domingo, 21 de enero de 2018

Y LA CULPA VINO A MÍ







Y LA CULPA VINO A MÍ

                La faena estaba hecha. Había sido certero. La sangre brotaba con ganas de la herida. En unos minutos estaría muerto. No creo que a nadie le importase. No era un tipo que cayese bien precisamente.
                Yo quería que fuese mi último trabajo y de ahí ya retirarme y vivir como cualquier honrado trabajador jubilado y disfrutar, por fin, de los pingües beneficios de mi actividad laboral.
                Mi amigo J, que así le llamábamos de siempre (ya no sé si era José, Juan…qué importa. Jota y punto), tenía buenos contactos con empresarios, políticos, pero también con traficantes, ladrones de guante blanco, extorsionadores, en fin, gente más interesada en sí misma y en enriquecerse que en servir al prójimo. Él era el que me proporcionaba los clientes. Me ponía en contacto con cualquiera de los mencionados y estos me decían a qué individuo querían quitarse de encima. Si llegábamos a un buen acuerdo económico, podían darlo por hecho: el tipo ya no les molestaría más.
                Yo era el mejor en esta clase de asuntos y lo sabían. Por ello se avenían pronto a un acuerdo. Nunca me habían pillado y nunca me pillarían.
                Había quedado algo de sangre en el interior de mis uñas y siempre es difícil de quitar. Pero me daba placer ver la sangre mezclada con el agua yéndose poco a poco por el sumidero en suaves remolinos. No podía evitarlo: el olor de la sangre, su sabor, su color rojo, ahora de vida muerta, me atraían sin remedio. Desde bien pequeño, ante cualquier herida o arañazo, bien míos, de mis hermanos o de cualquier amigo con el que estuviera jugando, allá iba yo a chupar su sangre que manaba tan roja, tan mía. Y, aunque parezca mentira, ellos, los heridos, encantados. Yo les convencía diciendo que era una cura de primeros auxilios, contribuía a limpiarla y así cicatrizaba antes. Y se lo creían. Y yo, disfrutando a su costa. Pobres incautos.
                Bueno, parecía que ya había acabado. No me quedaba rastro de sangre en las manos. Ahora sólo faltaba que aquello pareciese un robo. O sea, como siempre.
                Cómo había gritado el desgraciado mientras le clavaba la navaja repetidamente. Pero había conseguido, no sin esfuerzo, taparle la boca con mi otra mano. Al sorprenderle por detrás no había sido difícil abordarle. Después de todo tenía una larga experiencia en esta clase de encargos. Era mi medio de vida y lo pagaban bien. Yo les quitaba un estorbo a hombres poderosos, engreídos, ávidos de poder, que nunca tenían bastante. Y allí estaba yo para cumplir sus deseos, para que nadie se interpusiera en el camino de sus ávidos propósitos.
                Esta vez me había llamado un concejal de tres al cuarto pero de miras muy altas. Su objetivo final era un puesto en Madrid. Por ahora se tenía que conformar con un sillón en el ayuntamiento de su pueblo, a más de 300 kms. de su meta. Además en una provincia sin mucha relevancia en el hervidero político madrileño. Sin embargo era un comienzo y aquel vecino del pueblo no le iba a arrebatar su sueño más querido.
                El individuo se había enterado, por pura casualidad, de cómo el concejal había comprado la voluntad de varios propietarios del municipio para que vendieran sus tierras de cara a un ambicioso plan de desarrollo que daría lustre y renombre al pueblo pero con un alto coste medioambiental. Y como el tal vecino no quería vender su parte, iba a denunciar al concejal por sus corruptas actividades.
                Bien, pues ahora el concejalillo ya tenía un obstáculo menos. Ya no le molestaría más aquel voceras del ecologismo.
                Volví a la salita de aquella casa. El que estuviera en el campo, a unos quilómetros del pueblo, me había facilitado mucho las cosas. También había esperado al anochecer para acercarme a la víctima. Esta había caído de bruces. Se adivinaba un charco de sangre debajo de su pecho. Tenía que quitarle la cartera y cogerle el dinero. Luego vería si había algo de valor por allí y llevármelo también.
                La encontré en el bolsillo trasero de su pantalón. Abrí la cartera. Lo primero que vi fue su DNI, la foto…No, no podía ser. Se parecía demasiado. No, no era él. Esas casualidades no existen. Pero sí, no me equivocaba. Leí su nombre: Dani Esquerra.
Dios mío, ¿qué había hecho? Había matado a mi mentor, al que de verdad me quiso como a un padre, al que trató de hacer de mí un hombre de provecho, pero al que no hice caso alguno. No quise ver cómo aquel mundo de maldad en el que me desenvolvía tan bien, me fue absorbiendo y absorbiendo. Un mundo que ya de adolescente tiraba más de mí que los estudios. Un robo en el supermercado. Otro en el quiosco. Nos retábamos en la pandilla a ver quién lo hacía mejor y más rápido. Luego ya pasamos a las navajas asaltando a parejitas incautas distraídas en juegos amorosos nocturnos. El toque frío de su filo, el poder conferido por su empuñadura, el temor provocado en las víctimas. Todo ello me producía un placer infinito.
                Así pasé mi adolescencia. Pero un día nos pilló la policía. Me mandaron a un correccional. Allí seguí armando bronca hasta que conocí a Dani, mi tutor en aquella cárcel. Sí, para mí aquel frío e inhóspito correccional era como una cárcel.
                Dani hizo bien su trabajo, casi me convence para que abandonara mi vida de delincuente. Fue la primera vez que me sentí querido. No es de extrañar después de haber vivido con un padre dictatorial que siempre tenía la correa a mano por si acaso no le habías entendido suficientemente. Y una madre sumisa justificándole siempre. Fría y distante, me dedicaba pocas caricias, tal vez por miedo a despertar los celos patológicos de su hombre.
                Pero al escaparme del correccional, aquella brecha de incipientes emociones abierta en mí al dejar que Dani entrase en mi vida, aquella brecha, se cerró de golpe. Y volví a mi vida criminal. Incluso la mejoré. Me hice un asesino a sueldo.
                Los recuerdos se agolpaban en mí. Lloré y lloré como nunca antes lo había hecho. La brecha se volvió a abrir. Por un momento quise que Dani me abrazara de nuevo, como hacía entonces a pesar de que yo me resistiese, y, haciéndome el duro, le rechazaba.
                Y lo hice. Le di la vuelta, y sin importarme la sangre que empapaba su pecho, me abracé a él. Puse sus brazos alrededor de mi cuello y los míos alrededor de su cintura, Y así estuve un buen rato.
                De repente oí un gran estruendo en la entrada. Voces, sirenas, pasos acercándose. Vi luces azules girando sin parar, intermitentemente iluminando la salita donde yo estaba con Dani. Una voz me gritó: ¡Alto!¡No se mueva o disparo! Varios policías me apuntaban con sus pistolas.
                Quise levantar las manos, pero antes tenía que dejar de abrazar a Dani, a mi querido Dani. Suavemente le acosté en el suelo. Y quise dejar la cartera también. Uno de los policías gritó: ¡Alto!¡Deje la pistola! Y ¡bang!. Al mismo tiempo, y sin pensárselo mucho, otro me había disparado ya.
                La faena estaba hecha.


                                                                                                                                   Teresa Báguena.

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