La ciudad del amor era un pequeño salón en el que vivíamos con pasión cada una de las veinticuatro horas del día. No necesitábamos candados en los puentes y tampoco fotos en lugares emblemáticos. Cada abrazo era una excursión hacia un paraje desconocido, cada beso un monumento que se visitaba mil veces, y todo recogido entre cuatro paredes. Es lo que tienen los amores clandestinos que no pasean por lugares concurridos pero transitan por la ciudad de los afectos, la ruta de los sentimientos y el océano de los sentidos.
Gustavo
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