Poco
hecho
Conduce
su furgoneta y en la radio suenan “Love of Lesbian”, no es que sus canciones le
gusten especialmente pero las letras le parecen interesantes, reflexiona sobre trozos
de frases que hablan de libros de auto-ayuda, Murakami, el sexo, la muerte y cómo
sobreviven los seres vulnerables en un mundo inestable. No se cree vulnerable,
al contrario, hace ya tiempo que se siente crecida y poderosa, se han
despertado en ella instintos que le atrapan y en cierta medida también le
preocupan.
Esta
mañana temprano salió de Corral Rubio, quiere llegar pronto a la clínica en Albacete,
es posible que cuando llegue, el pequeño Saul ya esté muerto, ayer lo dejó solo
y agonizando, aún tiene presente su respiración entrecortada y el movimiento
fatigoso de su abdomen, ya ha decidido que si no ha muerto le ayudará a morir. Todavía
se pregunta porque estudió veterinaria, pero sabe que le atrae la muerte y le
gusta estar presente cuando la vida se detiene, ver como la quietud y la falta
de aliento inundan un cuerpo.
De
pequeña en él pueblo jugaba con sus primos a ¨morirse¨ como ella decía, se
desplomaba de repente y dejaba su cuerpo inerte en el suelo. Así podía estar
horas, paralizada como en trance, llegaba a controlar su respiración y podía debilitarla
hasta el límite vital haciéndola casi imperceptible. Luego se dejaba zarandear
y arrastrar como un amasijo de carne, apretujada y pellizcada, continuaba
impasible, incluso alguno de sus primos más osados llegaba a meterle mano por
debajo del vestido apartando su bragas y buscando su sexo con dedos
escrutadores, pero ella seguía igual, inalterable y estática, con los ojos
cerrados como si ya no habitara vida alguna en su cuerpo.
También
recuerda como le gustaba ir a la carnicería de su tío Tomas, admiraba su
habilidad como matarife y le encantaba contemplar como descarnaba los cuerpos
aun calientes de los animales para convertirlos en piezas descabezadas que
luego colgaba en la cámara frigorífica. En alguna ocasión su tío le enseñó de
forma furtiva como temblaban algunas de esas piezas suspendidas de los ganchos,
para ella, aquello era algo mágico y tétrico.
Pero lo
que más le atraía realmente de la carnicería era la imagen de su tía Miguela
sentada frente una fría mesa de acero inoxidable agarrando pedazos de carne
para meterlos en la trituradora. Lentamente su tía hacía girar la manivela y
las cuchillas desmenuzaban músculos, grasas y nervios, para convertirlos en un
montón de carne picada que salía por los orificios de la máquina y caían sobre
un enorme papel de estraza. Muchas veces su tía, con cierta complicidad, hacía
que Dolores se acercara a la mesa para poder apreciar el aroma de la carne
fresca, cogían un puñado con las manos y jugando con su textura se la llevaban
a la boca, de ella aprendió a masticar y apreciar el sabor de la carne recién
cortada. Además recuerda el olor característico de la carne que se quedaba
impregnada en sus dedos y como a lo largo del día se los llevaba a la nariz
para revivir esos momentos, sin dejar de pensar que hubiera ocurrido si metiera
un dedo por la tolva de la máquina.
Ya tiene
aparcado el coche frente a la clínica, coge su maletín y sube la persiana metálica
con energía, odia el letrero “Life Canin” y la imagen del perro sonriente que
preside la puerta de entrada, piensa que no debió de hacer tantas concesiones a
su socio. Desde el vestíbulo se oyen los estertores del animal, enciende las
luces y se dirige a su despacho, deja el maletín sobre la mesa para ponerse una
bata verde del perchero y atravesar el pasillo que conduce a la sala de jaulas,
allí esta Saul, tumbado, el perro se ha percatado de su presencia y la persigue
con el hocico buscando su atención. Dolores se acerca a su jaula, abre la
puerta y le quita el collar, ambos se miran por unos instantes, ella le sonríe mientras
le atenaza la boca con una mano y comprime fuertemente su cuello con la otra, el
perro se resiste pero las manos de Dolores son rudas y fuertes.
Dolores
observa ahora la imagen inerte del animal y de forma inconsciente se lleva las
manos a la nariz, aun puede distinguir en sus dedos restos de ella, acaba de
recordar la visión desnuda de Mónica, tumbada y abandonada en la cama, mostrando
su cuerpo vulnerable, sonrosado y tierno, poco hecho. Mónica es una joven
vegetariana, delgada y elegante que trabaja de dependienta en Mango, las dos
saben que su relación no atraviesa un buen momento, aun así hoy temprano han
dejado que sus lenguas se exploren y acaben encontrando sus sexos.
Mónica
está cansada de juegos, pero esta mañana ha vuelto a obedecer cuando Dolores le
ha puesto una mano en su garganta y le ha dicho al oído, “- hazte la muerta”,
mientras la masturbaba de forma frenética. El placer y la agonía se han unido
por un momento hasta correrse. Después silencio y calma, Mónica ha permanecido
tumbada en la cama, relajada y ausente, Dolores se ha ido a la ducha y ha
puesto su canción preferida “Love is to Die” de Warpaint.
A
Dolores le pierde el cuerpo apetecible de Mónica y la inocencia perturbadora
que le rodea, pero el miedo se ha apoderado de su relación, sabe que la quiere
dejar y no soporta la idea del abandono. Es un sentimiento que le persigue
desde la infancia cuando fue abandonada por sus padres en Coral Rubio, criada
por su abuela y tíos tuvo que sobrevivir en un ambiente rural cargado de juegos
masculinos ausencias maternas y sin espacio para la compasión, donde la
convivencia con los animales hace que la vida y la muerte se entrelacen en lo
cotidiano. Dolores no entiende a los seres vulnerables, piensa que deben ser
sacrificados.
Mónica
ha comenzado a dudar de su sexualidad, quiere ternura, le atrae lo bello y
elegante y está cansada de juegos y dominaciones, empieza a estar asustada,
hace unos días encontró escondido en el armario dos bisturíes unidos al
consolador que tanto placer les ha proporcionado y cada vez que inician su
ritual amoroso de juegos cierra los ojos y espera que esta vez no le ponga el
collar de perra, le meta el consolador por la vagina y le diga al oído
“muérete”.
Paco
Florentino
19-03-2018
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