domingo, 25 de febrero de 2018

LA CAMPESINA Y LA CABEZA DEL CAMIONERO AMERICANO

            En un encuentro anual de ¨Camioneros por la escritura¨ en Connecticut  ¨Señor presidente¨ me pidieron que escribiera un cuento de terror. A nadie pareció llamarle la atención , o más bien no quisieron darse cuenta, que yo un camionero hispano llamado Nelson   paseara  por el hotel de la convención con  un cuerpo mutilado y desprovisto de cabeza  Al principio  pensé en escribir sobre esos seres imaginarios que pueblan nuestra mente y que se esconden en los desvanes, o en  habitaciones con las puertas cerradas, o en los cementerios y que vagan como fantasmas en las noches como fuegos fatuos, asustando a los humanos pero que siempre acaban por ser descubiertos y desapareciendo de escena  dejando de ser un peligro  cuando el problema que los engendró desaparece. Y eso me pareció que ya estaba demasiado manido, por eso escribí lo que en realidad me había pasado a mí en uno de mis viajes por Irak.  Pero yo no estoy aquí sentado con usted para hablarle de lo que les conté aquel día a mis amigos, después de que estuviera como ustedes dicen muerto. Estoy aquí  sentado delante de usted para que dejen de decir que el camionero que desapareció en el desierto de Irak se lo encontraron muerto y medio enterrado bajo la arena del desierto sirio ¿dígame ¨Señor Presidente¨? ¿Dónde está la cabeza de ese cuerpo que encontraron? .Le voy a contar  lo que de verdad le ocurrió a ese cuerpo que encontraron. Escuche con atención Señor Presidente de los EEUU, los acontecimientos que llevaron a la perdida de mi cabeza.
            ─Desde que me secuestraron en la carretera que va de Basora a Tikrit unos días antes aunque pudieron ser semanas, pues había  perdido la noción del tiempo, estaba  encadenado a las paredes de  una cueva. Me movía tan solo en un radio de una circunferencia de unos cuatro metros y a veces  sobre un charco de orines e inmundicia, que solo en ocasiones limpiaban mis captores.
            El techo era tan bajo que apenas podía ponerme de pie. Fui torturado en dos ocasiones, hasta que debieron averiguar que a pesar de ser americano, no  era más que  un simple camionero y nada tenía que ver con el estamento militar. Pensaba en aquellos momentos que me usarían como rehén. Mis captores pedirían un rescate el estado pagaría y fin del problema.  Tan solo era un ciudadano americano, que trabajaba para una empresa de Arabia Saudí trasportando petróleo desde los pozos a las refinerías de  Bagdad. No conocía secretos de guerra, ni tan siquiera abastecía de carburante las tropas americanas. Si hubiera sido soldado estoy seguro que me habrían matado no sin que antes me hubiesen torturado y sonsacado información militar.─
            Pero los hechos no sucedieron tal como pensaba y se los voy a relatar  como si estuvieran pasando en este momento Señor Presidente; porque de este modo  entenderá mejor lo que pasó allí,  lo vivirá con más cercanía, será como contarle una película en tiempo real. Y si es capaz cuando haya  acabado de contarle  la historia de continuar ocultando la verdad al pueblo americano, solo entonces cuando diga que ustedes mintieron y que solo encontraron un cuerpo sin cabeza. Entonces este cuerpo despezado le brindará su mano y le mostrará el camino donde poder encontrar su cabeza y de este modo podrá descansar en paz para siempre en un ataúd blanco envuelto en los colores de la bandera americana.
Escuche  Señor Presidente esto es lo que me ocurrió cuando aún tenía cabeza, se lo voy a relatar cómo le he dicho como si me estuviera pasando ahora.
             Un barbudo con turbante acaba de ponerme una capucha negra en la cabeza y apenas puedo respirar. Pienso que lo mismo ha llegado el momento del acuerdo que sirva para liberarme.  Deben de haber pagado ya el rescate y están ultimando los preparativos para llevarme  hasta un lugar seguro  donde poder hacer  el intercambio. La capucha la llevo para que no reconozca el camino y no los pueda delatar.
            Alguien ha entrado en la cueva, habla en árabe. Su voz se eleva con una claridad lechosa, arrastrando una corriente sucia  como si hubiera encendido una luna negra. Se trata de una mujer. Parece que hace  preguntas, sin parar, como demandando en su inquietud respuestas rápidas  y precisas. Me da la impresión de que la voz espesa cada vez más el aire enrarecido de la cueva con sus palabras. Ahora grita de manera salvaje, sus gritos son agudos, parecen notas estridentes de violines desafinados que chocan contra mis tímpanos y los resquebrajan como si estuvieran hechos de  un cristal delicado. Tengo miedo. La mujer parece dar órdenes a los demás sin parar. Escucho como un revuelo de botas un tanto alejadas, que se mueven  sin descanso por el suelo de la antesala de la cueva. Desde que entró la mujer se aspiran  del aire bocanadas demoniacas. Una esencia como de cabra asada crepita en la negra oscuridad de la capucha que se pega a mi cara.  
            La presencia de ella en la cueva me hizo recordar, que  no hace mucho en uno de mis viajes con el camión, al cruzar uno de los pasos fronterizos en Aman, un soldado americano me habló de una mujer miembro de las milicias de Al-Qaeda. La llamaban la ¨Campesina¨. Le habían puesto ese nombre porque todos los ataques que lleva a cabo tienen un sello común:
            Arrastra un carro y tira de él con sus propias manos; va cargado de especias, pasas, dátiles, limones e higos secos. Se hace acompañar por varios niños sucios y vestidos con andrajosas chilabas. Cuando llegan  a lugares estratégicos cercanos a mercados, objetivos militares, embajadas, cuarteles de tropas aliadas, puestos de control o depósitos de armas, los niños cargados de explosivos abrazados a los recovecos de sus sagrados vientres, se lanzan contra ellos al grito de ¨Ala es Grande¨ haciendo estallar su carga. La ¨Campesina¨ aprovecha el desconcierto de los primeros instantes que siguen a la detonación para huir, dejando un reguero de sangre por donde flotan miembros amputados, cabezas rodantes y cuerpos medio destrozados en un aquelarre de destrucción y muerte. El humo con aroma a carne humana quemada que flota en el aire después de la explosión, junto con  el  polvo que huele también a chamusquina la vuelven invisible;  tan solo una vez, en un atentado en Bagdad, por los alrededores del ¨Palacio Real¨ estuvieron a punto de darle caza, pero consiguió escapar. Los soldados vieron como el sol apareció como una bola gigante anaranjada y atropelló sus ojos, para a continuación  desaparecer de inmediato dando paso a un cielo negro que abrió pasadizos interminables en el suelo por donde desapareció, como un pez dorado abriendo las agallas de la muerte.  ¨La Campesina¨ ; los soldados decían de ella que era una mujer diablo, nacida de las mismas entrañas negras del Isis. También la describían como un ser sinuoso, como una tea encendida y flotante  que alumbra los caminos repletos de escombros humanos.
            Estoy empapado en sudor y respiro tan rápido que en ocasiones aspiro  la tela sudada de la capucha y  tengo que toser con fuerza  para expulsarla de dentro de la boca, sino acabaría por asfixiarme. Al menos dos hombres me sujetan por los hombros, oigo como no para de dar órdenes la mujer. Les dice que me golpeen en las piernas hasta que consiguen ponerme de rodillas. La capucha debe estar empapada. No puedo abrir los ojos porque el sudor de la frente gotea y cae dentro de ellos, mezclándose con el polvo sucio de la capucha que cuando se seca, me raspa la córnea. Es como si me mordiera una rata en el centro de los ojos
            La presencia de quién puede ser la  ¨Campesina¨ me inquieta, tengo miedo, no puedo verla. Alguien se acerca, apoya su mano en  mi cabeza tapada y aprieta con fuerza, hunde sus dedos en mis sienes. Un dolor agudo  recorre todo mi cuerpo como una descarga eléctrica que llega hasta la punta de los pies. ─Soltadme malditos hijos de perra─. Mis gritos se apagan dentro de la capucha. Intento calmarme,  al otro lado de la capucha ahora solo  escucho balbuceos encubiertos y  apagados. Estiro con fuerza de las  cadenas, en un esfuerzo inútil por soltarme y solo consigo hacerme daño en las muñecas.  Alguien tira hacia atrás de mi cabeza encapuchada y extiende el cuello con violencia, un latigazo azota mi espalda, me hace llorar y respirar a una velocidad endiablada. El dolor es tan agudo que caigo al suelo, Me levantan entre dos, intentan dejarme de pie pero  las  piernas comienzan a temblar, apenas me sostienen. Me derrumbo y caigo en el suelo, solo de pensar que está cerca  la  ¨Campesina¨ me salen cristales de terror por los ojos. Estoy a punto de perder  la conciencia. En ese momento de duerme, vela noto un ardor sucio y quemante ahumándose en el pecho, son unas manos extrañas que golpean sobre las costillas. Siento esas manos perversas agitar mi corazón que acaba por perder el control y viaja a una velocidad endiablada, cargado de adrenalina como un carro tirado por caballos desbocados apunto de caer por un precipicio. No tengo duda, a pesar de que no la veo huelo su presencia azufrada, es la ¨Campesina¨ la que va rompiendo con sus puños  una tras otra todas mis costillas. El terror alienta mis pensamientos que corren de un lado a otro en un galope frenético y agotador donde se suceden imágenes que apenas se detienen en mis retinas.
            Voy a  desmayarme, siento mi alma escarchada, tan gélida como mis brazos y  piernas, pero  lucho por no cerrar los ojos. El dolor consigue  mantenerme  alerta pero es de tal intensidad que acaba por agotarme y me sumo en un sueño difuso y sangriento me veo como si estuviera atrapado por una red en el fondo del mar, luchando  por liberarme de ella, mientras unos rostros barbudos me miran con caras sonrientes y burlonas. Un golpe seco en la espalda, me devuelve de nuevo a la vigilia. De nuevo en mi sangre circulan ríos de adrenalina. Escucho ruidos de cerrojos,  entran un grupo de hombres que hablan alto, dan la impresión que tienen prisa por acabar  algo. La ¨Campesina¨ habla con ellos.
            Me encuentro acorralado, miserable, sucio e impotente, me voy haciendo cada vez más pequeño, pienso que van a matarme. De nuevo dos hombres me levantan del suelo. Hago un intento en vano de  mirar a través de la capucha; pero mis ojos secos no alcanzan a ver nada, solo bultos y sombras miserables que se desplazan sin parar, encerradas como yo por la cueva .De repente escucho un sonido metálico, como cuando se enciende un micro de prueba, que resuena en toda la cueva. Han arrastrado mi cuerpo desvanecido ,al parecer, hasta la antesala de la cueva, estoy a punto de vomitar, pero si lo hago acabaré por ahogarme con mis propias flemas. A final solo son arcadas.
            Me vuelven a poner  de rodillas. Estoy confuso y agotado. He dejado de creer en mí mismo, han conseguido unir la muerte conmigo; estoy empezando a perder la cabeza y la calma. Por detrás alguien me sujeta por los hombros para que mi cuerpo no se venza. Noto como me orino encima. Los del Isis  empiezan  a entonar un cantico, o un rezo, mi corazón se acelera tanto que me duele el pecho; estoy empapado de sudor.  Me han vencido, he perdido la última gota de esperanza, si es que en algún momento la hubiera.
            Una opresión fuerte en la boca del estómago  hace que se encoja  todo mi cuerpo. Me caigo hacia un lado pero alguien me sujeta; un olor pestilente procedente de mi entrepierna se cuela por los rescoldos de la capucha. Me agarran y me estiran de la cabeza, algo frio y cortante resbala por el cuello.

            Las proclamas que lanzan suenan  cada vez con mayor fuerza, mientras la voz de e nuevo estoy a punto de vomitar, entonces un fuego impregnado de olor a carne  recorre la piel de mi cuello;  el sonido de los rezos desaparece al igual que desaparece cuando sumerges la cabeza en el agua. Mis ojos permanecen abiertos dentro de la oscura capucha; la vida se derrumba, es como si hubiese volado a un lugar desconocido.  Mi cuerpo se desploma en el suelo, pero mis ojos siguen abiertos. Ahora pueden ver a través de la capucha y miran como ¨La Campesina¨  exhibe como un trofeo  mi cabeza colgando de  una de sus manos mientras  con la otra blande al aire un cuchillo ensangrentado. En ese momento, no me cabe duda que la cadena Al Jazeera está emitiendo un vÍdeo que todos los americanos, incluso mi mujer y mi hijo de ocho años, estarán viéndolo en el sofá de sus acomodadas casas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...