viernes, 9 de febrero de 2018

ADELA

ADELA
Ésta que voy a contar es una historia tan real como lo puede ser un recuerdo.
Soy maestra de primaria en un colegio de Marxalenes y, desde hace ya varios años, tutora de los niños de 3º y 4º. Empezaba el curso 1986 y yo acogía a un nuevo grupo. La mayoría ya venían el curso pasado, pero, en los cambios de ciclo, siempre viene algún niño nuevo. El primer día me gusta hacer un juego de presentación, para recordar quiénes somos, contarnos las aventuras del verano y presentar a los nuevos compañeros.
Nos sentamos formando un círculo y, cuando paró el bullicio y miré todas esas caritas expectantes, me detuve irremediablemente en la suya. Toda ella era redondita, con la piel sonrosada y curtida, el pelo como una madeja de heno y unos ojos azules grandes y abiertos como si quisieran absorber todo lo que les rodeaba. Vestía una faldita vaquera y un suéter color rosa de  perlé tejido a mano con las piezas cosidas burdamente. Llevaba calcetines cortos y unos zapatos que habían caminado ya más de la cuenta. Todo le venía ligeramente estrecho.
-Hola, tú eres Adela, ¿no?
Su cara se encendió como una brasa, pero contestó con desparpajo.
-Sí, señorita.
-Cuéntanos algo de ti, Adela. ¿Cómo es que has venido a este cole? ¿Dónde estabas el año pasado?
-Yo vivía en mi pueblo, Vallanca, cerca de Ademuz, con mi madre y mi abuelo; bueno, allí tenemos nuestra casa de verdad. Pero, como mi madre dice que allí no tenemos porvenir, nos hemos venido ella y yo a Valencia. Mi abuelo se ha quedado, dice que ya es muy mayor para cambiar.
-Y ¿Qué te parece todo esto? ¿Estás contenta?
Levantó los hombros como con resignación.
-A mi me gusta más mi pueblo. Mi abuelo es pastor y yo estaba siempre con él, en los campos, con los animales. Esto es muy grande, me asusta un poco y no conozco a nadie. Mi abuelo me ha regalado un corderico para que me conforme y lo tenemos en casa en el balcón. Pero no es lo mismo.
Toda la clase se alborotó:
-¿De verdad tienes un cordero?
-¡No me lo creo!
-Y ¿Lo sacas a la calle?
-¿Qué come un cordero?
- ¡Queremos verlo!
Tuve que apaciguar la explosión de curiosidad con la promesa de que preguntaríamos a la mamá de Adela para ver si era posible que lo trajera algún día. La mayoría solo había visto corderos en los dibujos de la tele y nada hay más poderoso para un niño urbanita que la llamada de la naturaleza.
Ella sí que sabía de los animales, los cultivos y las plantas de su aldea. Con frecuencia le pedía que explicara cosas auténticas de la vida. Esto le daba valor ante sus compañeros y un toque de verdad al “coneixement del medi”.
Unas semanas más tarde tuve la entrevista inicial con su madre. La mujer un tanto avergonzada, interrumpiéndose de vez en cuando para secarse las lágrimas que se le escapaban, me explicó su historia en el pueblo. Quedó huérfana de madre a los siete años y tuvo que hacerse cargo, como una mujer, de todas las tareas de la casa. No pudo ir a la escuela.
Una noche de fiestas, la dejó preñada un desconocido y nunca más se supo. Su padre estuvo mucho tiempo sin hablarle pero, cuando nació Adela, ya no tuvo ojos para nada en el mundo más que para su nieta.
Todos les volvieron la espalda. Incluso tenía que vender los quesos y la leche en un pueblo vecino. La niña era el objeto de las burlas y, también, de alguna pedrada que otra, de los pocos niños de la contornada.
-“Así que, Señorita, mi Adela no quería ir a la escuela. En cuanto me descuidaba se había escapado con el abuelo a los campos y yo no me sentía con fuerzas para obligarla”.
No quería que su hija creciese en aquél mundo oscuro y por eso se había armado de valor y se había venido aquí, aunque estaba igual de asustada que la niña. La habían contratado por las tardes en una empresa de limpieza y por las mañanas en tres o cuatro casas. Su único afán era que Adela pudiese estudiar.
-“Señorita ya sé que debe andar muy retrasada, pero es muy trabajadora y le pondrá voluntad. Yo no puedo ayudarle.”
En aquél mismo momento decidí que Adela sería mi reto de aquel curso.
Le expliqué la curiosidad que había despertado el corderito en la clase y le pedí permiso para que lo trajera un día. La mujer no lo tenía muy claro. No quería que la niña llamara la atención, pero al final cedió.
Al final una mañana apareció con el corderito. Es fácil imaginar la revolución que provocó el pobre animal en el colegio. Hubo que esperar a que todos se metieran en las clases para que pudiera entrar. Era una bolita de algodón temblorosa, acurrucada en sus brazos. Escondiendo el hociquillo para ocultarse de los gritos.
Adela, siempre tranquila, le hablaba y le calmaba, al tiempo que explicaba a sus compañeros que tenían que estar callados para que se soltara y pudieran verlo.
Ese día solo hubo corderito. Aprovechamos para aprenderlo todo acerca de él.
Poco a poco Adela se iba soltando en la clase. Efectivamente su retraso era importante, sobre todo en lo que podemos entender como conocimientos escolares. Sin embargo le gustaba leer y tenía una gran habilidad para inventar y escribir historias. Probablemente, para sobrellevar su soledad, se había refugiado en un profuso mundo imaginario. Cada día me quedaba un rato con ella para ayudarle con sus tareas y, sobre todo, para compartir sus historias. El rato que estaba conmigo se lo ahorraba de estar sola en casa esperando a su madre.
Luego, a última hora, cuando ya me iba a casa, la veía a lo lejos por los descampados con su corderillo. Ella decía que aquello le recordaba al pueblo y que había hierbas buenas para él.
Una mañana, cuando llegaba al colegio, vi a su madre que venía hacia mí con expresión muy preocupada.
-“Señorita, señorita, por favor, ¿ha visto usted a mi Adela? Ayer salió, como todas las tardes a pasear al corderillo. Pero no ha vuelto. Ay, señorita, estoy toda la noche buscándola por los sitios dónde suele ir y no doy con ella ¿Qué le puede haber pasado a mi niña? ¡Madre mía cuando se entere su abuelo! Nos va a llevar a las dos de cabeza para el pueblo”.
“Yo no sé qué más puedo hacer para buscarla”
-“Tranquilicese, preguntaremos a los niños. Igual alguno la ha visto y si nadie sabe nada, iremos a la comisaría. No se preocupe, dejaré a alguien al cargo de la clase y la acompañaré”.
Nadie la había visto, pero el conserje comentó que la tarde anterior había escuchado mucho alboroto por los descampados y que luego había visto las luces del coche de la policía por allí.
Con el corazón en un puño fuimos sin dudarlo a la comisaría y explicamos lo que había pasado. Nos hicieron pasar a un despacho y allí, sentada en una silla, estaba Adela.
Aunque le habían lavado un poco la cara, estaba toda cubierta de lágrimas mezcladas con tierra y rastros de sangre. La abrazamos pero no respondió. Estaba como impasible, la mirada perdida en el infinito.
El policía de barrio me conocía porque ya había tenido que intervenir en varias ocasiones por altercados con los chavales o las familias. Eso hizo la situación un poco menos tensa.
“Nos llamó ayer un vecino porque había escuchado gritos por los descampados. En un principio no nos alarmamos porque en este barrio, a la que anochece, ya se sabe… Pero nos acercamos a ver qué pasaba. Estaba ya todo en silencio, nos pareció ver un bulto que se movía en el suelo y lo iluminamos con la linterna. Allí estaba la chiquilla de rodillas abrazando un amasijo de carne y lana que parecía un cordero. Le preguntamos su nombre pero, como no respondía, la trajimos aquí a comisaría para ver si localizábamos a la familia. No hemos conseguido sacarle una palabra en toda la noche. Habíamos llamado ya a protección de menores. ¿Pueden ustedes acreditar su parentesco?”.
Expliqué la situación y me quedé con la niña mientras su madre iba a casa a buscar sus papeles.
La abracé y estuve acariciándola, hablándole, tratando de conectar con ella, de que me respondiera, pero todo fue inútil.
Cuando se terminaron los trámites, el comisario nos dijo que intentarían averiguar lo ocurrido, pero que sería muy difícil si ella no hablaba.
Las acompañé a casa y, aunque no estaba muy segura de lo que debía hacer, cuando vi que todo estaba más calmado, las dejé solas.
-“No se preocupe señorita, estaremos bien”.
Cada día, al llegar, esperaba encontrarla en la clase. No lograba olvidar su mirada vacía. La había visto en otros ojos y conocía el abismo de silencio que se ocultaba tras ella.
Pasaron unos días y, al ver que no venía, me acerqué a visitarlas.
La madre me abrió la puerta y me acompañó a la habitación dónde seguía sentada sobre la cama con los ojos abiertos. Sin comer, sin dormir, sin decir nada.
Entré y ni siquiera parpadeó, intenté abrazarla pero no hubo respuesta.
Le entregué un dibujo lleno de cariño que le habían dedicado sus compañeros. No lo miró.
Le propuse a la madre la posibilidad de pedir ayuda a la psicóloga del colegio para que, al menos, nos orientara en la forma de tratarla y señalara los pasos a dar.
Volví con mi compañera unos días más tarde.
Llamé. No me contestaron.
Una vecina me dijo que las había visto salir con las maletas.
Nunca más hemos vuelto a tener noticias de Adela.
Julia

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