¨LA CASA DEL TIO TOM Y LA CASA DE JOB,
EN EL SALOBRAL DEL DESIERTO LIBIO¨
PRIMERA PARTE
Parece
una tumba el salobral, hace más de dos horas que he dejado de oír el ruido a
hierro oxidado del motor de los camiones en el desierto. Es el tercero que
desaparece en dos semanas eso no va a gustarles nada a los del parlamento en Ucrania.
Además los rusos han cortado el
suministro de gas, con lo que la gente se muere de frio en sus propias casas y
para empeorar más las cosas hoy no puedo mandar a Dmytro, para que trate de averiguar lo que
está pasando con los camiones cargados de migrantes.
Dmytro,
es un militar ucraniano, creo era coronel cuando desertó del ejercito prosovietico
y se unió a nosotros. Desde el primer momento luchó con fiereza en el Maidán. Robusto,
viril y corpulento, una máquina de matar y un gran estratega que luchó bajo mi
mandato. Fue fiel en todo momento, nunca puso en cuestión mi autoridad, ni tan
siquiera en los momentos más difíciles por eso ha sido elegido por mí, junto a
otros madianistas para venir conmigo a cumplir con la misión de vigilar la construcción del
oleoducto en el desierto Libio que debe de abastecer de gas a Centroeuropa y
países del este. Pero hoy se ha levantado con la boca torcida y no puede cerrar
el ojo izquierdo, tiene también el cuello hinchado y mucha fiebre. No para de
tiritar y a pesar de fortaleza no va a poder levantarse del camastro. Su jaima
apesta a cebolla podrida. Un miliciano libio que ha estudiado algo de medicina ,
pues el médico militar que teníamos se largó a Tripoli hace unos días y no lo
hemos visto más, dice que se trata de un virus que se transmite por la saliva
llega a los ganglios del cuello inflamándolos y que en ocasiones puede llegar a provocar hemorragias internas.
Este Dmytro se pasea demasiado en la noche para atontar el placer por los barracones
de las negras somalíes. Tiene el olor a negra sudada clavado en los
sobacos. Le he hecho que me enseñara la polla y no tiene ninguna úlcera ni nada
que se le parezca. Al bajarse los pantalones he olido como huelen los animales
que están en cautiverio, algo así como a carroña o a mierda seca reconcentrada,
el olor lo habrán dejado en su sexo las putas negras. Le he dicho que se duchara
y he salido de su jaima, luego he dado una vuelta por el cuartel general,
parece que lo de Dmytro no es contagioso. No hay ningún soldado más
enfermo.
Después
de la ronda he subido a una torre de tendido eléctrico que abastece al campamento. Pienso que algo está pasando en
Bengasi, desde que hace un año llegó Bakir un mafioso de Banglades. En Bengasi lo llaman “El que reparte la calma” ha conseguido imponer su poder en la mayor
parte de la ciudad. Es más que curioso
cómo ha logrado un pacto para acabar con el caos y los tiroteos que sembraban
las calles de muertos, lo ha hecho acercando posturas entre los grupos de autodefensa de la población, huérfana
de policía, y las bandas de mafiosos que operan en la zona. Ahora en vez de
estar enfrentados rumian con los mismos intereses. La población colabora con las bandas y las bandas reparten beneficios a los
moradores. Hay que ver lo que consigue el dinero, familias con padres hijos y
esposas Coran en mano celebrando el cobró de rescates a familias subsaharianas, egipcias, sirias y
marroquíes, incluso a los propios libios. Pero Bakir se equivoca, el poder sujeto por
los tratos con mafiosos que huelen a orín de rata, es como un vaso de cristal
vacío en manos de un niño, que juega en un jardín con el suelo resbaladizo. En algún momento el acuerdo saltará por los
aires. Es evidente que Bakir es como una cerilla encendida lanzada en un
polvorín, cualquier día algún desalmado de las bandas de traficantes violara o
asesinara a alguna mujer de Bengasi, entonces estallara la gente y Bakir arderá en su propio fuego. Aunque hasta
que eso ocurra, pasará algún tiempo. Hace unos días estuve tomando té con
hierba buena en la jaima de Akash un oficial
que luchó junto a Muamar el Gadafi, desde
que perdió la guerra, trabaja para los servicios de inteligencia europea y me
dijo que Bakir está alterando el equilibrio de fuerzas tan precario que hay en
Libia desde la muerte de Gadafí. Repetía
una vez y otra lo mismo ─Se estä haciendo con el control de las bandas mafiosas y
parece que esté dispuesto a reemplazar a Tripoli por Bengasi como puerta de
salida de los migrantes hacia Europa─. El cielo está empezando a dorarse , parece que se avecina una tormenta
de arena. Apenas puedo ver ni las paredes del cuartel. Me vuelvo a la Kasba,
haré que me preparen un baño con agua caliente y esencias marroquíes. Mandaré
que me traigan una niña negra de la casa de Job para que me frote la espalda con
la esponja hecha de flores del desierto y luego le diré que me masturbe en la
cama. Al bajar de la torre siento mi clítoris inflamado, ante la premura del
deseo latiendo cada vez más cerca. Me gustan las niñas esclavas, saben a
salitre húmedo como la piel del desierto, en ellas se ha quedado el recuerdo
del mar hundido en el lecho de arena donde hace miles de años estuvo presente.
La
tormenta de arena ha soplado al menos durante dos días, no sólo ha conseguido
que los trabajos del oleoducto subterráneo estuviesen detenidos, sino, además
el viento cargado de arena ha cubierto uno de los ramales del túnel que estaba
a punto de conectar con los conductos
principales que vienen del norte. Esto nos lleva a sumar al menos una
semana al retraso de más de un mes que llevamos, debida a la perdida de hombres
que no se incorporan a las labores de trabajo, desde que desaparecen los
camiones en los salobrales. Dos días de soportar el ruido del viento y el azote
de la arena en sus cuerpos han puesto nerviosos a los negratas. Un grupo de
migrantes intentó fugarse anoche de la ¨Casa del tio Tom¨, es el nombre que mis
hombres han puesto al barracón infesto donde duermen los migrantes que nos
llegan de Tripoli, el resto del día desde que sale el sol hasta que se pone
trabajan en la construcción del oleoducto. Las paredes del barracón son de
palos de maderas enquistados en la arena como estacas que soportan endebles
tablas de madera, algunas a medio caer clavadas de un palo a otro. El techo son
láminas de uralita que se encienden con el calor durante el día y se agrietan
por el frio durante la noche. Dentro solo hay literas medio destrozadas y
colchones por el suelo que huelen como a meado con montones de mantas revueltas
por el suelo llenas de agujeros. Todos
los negros son propiedad del gobierno ucraniano, los hemos comprado a las
mafias que trafican con ellos. Primero les piden unos mi o mil quinientos euros
para llevarlos desde sus aldeas hasta el puerto de Tripoli, durante el viaje
les roban el resto del dinero que llevan consigo y una vez en la ciudad los
conducen hasta los hangares donde los encierran como perros en espera de
embarcarlos en cayucos o balsas que los llevaran a las costas italianas. Un
argelino que había sido guardia costero y que ahora se dedicaba al tráfico de
migrantes hacía de intermediario entre nosotros y los grupos mafiosos.
Seleccionaban a hombres y mujeres subsaharianas, a veces también a marroquís y
bereberes del Sahara, a los más fuertes, los que estaban más enteros después de
duro viaje que los había conducido hasta aquí y en vez de embarcarlos eran vendidos como
mercancía a los europeos necesitados de mano de obra. Una vez vendidos los subían de nuevo a los
camiones con los que habían llegado y los conducían hacia el sur de dónde venían, alejándolos otra
vez del destino que tan cerca les
quedaba, tan solo a unas horas con el cayuco. En zonas claves del salobral
libio hacíamos el intercambio. Los hombres y mujeres eran obligados a punta de
fusil a bajarse de unos camiones y subirse en otros que los transportaban hasta
el lugar donde Europa planificaba sus proyectos. Había cientos de ellos, desde
oleoductos, centrales térmicas, eléctricas, incluso centrales nucleares
repartidos a lo largo del desierto Libio. Nuestra empresa era de logística militar,
teníamos asignada la seguridad de un
reducido grupo de ingenieros instalados en hoteles de Tripoli, que controlaban
vía telemática los trabajos del oleoducto y lo más importante debíamos encargarnos de controlar que los
plazos se cumplieran para ello nuestra misión consistía en conseguir mano de
obra a ser posible del lugar y asalariada, a bajo coste si fuera posible, con
contratos legales. Los trabajadores en todo momento debían estar bajo nuestra
custodia y protegidos de las bandas tribales, bandoleros traficantes y mafiosos
libios. Este era un proyecto financiado por Alemania, Merkel quería acabar de
una vez por todas con la dependencia europea del gas ruso. Ucrania podía participar financiándose con
fondos europeos en forma de emisión de bonos de deuda pero se le imponía como
condición que el contingente militar
para controlar la misión estuviera a cargo de su gobierno. Bajo ningún concepto
debía constar que Alemania o ningún país de la liga europea, solo Ucrania
participara en operación militar alguna que tuviera lugar en suelo Libio. Todos
los soldados que operaran en Libia debían ser ucranianos y cualquier operación
militar de alto rango estaría siempre bajo la supervisión y autorización del
alto mando militar europeo.
Antes
del intento de fuga de ayer, ha habido algunas protestas por la muerte de un
mandinga senegalés al que le impuse un castigo por agredir a uno de los
guardianes. Lo mande encerrar en un agujero excavado en una duna a unos metros
del barracón de ¨Casa del tio
Tom¨. Se trata de un agujero perforado en la arena de unos diez o quince metros
de profundidad, los soldados le han puesto el nombre de ¨subida infinita¨ la
salida al exterior está tapada por una plancha pesada y redonda de hierro con
largos salientes que la prolongan yque quedan encajados en los bordes de la
arena, la plancha tiene unas rendijas que dejan pasar el aire y algo de luz del
día. Una vez te arrojan al foso y dejan caer la plancha, sólo puedes salvarte
si permaneces durante el cautiverio en la quietud más absoluta, pero en cuanto
intentes salir al trepar por las paredes de arena acabas por provocar desprendimientos,
cada vez mayores, lo siguiente es morir sepultado por una montaña de arena. El
senegalés un mandinga joven y musculoso al parecer no pudo resistir el impulso
de trepar una y otra vez por las paredes flácidas del foso en búsqueda de su
libertad. Despreció la quietud que era la que le dictaba la vida. En la
fuga han participado seis negros y uno
de ellos al parecer continúa fugado. Como Dmytro está postrado voy a organizar
una patrulla para capturar a ese negro con los hombres de peor calaña de la
compañía. Ellos son como yo, estamos templados por la misma espada y olemos a
sangre. En otros tiempos fueron estibadores, oficinistas, portuarios,
militares, obreros hasta que se cansaron de ser machados por los comunistas y
se enrolaron en las filas del Maidan. Ahora
son soldados vengativos y sangrientos, cómplices de la muerte. Los soldados dicen que es
extraño que no haya regresado uno de los fugados, lo más probable es que este
muerto en algún lugar del desierto no muy lejos de aquí, o bien que algún grupo
de bereberes le hayan dado cobijo en sus
jaimas. Si esto último es cierto ordenaré a mis hombres que les den un
escarmiento. Mandaré quemar sus jaimas,
degollar a los dromedarios, llenar de balas los cuerpos de los viejos, hacer
prisioneros a los jóvenes y les daré carta libre para llevarse a sus jóvenes
hijas al cuartel general para servirse de su sexo y cuando estén cansados de
ellas las dejen encerradas en la ¨casa de Job¨ así llaman mis hombres a una
empalizada larga que alberga varias chozas de adobe de forma alargada medio
derruidas y muchas de ellas con agujeros en vez de ventanas que sellan con paja y madejas de esparto cuando sopla la
tormenta de arena. Es en ese maloliente cubículo donde tengo encerradas a las
putas negras secuestradas en los muladares apestosos del puerto de Tripoli. Mal
viven, mezcladas con alguna bereber que hemos sustraído al desierto en alguna
salida de reconocimiento. A ellas les dejo hacer fuego y tener utensilios de
cocina para que les hagan comida a los negros y les dejo cantar y cumplir con
sus rituales a cambio de que una noche al mes cuando hay cuarto menguante y no
caben más estrellas en la bóveda celeste se abran de piernas para que esos
negros se desfoguen en sus adentros. Estas negras no tienen apenas
inteligencia, están llenas de prejuicios, son supersticiosas y se rigen por
impulsos primitivos, apenas sabrían desempeñar el papel que tiene la mujer en
una sociedad que goza del talante de la libertad. Solo entienden de servidumbre
lo llevan en sus genes apocados. No luchan, no se rebelan contra el destino se
dejan machacar por la lengua del sufrimiento, siempre temblando con la mirada
aterrorizada, sobre todo en las más jóvenes. A veces cuando estoy en la
habitación de la Kasba fumando hachís pienso que me gustaría que tuviesen en sus
genes algo de los míos. Que se parecieran en algo a mí, a Svoboda. Ese es mi
nombre, y soy la hija menor de los siete hijos de un coronel del ejército rojo
desplazado a Kiew, un borracho empedernido que en vez de ir a las casas de
putas en Kiew las traía a casa para follarlas delante de mi madre. Una enorme
masa de músculos que media casi los dos metros, con una nariz bulbosa, de cara
enrojecida y chata que cuando se ponía de wodka hasta las cejas no dudaba en
doblar a palizas a mi madre, una mujer débil que lo conoció demasiado joven, de cara blanca redonda y
suave, con trenzas rubias y de espíritu
encogido como estas negras. A mi madre la aplasto un tanque ruso durante la
guerra con Crimea y mi padre huyó de Kiew cuando los del Maidan tomamos el
parlamento por la fuerza. Aunque los ideales nos separaron yo Svoboda, su hija
pequeña, lo admiraba tanto como despreciaba a mi madre. Ambos llevamos inscrito
en la frente una condición firme, la de haber nacido para creer en algo. Desde
que era pequeña me enseño que no es posible concebir grandes ideales sin
derramar sangre. La guerra es conquista, dominar es crecer en la vida. Me enseñó
a ser desconfiada con los demás a despreciar a los débiles y timoratos que no
hacen ostentación de la fuerza, a luchar como un samurái contra los lacayos que
defienden a sus amos políticos, que no son más que chorizos ignorantes. El me
convirtió en una vencedora me educo para vivir en tensión constante para
defenderme de los rojos, de los negros, de los politicastros corruptos, yonkis,
rastas haitianos, negratas craqueros, vagabundos y demás chusma humana, que se apila en
nuestras fronteras pidiendo paso. A todos ellos les dedico desde el salobral de
Libia gestos desafiantes y les digo que no me temblará el pulso si tengo que
usar la fuerza para salvar al mundo de esta peste mundana y contagiosa.
Las
subsaharianas negras son una tabla rasa, creen que las niñas bereberes están
poseídas por los espíritus malignos, en cuanto encuentran ocasión las torturan.
No hace mucho, antes que fuera molida a palos por una manada de senegalesas
enfurecidas, por haber derramado una garrafa de plástico repleta de agua,
conseguí rescatar a una niña bereber; la arranque de entre aquellas manos
sucias y terrosas , almohadilladas por callos como las pezuñas de los caballos
y me la lleve a la Kasba. Su piel tierna tenía labrado un camino que siguieron
mis manos hasta llegar a recovecos profundos que silenciaron el temblor de mis
dedos al encontrar la quietud en su desflorada vulba. Pero no tarde en
devolverla a la ¨casa de Job. Se pasaba el día gritando y era presa de
convulsiones que le obligaban a darse de cabezazos contra las paredes y el
suelo de la Kasba. Antes de devolverla a la guarida de aquellas hienas negras
ordené que le cosieran con alambres la vulva para que los negros no pudieran
destrozarla del todo por dentro.
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