lunes, 12 de febrero de 2018





La sangre de las campesinas jóvenes daba forma al curso de un río que fluía rojo y sediento  alrededor de aquella isla habitada por flores carmesí, que se alimentaban de la sangre vertida por la muerte sobre los campos de aquellas tierras. Me habían hablado de aquel lugar, como uno de los mas hermosos del mundo, en el que las flores  habitaban las cuatro estaciones.
Nunca se supo la causa  de aquella primera  muerte, ni de las que siguieron su huella  pero la sangre que brotaba de aquellos cuerpos lacerados y que hacia mas y mas hermosas las flores de la isla atemorizaba a todas las mujeres jóvenes de aquel país extraño.

Todas aquellas muertes eran variaciones de un mismo rostro.  El mismo patrón de comportamiento las acompañaba invariablemente, todas ellas eran niñas que habitaban las granjas de la zona y que apenas habían alcanzado la pubertad, antes de tener su segunda menstruación, su cadáver era hallado colgado en algún lugar del bosque atado de pies y manos. Todos  los cuerpos tenían  una herida  de costado de la que había  brotando toda su sangre. Debajo de los cuerpos ningún rastro de sangre, todos ellos daban la impresión de haber sido exprimidos hasta su ultimo aliento.

Cuando los habitantes de aquel extraño y pequeño país veían marchitarse las flores de la isla, se apresuraban a encerrar a las niñas de la zona, aquello era  la antesala de un nuevo crimen, pues cada vez que las flores palidecían se producía una nueva muerte, y tras cada muerte la isla volvía a lucir en todo su esplendor, las flores marchitas se erguían insolentes y los capullos que días atrás parecieran inertes explotaban en toda su hermosura.
La sangre de las víctimas parecía alimentar la botánica de aquella isla, a la que había sido enviada para obtener respuestas sobre aquellos crímenes, después de que se descubriera el  último cadáver.

Permanecí en aquel país extraño  el tiempo necesario para  que las flores de la isla se  apagaran de nuevo. Era el anuncio de un nuevo crimen.
Había conseguido marcar  las rutas que  conectaban la población con la isla botánica y  mortal, y establecí vigilancia en cada uno de sus accesos. Solo era cuestión de esperar. 

 Días después me adentré en el bosque, una vez mas en busca de respuestas, todas las víctimas habían sido halladas allí,  un cálido viento soplaba mientras la noche comenzaba a cercar  los caminos. Escuché pasos cerca, agucé la mirada adentrándola en la espesura del bosque, no conseguí ver nada a pesar de que sentía el sonido cada vez mas cerca, debía tratarse  de  algún animal en busca de comida merodeando por la zona. Salí de la espesura del bosque y pude ver a dos  niñas  que corrían presurosas de camino al pueblo, decidí seguirlas a distancia, pasados unos minutos  comencé a sentir  de nuevo los pasos tras de mí, pasos cada vez mas grandes,  pasos sin dueño, que quedaban grabados sobre la hierba. Froté mis ojos y ví la marca de las huellas dirigiéndose pausadamente por el camino tras las niñas, me interpuse en su camino inútilmente, las huellas siguieron avanzando en  pos de  las niñas, siguieron avanzando grabandose en la hierba y desapareciendo como borradas por el viento.

Las huellas sin cuerpo, sin presencia, sin nombre se fundieron con las de las niñas y supe que iba  a asistir al ritual de su muerte, corrí hacia ellas, un viento gris me detuvo, me impidió continuar, fue como  un muro que me separaba de la escena. Un muro que comenzó a salpicarse de rojo,   de limites desconocidos y que nadie puede franquear.   Sin embargo  su transparencia me dió acceso al preludio de la escena de muerte.

Los cuerpos de  las niñas  yacían  colgados balanceándose, noté algo atraveséndo el muro  y escuché  los pasos tras de mi, nuevamente los pasos grabados en la hierba caminando presurosos hacía mi,  pude sentir su aliento en mi nuca y una cuerda rodeando mi cuerpo.
Sentí que perdía la consciencia,  los gritos de las niñas resonaban  en mi cabeza como la banda sonora de una pesadilla, un viento sordo cerró mis oídos y mis ojos.  Cuando recuperé la consciencia alcancé a ver el rostro de una mujer, traté de  incorporarme para reconocer sus rasgos, cuando se inclinó sobre las niñas que yacían inertes, reconocí el rostro de la mujer campesina que pobló las portadas de los diarios  por haber sido  brutalmente linchada hasta la muerte junto con la menor de sus hijas.  Recordé aquellos crímenes que habitaron durante días los informativos, al parecer se trató de una venganza para castigar a la mujer, en cuya presencia, varias niñas  se ahogaron  arrastradas por el río que rodeaba la isla de las flores, en aquel lugar y en aquel día en el  que celebraba  el decimotercer cumpleaños de la menor de sus hijas. Aquellos crímenes quedaron impunes, se declararon culpables todos los habitantes de aquel extraño y pequeño país. El cuerpo de la mujer y de la niña nunca fueron sepultados. 
Traté de romper mis ligaduras mientras los flashes informativos de aquellos días seguían salpicando  mi memoria. La mujer terminó su ritual, virtiendo toda la sangre de las niñas en  vasijas que había dispuesto debajo de los cuerpos, y se desvaneció ante mis ojos. Sus huellas se perdieron tomando el camino de la isla de las flores.


  Ana Luna








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