En la pequeña ciudad fronteriza se estaba produciendo un hecho poco habitual. En la vieja iglesia se desarrollaba una ceremonia en la que los bancos del recinto estaban ocupados por rostros jóvenes, muy jóvenes poco habituados a ritos funerarios y despedidas, por lo que les resultaba difícil seguir las consignas propias de la ceremonia. En el ara el oficiante, situado muy cerca del féretro que contenía el cadáver del joven fallecido, trataba de contraponer la aflicción hablando de la futilidad de la vida y los inescrutables caminos del Señor.
De repente se abrieron las puertas del templo y un grupo de encapuchados, armados hasta los dientes, se abalanzó hacia el interior, lanzando amenazas y gritos intimidatorios. Los asaltantes, corrieron hacia el centro de la estancia y de un empellón desplazaron al sacerdote de la proximidad del féretro, seis de ellos se hicieron cargo del túmulo mortuorio y lo cargaron sobre sus hombros. A continuación entonaron un himno revolucionario y se dirigieron hacia la puerta de salida. A modo de despedida lanzaron una soflama:
Ahora ya es nuestro, nunca será vuestro, su vida y su cuerpo pertenecen a la revolución.
Abandonaron el recinto causando estupor, miedo y angustia entre los sorprendidos asistentes a tan extraño ritual. El Sacerdote intento retomar la situación pero de manera paulatina todos y cada uno de los presentes abandonaron el recinto, dejando, como único ocupante un escalofriante grito de soledad y silencio
Gustavo
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