PARTERRES FLORIDOS
Cada día me costaba más esta faena.
Mis piernas ya no daban de sí. El reuma me mataba. Iba a ver lluvia, seguro.
Ellas no mienten.
Toda una vida doblando el espinazo
sobre la tierra pasa factura. Aún me acuerdo cuando ayudaba a mi madre a
recoger las patatas. Las poníamos en capazos
y, de vuelta a casa, las
cargábamos en el carro y al mercado de
los lunes a venderlas, hiciera frío o calor, lloviera o hiciera un sol de
justicia.
Otras veces tocaban manzanas.
Y así nos íbamos sacando un dinerillo
para sobrevivir. El campo no daba para mucho.
El padre había marchado hacía dos
años. Se fue un lunes al mercado como siempre y ya no volvió. Nadie nos dio
razón de su marcha o sabía por qué se fue, pero las malas lenguas decían que se
largó con una del mercado que hacía tiempo le había engatusado. Una puta
lagarta, está claro.
Y así mi madre tuvo que hacer de
padre y madre. Cuidaba de la casa y cultivaba los pequeños huertos antes
atendidos por mi padre. Yo le acompañaba al mercado aunque ella prefería que
fuese a la escuela, pero a mí no me gustaba ir allí. Las niñas –pues era solo
una escuela de niñas, los niños iban a otra separada de la nuestra- se burlaban
de mí porque decían que mi padre no me quería porque se había ido con otra y no
iba a volver.
¡Pobre niña campesina,
pobre niña campesina!
Nadie la mima,
nadie la mima.
Aquello me torturaba y torturaba,
pero no iba a demostrarles a aquellas niñas estúpidas y malvadas el daño que me
hacían. De vez en cuando yo les ponía algún bicho muerto en sus carteras o sus
mascotas aparecían muertas en alguna cuneta. Nunca me pillaron.
Llegó un momento, ya adolescente, que
me vi en la necesidad de ayudar en la economía familiar. No podía ver a mi
madre deslomarse llevando la casa, cuidando los huertos y yendo a limpiar las
casas de la gente pudiente del pueblo y encima soportar a aquellas cursis y
estiradas brujas mirándole con compasión fingida o diciéndole descaradamente
que era terrible aquella huida de su marido, pero en algo no debía haber
cumplido como esposa cuando él prefirió irse con otra. Mi madre no tenía más
remedio que callarse para mantener el puesto y que le siguieran comprando en el
mercado. ¡Malditas putas! Cuando me lo contaba al llegar a casa a mí me hervía
la sangre. Les hubiese hecho callar a esas bocas que solo vomitaban maldad.
Pero mi madre me temía y ya no me dejaba acompañarla al mercado por si me iba
de la lengua con alguna de aquellas arpías.
Dejé la escuela con 15 años y me
busqué un trabajo. Por entonces necesitaban a alguien para ayudante del
enterrador. Estaba mayor y querían alguien joven, fuerte, para limpiar, cavar la
tierra para los enterramientos, ayudar a llevar los féretros, mover las lápidas.
Al principio no me hicieron ni caso cuando demandé el empleo. Pero yo insistí e
insistí. Era una chica recia y fuerte y `podía ser una muy buena ayudante. Pero
nada: una chica trabajando en el cementerio, ¿dónde se había visto aquello? Pero pasaba el tiempo y nadie se ofrecía. No
estaba bien visto aquel oficio. Incluso la gente rehuía encontrarse con el
enterrador: daba mal fario siquiera saludarle.
Al final me aceptaron. Después de
todo era la hija de una campesina abandonada, yo ya había dejado la escuela y
no se me veía mucho futuro.
Pronto me hice con la complicidad del
enterrador, pues yo aprendía rápido y bien. Y me sentía muy a gusto en la paz
de aquel sitio. Al menos nadie se metía conmigo.
Me gustaba leer las lápidas de los
allí enterrados:
R.I.P.
José A. J.
1850-1910
Me imaginaba qué vidas habían llevado
aquellos que me precedieron. Si habían muerto jóvenes o viejos. Y me preguntaba
de qué habrían muerto: del corazón, de cáncer, de un tiro, atropellados. ¿Ellos
habrían sido fieles o también habían abandonado a sus esposas los muy cabrones?
Y mi madre murió.
Tuve que hacerme cargo de la casa,
del huerto, de ir al mercado. Y lo que creí había caído ya en el olvido empezó
otra vez. Cuando los lunes volví a vender la gente empezó a rehuirme. No me
compraban. Hasta me gritaban que olía a muerto. Los muy putos seguían igual.
Pobre campesina,
Pobre campesina,
Que nadie la mima,
Que nadie la mira.
¿Pero qué se creían, que los muertos
se enterraban solos? No conseguía vender ni una maldita manzana, y acabé
dejando de ir al mercado. Cultivaba ya sólo para mí.
Y el enterrador murió.
Pasé a ocupar su puesto. El sueldo
subió un poco y me podía mantener a duras penas. Me querían buscar un ayudante,
pero lo rechacé. Por ahora podía yo sola. Y lo prefería. Aquello era mi terreno
y disfrutaba con mi tarea. Deseaba que se muriera alguien, era cuando más
acción había y después de todo era la razón de mi trabajo.
Durante el año había visto venir a
muchas de las encopetadas señoras del contorno a visitar las tumbas de sus
muertos. ¡Qué hipocresía! Cuántas veces en el mercado las había oído
despotricar contra sus padres ya mayores porque babeaban o se hacían encima. O
sus aviesos comentarios contra sus maridos porque ya no las satisfacían en la
cama. Y ahora soltaban unas lagrimitas delante de sus tumbas. Cuánto odiaba a
aquellas zorras que nos habían amargado la vida a mi madre y a mí.
Un día otoñal aproveché la soledad
del cementerio para acercarme sin ruido a una de aquellas hijas del desprecio.
Le asesté un gran golpe en la cabeza con la pala de jardinería. La enterré en un
parterre dispuesto para sembrar en unos días. Plantaría rosas.
Ahora, al cabo de varios años, el
cementerio lo tengo precioso. Hay varios parterres, y los gladiolos, azucenas,
pensamientos, crecen rápido y casi sin cuidados. El abono resultó bueno después
de todo, a pesar de la mala leche de sus orígenes.
Ahora tengo en mente otro parterre
con orquídeas, pero el tiempo no es todavía bastante otoñal para su siembra y además
he de escoger bien el abono. Las orquídeas son muy delicadas…
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