quizás sea un romántico, pero tampoco me gusta ver acampadas
las modernas y orgullosas autocaravanas de los jóvenes artistas, prefiero ver las
clásicas y sobrias casas de madera con ruedas de antaño, aunque respiren cierta
decadencia. Se que, a los ojos de los nuevos, parezco atemporal y extraño, pero
poco a poco los Hombres Bala nos hemos convertido en bichos raros, solitarios y
un poco marginados, desbancando incluso a la propia mujer barbuda, estoy seguro
que si hubiesen categorías de bichos raros, los hombres bala ocuparíamos la
primera categoría.
Recuerdo que siempre he
sido un incomprendido, ya de pequeño me pasaba el día saltando sobre la cama y
desquiciando a mi familia, sobre todo a mi padre que a tierna edad me dio por imposible.
Fui creciendo y mi interés por los saltos acrobáticos siguió en aumento, cuando
acudía a un parque, siempre buscaba un buen columpio,
me situaba de pie a un lado del mismo y con rostro serio y teatral, les pedía a
mis amigos que saltaran sobre el otro extremo para salir catapultado, reconozco
que a priori podría parecer una actitud un poco suicida, pero para mí, la idea
de convertirme en un proyectil humano era irresistible.
Con el tiempo mi devoción por el cañonismo humano fue
creciendo y busqué más información, me propuse estudiar los escritos del patriarca
de la idea, William Leonard Hunt, más
conocido como el Gran Farini, a partir de ese momento la construcción de un
dispositivo que me posibilitara un buen impulso para salir disparado al vacío se
convirtió en una obsesión, y no tardé hacer cotidianos el manejo de conceptos
como, distancia de aterrizaje, fuerza de lanzamiento y peso de la bala humana.
Finalmente, con 16 años pude construir algo parecido a un
cañón de lanzamiento gracias a la ayuda de mi cómplice y mecenas, la querida tía
Catalina, así que fabriqué un artefacto rudimentario pero muy eficaz. Parecía
que toda mi familia ya tenía asumido que estaba llamado a ser un hombre bala,
incluso unas navidades me pidieron que les hiciera una demostración, fue un gran
salto, pero tuve mala suerte, fui a caer fuera de la red de protección y justo encima
de mi pobre tía Catalina, realmente no hubo daños de consideración salvo una
pequeña conmoción de mi tía, desde ese día, ella ya no volvió a ser la misma y parece
ser que empezó a perder la cabeza. En mi familia está asumido que tuve parte de
responsabilidad en la locura y desastroso final que acompañó a mi tía Catalina,
confirmando que algunas veces caigo fuera de la red destruyendo a personas cercanas.
Con 18 años recién cumplidos abandoné todos mis lazos familiares
y estudios para realizar mi sueño, ser y vivir como un auténtico hombre bala.
Así que me enrolé en el primer circo que pude, el “Circo Sensación”. Cada día
ejecutaba en la carpa mi breve e intenso espectáculo acrobático, salía
impulsado de mi cañón y recorría por el aire la pista hasta caer con éxito en
la red. Pero me fui cansando de tanta inmediatez y brevedad, los saltos se me
quedaron cortos, así que ávido de nuevas sensaciones busqué combustibles que me
proporcionaran viajes todavía más duraderos y emocionantes. El circo posee un
mundo subterráneo al margen de la vida convencional, tiene sus propias leyes y es
capaz de proporcionarte cierta oscuridad si uno la necesita. Puedes llegar a
convivir con enanos que te introducen en sustancias que se fuman, inyectan,
tragan o inhalan, llevar a cabo tus fantasías sexuales con bellas equilibristas
que venden su vagina e incluso realizar actos innombrables que desaparecen por
arte de magia.
Si, soy un hombre bala yonqui, pero este circo es mi familia
y ha sido mi hogar durante más de 40 años de itinerancia, siendo espectador de
mi oscura vida de drogadicción y decadencia vital. Mi caravana ya no es visitada
por incautas jovencitas deslumbradas por el espectáculo acrobático y porque no
decirlo, por mi traje sobrio y elegante, de cuero negro con pequeñas alas plateadas
en los hombros y casco anatómico con gafas de aviador. Ahora me parece patético
el mono blanco con la bandera americana a la espalda y las horribles botas
rojas que nos obligan a llevar, lamentablemente la globalización también nos ha
afectado y debemos conservar la uniformidad establecida por la Asociación Internacional
de Hombres Bala.
Estoy ya cansado que ahora me acompañe demasiada soledad y tristeza;
siempre se ha hablado de la tristeza y la soledad del payaso, pero
nada tiene que ver con la verdadera soledad y tristeza del hombre bala, si hubiesen
categorías de soledad y tristeza, el hombre bala estaría también en primera
categoría.
Recuerdo que mi familia
y sobre todo mi padre murió preguntándose que veía su hijo en esa obsesión suya
de salir volando y sobre todo nunca entendió que aportaba yo a la humanidad, hoy tampoco sabría responderle, pero
creo que los Hombres Bala aportamos belleza, por unos instantes hacemos el espacio
más bello, creamos y dibujamos en el espacio parábolas, elipses e hipérbolas donde
antes solo había vacío, pero está claro que la belleza es una percepción del
alma y a casi nadie ya le interesa el alma de un hombre bala.
Es cierto que elegí
esta vida, pero si miro a mi alrededor el paisaje es bastante desolador, únicamente
me acompañan, la mujer barbuda, cuatro enanos decrépitos vestidos de aviadores
y la gitana con su bola recordándome su certeza, así que hoy, en esta que
seguramente será mi última función, haré un homenaje a mi tía Catalina.
Paco Florentino
9 de diciembre de 2017
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