sábado, 17 de febrero de 2018

La casa del Tio Tom y la casa de Job 2 parte

LA CASA DEL TIO TOM Y LA CASA DE JOB
PARTE SEGUNDA
                Al regresar al campamento después de haber cazado al negro que había huido de la casa del tío Tom, ordené a mis hombres que le aplastasen con un martillo el tobillo del pie derecho. También   le pusieron grilletes en las muñecas para encadenarlo durante la noche. La cadena pasaba por dentro de una argolla colgada en la pared y eso hacía que tuviera que  dormir sentado en el suelo y con los brazos levantados. Serviría de ejemplo para que los demás negros sacudieran de su mente cualquier posibilidad de huida. Habían pasado más de dos meses de aquello y durante todo ese tiempo seguían desapareciendo camiones de migrantes en el desierto y la enfermedad de Dmytro además de haberlo puesto bajo la arena se había extendido  como una epidemia. Valiéndose de las miasmas iba contagiando, uno a uno, a todos  mis hombres. A la hinchazón ganglionar, la fiebre y la postración se seguían  diarreas incoercibles que junto a las altas temperaturas del desierto conseguían en unos días  deshidratar aquellos cuerpos recios y robustos; los despojaba de su naturaleza férrea  y pasaban de ser soldados aguerridos a deshilachadas y arrugadas formas fantasmales. Cuando conseguían ponerse en pié,  parecían como dibujos secos, finos cartones que se clavaban en la arena; solo con un pequeño traspié, o,  una pequeña sacudida provocada por una ráfaga de poniente seco acababan por caerse de bruces en la arena. Era evidente que no se trataba de una flema empalagosa que trasmitían las senegalesas, como había dicho el sirio que se las daba de médico. Lo curioso de esta epidemia es que no afectaba para nada a los negros, su sangre ya se había acostumbrado al germen que circulaba por ella como un zombi viviente pero sin fuerza alguna. Pero cuando se veía libre, y eso ocurría cada vez que los negros vaciaban sus vísceras en los improvisados agujeros infectos, sin drenaje alguno, que rodeaban sus chozas. Entonces, los gérmenes, saltaban en el aire y corrían flotando entre el  polvo arenoso a buscar los cuerpos musculosos y duros de mis hombres. Seis de ellos estaban pudriéndose para siempre bajo las dunas de arena del salobral. La sombra de la muerte los envolvía y todo ello después de pasar por una mejoría transitoria, tras lo cual  la enfermedad les provocaba salvajes vómitos de sangre. Con tanta fuerza salía de las bocas disparada la sangre que parecía que desde el estómago alguien activara una bomba de pulverización. Salpicada la arena del desierto de rojo, en un instante aspiraba como un vampiro los ríos de sangre abriendo debajo canales subterráneos donde recibir a los muertos. Apenas quedaban hombres sanos acuartelados. Los que habían  luchado con ferocidad en el Maidan morían ahora indefensos sin que nadie les asediara con golpes o disparos. Eran víctimas de algún bicho invisible que estaba dispuesto a arrebatarme a mis fieles compañeros sin darles opción para luchar cara cara. La otra noche un negro asaltó a un mercenario libio y le robó el fusil de asalto. Esta  mañana ha aparecido en el campamento otro libio con un cuchillo clavado en el cuello.  
                He reunido a dos hombres que parecen no estar afectados por la enfermedad y  hemos dado una vuelta por el campamento subidos en la camioneta. Cuando hemos llegado al hangar donde duermen los libios no quedaba ni rastro de ellos. Al golpear las puertas, me ha devuelto la palabra un silencio férreo. Deben de haberse largado durante  la noche, los muy cobardes. Cada día que pasa tengo más la impresión de que no vamos a poder cumplir con la misión que nos encomendaron hace unos dos años en Ucrania.  Esto se derrumba. No sé qué esperan los negros para escapar, o para cortarnos el cuello a los que aún quedamos vivos.  De vuelta a la Kasba he parado la camioneta, al mirar por los prismáticos he visto a una columna de negros que se alejaban; iban encadenados de pies y manos. La comitiva avanzaba despacio y estaban vigilados por dos mercenarios equipados con trajes de asalto;  eran mercenarios libios porque llevaban  en sus chalecos una visible fotografía de Gadafi. Se dirigían  hacía las dunas altas del Oeste, hacia el lugar donde desaparecen los camiones. Al pasar cerca de la casa de Job, las negras habían derribado la empalizada que la rodeaba , varios de sus tramos estaban tumbados sobre la arena. Mientras  la camioneta pasaba entre las chozas, he visto como corría intentando zafarse de nosotros a la niña tuareg. He ordenado al soldado que conducía que la siguiera y cuando la camioneta le ha dado alcance, la niña agotada  ha detenido la carrera. Al sacar  la cabeza por la ventanilla para mirarla de cerca, quería ver de nuevo esos ojos negros y verdosos como los diamantes de Sierra Leona, la niña ha sacado un cuchillo de la parte trasera  del cinturón que rodeaba la chilaba y después de emitir un grito beréber, como un chillido fino y agudo,  se ha abalanzado sobre mí rajándome la mitad de la cara. He comenzado a sangrar, resoplaba por la piel de la mejilla borbotones rojos, como una ballena herida. El soldado que conduce la camioneta ha parado el motor y cuando sacaba la pistola de la funda le he dado una orden:
No dispares Déjala es una niña. Arranca, salgamos de aquí.
─Pero Svoboda. Ha estado a punto de matarte.  
─Arranca te digo. Déjala en paz.
El conductor hizo un ademan de desprecio y arrancó. El motor de la camioneta rugío haciendo saltar las ruedas en medio de una nube de arena.
Al llegar a la Kasba me ocupé de la herida, después de limpiarla con un antiséptico contuve la hemorragia con gasas. Al dejar de sangrar pude darme cuenta que no era tan profunda como parecía. Iba a sentarme en la silla de mi despacho cuando escuché un griterío alrededor de la Kasba. Al asomarme  a la ventana pude ver un grupo de negras que se peleaban entre ellas por  conseguido hacerse con las botas y las  casacas de uno de mis hombres que yacia al parecer muerto sobre la arena.
─Maidan-Comando al habla. ─Corto y cambio─. Esto es una llamada de emergencia. Repito una llamada de emergencia─
Al otro lado del celular, se escuchó una voz un tanto apagada.
─ Palabra clave. Diga la palabra clave  
─Atila rey de los unos.  –dijo Svoboda
─¿Qué pasa con el caballo de Atila? –dijo la voz al otro lado del celular
─Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba – respondió Svoboda
─Svoboda,  Svoboda, -dice como dexsconcertada la voz que se escucha al otro lado de la línea-. Por fin podemos hablar. Tenemos serios problemas tienes que salir de Libia cuanto antes.
─Como dices Andrey. Unos sonidos molestos, como chispazos saltaban por entre las ondas, al parecer habían interferencias.
─ No consigo escucharte con claridad.
                Después de unos interminables segundos, las ondas recuperaron el dicurso de una conversación menos contaminada. ─ Tienes que abortar la operación Oleoducto transfer. Sal como puedas de ahí. Tendrás que apañártelas por ti misma. En cuanto consigas llegar a Bengasi activa el plan de retorno. Ya sabes. Sé que podrás hacerlo.  
─No creo que pueda salir de aquí Andrey. He perdido a mis mejores hombres. Ahora el sonido llegaba con nitidez, no  había rastro de las interferencias. Los negros que quedan, se harán con el campamento en unos días y me las harán pasar putas antes de que decidan acabar conmigo
─Svoboda aquí los alemanes  han bloqueado todo intento de comunicación con el consejo de milicias. El tribunal de La Haya, a raíz de los reportajes acerca de la esclavitud en libia que les han hecho llegar los reporteros sin fronteras ha comenzado a investigar y los gerifantes del Ministerio de Defensa alemana han dado la orden de suspender de inmediato la misión Oleoducto Transfer. No sin antes haberse encargado de borrar toda huella que les pueda comprometer.
─Podrías haber avisado antes. ¿No crees?
─No he podido hacerlo. Me han estado vigilando día y noche. Sospecho que en este momento nos están escuchando. Voy a colgar. Lo mismo aún puedo hacer algo por ti. Ya sabes, antes de que entren aquí y me disparen un tiro en la cabeza. No pierdas posición y estate alerta. Buena suerte Svoboda.
                Unas horas más tarde cuando ya no me quedaba esperanza de que Andrey lo hubiera conseguido, apareció el código cifrado en  mi ¨watch¨. Al leerlo hizo que me sintiera mejor: ─¨ Avión Águila Nevada. Mañana a las cinco horas Operación Sol y Duna. Dos reactores. Por el norte. Vuelo rasante. Misiles. Objetivo: Barrer  Oleoducto. Coordenadas precisas enviadas por el localizador de precisión. Buena suerte¨.
                En el mismo instante que  Svoboda recibia el código cifrado, Bakir el mafioso de Banglades aceptaba un trato con los alemanes.  Eliminaría a Solovoda a cambio de poder operar en toda la costa Libia  sin que el Frontex lo incordiara.
                Durante  la noche tuve que defenderme de algunos disparos erráticos que salían desde unas dunas situadas de la cara oeste. Respondía a ellos con ráfagas de ametralladora que tenía apostadas en las puntiagudas ventanas de la Kasba. Aquellos negros no sabían disparar. Nada más aparecieron los primeros claros y el sol del desierto sembraba su luz roja por encima de las dunas dos reactores  sobrevolaron el campamento del Oleoducto y dejaron caer las suficientes bombas como para que borraran para siempre del mapa cualquier vestigio de vida. El oleoducto quedó intacto, estaba construido en el subterráneo a más de dos metros de profundidad; esperaría en la oscuridad; tal vez dentro de unos meses comenzarían de nuevo a reconstruirlo. Las bombas  levantaron altas y espesas cortinas de arena que al caer sepultaron la poca vida que quedaba debajo. El campamento recuperó la esencia que había robado al desierto y se convirtió en unos segundos en un salobral. Al acabar el último barrido los aviones tomaron rumbo al sur, permanecí acostada en lo alto de una duna, casi no podía respirar y el corazón me latía con fuerza, sudaba como una condenada. Me sentía cansada y exhausta, y  se encogió el corazón al tener que dejar a mis compañeros del Maidan de esta forma, cuerpos vaciados como canales abiertos por la enfermedad y otros descuartizados por los negros y devueltos a las oscuras fauces del desierto.
                Bajé de la duna, como si una criatura triste se hubiera apoderado de mí y subí a la camioneta que había dejado al atardecer a no menos de un kilometro al sur del campamento. Sin perder el tiempo hice avanzar el viejo motor abriendo surcos en la arena. Había conseguido vencer dos dunas con dificultad, la camioneta comenzaba a fallar, parecía tambalearse cada vez que descendía de las dunas, las ruedas revoloteaban y les costaba avanzar cuando se hundían en la arena. Daba la impresión que de un momento a otro iba a volcar. Cuanto más cerca estaba de quedar encallada o de acabar volcando y quedar sepultada por capas de arena milenarias, fue entonces al salir de un desfiladero que había entre dos grandes montañas de arena, cuando se abrió ante  mis ojos enrojecidos y medio ciegos  un horizonte incansable lejano y llano, barrido por el viento de poniente. En el medio de infinitas cubiertas de arena asomaban restos de asfalto parecían trozos de galletas ennegrecidas. Al parecer eran los restos de lo que antes fué una carretera. La camioneta agradeció deslizarse por un camino más estable. Pise el acelerador con fuerza.
                A lo lejos me pareció distinguir alguien que andaba con dificultad. Cuando ya estaba a su altura, pude ver su silueta. Era la niña tuareg, andaba por entre la arena descalza y con la chillaba hecha pedazos, llevaba un turbante azul  en la cabeza. Al verme no se detuvo agachó la cabeza y continuó andando como si no tuviese duda del camino a seguir.  Como si supiera leer el horizonte lejano, recto e infinito que  se alzaba delante de sus ojos repletos de tracoma. Al dejarla atrás la camioneta lanzó una nube de arena rojiza que la envolvió como un tornado. Al mirar por el retrovisor contemplé como se sacudía la arena de la chilaba y continuó caminando. Pare el motor y volqué  mi cuerpo hacia la puerta, estire el brazo y la abrí de par en par;  empuje con fuerza para evitar que quedara entornada. Me detuve a unos cien metros de ella, esperé con la puerta abierta. Cuando pasó al lado de la camioneta le grité: ─ Sube. Ella continuó andando, ni tan si quiera miró,  después que la niña hubo adelantado la camioneta unos metros arranque  de nuevo, dejando la puerta abierta. Me detuve y la esperé de nuevo ─ Sube venga, sola no vas a llegar muy lejos. Así una vez tras otra yo deteniendo la furgoneta incitándola a subir y ella terca como una mula sin querer subirse. Entonces una bomba estalló, cerca de donde estábamos abriendo un boquete en la arena;  a continuación una ráfaga de ametralladora corrió  en la arena zigzagueando como una serpiente dejando  un reguero  de diminutos agujeros. ─ Sube no seas tonta. Sube te van a matar. La explosión de una granada a unos metros de ella la hizo caer al suelo. Al llegar a su lado,  se levantó y de un saltó entró en la camioneta. Salí a toda velocidad, sin darle tiempo a cerrar la puerta. Le sangraban los oídos y tenía medía parte de la cara quemada apreté el acelerador hasta el fondo. La camioneta  se deslizaba en zig-zag por la arena, iba dejando tras de sí una estela, tan alta como el humo que sale de una jaima tuareg del salobral.
                Un francotirador libio tenía la cabeza de Svoboda anunciándose  en su mirilla. Su dedo receloso dispuesto sobre el gatillo en actitud de espera. ─ La tengo jefe. Ya es mía ¿Disparo?
─No, espera- dijo Bakir.  
─ Pero Bakir ,tenemos q deshacernos de ella , es el trato con los alemanes. Si no lo hacemos nos barrerán del mapa- dijo el francotirador.
─No dispares, déjala marchar. Ellos la quieren muerta. Les diremos que logró escapar de las bombas y que luego le perdimos el rastro; el desierto es inmenso. Vamos a ver que dicen en Europa cuando circule por las redes sociales la imagen de Svovoda cazada por militares libios y se sepa que  una ucraniana  mercenaria mandada por Europa traficaba con  emigrantes subsaharianos comprados como esclavos para construir un oleoducto con el que llevar el gas a Europa.
─ Es una buena idea Bakir- dijo el francotirador alejando la cabeza de Svovoda de la mirilla del rifle.
 ─No dispares. Al amanecer será nuestra prisionera.
Svoboda detuvo la camioneta en una zona donde había varios tamariscos y ayudó a bajar a la niña tuareg. Arrancaron varias ramas de los arboles e hicieron fuego en un hoyo que cavaron con sus manos en la arena. Se sentaron al lado del fuego cubriendo sus cuerpos con una manta. Svoboda curó la quemadura en la cara de la niña. Luego tapadas por una lona que Svoboda bajó de la camioneta se tumbaron sobre una arena que devolvía al cielo el calor mientras este se oscurecía, al mismo tiempo que descubría una cúpula encendida, repleta de miles de estrellas con sus brillantes puntas clavando en la arena perpetuas miradas blancas. Así la noche blanca regaló haces de luz que se juntaron con las miradas de Svoboda y con las de una niña tuareg cuyos ojos comenzaban a cerrarse.  





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