domingo, 25 de febrero de 2018

LA CAMPESINA Y LA CABEZA DEL CAMIONERO AMERICANO

            En un encuentro anual de ¨Camioneros por la escritura¨ en Connecticut  ¨Señor presidente¨ me pidieron que escribiera un cuento de terror. A nadie pareció llamarle la atención , o más bien no quisieron darse cuenta, que yo un camionero hispano llamado Nelson   paseara  por el hotel de la convención con  un cuerpo mutilado y desprovisto de cabeza  Al principio  pensé en escribir sobre esos seres imaginarios que pueblan nuestra mente y que se esconden en los desvanes, o en  habitaciones con las puertas cerradas, o en los cementerios y que vagan como fantasmas en las noches como fuegos fatuos, asustando a los humanos pero que siempre acaban por ser descubiertos y desapareciendo de escena  dejando de ser un peligro  cuando el problema que los engendró desaparece. Y eso me pareció que ya estaba demasiado manido, por eso escribí lo que en realidad me había pasado a mí en uno de mis viajes por Irak.  Pero yo no estoy aquí sentado con usted para hablarle de lo que les conté aquel día a mis amigos, después de que estuviera como ustedes dicen muerto. Estoy aquí  sentado delante de usted para que dejen de decir que el camionero que desapareció en el desierto de Irak se lo encontraron muerto y medio enterrado bajo la arena del desierto sirio ¿dígame ¨Señor Presidente¨? ¿Dónde está la cabeza de ese cuerpo que encontraron? .Le voy a contar  lo que de verdad le ocurrió a ese cuerpo que encontraron. Escuche con atención Señor Presidente de los EEUU, los acontecimientos que llevaron a la perdida de mi cabeza.
            ─Desde que me secuestraron en la carretera que va de Basora a Tikrit unos días antes aunque pudieron ser semanas, pues había  perdido la noción del tiempo, estaba  encadenado a las paredes de  una cueva. Me movía tan solo en un radio de una circunferencia de unos cuatro metros y a veces  sobre un charco de orines e inmundicia, que solo en ocasiones limpiaban mis captores.
            El techo era tan bajo que apenas podía ponerme de pie. Fui torturado en dos ocasiones, hasta que debieron averiguar que a pesar de ser americano, no  era más que  un simple camionero y nada tenía que ver con el estamento militar. Pensaba en aquellos momentos que me usarían como rehén. Mis captores pedirían un rescate el estado pagaría y fin del problema.  Tan solo era un ciudadano americano, que trabajaba para una empresa de Arabia Saudí trasportando petróleo desde los pozos a las refinerías de  Bagdad. No conocía secretos de guerra, ni tan siquiera abastecía de carburante las tropas americanas. Si hubiera sido soldado estoy seguro que me habrían matado no sin que antes me hubiesen torturado y sonsacado información militar.─
            Pero los hechos no sucedieron tal como pensaba y se los voy a relatar  como si estuvieran pasando en este momento Señor Presidente; porque de este modo  entenderá mejor lo que pasó allí,  lo vivirá con más cercanía, será como contarle una película en tiempo real. Y si es capaz cuando haya  acabado de contarle  la historia de continuar ocultando la verdad al pueblo americano, solo entonces cuando diga que ustedes mintieron y que solo encontraron un cuerpo sin cabeza. Entonces este cuerpo despezado le brindará su mano y le mostrará el camino donde poder encontrar su cabeza y de este modo podrá descansar en paz para siempre en un ataúd blanco envuelto en los colores de la bandera americana.
Escuche  Señor Presidente esto es lo que me ocurrió cuando aún tenía cabeza, se lo voy a relatar cómo le he dicho como si me estuviera pasando ahora.
             Un barbudo con turbante acaba de ponerme una capucha negra en la cabeza y apenas puedo respirar. Pienso que lo mismo ha llegado el momento del acuerdo que sirva para liberarme.  Deben de haber pagado ya el rescate y están ultimando los preparativos para llevarme  hasta un lugar seguro  donde poder hacer  el intercambio. La capucha la llevo para que no reconozca el camino y no los pueda delatar.
            Alguien ha entrado en la cueva, habla en árabe. Su voz se eleva con una claridad lechosa, arrastrando una corriente sucia  como si hubiera encendido una luna negra. Se trata de una mujer. Parece que hace  preguntas, sin parar, como demandando en su inquietud respuestas rápidas  y precisas. Me da la impresión de que la voz espesa cada vez más el aire enrarecido de la cueva con sus palabras. Ahora grita de manera salvaje, sus gritos son agudos, parecen notas estridentes de violines desafinados que chocan contra mis tímpanos y los resquebrajan como si estuvieran hechos de  un cristal delicado. Tengo miedo. La mujer parece dar órdenes a los demás sin parar. Escucho como un revuelo de botas un tanto alejadas, que se mueven  sin descanso por el suelo de la antesala de la cueva. Desde que entró la mujer se aspiran  del aire bocanadas demoniacas. Una esencia como de cabra asada crepita en la negra oscuridad de la capucha que se pega a mi cara.  
            La presencia de ella en la cueva me hizo recordar, que  no hace mucho en uno de mis viajes con el camión, al cruzar uno de los pasos fronterizos en Aman, un soldado americano me habló de una mujer miembro de las milicias de Al-Qaeda. La llamaban la ¨Campesina¨. Le habían puesto ese nombre porque todos los ataques que lleva a cabo tienen un sello común:
            Arrastra un carro y tira de él con sus propias manos; va cargado de especias, pasas, dátiles, limones e higos secos. Se hace acompañar por varios niños sucios y vestidos con andrajosas chilabas. Cuando llegan  a lugares estratégicos cercanos a mercados, objetivos militares, embajadas, cuarteles de tropas aliadas, puestos de control o depósitos de armas, los niños cargados de explosivos abrazados a los recovecos de sus sagrados vientres, se lanzan contra ellos al grito de ¨Ala es Grande¨ haciendo estallar su carga. La ¨Campesina¨ aprovecha el desconcierto de los primeros instantes que siguen a la detonación para huir, dejando un reguero de sangre por donde flotan miembros amputados, cabezas rodantes y cuerpos medio destrozados en un aquelarre de destrucción y muerte. El humo con aroma a carne humana quemada que flota en el aire después de la explosión, junto con  el  polvo que huele también a chamusquina la vuelven invisible;  tan solo una vez, en un atentado en Bagdad, por los alrededores del ¨Palacio Real¨ estuvieron a punto de darle caza, pero consiguió escapar. Los soldados vieron como el sol apareció como una bola gigante anaranjada y atropelló sus ojos, para a continuación  desaparecer de inmediato dando paso a un cielo negro que abrió pasadizos interminables en el suelo por donde desapareció, como un pez dorado abriendo las agallas de la muerte.  ¨La Campesina¨ ; los soldados decían de ella que era una mujer diablo, nacida de las mismas entrañas negras del Isis. También la describían como un ser sinuoso, como una tea encendida y flotante  que alumbra los caminos repletos de escombros humanos.
            Estoy empapado en sudor y respiro tan rápido que en ocasiones aspiro  la tela sudada de la capucha y  tengo que toser con fuerza  para expulsarla de dentro de la boca, sino acabaría por asfixiarme. Al menos dos hombres me sujetan por los hombros, oigo como no para de dar órdenes la mujer. Les dice que me golpeen en las piernas hasta que consiguen ponerme de rodillas. La capucha debe estar empapada. No puedo abrir los ojos porque el sudor de la frente gotea y cae dentro de ellos, mezclándose con el polvo sucio de la capucha que cuando se seca, me raspa la córnea. Es como si me mordiera una rata en el centro de los ojos
            La presencia de quién puede ser la  ¨Campesina¨ me inquieta, tengo miedo, no puedo verla. Alguien se acerca, apoya su mano en  mi cabeza tapada y aprieta con fuerza, hunde sus dedos en mis sienes. Un dolor agudo  recorre todo mi cuerpo como una descarga eléctrica que llega hasta la punta de los pies. ─Soltadme malditos hijos de perra─. Mis gritos se apagan dentro de la capucha. Intento calmarme,  al otro lado de la capucha ahora solo  escucho balbuceos encubiertos y  apagados. Estiro con fuerza de las  cadenas, en un esfuerzo inútil por soltarme y solo consigo hacerme daño en las muñecas.  Alguien tira hacia atrás de mi cabeza encapuchada y extiende el cuello con violencia, un latigazo azota mi espalda, me hace llorar y respirar a una velocidad endiablada. El dolor es tan agudo que caigo al suelo, Me levantan entre dos, intentan dejarme de pie pero  las  piernas comienzan a temblar, apenas me sostienen. Me derrumbo y caigo en el suelo, solo de pensar que está cerca  la  ¨Campesina¨ me salen cristales de terror por los ojos. Estoy a punto de perder  la conciencia. En ese momento de duerme, vela noto un ardor sucio y quemante ahumándose en el pecho, son unas manos extrañas que golpean sobre las costillas. Siento esas manos perversas agitar mi corazón que acaba por perder el control y viaja a una velocidad endiablada, cargado de adrenalina como un carro tirado por caballos desbocados apunto de caer por un precipicio. No tengo duda, a pesar de que no la veo huelo su presencia azufrada, es la ¨Campesina¨ la que va rompiendo con sus puños  una tras otra todas mis costillas. El terror alienta mis pensamientos que corren de un lado a otro en un galope frenético y agotador donde se suceden imágenes que apenas se detienen en mis retinas.
            Voy a  desmayarme, siento mi alma escarchada, tan gélida como mis brazos y  piernas, pero  lucho por no cerrar los ojos. El dolor consigue  mantenerme  alerta pero es de tal intensidad que acaba por agotarme y me sumo en un sueño difuso y sangriento me veo como si estuviera atrapado por una red en el fondo del mar, luchando  por liberarme de ella, mientras unos rostros barbudos me miran con caras sonrientes y burlonas. Un golpe seco en la espalda, me devuelve de nuevo a la vigilia. De nuevo en mi sangre circulan ríos de adrenalina. Escucho ruidos de cerrojos,  entran un grupo de hombres que hablan alto, dan la impresión que tienen prisa por acabar  algo. La ¨Campesina¨ habla con ellos.
            Me encuentro acorralado, miserable, sucio e impotente, me voy haciendo cada vez más pequeño, pienso que van a matarme. De nuevo dos hombres me levantan del suelo. Hago un intento en vano de  mirar a través de la capucha; pero mis ojos secos no alcanzan a ver nada, solo bultos y sombras miserables que se desplazan sin parar, encerradas como yo por la cueva .De repente escucho un sonido metálico, como cuando se enciende un micro de prueba, que resuena en toda la cueva. Han arrastrado mi cuerpo desvanecido ,al parecer, hasta la antesala de la cueva, estoy a punto de vomitar, pero si lo hago acabaré por ahogarme con mis propias flemas. A final solo son arcadas.
            Me vuelven a poner  de rodillas. Estoy confuso y agotado. He dejado de creer en mí mismo, han conseguido unir la muerte conmigo; estoy empezando a perder la cabeza y la calma. Por detrás alguien me sujeta por los hombros para que mi cuerpo no se venza. Noto como me orino encima. Los del Isis  empiezan  a entonar un cantico, o un rezo, mi corazón se acelera tanto que me duele el pecho; estoy empapado de sudor.  Me han vencido, he perdido la última gota de esperanza, si es que en algún momento la hubiera.
            Una opresión fuerte en la boca del estómago  hace que se encoja  todo mi cuerpo. Me caigo hacia un lado pero alguien me sujeta; un olor pestilente procedente de mi entrepierna se cuela por los rescoldos de la capucha. Me agarran y me estiran de la cabeza, algo frio y cortante resbala por el cuello.

            Las proclamas que lanzan suenan  cada vez con mayor fuerza, mientras la voz de e nuevo estoy a punto de vomitar, entonces un fuego impregnado de olor a carne  recorre la piel de mi cuello;  el sonido de los rezos desaparece al igual que desaparece cuando sumerges la cabeza en el agua. Mis ojos permanecen abiertos dentro de la oscura capucha; la vida se derrumba, es como si hubiese volado a un lugar desconocido.  Mi cuerpo se desploma en el suelo, pero mis ojos siguen abiertos. Ahora pueden ver a través de la capucha y miran como ¨La Campesina¨  exhibe como un trofeo  mi cabeza colgando de  una de sus manos mientras  con la otra blande al aire un cuchillo ensangrentado. En ese momento, no me cabe duda que la cadena Al Jazeera está emitiendo un vÍdeo que todos los americanos, incluso mi mujer y mi hijo de ocho años, estarán viéndolo en el sofá de sus acomodadas casas.

domingo, 18 de febrero de 2018

PARTERRES FLORIDOS





PARTERRES FLORIDOS


Cada día me costaba más esta faena. Mis piernas ya no daban de sí. El reuma me mataba. Iba a ver lluvia, seguro. Ellas no mienten.
Toda una vida doblando el espinazo sobre la tierra pasa factura. Aún me acuerdo cuando ayudaba a mi madre a recoger las patatas. Las poníamos en capazos  y,  de vuelta a casa, las cargábamos en el carro  y al mercado de los lunes a venderlas, hiciera frío o calor, lloviera o hiciera un sol de justicia.
Otras veces tocaban manzanas.

Y así nos íbamos sacando un dinerillo para sobrevivir. El campo no daba para mucho.
El padre había marchado hacía dos años. Se fue un lunes al mercado como siempre y ya no volvió. Nadie nos dio razón de su marcha o sabía por qué se fue, pero las malas lenguas decían que se largó con una del mercado que hacía tiempo le había engatusado. Una puta lagarta, está claro.
Y así mi madre tuvo que hacer de padre y madre. Cuidaba de la casa y cultivaba los pequeños huertos antes atendidos por mi padre. Yo le acompañaba al mercado aunque ella prefería que fuese a la escuela, pero a mí no me gustaba ir allí. Las niñas –pues era solo una escuela de niñas, los niños iban a otra separada de la nuestra- se burlaban de mí porque decían que mi padre no me quería porque se había ido con otra y no iba a volver.

                                   ¡Pobre niña campesina,
                                        pobre niña campesina!
                                      Nadie la mima,
                                        nadie la mima.

Aquello me torturaba y torturaba, pero no iba a demostrarles a aquellas niñas estúpidas y malvadas el daño que me hacían. De vez en cuando yo les ponía algún bicho muerto en sus carteras o sus mascotas aparecían muertas en alguna cuneta. Nunca me pillaron.
Llegó un momento, ya adolescente, que me vi en la necesidad de ayudar en la economía familiar. No podía ver a mi madre deslomarse llevando la casa, cuidando los huertos y yendo a limpiar las casas de la gente pudiente del pueblo y encima soportar a aquellas cursis y estiradas brujas mirándole con compasión fingida o diciéndole descaradamente que era terrible aquella huida de su marido, pero en algo no debía haber cumplido como esposa cuando él prefirió irse con otra. Mi madre no tenía más remedio que callarse para mantener el puesto y que le siguieran comprando en el mercado. ¡Malditas putas! Cuando me lo contaba al llegar a casa a mí me hervía la sangre. Les hubiese hecho callar a esas bocas que solo vomitaban maldad. Pero mi madre me temía y ya no me dejaba acompañarla al mercado por si me iba de la lengua con alguna de aquellas arpías.
Dejé la escuela con 15 años y me busqué un trabajo. Por entonces necesitaban a alguien para ayudante del enterrador. Estaba mayor y querían alguien joven, fuerte, para limpiar, cavar la tierra para los enterramientos, ayudar a llevar los féretros, mover las lápidas. Al principio no me hicieron ni caso cuando demandé el empleo. Pero yo insistí e insistí. Era una chica recia y fuerte y `podía ser una muy buena ayudante. Pero nada: una chica trabajando en el cementerio, ¿dónde se había visto aquello?  Pero pasaba el tiempo y nadie se ofrecía. No estaba bien visto aquel oficio. Incluso la gente rehuía encontrarse con el enterrador: daba mal fario siquiera saludarle.
Al final me aceptaron. Después de todo era la hija de una campesina abandonada, yo ya había dejado la escuela y no se me veía mucho futuro.
Pronto me hice con la complicidad del enterrador, pues yo aprendía rápido y bien. Y me sentía muy a gusto en la paz de aquel sitio. Al menos nadie se metía conmigo.
Me gustaba leer las lápidas de los allí enterrados:

                                                                    R.I.P.
                                                                 José  A. J.
                                                                1850-1910

Me imaginaba qué vidas habían llevado aquellos que me precedieron. Si habían muerto jóvenes o viejos. Y me preguntaba de qué habrían muerto: del corazón, de cáncer, de un tiro, atropellados. ¿Ellos habrían sido fieles o también habían abandonado a sus esposas los muy cabrones?

Y mi madre murió. 

Tuve que hacerme cargo de la casa, del huerto, de ir al mercado. Y lo que creí había caído ya en el olvido empezó otra vez. Cuando los lunes volví a vender la gente empezó a rehuirme. No me compraban. Hasta me gritaban que olía a muerto. Los muy putos seguían igual.

Pobre campesina,
Pobre campesina,
Que nadie la mima,
Que nadie la mira.

¿Pero qué se creían, que los muertos se enterraban solos? No conseguía vender ni una maldita manzana, y acabé dejando de ir al mercado. Cultivaba ya sólo para mí.

Y el enterrador murió.

Pasé a ocupar su puesto. El sueldo subió un poco y me podía mantener a duras penas. Me querían buscar un ayudante, pero lo rechacé. Por ahora podía yo sola. Y lo prefería. Aquello era mi terreno y disfrutaba con mi tarea. Deseaba que se muriera alguien, era cuando más acción había y después de todo era la razón de mi trabajo.
Durante el año había visto venir a muchas de las encopetadas señoras del contorno a visitar las tumbas de sus muertos. ¡Qué hipocresía! Cuántas veces en el mercado las había oído despotricar contra sus padres ya mayores porque babeaban o se hacían encima. O sus aviesos comentarios contra sus maridos porque ya no las satisfacían en la cama. Y ahora soltaban unas lagrimitas delante de sus tumbas. Cuánto odiaba a aquellas zorras que nos habían amargado la vida a mi madre y a mí.
Un día otoñal aproveché la soledad del cementerio para acercarme sin ruido a una de aquellas hijas del desprecio. Le asesté un gran golpe en la cabeza con la pala de jardinería. La enterré en un parterre dispuesto para sembrar en unos días. Plantaría rosas.
Ahora, al cabo de varios años, el cementerio lo tengo precioso. Hay varios parterres, y los gladiolos, azucenas, pensamientos, crecen rápido y casi sin cuidados. El abono resultó bueno después de todo, a pesar de la mala leche de sus orígenes.
Ahora tengo en mente otro parterre con orquídeas, pero el tiempo no es todavía bastante otoñal para su siembra y además he de escoger bien el abono. Las orquídeas son muy delicadas…

--------------------------------------

sábado, 17 de febrero de 2018

La casa del Tio Tom y la casa de Job 2 parte

LA CASA DEL TIO TOM Y LA CASA DE JOB
PARTE SEGUNDA
                Al regresar al campamento después de haber cazado al negro que había huido de la casa del tío Tom, ordené a mis hombres que le aplastasen con un martillo el tobillo del pie derecho. También   le pusieron grilletes en las muñecas para encadenarlo durante la noche. La cadena pasaba por dentro de una argolla colgada en la pared y eso hacía que tuviera que  dormir sentado en el suelo y con los brazos levantados. Serviría de ejemplo para que los demás negros sacudieran de su mente cualquier posibilidad de huida. Habían pasado más de dos meses de aquello y durante todo ese tiempo seguían desapareciendo camiones de migrantes en el desierto y la enfermedad de Dmytro además de haberlo puesto bajo la arena se había extendido  como una epidemia. Valiéndose de las miasmas iba contagiando, uno a uno, a todos  mis hombres. A la hinchazón ganglionar, la fiebre y la postración se seguían  diarreas incoercibles que junto a las altas temperaturas del desierto conseguían en unos días  deshidratar aquellos cuerpos recios y robustos; los despojaba de su naturaleza férrea  y pasaban de ser soldados aguerridos a deshilachadas y arrugadas formas fantasmales. Cuando conseguían ponerse en pié,  parecían como dibujos secos, finos cartones que se clavaban en la arena; solo con un pequeño traspié, o,  una pequeña sacudida provocada por una ráfaga de poniente seco acababan por caerse de bruces en la arena. Era evidente que no se trataba de una flema empalagosa que trasmitían las senegalesas, como había dicho el sirio que se las daba de médico. Lo curioso de esta epidemia es que no afectaba para nada a los negros, su sangre ya se había acostumbrado al germen que circulaba por ella como un zombi viviente pero sin fuerza alguna. Pero cuando se veía libre, y eso ocurría cada vez que los negros vaciaban sus vísceras en los improvisados agujeros infectos, sin drenaje alguno, que rodeaban sus chozas. Entonces, los gérmenes, saltaban en el aire y corrían flotando entre el  polvo arenoso a buscar los cuerpos musculosos y duros de mis hombres. Seis de ellos estaban pudriéndose para siempre bajo las dunas de arena del salobral. La sombra de la muerte los envolvía y todo ello después de pasar por una mejoría transitoria, tras lo cual  la enfermedad les provocaba salvajes vómitos de sangre. Con tanta fuerza salía de las bocas disparada la sangre que parecía que desde el estómago alguien activara una bomba de pulverización. Salpicada la arena del desierto de rojo, en un instante aspiraba como un vampiro los ríos de sangre abriendo debajo canales subterráneos donde recibir a los muertos. Apenas quedaban hombres sanos acuartelados. Los que habían  luchado con ferocidad en el Maidan morían ahora indefensos sin que nadie les asediara con golpes o disparos. Eran víctimas de algún bicho invisible que estaba dispuesto a arrebatarme a mis fieles compañeros sin darles opción para luchar cara cara. La otra noche un negro asaltó a un mercenario libio y le robó el fusil de asalto. Esta  mañana ha aparecido en el campamento otro libio con un cuchillo clavado en el cuello.  
                He reunido a dos hombres que parecen no estar afectados por la enfermedad y  hemos dado una vuelta por el campamento subidos en la camioneta. Cuando hemos llegado al hangar donde duermen los libios no quedaba ni rastro de ellos. Al golpear las puertas, me ha devuelto la palabra un silencio férreo. Deben de haberse largado durante  la noche, los muy cobardes. Cada día que pasa tengo más la impresión de que no vamos a poder cumplir con la misión que nos encomendaron hace unos dos años en Ucrania.  Esto se derrumba. No sé qué esperan los negros para escapar, o para cortarnos el cuello a los que aún quedamos vivos.  De vuelta a la Kasba he parado la camioneta, al mirar por los prismáticos he visto a una columna de negros que se alejaban; iban encadenados de pies y manos. La comitiva avanzaba despacio y estaban vigilados por dos mercenarios equipados con trajes de asalto;  eran mercenarios libios porque llevaban  en sus chalecos una visible fotografía de Gadafi. Se dirigían  hacía las dunas altas del Oeste, hacia el lugar donde desaparecen los camiones. Al pasar cerca de la casa de Job, las negras habían derribado la empalizada que la rodeaba , varios de sus tramos estaban tumbados sobre la arena. Mientras  la camioneta pasaba entre las chozas, he visto como corría intentando zafarse de nosotros a la niña tuareg. He ordenado al soldado que conducía que la siguiera y cuando la camioneta le ha dado alcance, la niña agotada  ha detenido la carrera. Al sacar  la cabeza por la ventanilla para mirarla de cerca, quería ver de nuevo esos ojos negros y verdosos como los diamantes de Sierra Leona, la niña ha sacado un cuchillo de la parte trasera  del cinturón que rodeaba la chilaba y después de emitir un grito beréber, como un chillido fino y agudo,  se ha abalanzado sobre mí rajándome la mitad de la cara. He comenzado a sangrar, resoplaba por la piel de la mejilla borbotones rojos, como una ballena herida. El soldado que conduce la camioneta ha parado el motor y cuando sacaba la pistola de la funda le he dado una orden:
No dispares Déjala es una niña. Arranca, salgamos de aquí.
─Pero Svoboda. Ha estado a punto de matarte.  
─Arranca te digo. Déjala en paz.
El conductor hizo un ademan de desprecio y arrancó. El motor de la camioneta rugío haciendo saltar las ruedas en medio de una nube de arena.
Al llegar a la Kasba me ocupé de la herida, después de limpiarla con un antiséptico contuve la hemorragia con gasas. Al dejar de sangrar pude darme cuenta que no era tan profunda como parecía. Iba a sentarme en la silla de mi despacho cuando escuché un griterío alrededor de la Kasba. Al asomarme  a la ventana pude ver un grupo de negras que se peleaban entre ellas por  conseguido hacerse con las botas y las  casacas de uno de mis hombres que yacia al parecer muerto sobre la arena.
─Maidan-Comando al habla. ─Corto y cambio─. Esto es una llamada de emergencia. Repito una llamada de emergencia─
Al otro lado del celular, se escuchó una voz un tanto apagada.
─ Palabra clave. Diga la palabra clave  
─Atila rey de los unos.  –dijo Svoboda
─¿Qué pasa con el caballo de Atila? –dijo la voz al otro lado del celular
─Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba – respondió Svoboda
─Svoboda,  Svoboda, -dice como dexsconcertada la voz que se escucha al otro lado de la línea-. Por fin podemos hablar. Tenemos serios problemas tienes que salir de Libia cuanto antes.
─Como dices Andrey. Unos sonidos molestos, como chispazos saltaban por entre las ondas, al parecer habían interferencias.
─ No consigo escucharte con claridad.
                Después de unos interminables segundos, las ondas recuperaron el dicurso de una conversación menos contaminada. ─ Tienes que abortar la operación Oleoducto transfer. Sal como puedas de ahí. Tendrás que apañártelas por ti misma. En cuanto consigas llegar a Bengasi activa el plan de retorno. Ya sabes. Sé que podrás hacerlo.  
─No creo que pueda salir de aquí Andrey. He perdido a mis mejores hombres. Ahora el sonido llegaba con nitidez, no  había rastro de las interferencias. Los negros que quedan, se harán con el campamento en unos días y me las harán pasar putas antes de que decidan acabar conmigo
─Svoboda aquí los alemanes  han bloqueado todo intento de comunicación con el consejo de milicias. El tribunal de La Haya, a raíz de los reportajes acerca de la esclavitud en libia que les han hecho llegar los reporteros sin fronteras ha comenzado a investigar y los gerifantes del Ministerio de Defensa alemana han dado la orden de suspender de inmediato la misión Oleoducto Transfer. No sin antes haberse encargado de borrar toda huella que les pueda comprometer.
─Podrías haber avisado antes. ¿No crees?
─No he podido hacerlo. Me han estado vigilando día y noche. Sospecho que en este momento nos están escuchando. Voy a colgar. Lo mismo aún puedo hacer algo por ti. Ya sabes, antes de que entren aquí y me disparen un tiro en la cabeza. No pierdas posición y estate alerta. Buena suerte Svoboda.
                Unas horas más tarde cuando ya no me quedaba esperanza de que Andrey lo hubiera conseguido, apareció el código cifrado en  mi ¨watch¨. Al leerlo hizo que me sintiera mejor: ─¨ Avión Águila Nevada. Mañana a las cinco horas Operación Sol y Duna. Dos reactores. Por el norte. Vuelo rasante. Misiles. Objetivo: Barrer  Oleoducto. Coordenadas precisas enviadas por el localizador de precisión. Buena suerte¨.
                En el mismo instante que  Svoboda recibia el código cifrado, Bakir el mafioso de Banglades aceptaba un trato con los alemanes.  Eliminaría a Solovoda a cambio de poder operar en toda la costa Libia  sin que el Frontex lo incordiara.
                Durante  la noche tuve que defenderme de algunos disparos erráticos que salían desde unas dunas situadas de la cara oeste. Respondía a ellos con ráfagas de ametralladora que tenía apostadas en las puntiagudas ventanas de la Kasba. Aquellos negros no sabían disparar. Nada más aparecieron los primeros claros y el sol del desierto sembraba su luz roja por encima de las dunas dos reactores  sobrevolaron el campamento del Oleoducto y dejaron caer las suficientes bombas como para que borraran para siempre del mapa cualquier vestigio de vida. El oleoducto quedó intacto, estaba construido en el subterráneo a más de dos metros de profundidad; esperaría en la oscuridad; tal vez dentro de unos meses comenzarían de nuevo a reconstruirlo. Las bombas  levantaron altas y espesas cortinas de arena que al caer sepultaron la poca vida que quedaba debajo. El campamento recuperó la esencia que había robado al desierto y se convirtió en unos segundos en un salobral. Al acabar el último barrido los aviones tomaron rumbo al sur, permanecí acostada en lo alto de una duna, casi no podía respirar y el corazón me latía con fuerza, sudaba como una condenada. Me sentía cansada y exhausta, y  se encogió el corazón al tener que dejar a mis compañeros del Maidan de esta forma, cuerpos vaciados como canales abiertos por la enfermedad y otros descuartizados por los negros y devueltos a las oscuras fauces del desierto.
                Bajé de la duna, como si una criatura triste se hubiera apoderado de mí y subí a la camioneta que había dejado al atardecer a no menos de un kilometro al sur del campamento. Sin perder el tiempo hice avanzar el viejo motor abriendo surcos en la arena. Había conseguido vencer dos dunas con dificultad, la camioneta comenzaba a fallar, parecía tambalearse cada vez que descendía de las dunas, las ruedas revoloteaban y les costaba avanzar cuando se hundían en la arena. Daba la impresión que de un momento a otro iba a volcar. Cuanto más cerca estaba de quedar encallada o de acabar volcando y quedar sepultada por capas de arena milenarias, fue entonces al salir de un desfiladero que había entre dos grandes montañas de arena, cuando se abrió ante  mis ojos enrojecidos y medio ciegos  un horizonte incansable lejano y llano, barrido por el viento de poniente. En el medio de infinitas cubiertas de arena asomaban restos de asfalto parecían trozos de galletas ennegrecidas. Al parecer eran los restos de lo que antes fué una carretera. La camioneta agradeció deslizarse por un camino más estable. Pise el acelerador con fuerza.
                A lo lejos me pareció distinguir alguien que andaba con dificultad. Cuando ya estaba a su altura, pude ver su silueta. Era la niña tuareg, andaba por entre la arena descalza y con la chillaba hecha pedazos, llevaba un turbante azul  en la cabeza. Al verme no se detuvo agachó la cabeza y continuó andando como si no tuviese duda del camino a seguir.  Como si supiera leer el horizonte lejano, recto e infinito que  se alzaba delante de sus ojos repletos de tracoma. Al dejarla atrás la camioneta lanzó una nube de arena rojiza que la envolvió como un tornado. Al mirar por el retrovisor contemplé como se sacudía la arena de la chilaba y continuó caminando. Pare el motor y volqué  mi cuerpo hacia la puerta, estire el brazo y la abrí de par en par;  empuje con fuerza para evitar que quedara entornada. Me detuve a unos cien metros de ella, esperé con la puerta abierta. Cuando pasó al lado de la camioneta le grité: ─ Sube. Ella continuó andando, ni tan si quiera miró,  después que la niña hubo adelantado la camioneta unos metros arranque  de nuevo, dejando la puerta abierta. Me detuve y la esperé de nuevo ─ Sube venga, sola no vas a llegar muy lejos. Así una vez tras otra yo deteniendo la furgoneta incitándola a subir y ella terca como una mula sin querer subirse. Entonces una bomba estalló, cerca de donde estábamos abriendo un boquete en la arena;  a continuación una ráfaga de ametralladora corrió  en la arena zigzagueando como una serpiente dejando  un reguero  de diminutos agujeros. ─ Sube no seas tonta. Sube te van a matar. La explosión de una granada a unos metros de ella la hizo caer al suelo. Al llegar a su lado,  se levantó y de un saltó entró en la camioneta. Salí a toda velocidad, sin darle tiempo a cerrar la puerta. Le sangraban los oídos y tenía medía parte de la cara quemada apreté el acelerador hasta el fondo. La camioneta  se deslizaba en zig-zag por la arena, iba dejando tras de sí una estela, tan alta como el humo que sale de una jaima tuareg del salobral.
                Un francotirador libio tenía la cabeza de Svoboda anunciándose  en su mirilla. Su dedo receloso dispuesto sobre el gatillo en actitud de espera. ─ La tengo jefe. Ya es mía ¿Disparo?
─No, espera- dijo Bakir.  
─ Pero Bakir ,tenemos q deshacernos de ella , es el trato con los alemanes. Si no lo hacemos nos barrerán del mapa- dijo el francotirador.
─No dispares, déjala marchar. Ellos la quieren muerta. Les diremos que logró escapar de las bombas y que luego le perdimos el rastro; el desierto es inmenso. Vamos a ver que dicen en Europa cuando circule por las redes sociales la imagen de Svovoda cazada por militares libios y se sepa que  una ucraniana  mercenaria mandada por Europa traficaba con  emigrantes subsaharianos comprados como esclavos para construir un oleoducto con el que llevar el gas a Europa.
─ Es una buena idea Bakir- dijo el francotirador alejando la cabeza de Svovoda de la mirilla del rifle.
 ─No dispares. Al amanecer será nuestra prisionera.
Svoboda detuvo la camioneta en una zona donde había varios tamariscos y ayudó a bajar a la niña tuareg. Arrancaron varias ramas de los arboles e hicieron fuego en un hoyo que cavaron con sus manos en la arena. Se sentaron al lado del fuego cubriendo sus cuerpos con una manta. Svoboda curó la quemadura en la cara de la niña. Luego tapadas por una lona que Svoboda bajó de la camioneta se tumbaron sobre una arena que devolvía al cielo el calor mientras este se oscurecía, al mismo tiempo que descubría una cúpula encendida, repleta de miles de estrellas con sus brillantes puntas clavando en la arena perpetuas miradas blancas. Así la noche blanca regaló haces de luz que se juntaron con las miradas de Svoboda y con las de una niña tuareg cuyos ojos comenzaban a cerrarse.  





lunes, 12 de febrero de 2018





La sangre de las campesinas jóvenes daba forma al curso de un río que fluía rojo y sediento  alrededor de aquella isla habitada por flores carmesí, que se alimentaban de la sangre vertida por la muerte sobre los campos de aquellas tierras. Me habían hablado de aquel lugar, como uno de los mas hermosos del mundo, en el que las flores  habitaban las cuatro estaciones.
Nunca se supo la causa  de aquella primera  muerte, ni de las que siguieron su huella  pero la sangre que brotaba de aquellos cuerpos lacerados y que hacia mas y mas hermosas las flores de la isla atemorizaba a todas las mujeres jóvenes de aquel país extraño.

Todas aquellas muertes eran variaciones de un mismo rostro.  El mismo patrón de comportamiento las acompañaba invariablemente, todas ellas eran niñas que habitaban las granjas de la zona y que apenas habían alcanzado la pubertad, antes de tener su segunda menstruación, su cadáver era hallado colgado en algún lugar del bosque atado de pies y manos. Todos  los cuerpos tenían  una herida  de costado de la que había  brotando toda su sangre. Debajo de los cuerpos ningún rastro de sangre, todos ellos daban la impresión de haber sido exprimidos hasta su ultimo aliento.

Cuando los habitantes de aquel extraño y pequeño país veían marchitarse las flores de la isla, se apresuraban a encerrar a las niñas de la zona, aquello era  la antesala de un nuevo crimen, pues cada vez que las flores palidecían se producía una nueva muerte, y tras cada muerte la isla volvía a lucir en todo su esplendor, las flores marchitas se erguían insolentes y los capullos que días atrás parecieran inertes explotaban en toda su hermosura.
La sangre de las víctimas parecía alimentar la botánica de aquella isla, a la que había sido enviada para obtener respuestas sobre aquellos crímenes, después de que se descubriera el  último cadáver.

Permanecí en aquel país extraño  el tiempo necesario para  que las flores de la isla se  apagaran de nuevo. Era el anuncio de un nuevo crimen.
Había conseguido marcar  las rutas que  conectaban la población con la isla botánica y  mortal, y establecí vigilancia en cada uno de sus accesos. Solo era cuestión de esperar. 

 Días después me adentré en el bosque, una vez mas en busca de respuestas, todas las víctimas habían sido halladas allí,  un cálido viento soplaba mientras la noche comenzaba a cercar  los caminos. Escuché pasos cerca, agucé la mirada adentrándola en la espesura del bosque, no conseguí ver nada a pesar de que sentía el sonido cada vez mas cerca, debía tratarse  de  algún animal en busca de comida merodeando por la zona. Salí de la espesura del bosque y pude ver a dos  niñas  que corrían presurosas de camino al pueblo, decidí seguirlas a distancia, pasados unos minutos  comencé a sentir  de nuevo los pasos tras de mí, pasos cada vez mas grandes,  pasos sin dueño, que quedaban grabados sobre la hierba. Froté mis ojos y ví la marca de las huellas dirigiéndose pausadamente por el camino tras las niñas, me interpuse en su camino inútilmente, las huellas siguieron avanzando en  pos de  las niñas, siguieron avanzando grabandose en la hierba y desapareciendo como borradas por el viento.

Las huellas sin cuerpo, sin presencia, sin nombre se fundieron con las de las niñas y supe que iba  a asistir al ritual de su muerte, corrí hacia ellas, un viento gris me detuvo, me impidió continuar, fue como  un muro que me separaba de la escena. Un muro que comenzó a salpicarse de rojo,   de limites desconocidos y que nadie puede franquear.   Sin embargo  su transparencia me dió acceso al preludio de la escena de muerte.

Los cuerpos de  las niñas  yacían  colgados balanceándose, noté algo atraveséndo el muro  y escuché  los pasos tras de mi, nuevamente los pasos grabados en la hierba caminando presurosos hacía mi,  pude sentir su aliento en mi nuca y una cuerda rodeando mi cuerpo.
Sentí que perdía la consciencia,  los gritos de las niñas resonaban  en mi cabeza como la banda sonora de una pesadilla, un viento sordo cerró mis oídos y mis ojos.  Cuando recuperé la consciencia alcancé a ver el rostro de una mujer, traté de  incorporarme para reconocer sus rasgos, cuando se inclinó sobre las niñas que yacían inertes, reconocí el rostro de la mujer campesina que pobló las portadas de los diarios  por haber sido  brutalmente linchada hasta la muerte junto con la menor de sus hijas.  Recordé aquellos crímenes que habitaron durante días los informativos, al parecer se trató de una venganza para castigar a la mujer, en cuya presencia, varias niñas  se ahogaron  arrastradas por el río que rodeaba la isla de las flores, en aquel lugar y en aquel día en el  que celebraba  el decimotercer cumpleaños de la menor de sus hijas. Aquellos crímenes quedaron impunes, se declararon culpables todos los habitantes de aquel extraño y pequeño país. El cuerpo de la mujer y de la niña nunca fueron sepultados. 
Traté de romper mis ligaduras mientras los flashes informativos de aquellos días seguían salpicando  mi memoria. La mujer terminó su ritual, virtiendo toda la sangre de las niñas en  vasijas que había dispuesto debajo de los cuerpos, y se desvaneció ante mis ojos. Sus huellas se perdieron tomando el camino de la isla de las flores.


  Ana Luna








EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...