sábado, 27 de enero de 2018

Pick/pack*




Pick/pack*




Mi padre siempre ha tenido un problema de comunicación con las personas, sobre todo si nos centramos en el plano afectivo, de hecho, hace ya mucho tiempo que no recuerdo ninguna muestra de cariño que pueda ser digna de mención. Su forma de comunicarse normalmente ha sido siempre generándote dolor, hoy más que nunca, y con la perspectiva de los años soy consciente de ello. Sobre su peculiar forma de comunicación también tengo alguna que otra prueba empírica.

Recuerdo una tarde de mi infancia en la que jugábamos en la terraza de nuestra antigua casa a una de esas “guerra de juguetes’’, era una terraza amplia rodeada de maceteros rectangulares de arcilla repletos de geranios que mi madre cuidaba y regaba con mucho cariño y que yo diariamente maltrataba jugando a la pelota. Mi padre y yo nos colocamos a cierta distancia, arrodillados y enfrentados cada uno en sendos barreños de plástico dispuestos en forma de escudo, parapetamos estratégicamente nos arrojábamos de forma frenética municiones formadas por pelotas, cochecitos, camiones de plástico, muñecos varios y todo tipo de artefactos contundentes. Durante el transcurso de la batalla poco a poco fui comprobando que su puntería y fuerza eran mucho mayores que la mía, cada vez los impactos sobre mi pequeña defensa eran más violentos. Hubo un momento en que no tuve más remedio que dejar al descubierto mi cabeza para agarrar más munición que poder arrojar, entonces noté una fuerte colisión sobre mi frente, mucho dolor, rabia y sensación de impotencia se apoderaban de mí, no pude soportarlo y me tiré al suelo echándome a llorar, puse las manos sobre mi frente y me tapé el rostro, entre los dedos podía ver la figura de mi padre que se acercaba a mí, pensé que iba a consolarme y disculparse, pero no fue así, tenía el semblante satisfecho de aquel que ve su objetivo cumplido y recuerdo que sin ningún tipo de remordimiento ni culpa por el dolor que me había generado y viéndome llorar sin consuelo me dijo, “llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre”.

Todavía sigo sin querer entender la maldita frase, pero hoy, cuarenta años después, resulta que el que llora es él, tumbado boca arriba en su cama y rodeado de penumbra, se tapa la cara con las sábanas y sollozando, no para de repetir una y otra vez que me vaya de su habitación, que se quiere suicidar y que la culpa de su estado la tengo yo, también le duele la cabeza, tiene una mano sobre la frente, algo ha impactado sobre su zona pariento frontal del cerebro, los médicos dicen que es el síndrome de pick, pero en el fondo creo que soy yo quien le ha golpeado una vez más.
Hace un rato que mi madre me ha llamado, con voz tibia y sufrida me ha dicho:

-          “Francis ven cuanto antes por favor, que tu padre se ha encerrado en la habitación y dice que se quiere suicidar, que se va tomar todas las pastillas que lleva en el bolsillo”.

Salgo de la oficina y acudo corriendo a su casa, ella parece aturdida y empequeñecida por las circunstancias, me recibe en batín lo que me hace presagiar que la situación es bastante grave, porque en mi casa desde siempre, las cosas importantes han sucedido con mi madre en batín; las visitas del médico de urgencias, sus recurrentes palpitaciones, la muerte de mi tía Rosa, supongo que es su armadura vital, cada uno tiene las suyas, físicas y mentales, para poder sobrellevar las situaciones complicadas, yo no puedo pensar en batín, la guata se mete entre las ideas e impide que se entrelacen correctamente, ella al contrario, se acolcha y entiende que el impacto de las cosas sobre su fragilidad es menor. Mete las manos en los bolsillos y pone cara arrugada de circunstancias, seguro que está tocando una pinza de tender que distraiga su atención, que se convierta en su amuleto, que le de suerte y fortaleza, hace ya años que la vida y la convivencia con mi padre le supera.

Nunca he llegado a entender tanta fragilidad y sumisión, recuerdo una frase que alguien dijo sobre que “a los sumisos nunca se les ama, solo se les quiere”, pues yo añadiría con bastante tristeza que al final acabas odiándolos, porque ese es el sentimiento que muchas veces me atrapa cuando intento hablar con ella, hay tanta debilidad en su cuerpo que te hace sentir culpable de su malestar y esta es una sensación que ha dominado parte de mi vida. Como aquel día que estando de pequeño en la cocina, yo tendría unos catorce o quince años, mientras ella de espaldas a mí, fregaba en la pila, le dije que no quería ir con ella a comprarme ropa, que me daba un poco de vergüenza ver como regateaba con los vendedores cuando le acompañaba al mercado o a las tiendas del barrio. La verdad es que me sentí un poco orgulloso de tener la valentía o el descaro de poder decírselo, pero cuando me di cuenta y me acerque a ella comprobé que estaba llorando, me hizo sentir mucho peor que si me hubiera dado una bofetada, me gritara o me reprochara que fuera un mal hijo, lo hubiera preferido. Al final tuve que disculparme y pedirle por favor que fuéramos los dos a comprarme la ropa.

No puedo abrir la puerta de su habitación, no entiendo muy bien como lo ha conseguido, creo recordar que su puerta no tiene cierre interior. Desde fuera le digo varias veces que ya está bien, que abra, que quiero que hablemos; él me contesta que ya hablaremos de él cuando esté muerto, la situación me parece del todo tragicómica y reconozco que hasta me hace gracia este repentino papel casi cinematográfico de mediador detrás de una puerta. Al final me canso de hablar y forzando la manivela logro entrar, la habitación está a oscuras, él está tumbado sobre la cama y se ha tapado la cara. Hecho un vistazo rápido y compruebo que para bloquear la manivela ha empujado sobre la puerta el mueble de la cómoda, ha colocado encima un cajón de la mesita y un marco con la foto de su boda apuntalando la manivela, la verdad es que siempre ha tenido talento para realizar montajes complicados, supongo que es una habilidad heredada de mí abuelo, entre otras cosas, como la afición por el Chester Field sin boquilla, las putas y el gusto por los zapatos caros.

Mi madre entra detrás de mí, y de repente dice -“será posible”, todavía no entiendo muy bien que ha querido decir, eso sí, de forma presurosa vuelve a recolocar en su sitio el mueble de la cómoda, el cajón de la mesita y el marco de fotos, intenta que todo vuelva a estar como antes, como si en realidad no hubiera pasado nada y a continuación desaparece en silencio, como siempre.

Me siento en el borde de la cama, a su lado, puedo ver que en el bolsillo de su camisa lleva un paquete de Chester y un montón de pastillas de Diazepam, porque mi padre de toda la vida se acuesta con los pantalones del pijama y no se quita la camisa que ha llevado durante todo el día, otra manía que hasta que no salí de casa para casarme, pensaba que eran cosas normales de todos los padres, como otras tantas y entre ellas la de fumarse el último cigarrillo del día tumbado en la cama y tirando la ceniza sobre el suelo. Sentado junto a él, lo miro, intento sentir compasión, pero no me sale, además no para de repetir que “soy un maldito desgraciado”, “que toda la puta vida se ha dedicado a trabaja para nosotros”, “que somos los culpables de su malestar”, “que somos unos desagradecidos y va a hacer una hoguera con todo el dinero que tiene”. Dejo que hable, que vomite todos sus sentimientos, hace mucho tiempo que no nos hablamos, al final se pone a llorar, nunca lo había visto en este estado y la verdad es que tampoco me da pena.

Está enfadado como un niño y no para de repetir qué lo deje en paz, que quiere hacer lo que siempre ha hecho, que con las putas se encuentra a gusto, que ellas sí que lo entienden, le gusta conversar y sentir como le escuchan, son dulces y le atienden muy bien. Me reprocha que tengo una fijación por quitarle un entretenimiento que no hace daño a nadie y que además le sienta de maravilla. Se refiere a ese maldito correo que descubrí hace unos días, se lamenta de no haberlo borrado. Ya lo tenía todo arreglado, hace días que les envió dinero para los billetes de Colombia a Madrid, su amigo Paquito Garrido las recogería en su coche y las traería a Valencia al piso de Bonanad, ostia como iban a disfrutar los tres con ellas, whisky y Viagra a punta pala, pero no hay forma, otra vez le he destrozado el plan.
Mi padre lleva muy mal su jubilación y la situación fuera de las empresas que fundó, ha vendido todas sus acciones y ha recogido mucho dinero, nos tiene muy preocupados, lleva tiempo haciendo cosas raras. Ayer estuvimos en el médico, el escáner ha revelado que tiene dañada una zona pariento frontal del cerebro, puede que sea el llamado Síndrome de Pick, el doctor dice que no es una enfermedad grave, pero es posible que poco a poco se vean afectadas ciertas facetas de su conducta y sentimientos. Yo creo que en realidad él siempre ha sido así, su lema en la vida ha sido “o estas conmigo a estas contra mí”, consiga vital que ha llevado hasta sus últimas consecuencias, despreciando a todo aquel que no compartía sus ideas y capaz de enfrentarse si compasión a quien se interponía en su camino. Es un personaje de los llamados hechos así mismo, orgulloso de sus humildes orígenes y empeñado en mostrar con arrogancia que la vida le ha sonreído en el aspecto empresarial. También ha tenido suerte, rodeado de sumisos colaboradores y con un talento innato para los negocios supo desenvolverse como pez en el agua en una época de auge en la construcción plagada de especuladores, banqueros, putas, trileros y cruceros.
No obstante, las pruebas muestran que algo pasa en su cabeza, ayer en la consulta, el psiquiatra le dijo tres palabras; amor, compasión y familia, e intentó que después de unos diez minutos de conversación fuera capaz de recordarlas, pero el solo supo decir; ataxia, hidrocefalia y párkinson, como siempre él nunca te da lo que le pides te suministra lo que le da la gana. Después el médico dibujó dos círculos que se interseccionaban en dos puntos, y le pidió que los observara detenidamente y los repitiera, a lo que él, haciendo uso de esa gran determinación que siempre ha demostrado, dibujó dos polígonos separados, que mirándolos con detalle, parecían representar sendos planos de la empresas que él creo hace unos años en la Valencia y Alzira, o a lo mejor quiso dibujar dos regiones de Colombia a las que solía viajar con sus amigos y clientes, o también puede ser que el subconsciente le haya jugado una mala pasada y acaba de dibujar dos zonas cerebrales que tiene dañadas, mi padre es así, críptico y complejo, difícil de interpretar lo que intenta comunicarte.
La relación con mi padre sigue siendo muy complicada, el terreno gélido que nos separa hace que mi conexión con él sea casi imposible, nunca ha soportado que me parezca más a mi madre. Parece que se ha calmado y está medio dormido, le quito con cuidado las pastillas de diazepam del bolsillo y salgo de la habitación en silencio, por el pasillo sale a mi encuentro mi madre que me pregunta si vendremos a comer el domingo, le digo que sí y que haga paella que a los niños les encanta, ella me sonríe y me da un beso de despedida.
(Pack*.- expresión onomatopéyica para describir el choque de un camión de bomberos de plástico sobre la frente)
Paco Florentino
 27 de enero de 2018

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