martes, 20 de marzo de 2018

- Primer relato libre -


Ese día en que empecé a tener consciencia estaba todo tenebroso, tenía compañeros siempre a mi lado, eran de distintos orígenes aunque eso no nos detenía para que habláramos o incluso disfrutáramos juntos mezclándonos y haciendo cosas bonitas. Durante algunas horas del día había luz donde siempre teníamos oscuridad y entonces era cuando nos dábamos cuenta de que todo estaba lleno de colores y brillos a nuestro alrededor. Todavía no éramos nada a pesar de que sabíamos que en algún momento podríamos ser cualquier cosa.

Hubo un día en que entro la luz y yo conseguí  salir de aquel lugar nocturno. Me hizo mucha ilusión, estaba emocionado por saber que sería, por saber en qué me convertiría. Eran unas manos muy agradables las que me cogieron para empezar a darme forma y un compañero con mucho brillo de aquel primer lugar donde viví ayudo en el proceso de mí crecimiento. Al principio me hicieron un poco de daño, me retorcieron, pero fue un dolor necesario para empezar el trabajo que me llevaría a la calle. Les llevo varios días llegar al resultado que se habían propuesto para mí, me mezclaron con más compañeros y otros tantos ayudaron a la creación, eran todos muy bondadosos y creativos.

Una mañana cuando desperté tenía un espejo cerca y al mirarme me quedé asombrado del magnífico trabajo que habían hecho conmigo, me convirtieron en algo precioso, en algo que cuando saliera a la calle todos me mirarían y querrían tenerme para ellos. Lo que todavía no sabía yo era que para ese momento aún quedaban semanas, pues me metieron en otro sitio negro durante varios días más, notaba como se movía todo, me zarandeaba de un lado a otro sin poder hacer nada para remediarlo, hasta que por fin alguien me saco de ese lugar negro y pude resplandecer como debía.

No estaba sólo, y tampoco parecía que fuera tan único como creía que era, no era algo especial y eso me hizo entristecer un poco. Estaba situado en el medio de una habitación muy grande, desde ahí lo podía ver todo, veía a todos mis compañeros y compañeras, a simple vista todos nos parecíamos, aunque cada uno éramos de un origen y un color diferentes. Estuve varios días triste, sin ni siquiera querer hablar con nadie ni mirar demasiado a mi alrededor, pues me ponía cada vez más depresivo al ver que algunos de mis compañeros salían muy pronto de esa habitación gigante, mientras yo seguía en el mismo sitio día tras día.

De repente me colocaron en otro sitio de la gran habitación, era más vistoso y tenía más cerca que nunca a una compañera nueva que todavía no había visto. Un día ella se atrevió a hablar conmigo, yo todavía no me había dado cuenta del cambio de lugar que me habían hecho, no era consciente de que ahora estaba situado en un sitio mucho más atractivo y con nuevos compañeros y compañeras, eso me empezó a animar. Las palabras de mi nueva compañera me hicieron sentir mejor, lo más importante es que hizo que me fijara más en mi alrededor, en ese momento me di cuenta de lo especial que era, tenía complementos que ninguno más tenia, era de un color único en esa habitación donde habían miles de colores,… después de ese instante ya no volví a estar triste, sino que cada día estaba más y más contento, pues seguía fijándome en los detalles y cada vez veía más diferencias con mis compañeros, eran cosas que me hacían exclusivo.

Esa compañera que un día me hablo quería hacer equipo conmigo, quería sentirse única a mi lado, que fuéramos una pareja envidiable para nuestro alrededor, pero aunque juntos hacíamos una gran pareja nos faltaban compinches con los que haríamos algo especial y con un sentido único e inigualable. Así que empezamos a reclutar socios, cada uno de ellos tenía que ser especial en su ámbito, hasta que un día pudimos estar en el mejor lugar de la gran habitación todos juntos.

Habían pasado varias semanas incluso diría que algún mes pero por fin empecé a ver la calle y a todas esas personas que pasaban por delante, unos iban con prisas, otros solo paseaban, pero los que más me gustaban eran los que se paraban para admirar nos, para admirar el gran equipo que conseguimos hacer mi pareja perfecta y yo con todos nuestros especiales amigos, pues nuestro gran sueño era poder salir de ese lugar y pasear por las calles de la ciudad, queríamos disfrutar de un paseo, de sentarnos en un parque o simplemente de estar parados en medio de una gran avenida donde la gente va y viene sin preocuparse demasiado de lo que pasa a su alrededor, y ahora estábamos más cerca de conseguir ese gran sueño.

Llevábamos 3 días viendo la calle, observando a las personas que pasaban por esas aceras anchas que recorrían una gran avenida, y por fin una de las personas que nos admiraba decidió tenernos solo para él, decidió lucir por la ciudad con nosotros. Él se llamaba Carlos, nos sacó de esa gran habitación un poco a oscuras, estuvimos horas en ese lugar donde solo entraba algo de luz, una luz que calentaba y nos hacía sentir muy a gusto a todos juntos allí dentro, pasaron horas antes de que nos sacara de allí y viéramos su hogar.

El hogar de Carlos era algo especial, nada más verlo me pareció increíble, era como si estuviera hecho para vivir allí con él. Lo primero que vi fue una habitación, no tan grande como en la que había estado viviendo los últimos meses, pero estaba llena de cosas bonitas, cosas únicas entre ellas, cosas inmejorables, todas me gustaban y pronto se convirtieron en amigos y amigas para toda la vida, habían cosas brillantes aunque discretas, varios éramos iguales entre nosotros aunque a la misma vez éramos y nos sentíamos únicos, todos nosotros teníamos socias con las que hacíamos unas parejas increíbles y luego estaba el resto del equipo que sin ellos nada tenía sentido para nosotros, me sentía en casa pues todos nos entendíamos y nos respetábamos.

Carlos ese mismo día decidió escoger a mi gran equipo para salir a cenar. Todos estábamos nerviosos por ser nuestra primera noche por la ciudad, nos fuimos en coche hasta un restaurante muy elegante donde Carlos saludo a muchas personas a las que adulaba por sus prendas al igual que le adulaban a él. Nos sentamos todos en una mesa redonda muy amplia. Pasaron horas allí sentados comiendo cosas muy vistosas y bebiendo vino tinto, hablaban entre ellos, reían y brindaban con sus copas, mientras nosotros esperábamos que ninguna gota se callera sobre él. Al salir de allí y volver al coche Carlos nos llevó a un sitio donde la música estaba algo elevada y no paraba de bailar, todos estábamos muy contentos y espitosos, no queríamos que esa noche terminara nunca, estaba siendo una noche increíble, estábamos conociendo a muchos más como nosotros, eran todos especiales y en aquellos sitios todos éramos únicos y todos estábamos felices, pero la noche termino y llegamos a casa, a nuestro nuevo hogar, donde Carlos nos dejó en esa habitación llena de cosas increíbles.

Durante días veíamos como Carlos entraba y salía sin ser nosotros su elección para ese día, pero mientras estábamos en esa habitación lo pasábamos bien con el resto de nuestros nuevos amigos que con el tiempo se convirtieron en nuestra gran familia, cada día nos tocaba a unos salir a la calle y cuando volvíamos nos contábamos todo lo que habíamos vivido, con lo que los días pasaban realmente rápido y sin darnos cuenta pasaron años y años, en los cuales entraban nuevos compañeros más bonitos en esa habitación, aunque Carlos nos seguía queriendo a todos los que permanecíamos allí.

Recuerdo que era un domingo por la mañana cuando Carlos entro en la habitación con traje pijama, ese día no se disponía a elegir a ninguno de nosotros para salir a la calle, ese día empezó a deshacerse de cosas, y es que al fin y al cabo solo éramos ropa, y ya éramos ropa vieja, en concreto mi equipo y yo, era unos simples pantalones de pinzas granates, mi pareja perfecta era una americana de un tono granate a juego conmigo, la camisa blanca que tantos años había estado refugiada dentro de la chaqueta, el cinturón negro y reluciente que tan bien hizo su trabajo, aguantándome para que no me fuera a saludar a nuestros amigos los zapatos negros, que siempre estaban dispuestos a llevarnos a todos de un lado a otro de la ciudad, todos llevábamos 8 años en el vestidor de Carlos, ya estábamos muy gastados, habíamos salido muchas veces de fiesta y cenas, y la verdad que no nos importaba dejar paso a la juventud, a cosas más modernas y nuevas, brillantes y relucientes, así que irnos a la bolsa donde descansaríamos para siempre no era tan doloroso como parecía.

Marta Cerezuela.

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