sábado, 13 de enero de 2018

TARDE DE DOMINGO

TARDE DE DOMINGO

Como cualquier tarde de domingo me invade la angustia del tiempo libre perdido. La monotonía y el aburrimiento han ido devorando las horas.
Desde mi ventana observo las calles desiertas del Ensanche de Vallecas. Todos están en los centros comerciales. No se ve un alma.

Mañana de nuevo a clase a enfrentarme a esa partida de canallas que están acechando cualquier error, cualquier botón olvidado, cualquier mancha indiscreta, para partirse el culo a mi costa.
Soy profesor interino de taller de Tecnología en el IES Villa de Vallecas. Para eso me ha servido mi ingeniería técnica.
Como soy el último que se ha incorporado al centro me tengo que comer todos los marrones conforme les viene bien a los titulares. Cuando me hicieron el horario mis compañeros también debieron de pasar un buen rato a mi costa. Dos horas de buena mañana, otra a la una y dos en el grupo de nocturno.

Pero el viernes fue un día especialmente negro. A segunda hora, un quinqui de mierda de 3º de ESO me había atrancado la sierra con una placa  de acero que saltó en pedazos y a punto estuvo de provocar un accidente. Le dije que fuera al despacho de Dirección y me contestó que no le salía de los huevos. Tuve que pedir ayuda y al final salió haciéndome una peineta mientras el resto aplaudía.
A mediodía, cuando fui a recoger el coche me lo habían rayado de parte a parte.

Llegué a casa roto.
Le conté a Luisa lo que me había ocurrido. Me miró como lo viene haciendo últimamente con sus ojos abiertos e inexpresivos.
Pero, cuando se dio la vuelta, me dio tiempo a intuir una sonrisa.
Y volvió a ocurrir.
No ha salido de la habitación desde entonces. De vez en cuando la escucho gimotear, por eso se que, por esta vez, sigue viva. Hasta que un día termine para siempre con todo esto.

No siempre fueron las cosas así.
Conocí a Luisa en una fiesta que habían organizado en la Universidad para conseguir dinero para el viaje de fin de carrera. Yo nunca iba a ninguna de esas movidas, nunca me ha gustado bailar y me veía como un idiota dando vueltas calimocho en mano. Pero ese día me hice el ánimo para no ser el raro al menos una vez.
Andaba por allí desnortado, cuando la vi llegar resplandeciente como un sol. Toda la oscuridad de mi vida se iluminó al verla. Me quedé paralizado, sin aliento. Estuve un buen rato siguiéndola con la mirada, mientras ella se reía con sus amigas.
Sin duda debió notar la insistencia de mi mirada, me miró y no sé si sonreía o se reía. Creí que la tierra se iba a abrir debajo de mis pies.
-“Estás alucinando Carlos”-Me dije.
-“¿Cómo se va a fijar en ti un pedazo de mujer como ella?”
-“Se está descojonando de ver tu planta de puro imbécil”
Pero no, se acercó a mí, me saludó y creí que iba a morirme.
-“¡Hola! No te gustan estas fiestas ¿verdad?, te veo un pelín perdido. ¿Has venido solo? Me llamo Luisa ¿y tú?”
Todavía no se cómo, pero fui capaz de responderle de forma coherente y terminamos la noche paseando. Ella sin parar de hablar y yo medio mudo. Estaba estudiando humanidades y le gustaba el cine y la literatura.
Le debió provocar ternura mi silencio porque empezamos a salir. Yo tuve que ponerme al día en libros y películas para poder compartirlos con ella.
En realidad yo nunca supe qué cosas me interesaban. Mi padre era ingeniero y yo también lo intenté, pero me quedé en la técnica. Como no encontraba trabajo me presenté a oposiciones para profesor, una y otra vez, y solo conseguí entrar en la lista de interinos.
Luisa me apoyó, me ayudó a estudiar, me organizaba  la casa para que pudiera centrarme. Me respaldaba fracaso tras fracaso.
Cada día al despertarme tenía que hacer acto de fe de que estaba conmigo. No podía acabar de creérmelo. No podía encontrar las razones para justificar su cariño. Yo era menos que nadie, menos que nada, un vacío.

Ella terminó Humanidades y, cuando conseguí mi primer trabajo de interino, nos vinimos a vivir juntos a este rincón de la nada que era el PAU de Vallecas. No llegaba para más con mi sueldo y sus clases particulares. Por supuesto contra la voluntad de sus padres que nunca me miraron bien.

Al principio me rechazaron de plano, no querían ni verme. Luisa iba sola a comer con ellos los domingos. Yo pasaba el día imaginando las cosas que le estarían diciendo de mi. Ella volvía sonriente, como si nada.  Yo no podía soportar su mirada. Me sumergía en un pozo de silencio durante horas. Luisa intentaba acercarse y yo la rechazaba. Pero ¿Cómo no se daba cuenta? ¿Cómo podía consentir esta situación?
La escuchaba hablar con ellos por teléfono con alegría y me hervía la sangre.
Una tarde no pude más, le arranqué el teléfono, colgué y se desató en mí la ira del infierno. Empecé a golpearla con él hasta dejarla casi inconsciente.
Conforme le pegaba me iba sintiendo grande y poderoso. La sentía en mis manos, pequeña, indefensa y llegué a excitarme tanto que allí mismo, en el suelo, cubierta de sangre la penetré y gocé como nunca lo había hecho. Sus gritos, sus quejas, sus lágrimas, sus ruegos, multiplicaban mi placer hasta el vértigo.
Después sentí una paz infinita. La levanté con cuidado, la llevé a la bañera, le limpié las heridas. Total no había sido para tanto. Cuatro chichones. En unos días curada.
- “¿Ves lo que pasa?” “¿Cómo crees que puedo soportar que tu familia me ignore y me humille continuamente” “Tú tienes la culpa de todo” “Tienes que poner remedio a esto”
Por un momento pensé que se marcharía. Pero me cogió la mano mientras las lágrimas le resbalaban despacio por las mejillas.
Se recuperó y, al cabo de unos días, me anunció que había conseguido que sus padres me aceptaran en su mesa.
No supe si alegrarme. Era un reto ponerse a tiro de sus miradas.
Pero llegó el domingo y todo transcurrió con cierta normalidad. Intenté no tomar en cuenta algunos retintines y sornas de su madre, que Luisa censuraba con un “Mamá…”, y muchos silencios de su padre.
Volvimos todos los domingos y el silencio de Antonio se me fue haciendo pesado como una losa, y la sorna de María me golpeaba con más fuerza que un puño de acero.
Salía de allí con todos los demonios en el cuerpo. Más de una vez, al llegar a casa, mi indignación no me dejaba frenar la lluvia de reproches.
-“¿Cómo puedes consentir que esos hijos de puta me traten así?” “¿Te lo pasas bien viéndome humillado?” “Si algún día pasa algo grave tú y solo tú tendrás la culpa”
Me iba encendiendo con las palabras y ella reaccionaba siempre encogiéndose, haciéndose pequeña, despertando mi deseo. La golpeaba, hasta que mi sexo me dolía y estallaba desbocado para dejar paso a unos cuantos días de paz. No sé si ella gozaba, pero en esos momentos solo me importaba la sensación de poder que me embargaba hasta el éxtasis.

Aunque muy de tarde en tarde Luisa quedaba con sus amigas para ir al cine. Yo no comprendía que pudiera pasárselo bien con alguien que no fuera yo, pero de vez en cuando cedía.
Una tarde las seguí para asegurarme de que realmente iban al cine. Me mantuve en la distancia durante un rato. Pero mi interés por saber lo que estaban hablando me hizo acercarme demasiado y me vieron. Disimulé haciéndome el encontradizo. Las saludé con cariño y seguí mi camino como si fuera en esa dirección. Al darles la espalda, sin que hubiera dado apenas tres o cuatro pasos escuché una carcajada a coro que todavía me duele cuando se repite una y otra vez en mi cabeza. Seguí caminando como si la cosa no fuera conmigo y la esperé en casa.

La sangre me quemaba las venas. No podía contenerme, rompí todo lo que encontré a mano hasta que escuché la puerta. Me lancé sobre ella, la golpeé con todo lo que tuve a mano, vi su cuello desnudo que se me ofrecía como en un sacrificio y apreté hasta dejarla sin aliento, una erección salvaje, una eyaculación incontenible le salvaron la vida.

Desde aquél día ya no pude vivir tranquilo. Entre clase y clase me escapaba del instituto, la seguía al centro comercial, a sus clases particulares. ¿Con quién hablaba? ¿Qué decía? Seguro que estaba contando cosas horribles de mí.  ¿Por qué se reía? Su risa me perseguía por todas partes y se repetía como un eco. ¿Cómo podía reírse de mí de esa forma tan cruel? ¿Era esta la casa de su alumno? ¿Quién estaba con ella? ¿Solo el niño o también su madre? O peor aún ¿Su padre?

No podía seguir viviendo en ese desasosiego, rodeado de amenazas por todas partes. Después de darle muchas vueltas, tomé una decisión irrevocable: Ella no tenía ninguna necesidad de salir de casa. Yo le bastaba.

Mientras estaba en el supermercado cambié la cerradura de casa y desconecté todos los cables del teléfono.  Esperé a que volviera, le abrí para que no se diera cuenta del cambio. Cerré tras ella, busqué su móvil en el bolso y le quité la tarjeta.

Me acerqué a la cocina y la observé mientras sacaba la compra.

-“¿No tienes clase hoy?”
-“He pedido permiso para explicarte la nueva situación”
-“¿A qué te refieres?
-“A partir de ahora ya no tendrás que salir de casa. Todo lo que necesitemos lo traeré yo. Verás como así las cosas van mucho mejor. Nada ni nadie podrá hacernos daño”.

Se me quedó mirando fijamente con los ojos tan abiertos que parecían fuera de sus órbitas. Se sentó y nunca más me ha vuelto a hablar. Sus ojos siguen abiertos día y noche. Hace todas las cosas como un robot. Ya no parece ella.

La estaba sintiendo tan mía… pero esa sonrisa furtiva ha hecho mil pedazos el encanto.


JULIA


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