CAMARADA (Extractos del diario de una maestra republicana)
Valencia, 25 de Mayo de 1937.
Como cada día me he levantado cuando todavía no había salido
el sol, después de una larga noche de bombardeos. A pesar de que cada vez caen
más cerca y, a veces, tiembla la casa, ya no bajamos al refugio. Solo mi abuela
Rita y el gato.
Mientras desayuno eso que llaman café -pura achicoria- me gusta ver a lo lejos las primeras luces
del alba.
Pienso en los niños que me esperan en lo que, así recién
levantada, todavía con el calor de las sábanas pegado a la piel, me parece el
otro lado del mundo: Coger el tranvía que va al Cementerio en las Torres de
Quart, bajarme en la Cruz Cubierta y caminar entre huertas hasta la escuela de
La Torre…
Pero ellos rápidamente me hacen olvidar el duro despertar de
cada día. Siempre quise ser maestra. Ver cómo se ilumina en sus ojos la chispa
de la curiosidad, el deseo de aprender.
Son niños y niñas de las alquerías, la mayoría de las
familias no saben leer, pero quieren que sus hijos aprendan. Me respetan y me
aprecian.
Y yo tengo también que estarles muy agradecida, no solo por
su aprecio sino porque gracias a ellos podemos comer en mi casa muchos días. La
familia de Pere me hace llegar ¡un pan blanco! y la de Quino unos huevos,
María, de vez en cuando un quesito de servilleta, unas pastas, naranjas…alguna
vez, para fiestas, un “conillet”. Valiosísimos tesoros cuando el hambre reina
en las calles de la ciudad. Ya no quedan ni ratas.
Cuando he bajado a la calle he tenido que ir sorteando las
nuevas ruinas de la noche.
Hoy el tranvía ha llegado casi a su hora, un milagro, ahora nunca
se sabe si llegará y cuándo.
Conforme nos alejamos, la huerta se va abriendo camino entre
las casas.
Cada mañana me acompañan los primeros rayos del sol, el fuerte
olor del humo de alguna chimenea, de la tierra removida y esquilmada, vacía de
frutos, de algún brote de azahar, las alegres conversaciones de los pájaros,
pero, sobre todo, me acompaña él: Mi compañero Antonio.
Lo movilizaron en Octubre al frente de Aragón.
Sus ojos llenos de lágrimas pero brillantes de ilusión, sus
besos al aire, como queriendo compartir conmigo el universo, el puño en alto
alejándose en el andén.
-¡Venceremos camarada!
Me aprendo de memoria
las cartas que me vienen de vez en cuando y me las repito con su voz para
alegrarme el camino.
Me cuenta que ha organizado entre
trincheras un “Rincón de cultura”.
Me
escribe: “Buenas noches, mi dulce
compañera. Cuando se callan los morteros y las bombas de mano, y dejan de
silbar las balas explosivas de las ametralladoras, se hace un silencio denso
que invita a reencontrarse con uno mismo, sentir el cuerpo y casi celebrar
estar vivo. En esos momentos me llegas tú, tu sonrisa abierta y acogedora, tus
manos protectoras, el recuerdo de tu abrazo, que suaviza como un bálsamo las
magulladuras del día, me acuna y me acompaña al sueño breve y siempre alerta.
Hoy tengo
una buena noticia que darte. Sabes que aquí muchos camaradas no saben leer y
siempre me andan pidiendo que les ayude con las cartas y nos miran con envidia
a los que, muy de vez en cuando, podemos leer en los ratos de descanso. Pues
bueno, se me ha ocurrido montar un “Rincón de cultura” y no tienes idea del
entusiasmo que ha despertado. Todos han ayudado a excavar con las bayonetas un
hueco un poco más seguro, incluso hemos improvisado unos bancos y un estante
para poner al alcance de todos los pocos libros que disponemos. Un trozo de
madera medio quemada se ha transformado en mural que siempre está lleno de
fotografías, artículos de escritores y de líderes políticos que hablan de la
lucha que sostenemos, de por qué y para qué luchamos. Allí nos reunimos a leer
y ayudamos a muchos soldados a ir desvelando letra a letra los secretos de la
palabra y a dibujar despacio, con dificultad sus primeros trazos. No sabes cómo
se esfuerzan en aprender. Ellos saben mejor que nadie que la cultura es un arma
eficaz contra el fascismo.
De lo demás
para qué contarte. No quiero ni que lo imagines.
Siempre
cerca de ti este soldado de la libertad.”
Me admira la fuerza de sus ideas. Su fe en el poder
liberador de la cultura. Pero me aterra pensarlo tan frágil a expensas del
capricho del fuego enemigo.
En mi fantasía acaricio su cuerpo querido, sus labios, sus
ojos. Creo sentir el olor de su piel, el calor de sus manos.
Imagino una burbuja de cristal que le protege de cualquier
mal. La pienso con tal intensidad que me convenzo de su milagroso efecto.
En ese delirio ando hasta que, como cada mañana, cuando
llego al puentecillo sobre la acequia, en lo que debe ser un puesto de guardia,
me encuentro con un miliciano. Me sonríe, me saluda con el puño en alto, y me
regala una flor. Una flor sencilla, pequeña, de las miles que llenan el campo
en primavera: “Para ti, camarada”.
Apenas intercambiamos unas pocas palabras. Ni siquiera sé su
nombre.
-Gracias, que tengas un buen día compañero. Parece que mayo
se esfuerza en mostrarnos su mejor cara.
Él se queda allí sonriendo, apoyado en su fusil, hasta que lo pierdo de vista.
Enseguida me llegan las voces de los niños. Ellos me traen
los pies a tierra y me llenan de alegría.
12 de Julio de
1937.
Seguir vivos cada día es una victoria. Desde que el Gobierno
de la República se ha trasladado a Valencia siempre estamos bajo la amenaza de los
bombardeos.
La subsistencia se hace difícil, solo se encuentran naranjas
y arroz con cáscara. La huerta ya no puede dar más de sí, pero todo se va para
el frente. Se hace imposible controlar a los que trafican con las pocas
existencias que nos llegan. Afortunadamente no tengo problemas para comer,
aunque sean piedras. La que lo lleva peor es mi abuela. Se ha hecho famoso su “Mare
meva, mig ou, ¡quina desgràcia!”
Afortunadamente, por unos días, hemos visto brillar la
esperanza. Se ha celebrado el 2º Congreso Internacional de Escritores Antifascistas.
Hemos podido tocar casi con nuestras manos lo mejor del pensamiento, la luz de
las ideas, la fuerza de la palabra.
Han pasado camino de París, dejando atrás una estela de
sentido.
¡Cómo lo hubiera disfrutado él!
El verano nos cae a plomo. Suerte que, a pesar del peligro,
de vez en cuando puedo acercarme al mar y dejar volar mi mirada hasta el
infinito.
Las noticias de Antonio me llegan muy de tarde en tarde. Me
habla poco de lo que pasa en el frente. Tiene puesta su ilusión en ver cómo sus
camaradas van aprendiendo a leer. Le conmueve ver cómo van descifrando el
periódico letra a letra y cómo escriben sus primeras cartas a sus esposas y a
sus novias y, a veces, ¡a La Pasionaria! para comunicarle que han vencido al
analfabetismo.
Así vamos ganando cada día al desaliento.
27 de Septiembre de 1937
Ayer el cielo cayó sobre nosotros. El bombardeo más terrible
hasta la fecha. Cada vez son más frecuentes y destructivos.
Con muchas dificultades, sobre todo con el transporte, hace
unos días he podido volver a mi escuela.
Tengo que salir todavía más temprano porque nunca se sabe
cómo ni en qué vehículo ni a qué hora voy a llegar.
A pesar de todo cada mañana me espera mi miliciano en su
puesto, en el puente de la acequia. Es extraño que siga allí. Que no lo hayan
movilizado. Parece que se encarga de organizar las “brigadas de choque”-jóvenes
comunistas que van a trabajar las huertas-. Vaya, lo deduzco porque veo cómo se
le acercan a veces y él les da instrucciones, porque es parco en palabras. Pero
sigue ofreciéndome cada día una pequeña flor: “Para ti, camarada”
Las noticias de Antonio cada vez me llegan más de tarde en
tarde. A veces dos cartas juntas y casi siempre ninguna.
10 de Octubre de 1937
¡No estaba! ¡Esta mañana no estaba mi miliciano!
Hoy he salido casi de noche todavía. El camino entre huertas
está más difícil estos días por las lluvias.
Empezaba a clarear cuándo he llegado a la acequia y no había
nadie. He vuelto más tarde. Nadie.
He preguntado a los jóvenes que intentaban recomponer la
huerta después de la inundación. No me han dado razón ninguna.
Sé que Antonio ha muerto. Algo se ha roto dentro de mí. El
corazón se me ha detenido, mi alma está vacía…
Aquí se termina el diario. Por lo que sé mi madre nunca
volvió a tener noticias de Antonio, se le dio por desaparecido. Su vida se
detuvo. Después todo fueron sombras.
Julia
No hay comentarios:
Publicar un comentario