lunes, 11 de junio de 2018

EL CUADRO. (pACO)


EL CUADRO

Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-  la restauración de Mujeres de Tahití de Paul Gauguin, era la última en salir del museo y la primera en llegar. Cuando el vigilante salía del edificio, yo ordenaba la mesa de trabajo, recogía mis cosas  y me llevaba a casa el lienzo  dentro de un tubo  de polietileno.
                Me sentía bien, con el cuadro colgado a modo de bandolera, andando por la calle. Al llegar a casa iba directa  al estudio,  lo sacaba  del tubo  con sumo  cuidado y después de dejarlo  caer sobre un paspartú, lo sujetaba con pinzas flexibles  a un soporte de madera de cedro en forma de marco que había hecho yo misma. En el silencio del estudio trazaba, en mi cerebro, un mapa de los desperfectos que  había sufrido con el tiempo y fui reconociendo con los días, gracias a mi visión telemétrica, los artificios, ardides y juegos de destreza que utilizó Gauguin para pintarlo.
                Pero hoy en vez de estudiar el cuadro; he ido a la cocina y me he servido un jerez bien frío. He sintonizado Radio Tres y mientras el jerez se deslizaba   por mi boca, en mi sensata cabeza se ha filtrado, como a través de una malla, un incondicional destello de locura que ha acabado por  destartalar mi ordenado pensamiento. No podría decir si  fue la mirada de esa mujer sentada en la playa de Haití, o el vino lo que provocó  unas  sacudidas frías que recorrieron mi cuerpo. Sea lo que  fuere ese cuadro me empujaba, hacia un enigma oculto y prohibido. Atropelló mis pensamientos y me hizo creer que disponía de  cualidades artísticas escondidas, en mi alma artística, suficientes para hacer una versión, sino igual, al menos una capaz de no levantar sospechas en ningún crítico de arte ni menos en un pasante. Al levantarme de la silla, me hice una pregunta. No era pintora ¿Sería capaz de hacer una copia idéntica del Gauguin?
                Llevo diez años en el museo de Bilbao, cuando entré a trabajar como restauradora apenas rozaba los 20. Desde niña me gustaba mirar los libros que tenían muchos dibujos y  pasaba horas delante de  las láminas  de los tratados de historia del arte que mis padres tenían en la biblioteca Mis ojos eran capaces de detectar, lo que estaba oculto a los demás  detrás de cualquier retal de pintura, así como de descubrir las  huellas que el doliente tiempo hubiera estampado en cualquier obra de arte. Ya desde  el instituto demostré que mis manos eran hábiles estaban dotadas de un ingenio especial capaz de restaurar cualquier objeto deteriorado por el paso del tiempo. Por eso estudié restauración.  Además,  ahora a pesar de mi juventud, estoy regalada de experiencia y mi reputación está fuera de dudas debido a mi carácter metódico y rutinario; podría decirse que hasta un poco obsesivo. Era la mejor con diferencia de las otras tres restauradoras que trabajaban en el museo, unas verdaderas arpías, sobre todo Irene.  Por todo ello  habían decido, los americanos, encargarme la restauración del Gauguin del museo de New York.
                Estaba saliendo, mejor dicho, me follaba a Javier un becario ciclado de veinticinco años. Era su tutora  y llegó al museo al mismo tiempo que el Gauguin. No tenía muchas luces artísticas, pero sus virtudes en la cama conseguían calmar el infernal deseo de no soltar el pincel y alejar el pensamiento vivaz  que  me sacudía desde que había tomado la decisión de demostrar que también podía pintar como uno de los mejores maestros del impresionismo.  La coca y su sexo  inyectaban mi vulva, Juan hacía que me corriese varias veces, todas las noches que hacíamos el amor en casa.  Disfrutaba con él.
                Fuera de esos pequeños hiatos placenteros con Juan; el resto, pasaba los días en el museo restaurando el  Gauguin. No perdía ni un segundo en escuchar las quejas diarias de las arpías. Por la noche, encerrada en el estudio, contemplaba absorta el cuadro, a veces durante  horas, antes de comenzar a plagiarlo. La enigmática fuerza de aquella pintura, pensaba no era otra que la que escondían los ojos de la mujer que miraba a quién gozaba del privilegio de contemplar cuadro. Había una dulce serenidad en su mirada, aunque al examinarla con más detenimiento parecía transmitir un misterio, parecía guardar una respuesta escondida que te sumergía en una especie de malestar que enturbiaba. Aquellas noches, tapizadas por la paranoia de la farlopa, completamente ida, sin noción del tiempo, mi pensamiento se deslizaba luminoso a través de los secretos de aquellos trazos y descubría en las líneas  la fuerza y la debilidad de la pintura. Era como contemplar un implante febril ensamblado en aquellas dos mujeres sentadas en la arena. La luz infinita del color apartada del movimiento y sumidas en la quietud  me hablaba y guiaba  mis sabías pinceladas. 
 Era capaz con mis trazos de entretejer lo más armónico, lo que no era visible en aquel lienzo. Mi cuadro avanzaba rápido,  como las cascadas de un rio en la oscuridad de la noche.  Quien lo viera expuesto, no solo contemplaría un Gauguin sino un mundo capaz de ser sentido un mundo cercano, natural, dominado por la misma mirada inquisitiva y serena que la de la nativa del cuadro. Mis pinceladas, estaba segura, superarían  a las de Gauguin.
                 Apenas dormía dos horas y para hacerlo tenía que tomarme  dos o tres Valium con tal de dominar el efecto de la farlopa.  Mi cuerpo se resentía a medida que mi mente se encerraba ebria de éxito en mi muevo papel de maestra pintora. Había perdido más de diez kilos y las ojeras me habían dejado los cuencos de los ojos tan negros como el fondo de las cuevas.                Cuando las arpías (bueno casi siempre era Irene la emisaria) me invitaban a tomar algo por la tarde en el Iruñe, siempre tenía la respuesta a punto: ─ No Irene, no puedo te lo agradezco de verdad, pero estoy muy cansada. Otro día , en serio. necesito estar tranquila. Además hoy quiero llegar pronto a casa necesito estar tranquila. Un día con una risita gélida me dijo: ─Hoy no puedes faltar, seguro que vienes, Juan nos acompaña esta tarde a tomar una copa. Arpia esa Irene es asquerosa, siempre buscando los entresijos. Sabe dónde golpear. La miré y le dije con sorna. Pués hoy tampoco. Va a ser que no, mira. Ni que Juan fuera mi príncipe azul. Solo me gusta de él su cuerpo y como folla.
                Esta semana me he desmayado dos veces en el museo, y han tenido que venir los del SAMU a reanimarme. Como me he recuperado no ha hecho falta que me llevaran al hospital. Me han tumbado en un sofá, Juan me tenía cogido de las manos cuando ha entrado Irene. Se ha acercado a mí  y me ha dicho que la directora del museo quería hablar conmigo.
─ ¿Te encuentras bien? –me ha dicho la directora
─Si estoy bien. Solo un poco cansada. Me ha dado algo de flojera pero no es nada.
─ ¡Seguro! ¿Te has visto bien? Tienes un aspecto fatal
La verdad es que parecía un cadáver, me dolían los músculos (como si tuviera agujetas) y apenas podía mantenerme en pie. Me alegré de estar sentada.
─ Se trata del Gauguin, ¡verdad!.  Ese cuadro te ha cambiado
Los dedos de mis manos comenzaron a temblar; le repliqué con una voz tan débil que dudé de que me hubiera oído: ─No. No es el cuadro.
─He estado pensando que lo mejor sería que te ayudara Irene en la restauración. Es buena en su trabajo, no tanto como tú, eso ya lo sé, pero en tu situación te servirá de ayuda.
                Esta vez, sonó con fuerza mi voz. ─ ¡No, no me lo quites.El cuadro no! No lo voy a consentir. Soy capaz de llegar hasta el final yo sola, aunque este algo cansada; lo reconozco pero te digo que no me hace falta ayuda,  ni menos de Irene.
                ─ Te vas a coger un mes de descanso, durante ese tiempo se encargará Irene de la restauración. Luego cuando te hayas recuperado. ¡Mírate si estas en las últimas! Vuelves a retomarlo. No se hable más.
                ─Eres una cerda. Te vas a arrepentir.
                ─Largo de aquí. No me faltes el respeto. Venga descansa y vuelve recuperada. Me haces mucha falta. Ya veremos que les digo a los americanos.  
                 Me levante de la silla y como pude abandoné el despacho. Al salir tuve fuerzas para dar un portazo. Antes irme a casa bajé al sótano para recoger un barniz brillante que necesitaba para mi obra. Nada más bajar las escaleras escuché unos gemidos que escapaban a través de una puerta  entreabierta. No pude evitar acercarme.  Juan e Irene estaban follando, ella tenía la falda levantada y apoyaba sus nalgas sobre un montón de cajas el con los pantalones bajados empujaba su sexo contra su pelvis. Cogí el barniz y me fui a casa.
                Al llegar a casa me pasé dos diazepanes, me bebí un vaso de vino y me tumbé en la cama. El que Juan se follara a Irene, me tenía sin cuidado, pero que fuese  Irene la que continuase restaurando el cuadro me torturaba la mente, me rondaba como una sensación de rechazo e impotencia, que se resistía a abandonarme, a pesar de haberme tomado el ansiolítico. Me había dejado descolocada, a nadie le gusta ser una fracasada. Y para colmo no podría llevarme el cuadro por la noche. Eso era lo peor. ¿Qué iba a pasar con mi copia? Mi cabeza se pobló de una neblina  silenciosa, apresándome en un descanso reparador  por donde flotaba mi intención de resistir a cualquier precio. Aunque estaba perdida, pude verme entre sueños,  girando alrededor del Gauguin, acabando de dar mis últimas pinceladas.
                Me levanté dos días después. Nada más volver del Centro de Salud, para pillar la baja, allí estaba sentada frente a mi cuadro. Me dí cuenta entonces, que de los pintores tomas lo que te dan y Gauguin de tanto verlo colgado, noche tras noche, en mi estudio me había despertado el talento necesario para que mi pincel aflojara, separara, aumentara y bebiera de sus trazos. Estaba preparada y esta vez sin necesidad de tener el cuadro delante, ltodos los secretos de la pintura, lo tenía plagiado entre mis neuronas. Me llevó más de dos meses acabarlo. Estaba que saltaba de alegría. Mi cuadro era mucho mejor que él Gauguin.
                Al volver al museo me temblaban las piernas, llevaba el cuadro que había pintado dentro del tubo de polietileno colgado a modo de bandolera.  Mi cuadro haría este recorrido una sola vez, al contrario que el verdadero Gauguin, atrapado desde los primeras días de su llegada, en constantes idas y  venidas  desde museo a mi casa.  Esta vez La directora me recibió en el despacho. Ahora ya podía recuperar el cuadro y acabar la restauración –dijo- Me veía mejor. Al ver  el cuadro me pareció que estaba igual que cuando lo dejé. La verdad es que Irene no había avanzado nada.  Saludé  con cierta indiferencia a Irene, al cruzarme con ella en el pasillo de los telares. Sin perder un minuto me arrimé a su mesa de trabajo. Al ver  el cuadro me pareció que estaba igual que cuando lo dejé. La verdad es que Irene no había avanzado nada.  Lo transporté , sin decirle nada,  con sumo cuidado,  a mi mesa y retomé estoica la restauración. El lunch, salí a tomarlo con las arpías, ya no tenía prisa en acabarlo, además quedaba poco que hacer. A mitad del lunch pregunte a Irene por Juan. Me dijo que  estaba en Toledo, pero que volvería en unas dos semanas. Al parecer debía hacer un trabajo sobre un cuadro del Greco que estaba en el museo toledano.  Bueno tenía su teléfono, lo llamaría si era preciso. Me apetecía un buen polvo. Volvía a tener el Gauguin para mí y esta vez iba a ser para siempre.  
                Como era costumbre desde que comencé   a restaurar el Gauguin, también esa noche fui la última en abandonar el museo. Antes de salir saqué el cuadro que había pintado  del tubo y lo cambié por el verdadero Gauguin. Sería la última vez que el cuadro cubriese la distancia que separaba el museo de mi casa. Se quedaría para siempre entre las paredes de mi estudio.  Unas dos semanas después volvió Juan de Toledo. Salimos a cenar, no me dijo nada de Irene, yo tampoco le pregunté.
                Durante las noches acababa de restaurar el verdadero Gauguin  en mi casa y mientras tanto en el trabajo  fingía  hacer lo mismo con  mi cuadro. El verdadero Gauguin había pasado a ser de mi propiedad; permanecía a salvo en mi casa. Faltaba poco para que diera por acabado su restauración. Al concluir, podía hacer con él lo que quisiese. Me pregunté si de hoy en adelante iba a ser capaz de hacer lo mismo con otros cuadros, porque si lo había conseguido con un Gauguin porque no con un Greco, o con un Rembrant o con un Dalí. Me estremecí de placer con solo pensarlo. Me acorde entonces que hacía casi dos meses que no follaba.
                Hoy a la salida del museo Juan  estaba esperándome  en la puerta. Apenas nos dio parara comer medio sándwich en la cocina. ─Ven –dijo arrancando el sándwich de mi boca- hay cosas que no pueden esperar. Puso sus manos sobre mis nalgas y  levantó mi cuerpo yo abrí mis piernas  y me agarré con ellas a su espalda.  Me llevó hasta la cama, en un momento mis muslos se humedecieron y salivaban con mi flujo, todo era movedizo, mi cuerpo se abría como una naranja madura y se agitaba bajo el suyo. Me entregaba, mis movimientos convulsos se acompañaban de jadeos;  estuve  a punto de naufragar envuelta en los sabores dulzones de su sudor que olían a acre y a piel mojada. Su pubis rozando mi triangulo esperaba impaciente que me corriera, una y otra vez, y cuando llegaba la ola estiraba con todas mis fuerzas de su cabello negro y gritaba. Mis gritos de placer sonaban como el silbar del viento entre las rocas, se alzaban y se enroscaban en el aire a esperar con impaciencia otra nueva descarga. El  placer de contemplar sus labios carnosos que me succionaban era el mismo que el de aquellas dos mujeres nativas  del cuadro del Gauguin en la playa de Haiti. Una de espaldas mirando al mar y la otra con su mirada clavada en el horizonte esperando algún nativo dispuesto a armar con las dos un ritual de sagrada alegría fálica sobre la arena. Sentí tan cerca de mí el Gauguin que me alegré de que estuviera  a salvo.
                Me desperté a mitad de noche. Al estirar los brazos en busca de Juan reparé en que la cama estaba vacía.  Abrí los ojos, se filtraba algo de luz a través de una rendija de la puerta. Juan no estaba en la habitación, afiné mi oído y escuche ruidos por el estudio. ¿ Lo habría descubierto Juan? –pensé. Me levanté y al pisar la ropa que estaba desparramada por el suelo, noté algo frio en mis pies. Me agache como para recogerlo era una especie de placa que salía de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Acabé de sacarla del bolsillo y al salir de la habitación y mirarla, vi  que era una placa de policía.
                Al entrar en el estudio Juan contemplaba el Gauguin. Se volvió con brusquedad como si se sintiera descubierto y me miró con los ojos entornados –como reprendiéndome por haber sido una niña muy pero que muy mala-. Señalo el cuadro y asintió con una expresión grave. ─¿Es el verdadero o la copia? -preguntó
                Me acerque desnuda como estaba, cogí su mano con la mía a modo de disculpa. ─Tan solo podemos hacer dos cosas: ─ o me envias a la cárcel o aceptas ser rico y pasar el resto de tus días  en Copacavana. ¿Tú eliges? Se quedó paralizado unos instantes, luego sonrió como si fuera a hacer algo que nadie sabía y soltó una risita ahogada.


domingo, 10 de junio de 2018

EMULANDO A BORGES "BUEN CAMINO"


BUEN CAMINO

Siempre me ha gustado pasear al anochecer por la acera del viejo cauce. Antes, para mí, frontera del espacio permitido. Sigue llegando la fresca brisa de levante, cargada de mar.
Me gusta respirarla profundamente y dejar que me penetre hasta la planta de los pies.
Y cuando, en primavera, llega perfumada de azahar, se abren todos los poros de mi piel dispuestos a tragarse la vida.
Sin querer me transporto a mis 15 años. Hacer tarde paseando en el límite del espacio y el tiempo era una pequeña conquista de independencia. Todavía siento la fuerza de ese pequeño “yo” que brotaba incontenible.
Hasta aquí, nada especial: Una anciana que recuerda su adolescencia.
Pero el pasado 17 de Abril ocurrió un suceso sorprendente. Andaba yo con mi caminar ya  renqueante por mi acera favorita, cuando la sentí llegar por detrás dando saltitos en un pie y el otro. Me adelantó y siguió camino, casi bailando, sin percatarse de mi presencia. Me llamó la atención que vestía unos vaqueros un poco acampanados, un suéter de rayas, cortito  y ajustado y unas botitas de piel vuelta, como de otro tiempo. Todo ello me resultaba familiar, como su paso y su pelo. Seguí caminando detrás de ella, aunque rápidamente se alejó, pero, cuando ya se acercaba al puente del Ángel Custodio, fue frenando su trote, como con miedo, y dio media vuelta. Ahora venía hacia mí, despacio, remoloneando y mirando de vez en cuando para atrás.
Cuando la vi llegar de frente, sentí un escalofrío, no sé si decir de miedo, de sorpresa o de desconcierto. Tuve que detenerme, porque me quedé sin aliento y sentí que el suelo se movía debajo de mis pies. Se fue acercando y a cada paso el parecido era más nítido. Esta vez sí se fijó en mí. Sin duda le llamó la atención mi cara de pasmo.
Pasó de largo y vi cómo se encaminaba hacia mi casa. Más despacio, dando algún salto de vez en cuando y volviéndose para mirar el cielo.
Cuando ya estaba suficientemente lejos la llamé:
-“¡Julia!”
Y sí, se giró, sorprendida, buscando quién la llamaba. Se paró y, al no ver a nadie conocido, siguió caminando.
¿Cómo era posible? ¡Hubiera podido jurar que era yo misma a mis 15 años!
Intenté quitarle importancia, simplemente era alguien que se parecía. Aún así pasé la noche y el día siguiente temiendo por el estado de mi mente:
-“Estás alucinando Julia. Los viajes en el tiempo, solo ocurren en las películas y en la demencia senil. Si esto vuelve a suceder, tendremos que tomar medidas.”
Al anochecer bajé de nuevo a mi paseo, no sé si con ilusión o con pánico de volverme a encontrar con ella.  Cuando ya no la esperaba, entre el sosiego y la decepción, la escuché llegar de nuevo. Se detuvo unos instantes y me saludó:
-“¡Buenas noches, señora!”
-“¿Te llamas Julia?”
-“¿Cómo lo sabe?”
-“Ayer escuché cómo te llamaban. Me llamó la atención porque yo también me llamo Julia. ¿Te gusta pasear por aquí?”
-“Sí, me gusta probar a estar sola.”
-“Te veo todas las noches y me resultas familiar, me recuerdas a alguien.”
-“A mi también me parece conocerla. Será de vernos por el barrio. ¡Adiós!”
-“Adiós Julia, espero verte otro día.”
Allí me quedé, paralizada de pánico e invadida por la ternura. No podía ser verdad, pero ¡Cómo me gustaría que lo fuera!
Volví a bajar al día siguiente. Puntualmente volvió a aparecer. Caminaba despacio, como abatida. Se acercó y se sentó en el pretil.
-“¡Hola Julia!”
-“Hola, señora…Julia ¿No?”
-“¿Qué pasa esta noche? No pareces la misma de todos los días.”
-“Me pasan cosas que no puedo contarle a nadie.”
-“¿Tan inconfesables son? ¿Sabes? No hay nada que pueda sorprenderme de ti. Te conozco mejor de lo que imaginas. Tampoco necesito que me cuentes nada.”
-“Los mayores siempre creen que lo saben todo.”
-“Solo te diré que nunca es malo lo que se hace desde el corazón. ¿Te sirve?”
-“Puede ser, pero no todos piensan lo mismo. ¿Quién es usted? ¿Qué sabe de mí?”
-“Todo. Lo sé todo. Más que tu misma.”
-“Es usted muy extraña, pero a la vez me parece que la conozco desde siempre y me da confianza. ¡Uf! Me tengo que ir, es muy tarde, mi padre me mata.”
-“Ve, corre, ¡Buenas noches!”

Sigo bajando cada día, a veces viene, otras no. Entonces siento pánico de no volverla a ver.
Todavía pienso que es una alucinación. Si voy al médico me recetará Haloperidol y desaparecerá para siempre.
Pero por otra parte ¡Me duele tanto ese animalillo herido!
No paro de hacer inventario de todas las cosas que querría enseñarle, de todos los peligros de los que me gustaría advertirla, de todos los sufrimientos que quisiera evitarle.
Quisiera decirle lo valiosa que es, que nada tiene que demostrar, que confíe en sí misma, que ame su cuerpo y se atreva a disfrutar de él.
Podría “chivarle” todas las personas de las que debería protegerse, señalarle en quién se tiene que apoyar, decirle con quién puede contar.
Podría mostrarle todo lo que va a ser capaz de hacer. Intentar evitarle unos cuantos errores.
Con ese deseo vuelvo a buscarla.
-“¡Cuántos días sin verte! Te echaba de menos.”
-“Estos días han sido los peores de mi vida. Ni siquiera tú, que dices que lo sabes todo de mí te lo puedes imaginar.”
-“No te he dicho toda la verdad, porque pienso que no me vas a creer. Soy tu misma en 2018.
No sé cómo he podido encontrarme contigo. Tal vez porque me dolías, por mi afán por sosegarte. Tal vez porque pedías auxilio a tu propia alma. Así que sí, sé perfectamente lo que te ha pasado estos días.”
-“¿Cómo voy a creerme una cosa así?, ¿estás bien de la cabeza? No es posible, por más que veo en ti muchas cosas mías… No sé qué pensar.”
-“El verano pasado estuviste de intercambio en Francia. La muerte de tu abuela te reafirmó tu deseo de huir, en busca de ese mundo libre y perfecto que habías aprendido a amar de la mano de tu madre. Tal vez en busca de ti misma. Y te encontraste ¡vaya que sí!
Te enamoraste de ella, sin poderlo evitar, como, en el fondo, ya sabías que tenía que ocurrir y abriste sin querer la caja de Pandora. ¿No es así?”
Permanece a mi lado, muda, con los ojos llenos de lágrimas.
-“Ahora todo se ha venido abajo, han leído tus cartas, le han prohibido comunicarse contigo. La tierra de la libertad se te ha caído de bruces. Te sientes en el caos y nadie te ayuda.”
-“Me haces dudar. Nadie sabe todas estas cosas de mí.”
-“Voy a enseñarte algo que te demostrará quién soy. Mira, esto se llama teléfono móvil y sirve para muchas cosas aparte de comunicarse; por ejemplo puedo enseñarte una foto del río que estoy viendo yo ahora mismo; mira…”
-“¡Es un jardín increíble! Pero…sí, es el mismo puente y los mismos pretiles. ¿Cómo has hecho este truco?”
-“No es un truco. Lo conquistaron los ciudadanos,  tú misma peleaste por él”
-“Bueno, pues si es verdad, explícame qué me pasa, por qué soy así, cómo será mi vida.”
-“¿Sabes? nada desearía más que desvelarte tu futuro para evitarte dolor. Pero ¿Qué pasaría entonces? Tu vida ya no sería la misma ¿Cómo podrías aprender todo lo que te tienen que enseñar los momentos difíciles, los errores? ¿Tendrían las cosas el mismo valor para ti? ¿Podrías llegar a ser la misma persona?  No sería una buena idea alterar el curso de tu vida.”
-“¿Entonces…?”
-“Solo te diré que confíes en tu fuerza, que has sido capaz de hacer tu camino y ha sido un buen camino. Que sabrás hacer frente a lo que tenga que venir. Que aprenderás a quererte y yo te esperaré al final. Ahora márchate, corre, ya es muy tarde.”
La he visto marcharse hacia casa, con su mirada entre desconcertada y curiosa, con su sonrisa brillante.
Me quedo sola mirando el intenso azul del cielo, me siento en paz conmigo misma. Me doy cuenta de que, en ese trote alegre, empapado de azahar, está la clave que ha hecho de mi vida, después de todo, la mejor entre todas las posibles.

Julia


miércoles, 30 de mayo de 2018

Emular a Borges

De eso va el próximo ejercicio. Emulando a Borges, escribir un encuentro entre nuestro yo joven y nuestro yo maduro.
Un ejercicio de autoficción o de esquizofrenía, no se sabe bien. ;)
Ánimo.

El otro, Borges

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad. 
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda. 
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

lunes, 21 de mayo de 2018

Cincuenta y uno por setenta y siete






Yo necesito extrañarme, no quiero acostumbrarme a verme sentado y pegado a una silla a fuerza de gravedad porque esta gravedad es capaz de entristecerme.

No busco entristecer, pero me niego a que se acostumbren a verme, necesito que me vean, me recuerden y por lo menos algo se extrañen.

Que se extrañen al ver mis nuevas dimensiones, cincuenta y un por setenta y siete. Alto y ancho, dos nuevas cotas adquiridas por la gravedad de una lesión. Cincuenta y un centímetros de altura del asiento de mi silla de ruedas y que son los que ahora separan mis glúteos del suelo, por los setenta y siete centímetros de anchura que me obligan a estar pendiente de distancias y umbrales que necesito a travesar.

Echo de menos mis antiguas medidas y sobre todo la costumbre de estar de pie, la de mirarme el trasero en el espejo y ver cómo me sientan los pantalones, ahora sentado compruebo que los pantalones se arrugan bastante más y tienen la costumbre de marcharse y la manchas suelen desquiciarme.

También compruebo, no sin desasosiego, que esta posición corporal favorece que a menudo me acompañen restos de comida y un montón de migas que logran colocarse de forma estratégica en todo tipo de huecos y resquicios, aunque las sacuda y crea que me he desecho de ellas, siguen ahí, porque ya en la noche, cuando abandono la silla para acostarme, aparecen y quedan al descubierto sobre el cojín del asiento, recordándome que son legión y no tardarán en acompañarte en un nuevo día. 

Ya sé que esta posición sedente no es una posición natural del homo Sapiens, sino para que tantos millones de años de evolución humana para transformarse en homo erectus y no es que tenga la sensación de pertenecer a otra especie,  “homo sedente”, pero cada día compruebo que esta sociedad tiene una enorme capacidad para excluir  lo que no es semejante, debe estar arraigado la costumbre en nuestros ancestros y en psiquismo humano.

También experimento todos los días, como la interacción con mi entrono se ve afectada, mi visión de las cosas ha cambiado, mi cabeza está situada ahora en tierra de nadie, a un metro y veinte centímetros del suelo, lejos de metro setenta al que se encontraba cuando era un bípedo orgulloso, estoy más cerca del suelo y tengo cierta sensación de empequeñecimiento.

Pero lo que más me afecta es la relación emocional con mis congéneres, por una parte la comunicación con los niños se han vuelto más próxima, pero mucho más complicada con todo con aquel ser que mida más de un metro veinticinco, las conversaciones son más dificultosas y los besos y abrazos son a veces patéticos.



Los adultos cuando se acercan a mí, en lugar de flexionar las rodillas para poder situar sus labios más o menos a mi altura, por comodidad doblan el tronco al nivel del sacro, convirtiendo así, lo que podría ser un beso en condiciones con intercambio de mirada, en un beso que en el mejor de los casos acaba en la frente y en el peor, su labios se sitúan sobre mi cabeza, y yo me acuerdo de los beso que me daban los padres Salesianos en mi época escolar del tipo “muchacho ve con Dios”, o “ hijo mí yo te perdono”, otras veces se asemeja un beso eutanásico casi como si se me concediera la “extremaunción”.

La verdad, es que al final de todo, he perdido corporal y ahora me fijo mucho más en cómo se mueven las personas, hay veces que incluso las odio y pienso, malditos bípedos desgarbados.



Paco Florentino

domingo, 20 de mayo de 2018

MORITURI TE SALUTANT 4.0


MORITURI TE SALUTANT 4.0
Es curioso observar lo que son capaces de hacer los humanos para escapar de la muerte.

Los diseñé mortales y les hice “spoiler” de manera que saben su final, pero desconocen la trama.

Les hice  conscientes de su existencia como seres vivos, precisamente para observar en ellos el efecto que les provocaba pensar en la muerte, en la no existencia; su actitud ante lo que les es esencialmente contrario.

Resultó tan difícil como para mi, desde mi ser eterno e infinito, ponerme en su lugar.

Oscilan entre el miedo y el desconcierto. El miedo sobre todo de la muerte propia.  El desconcierto lo reservan para las ajenas, para las muertes en general y la filosofía.

A lo largo de los varios milenios de su existencia se han mostrado altamente creativos a la hora de resolver su inquietud. Es más, probablemente ha sido esa inquietud la que les ha hecho desarrollar la creatividad.

A pesar de que son mis criaturas no dejan de sorprenderme.

Han inventado infinidad de relatos para explicarla y se los han creído, o al menos los han hecho creer. Como verdaderos los han transmitido de padres a hijos de manera que ya no recuerdan bien quien los inventó. 
Para darles mayor credibilidad, los atribuyen a personajes que los recibieron como un mensaje supuestamente mío, en alguna de las apariencias que han tenido a bien darme:
Una zarza ardiente, una iluminación, una voz, un carro de fuego, unas tablas de piedra, una fuente que mana en el desierto. ¡Qué riqueza de imágenes!

Todos ellos acaban bien, de forma que, más allá de la muerte y por caminos de una diversidad asombrosa, desembocan en el paraíso, la vida eterna, el cielo, el valhalla, la transmigración, la reencarnación…

Algunos de los itinerarios hacia la eternidad son extremadamente complejos, incomprensibles, diría, incluso para mi sabiduría infinita. Pero tienen la habilidad de que cuando alguien pide explicaciones, me atribuyen a mí la oscuridad: “Palabra de Dios”.

Como los hice también diversos, en fuerza, belleza y sabiduría, no tardaron mucho en masacrarse los unos a los otros.
Los más poderosos sometieron al resto. Y no dudaron en exterminar al que les hiciera sombra.

Los relatos les resultaron muy útiles en esta tarea, sobre todo para conseguir que los sometidos se plegaran a su voluntad y aceptaran su condición.
Los han ido modelando a lo largo del tiempo, sufriendo numerosas adaptaciones, según los intereses de cada momento.

Y no hablemos de las ceremonias que han sido capaces de diseñar, siempre acordes al guión del relato. Auténticas escenografías y coreografías, sobre todo para los más ricos, ya que lo son por gracia divina (o sea supuestamente mía) y, por lo tanto, tienen vía directa a la eternidad.

Construcciones megalíticas, pirámides, barcos funerarios, mausoleos, palacios, catedrales, piras, cabalgatas, cortejos, coches de caballos a mayor gloria del fallecido.
Incluso los más pobres tienen su teatrillo y su piedra o su cruz sobre la fosa.

Pero lo mejor está ocurriendo en estos últimos cientos de años.
Hay un nuevo relato al que han dado en llamar “ciencia” que ha venido a desmentir todos los relatos anteriores. Ya no hay dioses ni paraísos. No hay más vidas ni eternidades. La muerte es un error que hay que rectificar.

También se acaban las coreografías, como la consideran un fallo humano, mejor sacarla por la puerta de atrás, que no se note demasiado, mejor que ocupe poco espacio, un poco de humo, unas cenizas al viento y ya está.

Cientos de individuos trabajan denodadamente en sus “laboratorios” con complejísimos artefactos que han inventado para combatir la enfermedad y el envejecimiento y creen no estar muy lejos de conseguir lo que andan buscando desde hace milenios: la inmortalidad.

¡Vaya pandilla de cretinos! Aunque sean obra mía.

En su ceguera por controlar la vida se han ido cargando los gráficos y la cinemática y hay territorios del juego de rol que empiezan a pixelarse.

Cualquier día hago una carambola de billar planetario y los borro.

JULIA

EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...