domingo, 28 de enero de 2018

Mientras eres un hijo de puta Dios te protege. El eco de estas nueve palabras  pronunciadas por mi padre en cada acontecimiento familiar de los que fui protagonista, han hecho que me condujera como lo he hecho hasta ahora, y sinceramente no me ha ido nada mal.  Han resonado en mi cabeza en cada paso importante de los que he dado a lo largo de mi vida. Así, paso a paso  he llegado a ser la máxima autoridad  de la ciudad que habito, el alcalde.

Siempre he sido una persona encantadora, me ha ayudado mucho, a conseguir, a alcanzar mis metas,  a base de engaños, de medrar y de pasar por encima de quien fuera necesario. Cada mañana me visto mi con mi mejor sonrisa y me calzo mis mejores modales, con un único objeto , mantenerme en el puesto que he conseguido a base de despeñar  a las personas que confiaban en mi y a las que no. Después de terminar mis estudios de filosofía en la universidad por la que pasé con mas pena que gloria, siempre fue académicamente mediocre, pero  suplí con mi encanto lo que otros conseguían con esfuerzo 

Terminados los estudios de filosofía,  conseguí colarme en el ayuntamiento por la puerta de entrada mas discreta  que encontré, la necesidad de cumplir con la prestación  social sustitoria me dió una oportunidad única, que mi novia de entonces, trabajara social del municipio me  facilitó. Realicé mi prestación en los servicios sociales del ayuntamiento. Atender a los desfavorecidos me ha resultado siempre de lo mas tedioso, todas estas patrañas de las personas en situación de necesidad, no son mas que chusma, incapaces de tomar la rienda de sus vidas,  incluso me repugnan un poco, pero su necesidad les hace muy vulnerables, y fácilmente manipulables, y  representan  un buen puñado de votos. 

Algunos errores del jefe del departamento puestos en conocimiento de la persona oportuna  y  mi habilidad para escuchar conversaciones ajenas, que sabia que no serían del agrado del entonces alcalde, me llevaron a escalar un peldaño mas. Apenas llevaba seis meses allí cuando conseguí que el alcalde me recibiera para trasladarle la información a la que había tenido acceso: el departamento de servicios sociales tenia previsto iniciar una huelga por la falta de medios de los que disponían para poner en jaque al equipo de gobierno.  MI agudeza auditiva, y mi buena disposición con  el  alcalde me valió un contrato en la empresa publica municipal, era poca cosa pero me dejaron compatibilizarlo con la prestación social sustitutoria. Me hice intimo del gerente que me hizo  confesiones que debieron mantenerse secretas, y poco tiempo después alcancé la siguiente meta. En menos de un año era ya el nuevo gerente de la empresa municipal. Los medios económicos a mi disposición, agigantaron mis pasos en la consecución de mi verdadero objetivo, mi nivel retributivo ya era casi el mismo que el del alcalde, pero carecía de su poder. Tuve que dejar a mi primera novia, ya  había conseguido liarme con la secretaria de la empresa que además tenia un cargo relevante en el partido que gobernaba. Nunca fui una persona de grandes convicciones políticas, pero tenia que hacerme con un cargo en el partido si quería llegar a mi próxima meta.
Me bastó con  aprender y repetir el ideario extraído de unos cuantos programas electorales y fuí catapultado a la secretaría de la comarca. Me rodeé de algunos colaboradores que me ayudaron a rebuscar en las cuentas del partido y encontré algunas pruebas y falsifiqué otras; Era primordial medir muy bien los tiempos, estaban a punto de ser convocadas nuevas  elecciones  y yo sería el nuevo candidato; las grabaciones  distribuidas a determinados medios de comunicación,  provocaron la dimisión en bloque de toda la ejecutiva y por supuesto  me allanaron el camino. El alcalde y su gobierno dimitieron en bloque, Casi podía tocar el podio.
Me vi forzado a despedir  a mis colaboradores algunos de ellos fueron puestos a disposición judicial.

Toda la ciudad empapelada con mi rostro me ponía cachondo, parece que a algunas mujeres también, esta ultima campaña había repercutido de manera muy favorable en mi vida sexual. Ahora que estaba en racha,  una nueva amante bien escogida le daría el espaldarazo definitivo a mi carrera. Uno de los actos de campaña me ayudó en esta tarea.  Compartiría cartel con la recién nombrada ministra de economía,  era una presa nada desdeñable, había oído en círculos del partido que su ninfomanía era conocida en todo el ministerio y estaba muy bien relacionada con las altas esferas del partido y del país. Sería  el espaldarazo definitivo. Le busqué un puesto a mi secretaria lo mas alejado  de mí que encontré  simulando un ascenso  y me dejé seducir por la ministra el día del acto central de campaña. Terminó su discurso y subí de un salto al escenario, tome su mano  nos abrazamos, dejé que notará mi erección,  que había ido subiendo conforme los asistentes a aquel mitín coreaban mi nombre. Ella deslizó una nota en mi chaqueta  con el numero de su habitación, ese gesto fue para mí el pistoletazo de salida para un nuevo ascenso. Nuestra relación  hasta hoy ha sido fructífera en todos lo sentidos, ella me ha abierto la puerta de entrada a la central  del partido y yo por mi parte he satisfecho sus apetitos físicos. De la alcaldía salté a la unidad de supervisión bancaria. Los banqueros del país me enseñaron el resto y  a cambio de hacer la vista gorda en sus operaciones de expolio a los ahorradores, me ayudaron a amasar una fortuna mayor de la que había esperado.  Mi prestigio, con el apoyo de la elite bancaria,  creció al mismo ritmo que mi fortuna. Había un detalle de mi vida personal que debía corregir cuanto antes, seguía  soltero  y este hecho limitaba mi  próximo ascenso, la presidencia de la nación,  según los sondeos las personas casadas recaban un mayor apoyo entre los ciudadanos. Acababa de cumplir 35 años, cuando contraje matrimonio con una joven abogada a la que  conocí meses atrás en la unidad de supervisión, la ayudaría a progresar en su carrera a cambio de que desempeñara  fielmente su papel de esposa.
Cuando Marisa, la ministra  conoció mis aspiraciones a la presidencia, y se enteró de mi matrimonio,  amenazó con desvelar el origen de mi hacienda, y destripar los entresijos de mis relaciones bancarias. La publicación de un video en el que aparecía de rodillas ante la silla giratoria de su  despacho, chupando la verga de una varón no indentificable, había finiquitado sus aspiraciones políticas y la había convertido en una persona inestable y peligrosa, que amenazaba mi futuro. Me costó mucho conseguir aquella grabación.
Recordé la amistad que había mantenido  con el jefe de policía, un putero  codicioso con el que solía visitar los burdeles de la ciudad. Concertamos una cita. Un mes después los medios de comunicación abrían titulares con el suicidio de la ministra, se había volado la cabeza en su casa de la sierra. Sentí algo parecido a la pena, pero recordé las nueve palabras que iluminan mi camino y barrieron cualquier atisbo de tristeza.
Todas las ciudades de la nación están empapeladas con mi rostro, asisto a un acto convocado por sus majestades en el que estamos  todos los candidatos a la presidencia. No sé,  últimamente siento que necesito mayor amplitud, me siento acorralado, limitado. El acto ha terminado,  puedo ver a  la reina al final de la sala, charlando entre sus  colaboradores, ha llegado el momento de iniciar nuevas relaciones. 













sábado, 27 de enero de 2018

Pick/pack*




Pick/pack*




Mi padre siempre ha tenido un problema de comunicación con las personas, sobre todo si nos centramos en el plano afectivo, de hecho, hace ya mucho tiempo que no recuerdo ninguna muestra de cariño que pueda ser digna de mención. Su forma de comunicarse normalmente ha sido siempre generándote dolor, hoy más que nunca, y con la perspectiva de los años soy consciente de ello. Sobre su peculiar forma de comunicación también tengo alguna que otra prueba empírica.

Recuerdo una tarde de mi infancia en la que jugábamos en la terraza de nuestra antigua casa a una de esas “guerra de juguetes’’, era una terraza amplia rodeada de maceteros rectangulares de arcilla repletos de geranios que mi madre cuidaba y regaba con mucho cariño y que yo diariamente maltrataba jugando a la pelota. Mi padre y yo nos colocamos a cierta distancia, arrodillados y enfrentados cada uno en sendos barreños de plástico dispuestos en forma de escudo, parapetamos estratégicamente nos arrojábamos de forma frenética municiones formadas por pelotas, cochecitos, camiones de plástico, muñecos varios y todo tipo de artefactos contundentes. Durante el transcurso de la batalla poco a poco fui comprobando que su puntería y fuerza eran mucho mayores que la mía, cada vez los impactos sobre mi pequeña defensa eran más violentos. Hubo un momento en que no tuve más remedio que dejar al descubierto mi cabeza para agarrar más munición que poder arrojar, entonces noté una fuerte colisión sobre mi frente, mucho dolor, rabia y sensación de impotencia se apoderaban de mí, no pude soportarlo y me tiré al suelo echándome a llorar, puse las manos sobre mi frente y me tapé el rostro, entre los dedos podía ver la figura de mi padre que se acercaba a mí, pensé que iba a consolarme y disculparse, pero no fue así, tenía el semblante satisfecho de aquel que ve su objetivo cumplido y recuerdo que sin ningún tipo de remordimiento ni culpa por el dolor que me había generado y viéndome llorar sin consuelo me dijo, “llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre”.

Todavía sigo sin querer entender la maldita frase, pero hoy, cuarenta años después, resulta que el que llora es él, tumbado boca arriba en su cama y rodeado de penumbra, se tapa la cara con las sábanas y sollozando, no para de repetir una y otra vez que me vaya de su habitación, que se quiere suicidar y que la culpa de su estado la tengo yo, también le duele la cabeza, tiene una mano sobre la frente, algo ha impactado sobre su zona pariento frontal del cerebro, los médicos dicen que es el síndrome de pick, pero en el fondo creo que soy yo quien le ha golpeado una vez más.
Hace un rato que mi madre me ha llamado, con voz tibia y sufrida me ha dicho:

-          “Francis ven cuanto antes por favor, que tu padre se ha encerrado en la habitación y dice que se quiere suicidar, que se va tomar todas las pastillas que lleva en el bolsillo”.

Salgo de la oficina y acudo corriendo a su casa, ella parece aturdida y empequeñecida por las circunstancias, me recibe en batín lo que me hace presagiar que la situación es bastante grave, porque en mi casa desde siempre, las cosas importantes han sucedido con mi madre en batín; las visitas del médico de urgencias, sus recurrentes palpitaciones, la muerte de mi tía Rosa, supongo que es su armadura vital, cada uno tiene las suyas, físicas y mentales, para poder sobrellevar las situaciones complicadas, yo no puedo pensar en batín, la guata se mete entre las ideas e impide que se entrelacen correctamente, ella al contrario, se acolcha y entiende que el impacto de las cosas sobre su fragilidad es menor. Mete las manos en los bolsillos y pone cara arrugada de circunstancias, seguro que está tocando una pinza de tender que distraiga su atención, que se convierta en su amuleto, que le de suerte y fortaleza, hace ya años que la vida y la convivencia con mi padre le supera.

Nunca he llegado a entender tanta fragilidad y sumisión, recuerdo una frase que alguien dijo sobre que “a los sumisos nunca se les ama, solo se les quiere”, pues yo añadiría con bastante tristeza que al final acabas odiándolos, porque ese es el sentimiento que muchas veces me atrapa cuando intento hablar con ella, hay tanta debilidad en su cuerpo que te hace sentir culpable de su malestar y esta es una sensación que ha dominado parte de mi vida. Como aquel día que estando de pequeño en la cocina, yo tendría unos catorce o quince años, mientras ella de espaldas a mí, fregaba en la pila, le dije que no quería ir con ella a comprarme ropa, que me daba un poco de vergüenza ver como regateaba con los vendedores cuando le acompañaba al mercado o a las tiendas del barrio. La verdad es que me sentí un poco orgulloso de tener la valentía o el descaro de poder decírselo, pero cuando me di cuenta y me acerque a ella comprobé que estaba llorando, me hizo sentir mucho peor que si me hubiera dado una bofetada, me gritara o me reprochara que fuera un mal hijo, lo hubiera preferido. Al final tuve que disculparme y pedirle por favor que fuéramos los dos a comprarme la ropa.

No puedo abrir la puerta de su habitación, no entiendo muy bien como lo ha conseguido, creo recordar que su puerta no tiene cierre interior. Desde fuera le digo varias veces que ya está bien, que abra, que quiero que hablemos; él me contesta que ya hablaremos de él cuando esté muerto, la situación me parece del todo tragicómica y reconozco que hasta me hace gracia este repentino papel casi cinematográfico de mediador detrás de una puerta. Al final me canso de hablar y forzando la manivela logro entrar, la habitación está a oscuras, él está tumbado sobre la cama y se ha tapado la cara. Hecho un vistazo rápido y compruebo que para bloquear la manivela ha empujado sobre la puerta el mueble de la cómoda, ha colocado encima un cajón de la mesita y un marco con la foto de su boda apuntalando la manivela, la verdad es que siempre ha tenido talento para realizar montajes complicados, supongo que es una habilidad heredada de mí abuelo, entre otras cosas, como la afición por el Chester Field sin boquilla, las putas y el gusto por los zapatos caros.

Mi madre entra detrás de mí, y de repente dice -“será posible”, todavía no entiendo muy bien que ha querido decir, eso sí, de forma presurosa vuelve a recolocar en su sitio el mueble de la cómoda, el cajón de la mesita y el marco de fotos, intenta que todo vuelva a estar como antes, como si en realidad no hubiera pasado nada y a continuación desaparece en silencio, como siempre.

Me siento en el borde de la cama, a su lado, puedo ver que en el bolsillo de su camisa lleva un paquete de Chester y un montón de pastillas de Diazepam, porque mi padre de toda la vida se acuesta con los pantalones del pijama y no se quita la camisa que ha llevado durante todo el día, otra manía que hasta que no salí de casa para casarme, pensaba que eran cosas normales de todos los padres, como otras tantas y entre ellas la de fumarse el último cigarrillo del día tumbado en la cama y tirando la ceniza sobre el suelo. Sentado junto a él, lo miro, intento sentir compasión, pero no me sale, además no para de repetir que “soy un maldito desgraciado”, “que toda la puta vida se ha dedicado a trabaja para nosotros”, “que somos los culpables de su malestar”, “que somos unos desagradecidos y va a hacer una hoguera con todo el dinero que tiene”. Dejo que hable, que vomite todos sus sentimientos, hace mucho tiempo que no nos hablamos, al final se pone a llorar, nunca lo había visto en este estado y la verdad es que tampoco me da pena.

Está enfadado como un niño y no para de repetir qué lo deje en paz, que quiere hacer lo que siempre ha hecho, que con las putas se encuentra a gusto, que ellas sí que lo entienden, le gusta conversar y sentir como le escuchan, son dulces y le atienden muy bien. Me reprocha que tengo una fijación por quitarle un entretenimiento que no hace daño a nadie y que además le sienta de maravilla. Se refiere a ese maldito correo que descubrí hace unos días, se lamenta de no haberlo borrado. Ya lo tenía todo arreglado, hace días que les envió dinero para los billetes de Colombia a Madrid, su amigo Paquito Garrido las recogería en su coche y las traería a Valencia al piso de Bonanad, ostia como iban a disfrutar los tres con ellas, whisky y Viagra a punta pala, pero no hay forma, otra vez le he destrozado el plan.
Mi padre lleva muy mal su jubilación y la situación fuera de las empresas que fundó, ha vendido todas sus acciones y ha recogido mucho dinero, nos tiene muy preocupados, lleva tiempo haciendo cosas raras. Ayer estuvimos en el médico, el escáner ha revelado que tiene dañada una zona pariento frontal del cerebro, puede que sea el llamado Síndrome de Pick, el doctor dice que no es una enfermedad grave, pero es posible que poco a poco se vean afectadas ciertas facetas de su conducta y sentimientos. Yo creo que en realidad él siempre ha sido así, su lema en la vida ha sido “o estas conmigo a estas contra mí”, consiga vital que ha llevado hasta sus últimas consecuencias, despreciando a todo aquel que no compartía sus ideas y capaz de enfrentarse si compasión a quien se interponía en su camino. Es un personaje de los llamados hechos así mismo, orgulloso de sus humildes orígenes y empeñado en mostrar con arrogancia que la vida le ha sonreído en el aspecto empresarial. También ha tenido suerte, rodeado de sumisos colaboradores y con un talento innato para los negocios supo desenvolverse como pez en el agua en una época de auge en la construcción plagada de especuladores, banqueros, putas, trileros y cruceros.
No obstante, las pruebas muestran que algo pasa en su cabeza, ayer en la consulta, el psiquiatra le dijo tres palabras; amor, compasión y familia, e intentó que después de unos diez minutos de conversación fuera capaz de recordarlas, pero el solo supo decir; ataxia, hidrocefalia y párkinson, como siempre él nunca te da lo que le pides te suministra lo que le da la gana. Después el médico dibujó dos círculos que se interseccionaban en dos puntos, y le pidió que los observara detenidamente y los repitiera, a lo que él, haciendo uso de esa gran determinación que siempre ha demostrado, dibujó dos polígonos separados, que mirándolos con detalle, parecían representar sendos planos de la empresas que él creo hace unos años en la Valencia y Alzira, o a lo mejor quiso dibujar dos regiones de Colombia a las que solía viajar con sus amigos y clientes, o también puede ser que el subconsciente le haya jugado una mala pasada y acaba de dibujar dos zonas cerebrales que tiene dañadas, mi padre es así, críptico y complejo, difícil de interpretar lo que intenta comunicarte.
La relación con mi padre sigue siendo muy complicada, el terreno gélido que nos separa hace que mi conexión con él sea casi imposible, nunca ha soportado que me parezca más a mi madre. Parece que se ha calmado y está medio dormido, le quito con cuidado las pastillas de diazepam del bolsillo y salgo de la habitación en silencio, por el pasillo sale a mi encuentro mi madre que me pregunta si vendremos a comer el domingo, le digo que sí y que haga paella que a los niños les encanta, ella me sonríe y me da un beso de despedida.
(Pack*.- expresión onomatopéyica para describir el choque de un camión de bomberos de plástico sobre la frente)
Paco Florentino
 27 de enero de 2018

domingo, 21 de enero de 2018

Y LA CULPA VINO A MÍ







Y LA CULPA VINO A MÍ

                La faena estaba hecha. Había sido certero. La sangre brotaba con ganas de la herida. En unos minutos estaría muerto. No creo que a nadie le importase. No era un tipo que cayese bien precisamente.
                Yo quería que fuese mi último trabajo y de ahí ya retirarme y vivir como cualquier honrado trabajador jubilado y disfrutar, por fin, de los pingües beneficios de mi actividad laboral.
                Mi amigo J, que así le llamábamos de siempre (ya no sé si era José, Juan…qué importa. Jota y punto), tenía buenos contactos con empresarios, políticos, pero también con traficantes, ladrones de guante blanco, extorsionadores, en fin, gente más interesada en sí misma y en enriquecerse que en servir al prójimo. Él era el que me proporcionaba los clientes. Me ponía en contacto con cualquiera de los mencionados y estos me decían a qué individuo querían quitarse de encima. Si llegábamos a un buen acuerdo económico, podían darlo por hecho: el tipo ya no les molestaría más.
                Yo era el mejor en esta clase de asuntos y lo sabían. Por ello se avenían pronto a un acuerdo. Nunca me habían pillado y nunca me pillarían.
                Había quedado algo de sangre en el interior de mis uñas y siempre es difícil de quitar. Pero me daba placer ver la sangre mezclada con el agua yéndose poco a poco por el sumidero en suaves remolinos. No podía evitarlo: el olor de la sangre, su sabor, su color rojo, ahora de vida muerta, me atraían sin remedio. Desde bien pequeño, ante cualquier herida o arañazo, bien míos, de mis hermanos o de cualquier amigo con el que estuviera jugando, allá iba yo a chupar su sangre que manaba tan roja, tan mía. Y, aunque parezca mentira, ellos, los heridos, encantados. Yo les convencía diciendo que era una cura de primeros auxilios, contribuía a limpiarla y así cicatrizaba antes. Y se lo creían. Y yo, disfrutando a su costa. Pobres incautos.
                Bueno, parecía que ya había acabado. No me quedaba rastro de sangre en las manos. Ahora sólo faltaba que aquello pareciese un robo. O sea, como siempre.
                Cómo había gritado el desgraciado mientras le clavaba la navaja repetidamente. Pero había conseguido, no sin esfuerzo, taparle la boca con mi otra mano. Al sorprenderle por detrás no había sido difícil abordarle. Después de todo tenía una larga experiencia en esta clase de encargos. Era mi medio de vida y lo pagaban bien. Yo les quitaba un estorbo a hombres poderosos, engreídos, ávidos de poder, que nunca tenían bastante. Y allí estaba yo para cumplir sus deseos, para que nadie se interpusiera en el camino de sus ávidos propósitos.
                Esta vez me había llamado un concejal de tres al cuarto pero de miras muy altas. Su objetivo final era un puesto en Madrid. Por ahora se tenía que conformar con un sillón en el ayuntamiento de su pueblo, a más de 300 kms. de su meta. Además en una provincia sin mucha relevancia en el hervidero político madrileño. Sin embargo era un comienzo y aquel vecino del pueblo no le iba a arrebatar su sueño más querido.
                El individuo se había enterado, por pura casualidad, de cómo el concejal había comprado la voluntad de varios propietarios del municipio para que vendieran sus tierras de cara a un ambicioso plan de desarrollo que daría lustre y renombre al pueblo pero con un alto coste medioambiental. Y como el tal vecino no quería vender su parte, iba a denunciar al concejal por sus corruptas actividades.
                Bien, pues ahora el concejalillo ya tenía un obstáculo menos. Ya no le molestaría más aquel voceras del ecologismo.
                Volví a la salita de aquella casa. El que estuviera en el campo, a unos quilómetros del pueblo, me había facilitado mucho las cosas. También había esperado al anochecer para acercarme a la víctima. Esta había caído de bruces. Se adivinaba un charco de sangre debajo de su pecho. Tenía que quitarle la cartera y cogerle el dinero. Luego vería si había algo de valor por allí y llevármelo también.
                La encontré en el bolsillo trasero de su pantalón. Abrí la cartera. Lo primero que vi fue su DNI, la foto…No, no podía ser. Se parecía demasiado. No, no era él. Esas casualidades no existen. Pero sí, no me equivocaba. Leí su nombre: Dani Esquerra.
Dios mío, ¿qué había hecho? Había matado a mi mentor, al que de verdad me quiso como a un padre, al que trató de hacer de mí un hombre de provecho, pero al que no hice caso alguno. No quise ver cómo aquel mundo de maldad en el que me desenvolvía tan bien, me fue absorbiendo y absorbiendo. Un mundo que ya de adolescente tiraba más de mí que los estudios. Un robo en el supermercado. Otro en el quiosco. Nos retábamos en la pandilla a ver quién lo hacía mejor y más rápido. Luego ya pasamos a las navajas asaltando a parejitas incautas distraídas en juegos amorosos nocturnos. El toque frío de su filo, el poder conferido por su empuñadura, el temor provocado en las víctimas. Todo ello me producía un placer infinito.
                Así pasé mi adolescencia. Pero un día nos pilló la policía. Me mandaron a un correccional. Allí seguí armando bronca hasta que conocí a Dani, mi tutor en aquella cárcel. Sí, para mí aquel frío e inhóspito correccional era como una cárcel.
                Dani hizo bien su trabajo, casi me convence para que abandonara mi vida de delincuente. Fue la primera vez que me sentí querido. No es de extrañar después de haber vivido con un padre dictatorial que siempre tenía la correa a mano por si acaso no le habías entendido suficientemente. Y una madre sumisa justificándole siempre. Fría y distante, me dedicaba pocas caricias, tal vez por miedo a despertar los celos patológicos de su hombre.
                Pero al escaparme del correccional, aquella brecha de incipientes emociones abierta en mí al dejar que Dani entrase en mi vida, aquella brecha, se cerró de golpe. Y volví a mi vida criminal. Incluso la mejoré. Me hice un asesino a sueldo.
                Los recuerdos se agolpaban en mí. Lloré y lloré como nunca antes lo había hecho. La brecha se volvió a abrir. Por un momento quise que Dani me abrazara de nuevo, como hacía entonces a pesar de que yo me resistiese, y, haciéndome el duro, le rechazaba.
                Y lo hice. Le di la vuelta, y sin importarme la sangre que empapaba su pecho, me abracé a él. Puse sus brazos alrededor de mi cuello y los míos alrededor de su cintura, Y así estuve un buen rato.
                De repente oí un gran estruendo en la entrada. Voces, sirenas, pasos acercándose. Vi luces azules girando sin parar, intermitentemente iluminando la salita donde yo estaba con Dani. Una voz me gritó: ¡Alto!¡No se mueva o disparo! Varios policías me apuntaban con sus pistolas.
                Quise levantar las manos, pero antes tenía que dejar de abrazar a Dani, a mi querido Dani. Suavemente le acosté en el suelo. Y quise dejar la cartera también. Uno de los policías gritó: ¡Alto!¡Deje la pistola! Y ¡bang!. Al mismo tiempo, y sin pensárselo mucho, otro me había disparado ya.
                La faena estaba hecha.


                                                                                                                                   Teresa Báguena.

martes, 16 de enero de 2018

Maldad en primera persona

Yo qué quieren que les diga ¿que soy malo, malvado, que me conduzco con aviesas intenciones soterradas? Pues de acuerdo, se lo confirmo, qué más da, supongo que así es. Pero les voy a aclarar los términos de mi proceder. Soy ventajista, solo eso, sencillamente. Ser malo no es en mí algo grande, no lo puede ser en nadie. Comprendan que sería necesario ya un punto de bondad el que requeriría una gran malevolencia. Ahí estriba la paradoja de mi vida. Mis actos, mis días, los episodios que han tejido estos cincuenta años de existencia, han sido planos, simples, llanos como la sonrisa de un monito, de una monita para ser precisos. Hay en el flujo de mis horas una levedad monocorde, un rayar al alba la luz tras la persiana, luz suave proyectada hacia los objetos, y un paralelo fruncir el ceño vagamente por el deslumbre, un quejumbroso hipo perpetuo ante cualquier ligera molestia doméstica, lumínica, olfativa, táctil. Esa y no otra es la clase de mórbida actitud que ustedes no están dispuestos a aceptar en mí, todo es plácido o fatídico, nada se percibe en perspectiva, la cama está sucia o limpia, me apetece o no me apetece sacar al perro a pasear, respondo al teléfono o lo dejo sonar con parsimonia. Un frenesí banal de sensaciones azarosas sería el plexo de mi perversidad, así discurriría la savia de la maldad por mis venas, no le busquen más razones o causas, llámenme cobarde, de acuerdo, cobarde, etiquétenme de voluble, de volátil, veleidoso, da lo mismo, la clave, la esencia de mi doblez, de eso que les resulta tan nauseabundo, terco y pérfido cuando asisten a los hitos de mi pasado es bien sencilla, no se engañen. Ahora pueden amigos míos por fin comprender. Ahora están preparados para leer este postrer episodio que en estas pocas líneas les refiero. Ahora, qué duda cabe, ahora y no antes, alcanzan con su certera inteligencia a descifrar por qué primero me casé, por qué más tarde me divorcié y por supuesto por qué siempre he sido fiel a mi segunda esposa. 

Carlos

domingo, 14 de enero de 2018

LA CULPA ME PONE

Soy Bernardo, después de haber hablado por usted por teléfono le escribo esta carta para explicarle lo mas importante de mi vida según mi apreciación reflexiva. Espero que resulte de su interés y podamos vernos pronto.

Cuando me matricule en la Universidad para estudiar económicas, porque no me dieron plaza en medicina, nunca imaginé que iba a hacer el trabajo que desarrollo hoy en día. La verdad es que fue un gran sacrificio y unos años muy duros porque vivía en piso de estudiantes y trabajaba por las tardes y los fines de semana de lo que salía. Pero cada curso iba pasando y logré acabar en los cinco años estipulados en principio. Enseguida empecé a buscar trabajo serio de una manera exhaustiva.

Al principio empece en un banco como vulgar cajero del mismo y mi trabajo consistía, en su mayor parte, en dar dinero en efectivo a la gente. Si tuviera que apostar por una sensación mayoritaria observada en ellos lo haría por “satisfacción”. El contacto de los billetes con sus manos provocaba siempre un reflejo de gran placer facial sin cortapisas, seguido de una inevitable completa muestra de sus dientes, en general no muy blancos.

Esa manifestación tan repetida llegó a causarme un gran rechazo porque yo no nací para dar placer a los demás, si no todo lo contrario. Mi infancia fue penosa porque mis padres nunca me quisieron ni se amaron entre ellos, se odiaron profundamente. Los recuerdos de mi niñez siempre estuvieron, y siguen , sazonados de una bilis permanente y viscosa y han hecho que mi actitud frente a la vida sea de venganza total hacia los demás. Yo tengo una vida absolutamente individual dedicada a cobrarme en los demás todo lo que me falta , necesito ser malo y odiar para compensar mi anterior situación y no creo que me canse de ello nunca.

Después de moverme en diversos puestos de trabajo del mismo gremio al final encontré el sitio que el destino me tenia ocultado, pero reservado. Ahora disfruto

con lo que hago cada segundo laborable del día porque veo una serie de sensaciones negativas reflejadas en las caras de los demás y entonces no puedo evitar pensar que no soy el único que ha convivido con el recelo, el odio, la aversión y la repugnancia . De alguna manera somos compañeros de lo mismo , vivimos sintiendo por un momento prolongado la mismas emociones. El abundante hielo que refrigeramos de la elevada humedad ambiente nos permitiría tomar juntos un buen whisky escocés, si eso fuera posible.

Hoy me ha llegado el planning del menú de mañana y se presenta en principio muy apetecible, un día apasionante. A las 6:30 tengo que estar con la pareja de la guardia civil asignada en la urbanización del ultimo pueblo del sur de la provincia, después es otra comunidad sobre la que no tenemos normalmente cobertura.

En el caso de mañana los “agraciados” son una pareja que se han divorciado tras tres años de convivencia conjunta, con tres hijos y con separación de bienes. Tienen la “dación” del pago de su casa con varios problemas e impagados. !Que lástima!, vamos a tener que repartir el pastel a medias, y eso diluirá bastante los efectos que tanto nos gusta provocar.

Ah, se me olvidó decirlo, soy acreedor hipotecario.


 Boro.01/18 

sábado, 13 de enero de 2018

TARDE DE DOMINGO

TARDE DE DOMINGO

Como cualquier tarde de domingo me invade la angustia del tiempo libre perdido. La monotonía y el aburrimiento han ido devorando las horas.
Desde mi ventana observo las calles desiertas del Ensanche de Vallecas. Todos están en los centros comerciales. No se ve un alma.

Mañana de nuevo a clase a enfrentarme a esa partida de canallas que están acechando cualquier error, cualquier botón olvidado, cualquier mancha indiscreta, para partirse el culo a mi costa.
Soy profesor interino de taller de Tecnología en el IES Villa de Vallecas. Para eso me ha servido mi ingeniería técnica.
Como soy el último que se ha incorporado al centro me tengo que comer todos los marrones conforme les viene bien a los titulares. Cuando me hicieron el horario mis compañeros también debieron de pasar un buen rato a mi costa. Dos horas de buena mañana, otra a la una y dos en el grupo de nocturno.

Pero el viernes fue un día especialmente negro. A segunda hora, un quinqui de mierda de 3º de ESO me había atrancado la sierra con una placa  de acero que saltó en pedazos y a punto estuvo de provocar un accidente. Le dije que fuera al despacho de Dirección y me contestó que no le salía de los huevos. Tuve que pedir ayuda y al final salió haciéndome una peineta mientras el resto aplaudía.
A mediodía, cuando fui a recoger el coche me lo habían rayado de parte a parte.

Llegué a casa roto.
Le conté a Luisa lo que me había ocurrido. Me miró como lo viene haciendo últimamente con sus ojos abiertos e inexpresivos.
Pero, cuando se dio la vuelta, me dio tiempo a intuir una sonrisa.
Y volvió a ocurrir.
No ha salido de la habitación desde entonces. De vez en cuando la escucho gimotear, por eso se que, por esta vez, sigue viva. Hasta que un día termine para siempre con todo esto.

No siempre fueron las cosas así.
Conocí a Luisa en una fiesta que habían organizado en la Universidad para conseguir dinero para el viaje de fin de carrera. Yo nunca iba a ninguna de esas movidas, nunca me ha gustado bailar y me veía como un idiota dando vueltas calimocho en mano. Pero ese día me hice el ánimo para no ser el raro al menos una vez.
Andaba por allí desnortado, cuando la vi llegar resplandeciente como un sol. Toda la oscuridad de mi vida se iluminó al verla. Me quedé paralizado, sin aliento. Estuve un buen rato siguiéndola con la mirada, mientras ella se reía con sus amigas.
Sin duda debió notar la insistencia de mi mirada, me miró y no sé si sonreía o se reía. Creí que la tierra se iba a abrir debajo de mis pies.
-“Estás alucinando Carlos”-Me dije.
-“¿Cómo se va a fijar en ti un pedazo de mujer como ella?”
-“Se está descojonando de ver tu planta de puro imbécil”
Pero no, se acercó a mí, me saludó y creí que iba a morirme.
-“¡Hola! No te gustan estas fiestas ¿verdad?, te veo un pelín perdido. ¿Has venido solo? Me llamo Luisa ¿y tú?”
Todavía no se cómo, pero fui capaz de responderle de forma coherente y terminamos la noche paseando. Ella sin parar de hablar y yo medio mudo. Estaba estudiando humanidades y le gustaba el cine y la literatura.
Le debió provocar ternura mi silencio porque empezamos a salir. Yo tuve que ponerme al día en libros y películas para poder compartirlos con ella.
En realidad yo nunca supe qué cosas me interesaban. Mi padre era ingeniero y yo también lo intenté, pero me quedé en la técnica. Como no encontraba trabajo me presenté a oposiciones para profesor, una y otra vez, y solo conseguí entrar en la lista de interinos.
Luisa me apoyó, me ayudó a estudiar, me organizaba  la casa para que pudiera centrarme. Me respaldaba fracaso tras fracaso.
Cada día al despertarme tenía que hacer acto de fe de que estaba conmigo. No podía acabar de creérmelo. No podía encontrar las razones para justificar su cariño. Yo era menos que nadie, menos que nada, un vacío.

Ella terminó Humanidades y, cuando conseguí mi primer trabajo de interino, nos vinimos a vivir juntos a este rincón de la nada que era el PAU de Vallecas. No llegaba para más con mi sueldo y sus clases particulares. Por supuesto contra la voluntad de sus padres que nunca me miraron bien.

Al principio me rechazaron de plano, no querían ni verme. Luisa iba sola a comer con ellos los domingos. Yo pasaba el día imaginando las cosas que le estarían diciendo de mi. Ella volvía sonriente, como si nada.  Yo no podía soportar su mirada. Me sumergía en un pozo de silencio durante horas. Luisa intentaba acercarse y yo la rechazaba. Pero ¿Cómo no se daba cuenta? ¿Cómo podía consentir esta situación?
La escuchaba hablar con ellos por teléfono con alegría y me hervía la sangre.
Una tarde no pude más, le arranqué el teléfono, colgué y se desató en mí la ira del infierno. Empecé a golpearla con él hasta dejarla casi inconsciente.
Conforme le pegaba me iba sintiendo grande y poderoso. La sentía en mis manos, pequeña, indefensa y llegué a excitarme tanto que allí mismo, en el suelo, cubierta de sangre la penetré y gocé como nunca lo había hecho. Sus gritos, sus quejas, sus lágrimas, sus ruegos, multiplicaban mi placer hasta el vértigo.
Después sentí una paz infinita. La levanté con cuidado, la llevé a la bañera, le limpié las heridas. Total no había sido para tanto. Cuatro chichones. En unos días curada.
- “¿Ves lo que pasa?” “¿Cómo crees que puedo soportar que tu familia me ignore y me humille continuamente” “Tú tienes la culpa de todo” “Tienes que poner remedio a esto”
Por un momento pensé que se marcharía. Pero me cogió la mano mientras las lágrimas le resbalaban despacio por las mejillas.
Se recuperó y, al cabo de unos días, me anunció que había conseguido que sus padres me aceptaran en su mesa.
No supe si alegrarme. Era un reto ponerse a tiro de sus miradas.
Pero llegó el domingo y todo transcurrió con cierta normalidad. Intenté no tomar en cuenta algunos retintines y sornas de su madre, que Luisa censuraba con un “Mamá…”, y muchos silencios de su padre.
Volvimos todos los domingos y el silencio de Antonio se me fue haciendo pesado como una losa, y la sorna de María me golpeaba con más fuerza que un puño de acero.
Salía de allí con todos los demonios en el cuerpo. Más de una vez, al llegar a casa, mi indignación no me dejaba frenar la lluvia de reproches.
-“¿Cómo puedes consentir que esos hijos de puta me traten así?” “¿Te lo pasas bien viéndome humillado?” “Si algún día pasa algo grave tú y solo tú tendrás la culpa”
Me iba encendiendo con las palabras y ella reaccionaba siempre encogiéndose, haciéndose pequeña, despertando mi deseo. La golpeaba, hasta que mi sexo me dolía y estallaba desbocado para dejar paso a unos cuantos días de paz. No sé si ella gozaba, pero en esos momentos solo me importaba la sensación de poder que me embargaba hasta el éxtasis.

Aunque muy de tarde en tarde Luisa quedaba con sus amigas para ir al cine. Yo no comprendía que pudiera pasárselo bien con alguien que no fuera yo, pero de vez en cuando cedía.
Una tarde las seguí para asegurarme de que realmente iban al cine. Me mantuve en la distancia durante un rato. Pero mi interés por saber lo que estaban hablando me hizo acercarme demasiado y me vieron. Disimulé haciéndome el encontradizo. Las saludé con cariño y seguí mi camino como si fuera en esa dirección. Al darles la espalda, sin que hubiera dado apenas tres o cuatro pasos escuché una carcajada a coro que todavía me duele cuando se repite una y otra vez en mi cabeza. Seguí caminando como si la cosa no fuera conmigo y la esperé en casa.

La sangre me quemaba las venas. No podía contenerme, rompí todo lo que encontré a mano hasta que escuché la puerta. Me lancé sobre ella, la golpeé con todo lo que tuve a mano, vi su cuello desnudo que se me ofrecía como en un sacrificio y apreté hasta dejarla sin aliento, una erección salvaje, una eyaculación incontenible le salvaron la vida.

Desde aquél día ya no pude vivir tranquilo. Entre clase y clase me escapaba del instituto, la seguía al centro comercial, a sus clases particulares. ¿Con quién hablaba? ¿Qué decía? Seguro que estaba contando cosas horribles de mí.  ¿Por qué se reía? Su risa me perseguía por todas partes y se repetía como un eco. ¿Cómo podía reírse de mí de esa forma tan cruel? ¿Era esta la casa de su alumno? ¿Quién estaba con ella? ¿Solo el niño o también su madre? O peor aún ¿Su padre?

No podía seguir viviendo en ese desasosiego, rodeado de amenazas por todas partes. Después de darle muchas vueltas, tomé una decisión irrevocable: Ella no tenía ninguna necesidad de salir de casa. Yo le bastaba.

Mientras estaba en el supermercado cambié la cerradura de casa y desconecté todos los cables del teléfono.  Esperé a que volviera, le abrí para que no se diera cuenta del cambio. Cerré tras ella, busqué su móvil en el bolso y le quité la tarjeta.

Me acerqué a la cocina y la observé mientras sacaba la compra.

-“¿No tienes clase hoy?”
-“He pedido permiso para explicarte la nueva situación”
-“¿A qué te refieres?
-“A partir de ahora ya no tendrás que salir de casa. Todo lo que necesitemos lo traeré yo. Verás como así las cosas van mucho mejor. Nada ni nadie podrá hacernos daño”.

Se me quedó mirando fijamente con los ojos tan abiertos que parecían fuera de sus órbitas. Se sentó y nunca más me ha vuelto a hablar. Sus ojos siguen abiertos día y noche. Hace todas las cosas como un robot. Ya no parece ella.

La estaba sintiendo tan mía… pero esa sonrisa furtiva ha hecho mil pedazos el encanto.


JULIA


EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...