LA CASA DE LAS VENTANAS
En la primavera de mil novecientos setenta,
mi empresa me destinó a Tryp City, (Ciudad de los Viajes). Entonces ignoraba
que existiera una ciudad que pudiera llamarse así en todo el Estado de
Minnesota. A decir verdad, cuando el jefe lo propuso no pensaba que una
población con ese nombre, entrara en los planes de promoción de una empresa
dedicada a la venta de comida para animales domésticos. ¿Qué se les había
perdido allí? Era más bien una ciudad
pequeña, apenas tenía censados veinte mil habitantes y no os miento cuando os digo que en invierno,
hacía un frio polar. Me daba vueltas la
cabeza –algo así como vértigo- solo de pensar en vivir bajo esas condiciones
climáticas y tampoco llegaba a entender como una mascota –por lo delicados que
llegan a ser los animales domésticos- era capaz de soportar las bajas
temperaturas de aquellas noches interminables de invierno. No era posible que
cualquier animal hogareño, -ni ataviado de lana- se resistiese a acabar con congelaciones, si
el dueño insistía en sacarlo a dar un
paseo nocturno con el fin de satisfacer sus necesidades fisiológicas. Tras
pensarlo hasta altas horas de la noche, me convencí de que ese proyecto tenía
las horas contadas, lo tenía tan claro que ni tan siquiera me puse a preparar las maletas. Además no tenía
ninguna intención de irme de Pensilvania, me venía francamente mal, acababa de
conocer a una chica que me gustaba, se llamaba Linda, nos veíamos a menudo
desde hacía unas tres semanas. Me largué a la cama con una decisión tomada: ¨Si
la empresa continuaba adelante con esa idea tan descabellada, les diría que el
jefe mandara otro vendedor¨
Unas horas después me desperté con una
pesadilla. El corazón bailaba desbocado dentro del pecho y mi cuerpo sudaba con
profusión. Segundos más tarde había cambiado de opinión. La responsable de
aquel cambio repentino no era otra que Karen, mi compañera agregada del
gabinete de ventas, una rubia delgada, de piernas estilizadas que a diario se
pintaba los labios de color rojo. A menudo paseaba por las oficinas,
exhibiéndose con actitud sensual y provocativa que subía de tono cuando el jefe
nos llamaba a su despacho. No albergaba dudas al respecto, aquella pesadilla me
lo acababa de advertir; si rechazaba el trabajo ella, no dudaría en correr a
solicitarlo de inmediato, para quedar bien ante el jefe. Luego, tras colgarse
los galones suficientes para devaluarme ante sus ojos, estaría en buena
disposición para desplazarme de mi puesto como coordinador de ventas del
departamento. No podría haber seguido trabajando en aquella empresa siendo un
subalterno; mi vida se hubiera convertido en un infierno. Nunca le caí bien a
Karen desde que la destinaron a mi
departamento siempre que estaba en sus manos me hacía la vida imposible.
Estaba convencida, de que ella tenía más cualidades que yo para desempeñar
mejor el cargo que me había asignado el Consejo Directivo.
Seguro que de su sensual boca, saltaba un
rotundo: ¡SI! No se lo iba a pensar dos veces, en cuanto se lo ofrecieran. No
podía arriesgarme que fuera a Trip City,
le salieran las cosas a pedir de boca y
volviera al departamento, con un cartel de impresión, más triunfal y altanera
de lo que ya se mostraba en el día a día, con su trabajo. De inmediato yo
pasaría a segunda línea, convertido en chupatintas, uno de esos pobres diablos
que se arrastran de despacho en despacho todo el día anotando números para
confeccionar estadísticas. No tuve más remedio que aceptar la oferta. ¿Cómo iba
a permitir que se fueran al traste los logros que con tanto esfuerzo había
alcanzado después de tantos años en la empresa?
Ningún vendedor, hasta ahora, había llegado tan lejos como yo lo había
hecho. Durante muchos meses, a lo largo de años, había ostentado el primer
lugar en el ranking de ventas, lo cual, no cabían las dudas, me había hecho
merecedor del puesto que actualmente ocupaba.
Llegué
al atardecer, a Trip City, tras un largo viaje en bus de ocho horas, después de
aterrizar en el aeropuerto de Minneapolis. Mientras despegaba los párpados tras
haber intentado dormir algo durante el trayecto, sin haberlo apenas conseguido,
contemplaba desde mi asiento como el bus se adentraba en unas de las calles
desiertas. En verdad tal como había sospechado, con solo entrar en la
ciudad me pareció inhóspita. Cuando el
bus se detuvo, fui el único viajero que se apeó en aquella parada. El
conductor, un hombre negro que portaba en su cabeza una gorra del equipo de
beisbol de los Minnesota Twins se levantó de su asiento, abrió el maletero y
descargó mi equipaje. Hice rodar mi maleta, sobre una acera repleta de planchas de hielo grisáceo en descomposición,
andaba con cautela para no resbalar, saqué de mi bolsillo una libreta de notas:
Hotel Town-Place; Street: Nº 635-D; Dto.
2ª Nº 112. En el cielo, las nubes flotaban pegajosas a unos metros de mi sombrero,
en ese momento silbé a un taxi que venía calle abajo. Le mostré la dirección,
sin mediar palabra, activó el taxímetro y se puso en marcha.
Era
un hotel antiguo construido quizás unos cincuenta años después de que se
firmara la Independencia, había sido restaurado en dos ocasiones la última
hacía tan solo unos tres años. A primera vista parecía confortable, en la radio
de recepción se escuchaba música ambiental y había flores en todos los jarrones
del hall. Un botones negro se encargó de subir el equipaje a mi habitación,
cuando salió tras soltarle una suculenta propina cerré la puerta con llave,
deposité mi maletín en el suelo, lancé mi sombrero sobre la cama, colgué la
gabardina en el perchero y me tumbé en la cama. Mientras exploraba el techo desnudo
de la habitación, me quedé dormido. Al despertar, tuve la sensación de haber soñado bastante, aunque
no conseguía recordar nada. Estaba sobresaltado, sin motivo alguno sudaba al
mismo tiempo que sentía mi piel irritada, como si alguien se hubiera dedicado a
derramar sobre ella algún producto
tóxico mientras dormía; lo cual no era
posible pues no me había dado tiempo a quitarme la ropa al caer sobre la cama.
Miré las agujas del reloj en mi muñeca, eran las tres y cinco de la madrugada.
Unos destellos de luces furiosas se reflejaban en los cristales de la ventana.
No tardé nada en levantarme y abrirla, a continuación me asomé a la calle. Era
muy estrecha, enfrente de mí se
alzaba un enorme edifico, lo mismo si
estiraba los brazos podía llegar a tocar sus paredes. Era gigantesco daba la
impresión de ocupar una manzana entera.
No se parecía en nada a ninguno de los otros edificios por donde anduve nada
más llegar. Su fachada estaba iluminada
con miles de luces de neón que destellaban sobre el gris del cielo, que
continuaba ennegrecido y sin estrellas. Tenía forma de prisma y una de sus
aristas casi llegaba a tocar la pared de la casa que lo circundaba. Era como un
abanico de colores lanzado al océano de
la noche para iluminarlo sin descanso, debajo de cada neón pulsante incrustadas
dentro del ladrillo se podían contemplar
innumerables ventanas, todas del mismo
tamaño, dispuestas en largas e inacabables filas centrales ,una por cada
piso del edificio Al parecer estaban dotadas de un sistema mecánico, eso
explicaba que acompañando la orquesta lumínica, unas persianas blancas de
manera rítmica se abriesen de izquierda a derecha y luego se cerraran en sentido contrario, siguiendo siempre la
misma cadencia. Al principio llegué a pensar que podía tratarse de una gran
nave espacial, que emitía mensajes de colores hacía el firmamento en mitad
de una ciudad perdida en la geografía del Norte de los Estados Unidos de
América. Aquella visión no me intranquilizo, muy al contrario, acabó con el
sobresalto con el que me había levantado hacía unos minutos y mi mente se
dispuso con placidez a entrar en un estado celestial, como sí de un trance se
tratara. Cerré la ventana, me di una buena ducha caliente y no sabría
explicar el porqué, pero me tragué un somnífero; lo mismo porque deseaba volver al sueño de donde me
había arrancado esa visión embrujada.
Lo cierto es que a la mañana siguiente, todo
vino rodado. Tryp City era una ciudad
que en nada se parecía a otras en las que había intentado la promoción de
ventas de mis productos. Desde el principio tuve la sensación de estar como en
casa (a pesar de lo inhóspita que me había aparecido a su entrada) como si
desde siempre aquella ciudad, hubiera estado esperando mi llegada. Era abrir
los catálogos y llover pedidos. En dos días había cerrado seis contratos,
cuatro de ellos en nuevas zonas comerciales que proliferaban como hongos, en
las afueras de aquella gélida ciudad y otros dos, en negocios caseros, pero no
por ello menos sustanciosos. Al mediodía, descansaba en un bar del centro.
Sentado en un taburete de la barra, una joven y agradable camarera me servía
una hamburguesa especial con un batido de frutas. Aquel lugar me reconfortaba.
Al acabar salía del bar con un café largo bien cargado y reanudaba la jornada,
hasta que las espesas nubes negras de
nuevo rozaban las alas de mi sombrero. Eso tenía lugar alrededor de las
seis de la tarde.
Regresaba al hotel, y sepultaba mi cuerpo
cansado sobre la cama, apenas me
quedaban fuerzas para quitarme la ropa; el cansancio cerraba mis
párpados ocultándolos en el sueño. Habría pasado al menos una semana, cuando en
medio de una noche desperté de nuevo sobresaltado y volví a sentir la misma
irritación en la piel que días atrás, aunque esta vez era mayor la sensación de
escozor, llegó a ser tan intensa, que frote profusamente mis brazos; un
sarpullido rojo apareció a lo largo de la piel de mis brazos y se extendió
rápidamente hasta el pecho. Froté mi piel con saña hasta que se alivió la
sensación de prurito, cuando de nuevo en la ventana se reflejaban las luces de
la calle. Al abrirla hizo de nuevo su aparición, en medio de la noche, como
surgido de la nada el mismo bloque de
aquel gigantesco edificio. Recordé la conversación que había mantenido con el botones hacía unos días en la escalera,
cuando le pregunté si podía decirme algo al respecto de aquel fantasmagórico
bloque de viviendas. Dijo que se llamaba “La Casa de las Ventanas” que había
sido una fábrica de cerillas propiedad de un rico financiero que vino desde
Alabama a Minnesota. Hacía tiempo que el negocio se había ido a pique. Bajaron
las ventas cuando un buen día saltaron al mercado los mecheros de gas y tras
perderlo todo, el negociante acabó marchándose. Desde entonces la fábrica
estaba abandonada, ahora no era más que
un basurero, un estercolero, en donde se amontonan junto a la basura:
vagabundos, mendigos, prófugos, alcohólicos drogadictos y prostitutas. Estaba
pendiente de una orden de derribo pero las autoridades no se atrevían a
ejecutarla. La verdad es que no daban con el paradero del propietario y
mientras no lo hicieran, no estaban seguros de que fuera legal derribarla. El
asunto está en manos de un juez, pendiente de veredicto.
¡Cómo no había caído en la cuenta! tantos
días en la misma habitación, y aún no había visto que la ventana daba a una
especie de balcón diminuto, con un descansillo desde donde comenzaba una
escalerilla de hierro que se descolgaba hasta la calle. Uno a uno bajé los
escalones. Abajo se amontonaba la basura, se veían correr las ratas y las
paredes repletas de pintadas daban una impresión de abandono y miseria a toda
aquella manzana. La calle era tan estrecha que tenía que apartar los cubos para
poder andar, en ocasiones tuve que avanzar con el cuerpo ladeado rozando las
paredes con la espalda. Me detuve al llegar a la altura de una colosal puerta
metálica pintada de azul con una gran mirilla. Las luces de neón comenzaron a
encenderse, al juego de colores se sumaron los ruidos acompasados y maquinales
de un abrir y cerrar de ventanas. Golpeé con los nudillos, alguien desde dentro
la dejó entreabierta. La impulsé con las manos, momento en el cual las luces de neón se encendieron y
parpadearon con tal intensidad; que acabaron por lanzar después de transformarse
en una nube refulgente, una especie de radiación que me alcanzó de lleno. A
modo de un calambre electrizante se esparció con gran impulso a través de mis
fibras nerviosas. La puerta cedió al empuje de mis manos hasta quedar
completamente abierta. Di varios pasos
al interior de aquel edificio que
parecía engullirme. No sentía miedo, sólo experimentaba la sensación de una fuerza desconocida, como si un inmenso
imán me atrajese sin remedio hacia algo desconocido. Andaba por una gran sala
de forma piramidal, hasta que se abrió a mis pies un gran foso negro y redondo;
era como una gran espiral alargada en forma de caracol con rampas deslizantes.
Pensaba que iba a resbalar si intentaba seguir, pero al dar un paso adelante me
percaté que mis pies permanecían estables, anclados al suelo. Al bajar por las rampas, mostraban colores diferentes
según al nivel que descendía;
muchos de los cuales mi retina
era incapaz de reconocer. Continué bajando siguiendo aquellos sinuosos caminos
hasta perderme en un profundo laberinto subterráneo en las mismas entrañas
coloreadas de la tierra. No sé cuánto tardé en llegar hasta el final del foso,
pero cuando lo hice una gran plancha de metal rojo y caliente vibraba bajo mis
pies. Se trataba de una vasta plataforma, me instalé encima de ella, segundos
después comenzó a descender, cuando se detuvo: ante mis ojos se exhibía una
gran ciudad con un cielo repleto de estrellas. Los enormes edificios conformaba
inmensurables avenidas que descansaban sobre
grandes columnas de neón y de cada uno de los bloques se lanzaban
interminables haces de luz que dibujaban un firmamento repletos de puntos de
luz que me alumbraban. La gran caricia de la ciudad de la luz se expuso en toda
su grandiosidad ante mí. De repente sin
saber porque, pensé en mis ventas del día siguiente, y en que tal vez
Linda creyera mi historia cuando se la
contara.
─Jefe,
la policía ha encontrado a James -dijo un empleado con voz cínica- Se ve
que ha liado una gorda.
─ ¿Dónde está ese cabrón? Cuando lo tenga
delante de mí, se va a enterar. Firmó cientos de contratos en ventas, en Tryp
City, le enviamos las partidas y desapareció como si se lo hubiera tragado la
tierra─
─Lo encontraron en una fábrica abandonada,
ha llamado el médico de la cárcel, dice que tiene alucinaciones o algo así.
─ ¿Han dicho algo del dinero? De lo que me
ha robado estos meses
─No, de eso
no han dicho nada─
──Llamad a Karen y que salga ahora mismo
para Triyp City, -el jefe agitó sus brazos al aire, con gesto de rabia y dijo-,
¡A ver si nos enteramos de que pasa!──
En el penal, psiquiátrico de Los Ángeles
comenzaba un encuentro entre James y el psiquiatra de la cárcel.
──Dígame James – pregunto el psiquiatra- ¿le
suena el nombre de una ciudad que se llama Tryp City? ¿Golpeó hasta matar a un mendigo en la
antigua fábrica de cerillas?
James levanto su mirada, suelta y relajada-
sonrió-
─Hábleme de esa ciudad ¿Es allí donde esta
¨ La Casa de las Ventanas¨?
En ese mismo instante Karen, bajaba del
autobús en Tryp City, la tarde era como siempre grisácea, gélida y caía como
una gran penumbra sobre su espalda.
Hola, soy Boro. Deciros que, como he publicado en un mail aparte, que me borro del curso por falta de motivación.Que os vaya bien y escribáis mucho y bueno.
ResponderEliminarSaludos