TARDE DE DOMINGO
Como cualquier tarde de domingo me invade
la angustia del tiempo libre perdido. La monotonía y el aburrimiento han ido
devorando las horas.
Desde mi ventana observo las calles
desiertas del Ensanche de Vallecas. Todos están en los centros comerciales. No
se ve un alma.
Mañana de nuevo a clase a enfrentarme a
esa partida de canallas que están acechando cualquier error, cualquier botón olvidado,
cualquier mancha indiscreta, para partirse el culo a mi costa.
Soy profesor interino de taller de
Tecnología en el IES Villa de Vallecas. Para eso me ha servido mi ingeniería
técnica.
Como soy el último que se ha incorporado
al centro me tengo que comer todos los marrones conforme les viene bien a los
titulares. Cuando me hicieron el horario mis compañeros también debieron de
pasar un buen rato a mi costa. Dos horas de buena mañana, otra a la una y dos
en el grupo de nocturno.
Pero el viernes fue un día especialmente
negro. A segunda hora, un quinqui de mierda de 3º de ESO me había atrancado la
sierra con una placa de acero que saltó
en pedazos y a punto estuvo de provocar un accidente. Le dije que fuera al
despacho de Dirección y me contestó que no le salía de los huevos. Tuve que
pedir ayuda y al final salió haciéndome una peineta mientras el resto aplaudía.
A mediodía, cuando fui a recoger el coche
me lo habían rayado de parte a parte.
Llegué a casa roto.
Le conté a Luisa lo que me había
ocurrido. Me miró como lo viene haciendo últimamente con sus ojos abiertos e
inexpresivos.
Pero, cuando se dio la vuelta, me dio tiempo
a intuir una sonrisa.
Y volvió a ocurrir.
No ha salido de la habitación desde entonces.
De vez en cuando la escucho gimotear, por eso se que, por esta vez, sigue viva.
Hasta que un día termine para siempre con todo esto.
No siempre fueron las cosas así.
Conocí a Luisa en una fiesta que habían
organizado en la Universidad para conseguir dinero para el viaje de fin de
carrera. Yo nunca iba a ninguna de esas movidas, nunca me ha gustado bailar y
me veía como un idiota dando vueltas calimocho en mano. Pero ese día me hice el
ánimo para no ser el raro al menos una vez.
Andaba por allí desnortado, cuando la vi
llegar resplandeciente como un sol. Toda la oscuridad de mi vida se iluminó al
verla. Me quedé paralizado, sin aliento. Estuve un buen rato siguiéndola con la
mirada, mientras ella se reía con sus amigas.
Sin duda debió notar la insistencia de mi
mirada, me miró y no sé si sonreía o se reía. Creí que la tierra se iba a abrir
debajo de mis pies.
-“Estás alucinando Carlos”-Me dije.
-“¿Cómo se va a fijar en ti un pedazo de
mujer como ella?”
-“Se está descojonando de ver tu planta
de puro imbécil”
Pero no, se acercó a mí, me saludó y creí
que iba a morirme.
-“¡Hola! No te gustan estas fiestas ¿verdad?,
te veo un pelín perdido. ¿Has venido solo? Me llamo Luisa ¿y tú?”
Todavía no se cómo, pero fui capaz de
responderle de forma coherente y terminamos la noche paseando. Ella sin parar
de hablar y yo medio mudo. Estaba estudiando humanidades y le gustaba el cine y
la literatura.
Le debió provocar ternura mi silencio
porque empezamos a salir. Yo tuve que ponerme al día en libros y películas para
poder compartirlos con ella.
En realidad yo nunca supe qué cosas me
interesaban. Mi padre era ingeniero y yo también lo intenté, pero me quedé en
la técnica. Como no encontraba trabajo me presenté a oposiciones para profesor,
una y otra vez, y solo conseguí entrar en la lista de interinos.
Luisa me apoyó, me ayudó a estudiar, me organizaba
la casa para que pudiera centrarme. Me
respaldaba fracaso tras fracaso.
Cada día al despertarme tenía que hacer
acto de fe de que estaba conmigo. No podía acabar de creérmelo. No podía
encontrar las razones para justificar su cariño. Yo era menos que nadie, menos
que nada, un vacío.
Ella terminó Humanidades y, cuando
conseguí mi primer trabajo de interino, nos vinimos a vivir juntos a este
rincón de la nada que era el PAU de Vallecas. No llegaba para más con mi sueldo
y sus clases particulares. Por supuesto contra la voluntad de sus padres que
nunca me miraron bien.
Al principio me rechazaron de plano, no
querían ni verme. Luisa iba sola a comer con ellos los domingos. Yo pasaba el
día imaginando las cosas que le estarían diciendo de mi. Ella volvía sonriente,
como si nada. Yo no podía soportar su
mirada. Me sumergía en un pozo de silencio durante horas. Luisa intentaba
acercarse y yo la rechazaba. Pero ¿Cómo no se daba cuenta? ¿Cómo podía
consentir esta situación?
La escuchaba hablar con ellos por
teléfono con alegría y me hervía la sangre.
Una tarde no pude más, le arranqué el teléfono,
colgué y se desató en mí la ira del infierno. Empecé a golpearla con él hasta
dejarla casi inconsciente.
Conforme le pegaba me iba sintiendo
grande y poderoso. La sentía en mis manos, pequeña, indefensa y llegué a
excitarme tanto que allí mismo, en el suelo, cubierta de sangre la penetré y
gocé como nunca lo había hecho. Sus gritos, sus quejas, sus lágrimas, sus
ruegos, multiplicaban mi placer hasta el vértigo.
Después sentí una paz infinita. La
levanté con cuidado, la llevé a la bañera, le limpié las heridas. Total no
había sido para tanto. Cuatro chichones. En unos días curada.
- “¿Ves lo que pasa?” “¿Cómo crees que
puedo soportar que tu familia me ignore y me humille continuamente” “Tú tienes
la culpa de todo” “Tienes que poner remedio a esto”
Por un momento pensé que se marcharía.
Pero me cogió la mano mientras las lágrimas le resbalaban despacio por las
mejillas.
Se recuperó y, al cabo de unos días, me anunció
que había conseguido que sus padres me aceptaran en su mesa.
No supe si alegrarme. Era un reto ponerse
a tiro de sus miradas.
Pero llegó el domingo y todo transcurrió con
cierta normalidad. Intenté no tomar en cuenta algunos retintines y sornas de su
madre, que Luisa censuraba con un “Mamá…”, y muchos silencios de su padre.
Volvimos todos los domingos y el silencio
de Antonio se me fue haciendo pesado como una losa, y la sorna de María me
golpeaba con más fuerza que un puño de acero.
Salía de allí con todos los demonios en
el cuerpo. Más de una vez, al llegar a casa, mi indignación no me dejaba frenar
la lluvia de reproches.
-“¿Cómo puedes consentir que esos hijos
de puta me traten así?” “¿Te lo pasas bien viéndome humillado?” “Si algún día pasa
algo grave tú y solo tú tendrás la culpa”
Me iba encendiendo con las palabras y
ella reaccionaba siempre encogiéndose, haciéndose pequeña, despertando mi deseo.
La golpeaba, hasta que mi sexo me dolía y estallaba desbocado para dejar paso a
unos cuantos días de paz. No sé si ella gozaba, pero en esos momentos solo me
importaba la sensación de poder que me embargaba hasta el éxtasis.
Aunque muy de tarde en tarde Luisa
quedaba con sus amigas para ir al cine. Yo no comprendía que pudiera pasárselo bien
con alguien que no fuera yo, pero de vez en cuando cedía.
Una tarde las seguí para asegurarme de
que realmente iban al cine. Me mantuve en la distancia durante un rato. Pero mi
interés por saber lo que estaban hablando me hizo acercarme demasiado y me
vieron. Disimulé haciéndome el encontradizo. Las saludé con cariño y seguí mi
camino como si fuera en esa dirección. Al darles la espalda, sin que hubiera
dado apenas tres o cuatro pasos escuché una carcajada a coro que todavía me
duele cuando se repite una y otra vez en mi cabeza. Seguí caminando como si la
cosa no fuera conmigo y la esperé en casa.
La sangre me quemaba las venas. No podía
contenerme, rompí todo lo que encontré a mano hasta que escuché la puerta. Me
lancé sobre ella, la golpeé con todo lo que tuve a mano, vi su cuello desnudo
que se me ofrecía como en un sacrificio y apreté hasta dejarla sin aliento, una
erección salvaje, una eyaculación incontenible le salvaron la vida.
Desde aquél día ya no pude vivir tranquilo.
Entre clase y clase me escapaba del instituto, la seguía al centro comercial, a
sus clases particulares. ¿Con quién hablaba? ¿Qué decía? Seguro que estaba contando
cosas horribles de mí. ¿Por qué se reía?
Su risa me perseguía por todas partes y se repetía como un eco. ¿Cómo podía reírse
de mí de esa forma tan cruel? ¿Era esta la casa de su alumno? ¿Quién estaba con
ella? ¿Solo el niño o también su madre? O peor aún ¿Su padre?
No podía seguir viviendo en ese
desasosiego, rodeado de amenazas por todas partes. Después de darle muchas
vueltas, tomé una decisión irrevocable: Ella no tenía ninguna necesidad de
salir de casa. Yo le bastaba.
Mientras estaba en el supermercado cambié
la cerradura de casa y desconecté todos los cables del teléfono. Esperé a que volviera, le abrí para que no se
diera cuenta del cambio. Cerré tras ella, busqué su móvil en el bolso y le
quité la tarjeta.
Me acerqué a la cocina y la observé
mientras sacaba la compra.
-“¿No tienes clase hoy?”
-“He pedido permiso para explicarte la
nueva situación”
-“¿A qué te refieres?
-“A partir de ahora ya no tendrás que
salir de casa. Todo lo que necesitemos lo traeré yo. Verás como así las cosas
van mucho mejor. Nada ni nadie podrá hacernos daño”.
Se me quedó mirando fijamente con los
ojos tan abiertos que parecían fuera de sus órbitas. Se sentó y nunca más me ha
vuelto a hablar. Sus ojos siguen abiertos día y noche. Hace todas las cosas
como un robot. Ya no parece ella.
La estaba sintiendo tan mía… pero esa
sonrisa furtiva ha hecho mil pedazos el encanto.
JULIA
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