LA CASA DEL TIO TOM Y
LA CASA DE JOB
PARTE SEGUNDA
Al
regresar al campamento después de haber cazado al negro que había huido de la
casa del tío Tom, ordené a mis hombres que le aplastasen con un martillo el
tobillo del pie derecho. También le pusieron grilletes en las muñecas para
encadenarlo durante la noche. La cadena pasaba por dentro de una argolla
colgada en la pared y eso hacía que tuviera que dormir sentado en el suelo y con los brazos
levantados. Serviría de ejemplo para que los demás negros sacudieran de su
mente cualquier posibilidad de huida. Habían pasado más de dos meses de aquello
y durante todo ese tiempo seguían desapareciendo camiones de migrantes en el
desierto y la enfermedad de Dmytro además de haberlo puesto bajo la arena se
había extendido como una epidemia. Valiéndose
de las miasmas iba contagiando, uno a uno, a todos mis hombres. A la hinchazón ganglionar, la
fiebre y la postración se seguían diarreas
incoercibles que junto a las altas temperaturas del desierto conseguían en unos
días deshidratar aquellos cuerpos recios
y robustos; los despojaba de su naturaleza férrea y pasaban de ser soldados aguerridos a
deshilachadas y arrugadas formas fantasmales. Cuando conseguían ponerse en
pié, parecían como dibujos secos, finos
cartones que se clavaban en la arena; solo con un pequeño traspié, o, una pequeña sacudida provocada por una ráfaga
de poniente seco acababan por caerse de bruces en la arena. Era evidente que no
se trataba de una flema empalagosa que trasmitían las senegalesas, como había
dicho el sirio que se las daba de médico. Lo curioso de esta epidemia es que no
afectaba para nada a los negros, su sangre ya se había acostumbrado al germen
que circulaba por ella como un zombi viviente pero sin fuerza alguna. Pero
cuando se veía libre, y eso ocurría cada vez que los negros vaciaban sus
vísceras en los improvisados agujeros infectos, sin drenaje alguno, que
rodeaban sus chozas. Entonces, los gérmenes, saltaban en el aire y corrían
flotando entre el polvo arenoso a buscar
los cuerpos musculosos y duros de mis hombres. Seis de ellos estaban
pudriéndose para siempre bajo las dunas de arena del salobral. La sombra de la
muerte los envolvía y todo ello después de pasar por una mejoría transitoria,
tras lo cual la enfermedad les provocaba
salvajes vómitos de sangre. Con tanta fuerza salía de las bocas disparada la
sangre que parecía que desde el estómago alguien activara una bomba de
pulverización. Salpicada la arena del desierto de rojo, en un instante aspiraba
como un vampiro los ríos de sangre abriendo debajo canales subterráneos donde
recibir a los muertos. Apenas quedaban hombres sanos acuartelados. Los que
habían luchado con ferocidad en el Maidan
morían ahora indefensos sin que nadie les asediara con golpes o disparos. Eran
víctimas de algún bicho invisible que estaba dispuesto a arrebatarme a mis
fieles compañeros sin darles opción para luchar cara cara. La otra noche un
negro asaltó a un mercenario libio y le robó el fusil de asalto. Esta mañana ha aparecido en el campamento otro
libio con un cuchillo clavado en el cuello.
He
reunido a dos hombres que parecen no estar afectados por la enfermedad y hemos dado una vuelta por el campamento
subidos en la camioneta. Cuando hemos llegado al hangar donde duermen los
libios no quedaba ni rastro de ellos. Al golpear las puertas, me ha devuelto la
palabra un silencio férreo. Deben de haberse largado durante la noche, los muy cobardes. Cada día que pasa
tengo más la impresión de que no vamos a poder cumplir con la misión que nos
encomendaron hace unos dos años en Ucrania. Esto se derrumba. No sé qué esperan los negros
para escapar, o para cortarnos el cuello a los que aún quedamos vivos. De vuelta a la Kasba he parado la camioneta,
al mirar por los prismáticos he visto a una columna de negros que se alejaban;
iban encadenados de pies y manos. La comitiva avanzaba despacio y estaban
vigilados por dos mercenarios equipados con trajes de asalto; eran mercenarios libios porque llevaban en sus chalecos una visible fotografía de Gadafi.
Se dirigían hacía las dunas altas del
Oeste, hacia el lugar donde desaparecen los camiones. Al pasar cerca de la casa
de Job, las negras habían derribado la empalizada que la rodeaba , varios de
sus tramos estaban tumbados sobre la arena. Mientras la camioneta pasaba entre las chozas, he
visto como corría intentando zafarse de nosotros a la niña tuareg. He ordenado
al soldado que conducía que la siguiera y cuando la camioneta le ha dado
alcance, la niña agotada ha detenido la
carrera. Al sacar la cabeza por la
ventanilla para mirarla de cerca, quería ver de nuevo esos ojos negros y
verdosos como los diamantes de Sierra Leona, la niña ha sacado un cuchillo de
la parte trasera del cinturón que
rodeaba la chilaba y después de emitir un grito beréber, como un chillido fino
y agudo, se ha abalanzado sobre mí rajándome
la mitad de la cara. He comenzado a sangrar, resoplaba por la piel de la
mejilla borbotones rojos, como una ballena herida. El soldado que conduce la
camioneta ha parado el motor y cuando sacaba la pistola de la funda le he dado
una orden:
─Pero Svoboda. Ha estado a
punto de matarte.
─Arranca te digo. Déjala en
paz.
El conductor hizo un ademan de
desprecio y arrancó. El motor de la camioneta rugío haciendo saltar las ruedas
en medio de una nube de arena.
Al llegar a la Kasba me ocupé de la
herida, después de limpiarla con un antiséptico contuve la hemorragia con gasas.
Al dejar de sangrar pude darme cuenta que no era tan profunda como parecía. Iba
a sentarme en la silla de mi despacho cuando escuché un griterío alrededor de
la Kasba. Al asomarme a la ventana pude
ver un grupo de negras que se peleaban entre ellas por conseguido hacerse con las botas y las casacas de uno de mis hombres que yacia al
parecer muerto sobre la arena.
─Maidan-Comando al habla. ─Corto
y cambio─.
Esto es una llamada de emergencia. Repito una llamada de emergencia─
Al otro lado del celular, se
escuchó una voz un tanto apagada.
─ Palabra clave. Diga la
palabra clave
─Atila rey de los unos. –dijo Svoboda
─¿Qué pasa con el caballo de
Atila? –dijo la voz al otro lado del celular
─Por donde pasa no vuelve a
crecer la hierba – respondió Svoboda
─Svoboda, Svoboda, -dice como dexsconcertada la voz que
se escucha al otro lado de la línea-. Por fin podemos hablar. Tenemos serios problemas
tienes que salir de Libia cuanto antes.
─Como dices Andrey. Unos
sonidos molestos, como chispazos saltaban por entre las ondas, al parecer
habían interferencias.
─ No consigo escucharte con
claridad.
Después
de unos interminables segundos, las ondas recuperaron el dicurso de una
conversación menos contaminada. ─ Tienes que abortar la operación
Oleoducto transfer. Sal como puedas de ahí. Tendrás que apañártelas por ti
misma. En cuanto consigas llegar a Bengasi activa el plan de retorno. Ya sabes.
Sé que podrás hacerlo.
─No creo que pueda salir de
aquí Andrey. He perdido a mis mejores hombres. Ahora el sonido llegaba con
nitidez, no había rastro de las interferencias.
Los negros que quedan, se harán con el campamento en unos días y me las harán pasar
putas antes de que decidan acabar conmigo
─Svoboda aquí los alemanes han bloqueado todo intento de comunicación
con el consejo de milicias. El tribunal de La Haya, a raíz de los reportajes
acerca de la esclavitud en libia que les han hecho llegar los reporteros sin
fronteras ha comenzado a investigar y los gerifantes del Ministerio de Defensa
alemana han dado la orden de suspender de inmediato la misión Oleoducto
Transfer. No sin antes haberse encargado de borrar toda huella que les pueda
comprometer.
─Podrías haber avisado antes.
¿No crees?
─No he podido hacerlo. Me han estado
vigilando día y noche. Sospecho que en este momento nos están escuchando. Voy a
colgar. Lo mismo aún puedo hacer algo por ti. Ya sabes, antes de que entren
aquí y me disparen un tiro en la cabeza. No pierdas posición y estate alerta. Buena
suerte Svoboda.
Unas
horas más tarde cuando ya no me quedaba esperanza de que Andrey lo hubiera
conseguido, apareció el código cifrado en mi ¨watch¨. Al leerlo hizo que me sintiera
mejor: ─¨
Avión Águila Nevada. Mañana a las cinco horas Operación Sol y Duna. Dos
reactores. Por el norte. Vuelo rasante. Misiles. Objetivo: Barrer Oleoducto. Coordenadas precisas enviadas por
el localizador de precisión. Buena suerte¨.
En
el mismo instante que Svoboda recibia el
código cifrado, Bakir el mafioso de Banglades aceptaba un trato con los
alemanes. Eliminaría a Solovoda a cambio
de poder operar en toda la costa Libia sin
que el Frontex lo incordiara.
Durante
la noche tuve que defenderme de algunos
disparos erráticos que salían desde unas dunas situadas de la cara oeste.
Respondía a ellos con ráfagas de ametralladora que tenía apostadas en las
puntiagudas ventanas de la Kasba. Aquellos negros no sabían disparar. Nada más aparecieron
los primeros claros y el sol del desierto sembraba su luz roja por encima de
las dunas dos reactores sobrevolaron el
campamento del Oleoducto y dejaron caer las suficientes bombas como para que
borraran para siempre del mapa cualquier vestigio de vida. El oleoducto quedó
intacto, estaba construido en el subterráneo a más de dos metros de
profundidad; esperaría en la oscuridad; tal vez dentro de unos meses
comenzarían de nuevo a reconstruirlo. Las bombas levantaron altas y espesas cortinas de arena
que al caer sepultaron la poca vida que quedaba debajo. El campamento recuperó
la esencia que había robado al desierto y se convirtió en unos segundos en un
salobral. Al acabar el último barrido los aviones tomaron rumbo al sur,
permanecí acostada en lo alto de una duna, casi no podía respirar y el corazón
me latía con fuerza, sudaba como una condenada. Me sentía cansada y exhausta,
y se encogió el corazón al tener que
dejar a mis compañeros del Maidan de esta forma, cuerpos vaciados como canales
abiertos por la enfermedad y otros descuartizados por los negros y devueltos a
las oscuras fauces del desierto.
Bajé
de la duna, como si una criatura triste se hubiera apoderado de mí y subí a la
camioneta que había dejado al atardecer a no menos de un kilometro al sur del
campamento. Sin perder el tiempo hice avanzar el viejo motor abriendo surcos en
la arena. Había conseguido vencer dos dunas con dificultad, la camioneta comenzaba
a fallar, parecía tambalearse cada vez que descendía de las dunas, las ruedas
revoloteaban y les costaba avanzar cuando se hundían en la arena. Daba la
impresión que de un momento a otro iba a volcar. Cuanto más cerca estaba de
quedar encallada o de acabar volcando y quedar sepultada por capas de arena
milenarias, fue entonces al salir de un desfiladero que había entre dos grandes
montañas de arena, cuando se abrió ante mis ojos enrojecidos y medio ciegos un horizonte incansable lejano y llano,
barrido por el viento de poniente. En el medio de infinitas cubiertas de arena
asomaban restos de asfalto parecían trozos de galletas ennegrecidas. Al parecer
eran los restos de lo que antes fué una carretera. La camioneta agradeció
deslizarse por un camino más estable. Pise el acelerador con fuerza.
A
lo lejos me pareció distinguir alguien que andaba con dificultad. Cuando ya
estaba a su altura, pude ver su silueta. Era la niña tuareg, andaba por entre
la arena descalza y con la chillaba hecha pedazos, llevaba un turbante azul en la cabeza. Al verme no se detuvo agachó la
cabeza y continuó andando como si no tuviese duda del camino a seguir. Como si supiera leer el horizonte lejano,
recto e infinito que se alzaba delante
de sus ojos repletos de tracoma. Al dejarla atrás la camioneta lanzó una nube
de arena rojiza que la envolvió como un tornado. Al mirar por el retrovisor contemplé
como se sacudía la arena de la chilaba y continuó caminando. Pare el motor y volqué
mi cuerpo hacia la puerta, estire el
brazo y la abrí de par en par; empuje
con fuerza para evitar que quedara entornada. Me detuve a unos cien metros de
ella, esperé con la puerta abierta. Cuando pasó al lado de la camioneta le
grité: ─
Sube. Ella continuó andando, ni tan si quiera miró, después que la niña hubo adelantado la
camioneta unos metros arranque de nuevo,
dejando la puerta abierta. Me detuve y la esperé de nuevo ─ Sube
venga, sola no vas a llegar muy lejos. Así una vez tras otra yo deteniendo la
furgoneta incitándola a subir y ella terca como una mula sin querer subirse.
Entonces una bomba estalló, cerca de donde estábamos abriendo un boquete en la
arena; a continuación una ráfaga de
ametralladora corrió en la arena zigzagueando
como una serpiente dejando un
reguero de diminutos agujeros. ─
Sube no seas tonta. Sube te van a matar. La explosión de una granada a unos
metros de ella la hizo caer al suelo. Al llegar a su lado, se levantó y de un saltó entró en la
camioneta. Salí a toda velocidad, sin darle tiempo a cerrar la puerta. Le
sangraban los oídos y tenía medía parte de la cara quemada apreté el acelerador
hasta el fondo. La camioneta se
deslizaba en zig-zag por la arena, iba dejando tras de sí una estela, tan alta
como el humo que sale de una jaima tuareg del salobral.
Un
francotirador libio tenía la cabeza de Svoboda anunciándose en su mirilla. Su dedo receloso dispuesto sobre
el gatillo en actitud de espera. ─ La tengo jefe. Ya es mía ¿Disparo?
─No, espera- dijo Bakir.
─ Pero Bakir ,tenemos q
deshacernos de ella , es el trato con los alemanes. Si no lo hacemos nos
barrerán del mapa- dijo el francotirador.
─No dispares, déjala marchar. Ellos
la quieren muerta. Les diremos que logró escapar de las bombas y que luego le
perdimos el rastro; el desierto es inmenso. Vamos a ver que dicen en Europa
cuando circule por las redes sociales la imagen de Svovoda cazada por militares
libios y se sepa que una ucraniana mercenaria mandada por Europa traficaba con emigrantes subsaharianos comprados como esclavos
para construir un oleoducto con el que llevar el gas a Europa.
─ Es una buena idea Bakir- dijo
el francotirador alejando la cabeza de Svovoda de la mirilla del rifle.
─No dispares. Al amanecer será nuestra
prisionera.
Svoboda detuvo la camioneta en
una zona donde había varios tamariscos y ayudó a bajar a la niña tuareg. Arrancaron
varias ramas de los arboles e hicieron fuego en un hoyo que cavaron con sus
manos en la arena. Se sentaron al lado del fuego cubriendo sus cuerpos con una
manta. Svoboda curó la quemadura en la cara de la niña. Luego tapadas por una
lona que Svoboda bajó de la camioneta se tumbaron sobre una arena que devolvía
al cielo el calor mientras este se oscurecía, al mismo tiempo que descubría una
cúpula encendida, repleta de miles de estrellas con sus brillantes puntas
clavando en la arena perpetuas miradas blancas. Así la noche blanca regaló haces
de luz que se juntaron con las miradas de Svoboda y con las de una niña tuareg
cuyos ojos comenzaban a cerrarse.
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