De eso va el próximo ejercicio. Emulando a Borges, escribir un encuentro entre nuestro yo joven y nuestro yo maduro.
Un ejercicio de autoficción o de esquizofrenía, no se sabe bien. ;)
Ánimo.
miércoles, 30 de mayo de 2018
El otro, Borges
El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.
lunes, 21 de mayo de 2018
Cincuenta y uno por setenta y siete
Yo necesito
extrañarme, no quiero acostumbrarme a verme sentado y pegado a una silla a
fuerza de gravedad porque esta gravedad es capaz de entristecerme.
No busco entristecer,
pero me niego a que se acostumbren a verme, necesito que me vean, me recuerden
y por lo menos algo se extrañen.
Que se
extrañen al ver mis nuevas dimensiones, cincuenta y un por setenta y siete.
Alto y ancho, dos nuevas cotas adquiridas por la gravedad de una lesión. Cincuenta
y un centímetros de altura del asiento de mi silla de ruedas y que son los que ahora
separan mis glúteos del suelo, por los setenta y siete centímetros de anchura
que me obligan a estar pendiente de distancias y umbrales que necesito a travesar.
Echo de
menos mis antiguas medidas y sobre todo la costumbre de estar de pie, la de
mirarme el trasero en el espejo y ver cómo me sientan los pantalones, ahora sentado
compruebo que los pantalones se arrugan bastante más y tienen la costumbre de marcharse
y la manchas suelen desquiciarme.
También
compruebo, no sin desasosiego, que esta posición corporal favorece que a menudo
me acompañen restos de comida y un montón de migas que logran colocarse de
forma estratégica en todo tipo de huecos y resquicios, aunque las sacuda y crea
que me he desecho de ellas, siguen ahí, porque ya en la noche, cuando abandono
la silla para acostarme, aparecen y quedan al descubierto sobre el cojín del
asiento, recordándome que son legión y no tardarán en acompañarte en un nuevo
día.
Ya sé que esta
posición sedente no es una posición natural del homo Sapiens, sino para que tantos
millones de años de evolución humana para transformarse en homo erectus y no es
que tenga la sensación de pertenecer a otra especie, “homo sedente”, pero cada día compruebo que esta
sociedad tiene una enorme capacidad para excluir lo que no es semejante, debe estar arraigado la
costumbre en nuestros ancestros y en psiquismo humano.
También experimento
todos los días, como la interacción con mi entrono se ve afectada, mi visión de
las cosas ha cambiado, mi cabeza está situada ahora en tierra de nadie, a un
metro y veinte centímetros del suelo, lejos de metro setenta al que se
encontraba cuando era un bípedo orgulloso, estoy más cerca del suelo y tengo
cierta sensación de empequeñecimiento.
Pero lo que
más me afecta es la relación emocional con mis congéneres, por una parte la
comunicación con los niños se han vuelto más próxima, pero mucho más complicada
con todo con aquel ser que mida más de un metro veinticinco, las conversaciones
son más dificultosas y los besos y abrazos son a veces patéticos.
Los adultos
cuando se acercan a mí, en lugar de flexionar las rodillas para poder situar
sus labios más o menos a mi altura, por comodidad doblan el tronco al nivel del
sacro, convirtiendo así, lo que podría ser un beso en condiciones con
intercambio de mirada, en un beso que en el mejor de los casos acaba en la
frente y en el peor, su labios se sitúan sobre mi cabeza, y yo me acuerdo de
los beso que me daban los padres Salesianos en mi época escolar del tipo “muchacho
ve con Dios”, o “ hijo mí yo te perdono”, otras veces se asemeja un beso eutanásico
casi como si se me concediera la “extremaunción”.
La verdad, es
que al final de todo, he perdido corporal y ahora me fijo mucho más en cómo se
mueven las personas, hay veces que incluso las odio y pienso, malditos bípedos
desgarbados.
Paco
Florentino
domingo, 20 de mayo de 2018
MORITURI TE SALUTANT 4.0
MORITURI TE SALUTANT 4.0
Es curioso observar lo que son capaces de hacer los humanos
para escapar de la muerte.
Los diseñé mortales y les hice “spoiler” de manera que saben
su final, pero desconocen la trama.
Les hice conscientes
de su existencia como seres vivos, precisamente para observar en ellos el
efecto que les provocaba pensar en la muerte, en la no existencia; su actitud
ante lo que les es esencialmente contrario.
Resultó tan difícil como para mi, desde mi ser eterno e
infinito, ponerme en su lugar.
Oscilan entre el miedo y el desconcierto. El miedo sobre
todo de la muerte propia. El
desconcierto lo reservan para las ajenas, para las muertes en general y la
filosofía.
A lo largo de los varios milenios de su existencia se han
mostrado altamente creativos a la hora de resolver su inquietud. Es más, probablemente
ha sido esa inquietud la que les ha hecho desarrollar la creatividad.
A pesar de que son mis criaturas no dejan de sorprenderme.
Han inventado infinidad de relatos para explicarla y se los
han creído, o al menos los han hecho creer. Como verdaderos los han transmitido
de padres a hijos de manera que ya no recuerdan bien quien los inventó.
Para darles mayor credibilidad, los atribuyen a personajes que los recibieron como un mensaje supuestamente mío, en alguna de las apariencias que han tenido a bien darme:
Para darles mayor credibilidad, los atribuyen a personajes que los recibieron como un mensaje supuestamente mío, en alguna de las apariencias que han tenido a bien darme:
Una zarza ardiente, una iluminación, una voz, un carro de
fuego, unas tablas de piedra, una fuente que mana en el desierto. ¡Qué riqueza
de imágenes!
Todos ellos acaban bien, de forma que, más allá de la muerte
y por caminos de una diversidad asombrosa, desembocan en el paraíso, la vida
eterna, el cielo, el valhalla, la transmigración, la reencarnación…
Algunos de los itinerarios hacia la eternidad son
extremadamente complejos, incomprensibles, diría, incluso para mi sabiduría
infinita. Pero tienen la habilidad de que cuando alguien pide explicaciones, me
atribuyen a mí la oscuridad: “Palabra de Dios”.
Como los hice también diversos, en fuerza, belleza y
sabiduría, no tardaron mucho en masacrarse los unos a los otros.
Los más poderosos sometieron al resto. Y no dudaron en
exterminar al que les hiciera sombra.
Los relatos les resultaron muy útiles en esta tarea, sobre
todo para conseguir que los sometidos se plegaran a su voluntad y aceptaran su
condición.
Los han ido modelando a lo largo del tiempo, sufriendo
numerosas adaptaciones, según los intereses de cada momento.
Y no hablemos de las ceremonias que han sido capaces de
diseñar, siempre acordes al guión del relato. Auténticas escenografías y
coreografías, sobre todo para los más ricos, ya que lo son por gracia divina (o
sea supuestamente mía) y, por lo tanto, tienen vía directa a la eternidad.
Construcciones megalíticas, pirámides, barcos funerarios,
mausoleos, palacios, catedrales, piras, cabalgatas, cortejos, coches de
caballos a mayor gloria del fallecido.
Incluso los más pobres tienen su teatrillo y su piedra o su
cruz sobre la fosa.
Pero lo mejor está ocurriendo en estos últimos cientos de
años.
Hay un nuevo relato al que han dado en llamar “ciencia” que
ha venido a desmentir todos los relatos anteriores. Ya no hay dioses ni paraísos.
No hay más vidas ni eternidades. La muerte es un error que hay que rectificar.
También se acaban las coreografías, como la consideran un
fallo humano, mejor sacarla por la puerta de atrás, que no se note demasiado,
mejor que ocupe poco espacio, un poco de humo, unas cenizas al viento y ya
está.
Cientos de individuos trabajan denodadamente en sus “laboratorios”
con complejísimos artefactos que han inventado para combatir la enfermedad y el
envejecimiento y creen no estar muy lejos de conseguir lo que andan buscando
desde hace milenios: la inmortalidad.
¡Vaya pandilla de cretinos! Aunque sean obra mía.
En su ceguera por controlar la vida se han ido cargando los
gráficos y la cinemática y hay territorios del juego de rol que empiezan a
pixelarse.
Cualquier día hago una carambola de billar planetario y los
borro.
JULIA
lunes, 14 de mayo de 2018
PEÑASCAL
PEÑASCAL
Cuando
he visto que Jony (lo llamo así, porque siempre va vestido de vaquero) , el
tendero, iba pedo y cuando Jony está de botella no se puede echar cuentas con
él, he pensado que no hubiera podido conseguir lo que necesitaba y como lo que
más falta me hacía ahora es: alambre,
estacas de madera y algún mando de azada he calibrado que podía esperar a
tenerlo dentro de dos semanas. Entonces me he ido con lo puesto, el chubasquero
y el rifle (aún tengo munición de sobra) y he dejado la carreta en una de las esquinas
de Cuatro Cantos. Espero que no me la roben los gitanos. Me he propuesto,
aunque hoy el día no está para eso, pues
la lluvia cae sin descanso, volver a Peñascal.
Cada
dos semanas voy hasta allí. Me quedó otras dos semanas y regreso, para que no
me echen de menos en Reservas, el pueblo donde vivo desde que pasó lo que pasó
cuando era pequeño en la casa Peñascal. Hasta Peñascal, la llaman así porque la casa,
bueno lo que queda de ella, la
levantaron padre y madre sobre un
peñasco al lado del rio escondida en el bosque de los hombres de Reservas. Voy a
pie, tirando de la carreta que me dejo en fiado Jony. En la carreta cargo las
herramientas que necesito, sobre todo bidones, azadas, picos, clavos martillos
y material de limpieza que Jony tiene
abandonados en la parte de atrás de la
tienda porque hace ya más de cinco años que nadie le compra nada en Reservas
(yo sí aunque le pago a botella de trago por herramienta). Voy a pié porque el camino se las trae y
porque un carro no llegaría ni hasta la primera curva de empinado que está, lleno
de broza y luego la bajada hasta el río que es todo una senda de lo más
escarpada. Podría tener la furgoneta y dejar el vehículo cargado antes de
llegar al descampado de la Tórtola y luego hacer varios viajes hasta Peñascal para acercar las herramientas, pero
me he quedado varado, no dispongo de motor
desde que Matilde (la mona, que estaba conmigo), se largó con el Figura
y me dejó sin la furgoneta: una camper
roja apunto del desguace que había
comprado por menos de doscientos pavos antes de conocerla. El rifle hace ya más de
dos años, que me lo regalo Jony. Fue después que me enseño a disparar, cuando he decidido volverme a Peñascal y también por
desquite con la Mona. Hoy por hoy, es el único sitio donde me siento seguro.
Cuando
volví a Peñascal después de tantos años, lo que ocurrió pasó cuando tenía solo
siete años y ahora ya rondo los veintisiete, lo primero que hice fue sentarme
en una piedra que estaba en la rampante del río y pararme a mirar la casa que
estaba en la otra orilla. Apenas la reconocí las puertas y las ventanas
arrancadas, seguro que habían sido los
gitanos porque en los alrededores de la casa se veían excavados hoyos y habían
en ellos trípodes de hierro de los que aún colgaban calderos de hierro antiguos
abajo se podían ver restos de las hogueras . Los gitanos son los únicos capaces
de dormir en casas abandonadas, sin que les preocupe mucho las historias que
cuentan sobre ellas. Parte del techo se había desplomado y las paredes que aún se
resistían al abandono estaban
descalabradas. Me dio tanta pena el verla así de abandonada.
La
quemaron con mis padres dentro, nadie sabe quién lo hizo yo pienso que los
gitanos, quién se iba a acercar hasta allí si los que vivíamos en esa casa éramos
invisibles. A mi me rescataron los de
Reservas, dos años después. Para entonces me había pegado al bosque y vivía
como cualquier otro animal enzarzado en la soledad del bosque y el canto del
rió golpeando sobre las piedras.
Nunca
he hablado con nadie, lo mismo soy mudo, pero es que no me sale lo de hablar,
lo mismo por eso me dejó por otro la Mona. A Jony le escribo las cosas que le
agarro de la tienda para reconstruir Peñascal y al lado del papel de estraza le
dibujo lo que yo creo que vale en una dos o tres botellas de trago.
Ahora
Peñascal, ya va pareciendo de nuevo lo que era, cuando la construyeron mis
padres y yo tenía cinco años. En el tiempo que estoy viniendo he desbrozado el
jardín, cavado la tierra, plantado habas, lechugas y alcachofas en invierno y
en primavera he sembrado judías, puesto tomates y he recuperado esa tierra
negra repleta de lombrices que la escarban. Con unos cuanto bloques de cemento
y tela metálica he construido un corral donde ponen las gallinas y puesto unas
conejeras de madera sobre un muro de piedra, cubiertas de uralita. He limpiado
toda la inmundicia que han dejado los gitanos en el campo y lo he amontonado
todo calderos rotos, hierros doblados, varillas, plásticos, trípodes, cajones rotos, ropa, trozos de
tela, ruedas de carro rotas y he allanado la tierra, luego con un arado que me
traje de la tienda de Jony he cruzado una y otra vez la tierra y la he sembrado
de alfalfa.
Cuando
me da por descansar, voy hasta el rio y cruzo con maderos hasta la otra orilla.
Me tumbo en la hierba levanto la cabeza y miro Peñascal, sé que un día de estos
me atreveré a entrar en la casa, he visto pasearse por dentro los cuerpos
calcinados de mis padres. Me llaman. El día que decida entrar, no saldré hasta
dejarla con la misma luz que antes brillaba. Echo de menos los besos de mi
madre en la frente, en la habitación antes de dormirme con el susurro del agua.
Cuando salga de la casa con sus paredes levantadas y el techo arreglado ese
mismo día prometo que no regresaré jamás a Reservas.
lunes, 7 de mayo de 2018
Recuerdos.
Todo tiene un comienzo,
un libro empieza por una palabra,
un viaje por unos planes,
una vida por un llanto,
los comienzos crean a personas,
a adultos que un día llegan a ser independientes,
unos buenos y otros menos buenos.
Mi persona llegó tarde pero llegó a tiempo,
recuerdo esos días en los que en unos pasillos interminables cientos de niños se reían de mi,
ese padre que me fustigaba por que no era esa niña idílica para él,
recuerdo esos momentos de aislamiento propio,
esos deseos de desaparecer
y esas noches desenfrenadas sin importar la persona que acabara encima mio,
recuerdo esa época en la que me sentía tan poca cosa que permití que me hicieran sentir menos.
Recuerdo el instante en el que decidí empezar a ser yo,
recuerdo el día que conseguí vivir,
ese día por fin me ví y me sentí,
ese día era fuerte y vi realidad,
me sentí única y especial,
desde ese día lo importante era yo y mi vida cambió.
Poco tiempo hace de ello pero ya recuerdo,
recuerdo levantarme con ganas de sonreír,
recuerdo los momentos de ir a trabajar y poder levantar la mirada,
recuerdo a ese padre orgulloso de su hija adulta,
recuerdo esa madre satisfecha de la fortaleza de su niña,
recuerdo a esas personas que nada sabían y que de todo se enteraban.
De repente todo empezaba a cobrar sentido,
de repente mi persona llegó para nunca mas tener que irse
y crear una vida digna de vivir la.
un libro empieza por una palabra,
un viaje por unos planes,
una vida por un llanto,
los comienzos crean a personas,
a adultos que un día llegan a ser independientes,
unos buenos y otros menos buenos.
Mi persona llegó tarde pero llegó a tiempo,
recuerdo esos días en los que en unos pasillos interminables cientos de niños se reían de mi,
ese padre que me fustigaba por que no era esa niña idílica para él,
recuerdo esos momentos de aislamiento propio,
esos deseos de desaparecer
y esas noches desenfrenadas sin importar la persona que acabara encima mio,
recuerdo esa época en la que me sentía tan poca cosa que permití que me hicieran sentir menos.
Recuerdo el instante en el que decidí empezar a ser yo,
recuerdo el día que conseguí vivir,
ese día por fin me ví y me sentí,
ese día era fuerte y vi realidad,
me sentí única y especial,
desde ese día lo importante era yo y mi vida cambió.
Poco tiempo hace de ello pero ya recuerdo,
recuerdo levantarme con ganas de sonreír,
recuerdo los momentos de ir a trabajar y poder levantar la mirada,
recuerdo a ese padre orgulloso de su hija adulta,
recuerdo esa madre satisfecha de la fortaleza de su niña,
recuerdo a esas personas que nada sabían y que de todo se enteraban.
De repente todo empezaba a cobrar sentido,
de repente mi persona llegó para nunca mas tener que irse
y crear una vida digna de vivir la.
La soledad del hoy, la compañía del mañana
Mirando la tele sin importar las imágenes que en ella aparecen,
sentados en el sofá, perdidos en unos pensamientos difíciles de aislar,
comiendo sin importar la cantidad o la calidad,
intentar sacar ese dolor, de lo mas profundo que es el corazón
y sin ganar la batalla el día desaparece dejando a oscuras la habitación
y esa frustración de no poder hacer nada para cambiar todo
y la noche se apodera de los sentimientos de tristeza, de vacío y de dolor.
La soledad, esa oscuridad que se sienta en tu interior.
Llegas a la cama y nada cambia,
esta vacía, fría, esperando para terminar ese día,
para dar otra oportunidad de comienzo y conseguir por fin dejar volar esas sensaciones,
y capturar otras con las que llenar vacíos,
con las que empezar una nueva serie de pensamientos,
un nuevo día,
una nueva oportunidad de ser libre y dejar de pensar,
otra oportunidad para dejar atrás esa soledad del hoy y llegar por fin a esa compañía del mañana.
sentados en el sofá, perdidos en unos pensamientos difíciles de aislar,
comiendo sin importar la cantidad o la calidad,
intentar sacar ese dolor, de lo mas profundo que es el corazón
y sin ganar la batalla el día desaparece dejando a oscuras la habitación
y esa frustración de no poder hacer nada para cambiar todo
y la noche se apodera de los sentimientos de tristeza, de vacío y de dolor.
La soledad, esa oscuridad que se sienta en tu interior.
Llegas a la cama y nada cambia,
esta vacía, fría, esperando para terminar ese día,
para dar otra oportunidad de comienzo y conseguir por fin dejar volar esas sensaciones,
y capturar otras con las que llenar vacíos,
con las que empezar una nueva serie de pensamientos,
un nuevo día,
una nueva oportunidad de ser libre y dejar de pensar,
otra oportunidad para dejar atrás esa soledad del hoy y llegar por fin a esa compañía del mañana.
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