Bergmaniana
(Una campesina, un país extraño, terror)
Carlos María
Se
demora hoy en sus quehaceres, repasa la carta náutica y no acierta a discernir
el lugar de la costa en el que pudo embarrancar la lancha o bote. Tres días
después de la tormenta los guardias tan sólo le han entregado restos imprecisos
de un casco. Se detiene huraño ante el cuero ajado de la funda, la Walter Smith
le observa serena, ajena a la premura de las horas, sin que el gatillo o el
percutor del 38 recuerden ya su última gesta, el día lejano en que hubieron de
irrumpir estrepitosos en sus improbables actos de justicia. Gabriel, se dice a
sí mismo, Gabriel, qué persigues, qué te reclama, qué te impele Gabriel, qué ha
de importar el paso desmedido de los hombres, su fuga y su ausencia, qué ha de
exigir de ti un desvelo infructuoso, constante como la vida y perenne como la
tristeza. La Walter Smith devuelve sarcástica en su culata el reflejo platino
de la aguja del reloj en la intermitencia del faro.
Este
país de condenados lagos, este manglar de nutrias y pasiones, este cenagal de
sexo y desencuentros, este barroco conglomerado de quincalla, arena, tiempo y
genitalidad, este faro inútil, esta guardia costera fantasmal, esta Walter
Smith del 38 gorda, obesa, preñada de caspa y sudor, de rancia senectud, este
sentimiento prostático y salitroso, este anhelo del cuerpo túrgido de una mujer
campesina, violácea y violada, maldito lenguaje pueril de salmo irónico y
semita, esta odiosa tendencia mía a no filtrar y a no mentir, y a restañar de
la sílaba su inmundicia, del verbo su conjugación, esta desaparición, esta
búsqueda cansina de una laura palmer más, otra más, y otra, y otra, y cuántas
van, ya muertas ya vivas pero por siempre mancilladas, encañonadas,
secuestradas, aherrojadas por perros o buitres o almas en pena, este agujero de
bucaneros, de tontitos, yo no he roto un plato, a mí no me mire usted, yo qué
quiere que le diga, qué soy malo, malévolo, que mis actos están ahítos de
soterradas y aviesas intenciones, pues se lo digo, se lo confirmo, soy malo,
como la vida misma, soy Gabriel, el que no las encuentra, el que las pierde, el
que de todas las doncellas que el mar tragó nunca pudo rescatar a ninguna con
vida, al que le apresan los cabellos púrpura de las campesinas que no nacieron
para ser amadas, y menos para ser por mí contempladas, Gabriel, el frustrado y
frustrante perseguidor de los amantes en fuga, ellas huyen, Gabriel las
rastrea, y los lobos entre tanto afilan la agudeza infecta en su mirada,
Gabriel, Gabriel, una vez más, en el extraño país donde habitan todas las
mujeres que roturaron el orbe, de odio y llanto y mala suerte.
Le
acerca un objeto de bisutería haciéndolo colgar de un bolígrafo.
--
Empaló a la cerda, y esto es solo un aviso.
A
Gabriel este Bonifacio siempre le ha causado repugnancia. A qué dárselas de
detectives cuando simplemente son recogedores de muestras tétricas, jugadores
amateurs de puzles teratológicos. Efectivamente han encontrado el cadáver de
una cerda atravesado por una barra metálica de tres metros. Recuerda la
disposición de los objetos a una de esas fotografías de estudios étnicos
antropológicos en los años 60. La sangre se diría que inunda el océano, es un
puto desastre esto, piensa Gabriel.
-- Tenía
que pasar forzosamente por aquí--prosigue Bonifacio. Ineludiblemente el cruce
del faro figuraba en la intersección cósmica de sus 25 años. Entre Mahuel y la
aldea de Llaris no hay otra vía de llegada. Y aquí hubo de ser donde este tipo
recalase. Simple pero incontrovertible, todo es una mierda.
Recoge
la baratija y se aparta un tanto del olor a colonia y tabaco que exuda
Bonifacio. Es todo un gesto haber colocado la pulsera delicadamente en la
pezuña de la cerda, piensa Gabriel. Solo por esto te pueden caer diez años más
chaval. Pero bueno, si te encuentro, que no creo.
La mujer
desciende ya por la vereda, colina abajo. La hierba es mecida por la brisa
marina del mes de junio. El verde ulular de las olas cálidas la envuelve de
alegría y paz. En sus labios permanece el residuo del amante, de su piel, de su
voz, de su sexo. En su vientre se acumula todavía la volcánica deflagración y
la mirada se le pierde en la línea opalescente del crepúsculo. Se acerca
distraídamente hacia el faro cuando la barcaza orilla los primeros
riscos.
El
manantial de la doncella. Gabriel recuerda: el paso degradado de las horas, los
encuentros bucólicos de tantas campesinas, de todas las campesinas que la
historia universal ha gestado. Será cada Karin una foto fija de sus
desavenencias interiores, de sus desencantos inmaduros. Pues has traspasado el
límite tantas veces Gabriel, a tus 38 años, que no confías en ese verso alemán
que hubo antaño de modular tus gestos ásperos. La ves errante, sólida, la ves
caminando azarosa por entre los setos cercanos al faro, ajena al avance de la
mancha al otro lado, la intuyes verde y funesta como sus ojos, la acaricias
Gabriel entre los planos forenses de su desaparición, la relees en los escorzos
fotográficos que apuntillados en tablones remedan el utillaje de un thriller
americano al uso. Pero has de reconocer que te buscas a ti en ella, que ahora
sabes además que estaba pillada la chavala, que como vulgarmente se ha dicho
siempre, estaba comprometida, y acto seguido, al punto de averiguar en la
cantina de la aldea la existencia de esa presencia masculina, ese "prior
in tempore potior in iure" te ha vuelto a descascarillar el espinazo,
porque siempre llegas tarde, porque en el límite, en tu límite, nunca ha
habitado la salvación, sino la decepcionante constatación de la pérdida, la
confirmación sempiterna de la diferencia, ese yo y no yo que evidencia cada
llegada y cada partida, cada nacimiento, cada muerte. Y en el límite no está lo
que te salva Gabriel, y lo sabes, y casi que ya te identificas más con los
perseguidores que con las víctimas, y simplemente bajas la mirada, ahora hacia
los setos que rodean el faro, donde todavía perviven evidencias e indicios del
encuentro con la doncella, nuestra Karin Gabriel, todas nuestras campesinas
muertas.
Su
nombre no es Karin. Su nombre no importa una mierda. Sentid terror, sentid
pánico, sentid algo, sentid algo. Sentid la indisoluble figura de vuestra
doncella en el paisaje de la tarde veraniega. Y no acertaréis a dar con el
horror. Pues hasta nosotros llega la fragancia de la brea, el viento se levanta
y somos los primeros en comprender que debemos tratar de vivir, que nada hay
que temer, y que nuestros actos no son juzgables, que nada queda de las
víctimas más allá de la idea efímera de toda expiación. Su nombre no es Karin.
La huelo en la vereda, la acecho tras los setos, todavía chorreando agua marina
mi ropa, todavía intimidado por el eco de mis pasos en esta nueva costa.
Confundo su serena efigie con el trasfondo púrpura en el horizonte. Detengo la
palma a ras de la hierba mientras clavo en ella la esperanza de mis ojos. Y qué
puedo hacer yo señor, si he de salir indemne de esta espesa y anodina
jornada.
La he
atado con fuerza. Y sin embargo, no se ha resistido en ningún instante. El
faro, tan solitario. Me pregunto sobre los objetos que en su interior perduran.
El camastro por ejemplo sobre el que yace desnuda, blanca y pacífica, en
levitación se diría sobre esa continuidad del mar plácido que estos días nos
acoge. Ha comprendido que seré el último ser que sus ojos contemplen, ha
comprendido por ello que estamos solos en el mundo, ha comprendido que siempre
por tanto solo hemos importado nosotros. Solo nosotros, ella y esta mancha en
que me contraigo. Cómo es posible, inquiero, que haya sido ella capaz de
transitar en tan breve plazo hacia ese límite, ese nexo, tan cercano a la
cordura y tan esquivo sin embargo a la razón, tan del sentir pero tan del hacer,
porque ha sido capaz, ha podido unirse a mí en la aceptación cordial de lo que
nos va a suceder, hombre y mujer, cuánta luz en su cuerpo, cuánta oscuridad
entorno, a sus pies velo, deslizo agua de colonia entre los pliegues de su
piel, rehabilito sus articulaciones, poso el trapo húmedo en sus labios. Son ya
cinco días de conversaciones, cinco días con sus noches. Y lo cierto es que
apenas me he propasado, soy un señor, soy un caballero. Recuerdo lo que
hicieron aquellos soldados con muchachas como esta. Eso no estuvo bien. Me
entristezco al pensar en esos chicos hambrientos de cariño haciendo cola,
tímidos, sabedores de la locura en la que participaban. Dos horas, dos horas
estuvo aquella chica recibiendo las descargas. Hasta que por casualidad reparé
en sus gemidos mientras paseaba lento por aquel sendero. Agonizaba. Simplemente
le descerrajé un tiro en la sien que empantanó de sangre al último usuario en
plena desactivación de su libido. Y ahora puedo retornar al comienzo. Porque
siempre volvemos al origen. Porque tratamos de camuflar algo para no ser
desatendidos por el otro, protegemos el vestigio de lo que nos importa o
creemos que ha de importar, pero volvemos al origen. Y tú estás ahí, sobre la
cama, como aquella campesina, como la campesina que eres, y tu cuerpo es
blanco, luminoso, púrpura, rosa, y yo lo cuido y yo lo he de romper. Y lo he de
destruir como destruí entonces, y sin embargo, en esta ocasión podré charlar
antes contigo, en esta ocasión el faro nos otorga el hogar que esos fantasmas
que me habitan no gozaron, y aquí, en esta soledad, al fin reparamos el diálogo
perdido y hemos de acertar con los términos apropiados, y con los silencios,
con las miradas, esta vez no vencerá el absurdo, esta vez nuestra liturgia
respetará las armonias extrañas de lo feliz, y por eso bailamos, bailamos la
música esférica, se dan en este faro las continuidades y discontinuidades todas
de la vida, se dan en este azar de tramoya las perfectas notas que animan toda
sonrisa salvaje, y todo salvajismo, y sin embargo, y sin embargo, porque
siempre hay un preámbulo y un sin embargo, porque todo es solo preámbulo y sin
embargo: tu cuerpo es el preámbulo de mi monólogo, y sin embargo, es tu cuerpo
la interjección que anima mi palabra, palabra que es a su vez preámbulo de tu
grito, de tu llanto o mirada tierna, aterrada, pacificada en el sofrenado
elixir de opios o morfinas, pero palabra, es verbo lo que surge, es, como digo,
esférica tonada, reverberación salvífica de todas las incomprensiones. Pero
basta ya, la lechuza no alzó su vuelo anoche. Qué ironía. El búho de minerva,
el salto al vacío que despluma mis alas y las incendia como teas, el rostro
ciego de todas las mujeres, el hecho simple de que por mucho que se hable, se
diga, se escriba, no tenemos ni puta idea de qué huevos pasa, y encima va y
notamos que nos la trae floja lo que pase, que lo que nos asusta es que la
música se detenga, que la esfera deje de mecernos en su caricia lúbrica.
Bonifacio
sube con lentitud los escalones del faro. El muy imbécil no ha dejado de fumar.
Neo pulmonar con metástasis cerebral en ciernes. Me apuro a agotar este
dictamen en el súbito recuerdo de mi padre fallecido hace dos meses. Pero el
imbécil de Bonifacio no deja de fumar. Veo a lo lejos la bruma y las barcazas.
La viscosidad de la grasa en la ventana provoca imágenes postimpresionistas.
Que sí Bonifacio, que sí, que bien, que se vio por el pueblo hará unos meses a
una cuadrilla de serbios, que sí Bonifacio, que le cuentes eso de Svrenica a
nuestro amigo en Interior, que le va a hacer mucha gracia tener que redactar un
informe poniendo en duda que los Balcanes no hayan sido conjurados, que aquella
contienda no pueda ya ser recordada como un hito de concordia aliada, le va a
encantar además la idea de tener suelto un maníaco, menuda mierda Bonifacio me
cuentas, que un artista del escalpelo, del bisturí, de la aguja, menuda mierda
me cuentas estúpido Bonifacio lector de novelas a lo hening mankel, Bonifacio,
lerdo, tarado, tarugo, esdrújulo, pueril enfermo de cáncer terminal, cenutrio
de próstata ingente, acérrimo defensor de verdades incontestables, que sí, que
hay pruebas de violación, idiota, pero qué pruebas, la cerda empalada, las
bragas inseminadas, la cama revuelta, el gramófono loco, "Whats
happening", pruebas tangibles de violación o estupro de la concha de tu
hija, sogilipollas, pruebas sin cuerpo Bonifacio, sin nombre del cuerpo, sin
doncella el manantial, sin delito o dolo el hecho, sin motivo la conducta, sin
Whats happening y sin The birds el repertorio de discos, coños, Bonifacio, que
te olvides por dios de Karin, que a cada paso nos topamos con el mismo caso, y
es lo de siempre, y venga, otra cerda empalada, y venga otro informe balcánico,
y venga y venga que el juez nos tumba esto y lo otro Bonifacio, encuéntrame
algo más que cerdas empaladas, encuentra aunque solo sea el cadáver de una
simple doncella, o tráeme la música Bonifacio, el disco rayado que contenga la
esférica perfección de un diálogo nunca comenzado, un diálogo que sin embargo
sea, cuando menos, Bonifacio, lúcido preámbulo perpetuo de sí mismo. Por favor,
Bonifacio.
I don't know who you think you are. Resuenan los acordes de The Byrds a lo
largo de la espiral ascendente del faro. Ni idea sobre quiénes somos Karin, tan
solo estamos aquí, tú y yo, y mi mancha te ensombrece, mas no alcanza a anegar
la luz que en ti refulge. I don't know who you think you are. Ni idea en cuanto
a por qué tú y no otra, me es ajena la razón. La guitarra arpegia, y regresa
esa letanía de la ignorancia, apagándose en el estruendo esotérico del cantante
el run run de tus gemidos Karin allá en lo hondo de este faro o torre de luz. I, I don't have the vaguest notion
sigue la letra, pero
como ves, no lloro, más bien estoy riendo Karin, por dentro y por fuera río, de
mí surge una risa sarcástica, espasmos de risa, porque no sé qué está
sucediendo, qué está pasando Karin, qué ha sido de tu ropa, qué ha sido de tu
mata púrpura, la melodía reintroduce una y otra vez la cuestión, nos lleva en
sus cumbres al comienzo, en un bucle, nos traslada en un oleaje reiterado, nos
expulsa y nos acoge nuevamente, abriendo en su continuo inquirir las puertas y
las ventanas de este faro, llevándonos al punto principal de nuestras vidas, de
la tuya por supuesto, el día en que decidiste caminar bordeando la costa hacia
Llaris, el momento en que tomaste el sendero de las ermitas y no el que conduce
al puerto, así es como esto funciona Karin, y aquí estaba yo, y pude percibir
tan pronto columbré vereda abajo el centelleo opalino de tu silueta, el calor
de tu vientre, el fuego de jazmines y tulipanes blancos que portabas, y lo
deseé, deseé hablarte, dirigirme a ti, besarte, hacerte partícipe de la gran
pregunta, de la liturgia única en que esa cuestión debe ser abordada Karin.
--El cabrón la ató. Lo tuvo fácil.
Bonifacio juguetea con
la idea del idilio, el muy enfermo. El serbio lo tortura con sus puzzles desde
hace años. Y lo cierto es que todo cuadra siempre. Pero no hay cuerpo. Nunca un
pedazo de carne, nada que llevarse a la boca por así decir, hambre de corpus
delicti, ansia viva, el muy paleto, la va a palmar antes de que si quiera
cambie la política del gobierno.
Abandonamos el faro.
Permitimos que todo quede ahí, intacto, retratado en la medida de lo posible.
Al almacén general irán a parar las cajas, los despojos forenses, esas cápsulas
extrañas que contienen ecos, susurros, sugerencias del paso de unos y otros, y
pernoctarán en los anaqueles en franca charla necrófila, alterados quizás por
el rutilar hipotético del faro en la lejanía, pero ya serenos esos ecos,
conocedores de todas las respuestas, atiborrados de sentido, conscientes de
hasta la más remota causa. Y ahí quedan los espacios y los objetos en el faro,
indemnes, incólumes, sobrepuestos a músicas, a soles y a desastres,
indiferentes.
Bonifacio ha ingresado
definitivamente, neo pulmonar con metástasis cerebral, fúmate eso. He ahí mi
primogenitura, de súbito, puto Bonifacio, remedo infecto de orfandad
recuperada.
Solo puedo recordar
con vergüenza ajena que Bonifacio pasara sus últimas horas escuchando sin
sosiego, desesperadamente, aquella maldita tonada metafísica de The Byrds. El
muy pájaro de Bonifacio.
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