LA
CAMPESINA Y LA CABEZA DEL CAMIONERO AMERICANO
En un encuentro anual de ¨Camioneros por la escritura¨ en
Connecticut ¨Señor presidente¨ me
pidieron que escribiera un cuento de terror. A nadie pareció llamarle la
atención , o más bien no quisieron darse cuenta, que yo un camionero hispano
llamado Nelson paseara por el hotel de la convención con un cuerpo mutilado y desprovisto de cabeza Al principio pensé en escribir sobre esos seres imaginarios
que pueblan nuestra mente y que se esconden en los desvanes, o en habitaciones con las puertas cerradas, o en
los cementerios y que vagan como fantasmas en las noches como fuegos fatuos,
asustando a los humanos pero que siempre acaban por ser descubiertos y
desapareciendo de escena dejando de ser
un peligro cuando el problema que los
engendró desaparece. Y eso me pareció que ya estaba demasiado manido, por eso
escribí lo que en realidad me había pasado a mí en uno de mis viajes por Irak. Pero yo no estoy aquí sentado con usted para
hablarle de lo que les conté aquel día a mis amigos, después de que estuviera
como ustedes dicen muerto. Estoy aquí sentado delante de usted para que dejen de
decir que el camionero que desapareció en el desierto de Irak se lo encontraron
muerto y medio enterrado bajo la arena del desierto sirio ¿dígame ¨Señor
Presidente¨? ¿Dónde está la cabeza de ese cuerpo que encontraron? .Le voy a
contar lo que de verdad le ocurrió a ese
cuerpo que encontraron. Escuche con atención Señor Presidente de los EEUU, los
acontecimientos que llevaron a la perdida de mi cabeza.
─Desde que me secuestraron en la carretera que va de
Basora a Tikrit unos días antes aunque pudieron ser semanas, pues había perdido la noción del tiempo, estaba encadenado a las paredes de una cueva. Me movía tan solo en un radio de
una circunferencia de unos cuatro metros y a veces sobre un charco de orines e inmundicia, que
solo en ocasiones limpiaban mis captores.
El techo era tan bajo que apenas podía ponerme de pie.
Fui torturado en dos ocasiones, hasta que debieron averiguar que a pesar de ser
americano, no era más que un simple camionero y nada tenía que ver con
el estamento militar. Pensaba en aquellos momentos que me usarían como rehén.
Mis captores pedirían un rescate el estado pagaría y fin del problema. Tan solo era un ciudadano americano, que
trabajaba para una empresa de Arabia Saudí trasportando petróleo desde los
pozos a las refinerías de Bagdad. No
conocía secretos de guerra, ni tan siquiera abastecía de carburante las tropas
americanas. Si hubiera sido soldado estoy seguro que me habrían matado no sin
que antes me hubiesen torturado y sonsacado información militar.─
Pero los hechos no sucedieron tal como pensaba y se los voy
a relatar como si estuvieran pasando en
este momento Señor Presidente; porque de este modo entenderá mejor lo que pasó allí, lo vivirá con más cercanía, será como contarle
una película en tiempo real. Y si es capaz cuando haya acabado de contarle la historia de continuar ocultando la verdad
al pueblo americano, solo entonces cuando diga que ustedes mintieron y que solo
encontraron un cuerpo sin cabeza. Entonces este cuerpo despezado le brindará su
mano y le mostrará el camino donde poder encontrar su cabeza y de este modo
podrá descansar en paz para siempre en un ataúd blanco envuelto en los colores
de la bandera americana.
Escuche Señor Presidente esto es lo que me ocurrió
cuando aún tenía cabeza, se lo voy a relatar cómo le he dicho como si me
estuviera pasando ahora.
Un barbudo con
turbante acaba de ponerme una capucha negra en la cabeza y apenas puedo
respirar. Pienso que lo mismo ha llegado el momento del acuerdo que sirva para
liberarme. Deben de haber pagado ya el
rescate y están ultimando los preparativos para llevarme hasta un lugar seguro donde poder hacer el intercambio. La capucha la llevo para que
no reconozca el camino y no los pueda delatar.
Alguien ha entrado en la cueva, habla en árabe. Su voz se
eleva con una claridad lechosa, arrastrando una corriente sucia como si hubiera encendido una luna negra. Se
trata de una mujer. Parece que hace preguntas, sin parar, como demandando en su
inquietud respuestas rápidas y precisas.
Me da la impresión de que la voz espesa cada vez más el aire enrarecido de la
cueva con sus palabras. Ahora grita de manera salvaje, sus gritos son agudos,
parecen notas estridentes de violines desafinados que chocan contra mis
tímpanos y los resquebrajan como si estuvieran hechos de un cristal delicado. Tengo miedo. La mujer
parece dar órdenes a los demás sin parar. Escucho como un revuelo de botas un
tanto alejadas, que se mueven sin
descanso por el suelo de la antesala de la cueva. Desde que entró la mujer se
aspiran del aire bocanadas demoniacas.
Una esencia como de cabra asada crepita en la negra oscuridad de la capucha que
se pega a mi cara.
La presencia de ella en la cueva me hizo recordar,
que no hace mucho en uno de mis viajes
con el camión, al cruzar uno de los pasos fronterizos en Aman, un soldado
americano me habló de una mujer miembro de las milicias de Al-Qaeda. La
llamaban la ¨Campesina¨. Le habían puesto ese nombre porque todos los ataques que
lleva a cabo tienen un sello común:
Arrastra un carro y tira de él con sus propias manos; va cargado
de especias, pasas, dátiles, limones e higos secos. Se hace acompañar por
varios niños sucios y vestidos con andrajosas chilabas. Cuando llegan a lugares estratégicos cercanos a mercados, objetivos
militares, embajadas, cuarteles de tropas aliadas, puestos de control o
depósitos de armas, los niños cargados de explosivos abrazados a los recovecos
de sus sagrados vientres, se lanzan contra ellos al grito de ¨Ala es Grande¨
haciendo estallar su carga. La ¨Campesina¨ aprovecha el desconcierto de los
primeros instantes que siguen a la detonación para huir, dejando un reguero de
sangre por donde flotan miembros amputados, cabezas rodantes y cuerpos medio
destrozados en un aquelarre de destrucción y muerte. El humo con aroma a carne
humana quemada que flota en el aire después de la explosión, junto con el polvo que huele también a chamusquina la
vuelven invisible; tan solo una vez, en
un atentado en Bagdad, por los alrededores del ¨Palacio Real¨ estuvieron a
punto de darle caza, pero consiguió escapar. Los soldados vieron como el sol
apareció como una bola gigante anaranjada y atropelló sus ojos, para a
continuación desaparecer de inmediato
dando paso a un cielo negro que abrió pasadizos interminables en el suelo por
donde desapareció, como un pez dorado abriendo las agallas de la muerte. ¨La Campesina¨ ; los soldados decían de ella
que era una mujer diablo, nacida de las mismas entrañas negras del Isis.
También la describían como un ser sinuoso, como una tea encendida y flotante que alumbra los caminos repletos de escombros
humanos.
Estoy empapado en sudor y respiro tan rápido que en
ocasiones aspiro la tela sudada de la
capucha y tengo que toser con fuerza para expulsarla de dentro de la boca, sino
acabaría por asfixiarme. Al menos dos hombres me sujetan por los hombros, oigo
como no para de dar órdenes la mujer. Les dice que me golpeen en las piernas
hasta que consiguen ponerme de rodillas. La capucha debe estar empapada. No
puedo abrir los ojos porque el sudor de la frente gotea y cae dentro de ellos,
mezclándose con el polvo sucio de la capucha que cuando se seca, me raspa la
córnea. Es como si me mordiera una rata en el centro de los ojos
La presencia de quién puede ser la ¨Campesina¨ me inquieta, tengo miedo, no puedo
verla. Alguien se acerca, apoya su mano en
mi cabeza tapada y aprieta con fuerza, hunde sus dedos en mis sienes. Un
dolor agudo recorre todo mi cuerpo como
una descarga eléctrica que llega hasta la punta de los pies. ─Soltadme malditos
hijos de perra─. Mis gritos se apagan dentro de la capucha. Intento calmarme, al otro lado de la capucha ahora solo escucho balbuceos encubiertos y apagados. Estiro con fuerza de las cadenas, en un esfuerzo inútil por soltarme y solo
consigo hacerme daño en las muñecas.
Alguien tira hacia atrás de mi cabeza encapuchada y extiende el cuello
con violencia, un latigazo azota mi espalda, me hace llorar y respirar a una
velocidad endiablada. El dolor es tan agudo que caigo al suelo, Me levantan entre
dos, intentan dejarme de pie pero las piernas comienzan a temblar, apenas me
sostienen. Me derrumbo y caigo en el suelo, solo de pensar que está cerca la
¨Campesina¨ me salen cristales de terror por los ojos. Estoy a punto de
perder la conciencia. En ese momento de
duerme, vela noto un ardor sucio y quemante ahumándose en el pecho, son unas
manos extrañas que golpean sobre las costillas. Siento esas manos perversas
agitar mi corazón que acaba por perder el control y viaja a una velocidad
endiablada, cargado de adrenalina como un carro tirado por caballos desbocados
apunto de caer por un precipicio. No tengo duda, a pesar de que no la veo huelo
su presencia azufrada, es la ¨Campesina¨ la que va rompiendo con sus puños una tras otra todas mis costillas. El terror alienta
mis pensamientos que corren de un lado a otro en un galope frenético y agotador
donde se suceden imágenes que apenas se detienen en mis retinas.
Voy a desmayarme, siento
mi alma escarchada, tan gélida como mis brazos y piernas, pero
lucho por no cerrar los ojos. El dolor consigue mantenerme
alerta pero es de tal intensidad que acaba por agotarme y me sumo en un
sueño difuso y sangriento me veo como si estuviera atrapado por una red en el
fondo del mar, luchando por liberarme de
ella, mientras unos rostros barbudos me miran con caras sonrientes y burlonas. Un
golpe seco en la espalda, me devuelve de nuevo a la vigilia. De nuevo en mi
sangre circulan ríos de adrenalina. Escucho ruidos de cerrojos, entran un grupo de hombres que hablan alto, dan
la impresión que tienen prisa por acabar algo. La ¨Campesina¨ habla con ellos.
Me encuentro acorralado, miserable, sucio e impotente, me
voy haciendo cada vez más pequeño, pienso que van a matarme. De nuevo dos
hombres me levantan del suelo. Hago un intento en vano de mirar a través de la capucha; pero mis ojos
secos no alcanzan a ver nada, solo bultos y sombras miserables que se desplazan
sin parar, encerradas como yo por la cueva .De repente escucho un sonido metálico,
como cuando se enciende un micro de prueba, que resuena en toda la cueva. Han
arrastrado mi cuerpo desvanecido ,al parecer, hasta la antesala de la cueva,
estoy a punto de vomitar, pero si lo hago acabaré por ahogarme con mis propias
flemas. A final solo son arcadas.
Me vuelven a poner de rodillas. Estoy confuso y agotado. He
dejado de creer en mí mismo, han conseguido unir la muerte conmigo; estoy
empezando a perder la cabeza y la calma. Por detrás alguien me sujeta por los
hombros para que mi cuerpo no se venza. Noto como me orino encima. Los del Isis
empiezan a entonar un cantico, o un rezo, mi corazón se
acelera tanto que me duele el pecho; estoy empapado de sudor. Me han vencido, he perdido la última gota de
esperanza, si es que en algún momento la hubiera.
Una opresión fuerte en la boca del estómago hace que se encoja todo mi cuerpo. Me caigo hacia un lado pero
alguien me sujeta; un olor pestilente procedente de mi entrepierna se cuela por
los rescoldos de la capucha. Me agarran y me estiran de la cabeza, algo frio y
cortante resbala por el cuello.
Las proclamas que lanzan suenan cada vez con mayor fuerza, mientras la voz de e
nuevo estoy a punto de vomitar, entonces un fuego impregnado de olor a carne recorre la piel de mi cuello; el sonido de los rezos desaparece al igual que
desaparece cuando sumerges la cabeza en el agua. Mis ojos permanecen abiertos dentro
de la oscura capucha; la vida se derrumba, es como si hubiese volado a un lugar
desconocido. Mi cuerpo se desploma en el
suelo, pero mis ojos siguen abiertos. Ahora pueden ver a través de la capucha y
miran como ¨La Campesina¨ exhibe como un
trofeo mi cabeza colgando de una de sus manos mientras con la otra blande al aire un cuchillo
ensangrentado. En ese momento, no me cabe duda que la cadena Al Jazeera está
emitiendo un vÍdeo que todos los americanos, incluso mi mujer y mi hijo de ocho
años, estarán viéndolo en el sofá de sus acomodadas casas.
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