La mediocridad es la castración del espíritu.
Dios es nuestra fantasía de eternidad.
Julia.
sábado, 31 de marzo de 2018
domingo, 25 de marzo de 2018
ELEVANDO SUEÑOS
María estaba ilusionada y dispuesta a cambiar su aburrida y anodina vida. Había descubierto un extraño anuncio por palabras, tan escueto como inquietante: ELEVAMOS SUEÑOS. No lo dudó, concertó una cita, pero los atascos de la ciudad le impidieron llegar a la hora prevista. A pesar del retraso se dirigió hacia la puerta de entrada y comprobó que estaba abierta, atravesó el umbral y se situó en medio de una enorme sala absolutamente vacía. Sobre la pizarra que presidía el local pudo leer: Hemos salido volando a recuperar nuestros sueños y tú ¿A qué estas esperando?
Gustavo
EXTRAÑA CEREMONIA
En la pequeña ciudad fronteriza se estaba produciendo un hecho poco habitual. En la vieja iglesia se desarrollaba una ceremonia en la que los bancos del recinto estaban ocupados por rostros jóvenes, muy jóvenes poco habituados a ritos funerarios y despedidas, por lo que les resultaba difícil seguir las consignas propias de la ceremonia. En el ara el oficiante, situado muy cerca del féretro que contenía el cadáver del joven fallecido, trataba de contraponer la aflicción hablando de la futilidad de la vida y los inescrutables caminos del Señor.
De repente se abrieron las puertas del templo y un grupo de encapuchados, armados hasta los dientes, se abalanzó hacia el interior, lanzando amenazas y gritos intimidatorios. Los asaltantes, corrieron hacia el centro de la estancia y de un empellón desplazaron al sacerdote de la proximidad del féretro, seis de ellos se hicieron cargo del túmulo mortuorio y lo cargaron sobre sus hombros. A continuación entonaron un himno revolucionario y se dirigieron hacia la puerta de salida. A modo de despedida lanzaron una soflama:
Ahora ya es nuestro, nunca será vuestro, su vida y su cuerpo pertenecen a la revolución.
Abandonaron el recinto causando estupor, miedo y angustia entre los sorprendidos asistentes a tan extraño ritual. El Sacerdote intento retomar la situación pero de manera paulatina todos y cada uno de los presentes abandonaron el recinto, dejando, como único ocupante un escalofriante grito de soledad y silencio
Gustavo
Ahora
Ahora
Ahora que vienes
a rondarme, no digo yo, que no me guste. Ahora que tu órbita se aproxima a la
mía, no digo yo, que no te note. Ahora que esparces tu pegamento, no digo yo, que
no me adhiera. Ahora que despliegas tu magia, no digo yo, que tu conejo no huela
mi chistera. Ahora que lanzas tus golpes, no digo yo, que no se acoplen a mis
bloques. Ahora que todo parece que va a renglón seguido, no digo yo, que no
falten comas. Ahora que por fin te dignas a mirarme, yo no digo nada, y no pareces
entender que yo, ahora, no te quiero ni ver.
Paco
Florentino
sábado, 24 de marzo de 2018
Desequilibrio
Desequilibrio
Cuando me
gobiernas me llevas a la cumbre con efímeras locuras pero cuando me faltas me
desborda el valle del perpetuo recuerdo. ¡ A la mierda la cordura del término
medio !
Paco
Florentino
miércoles, 21 de marzo de 2018
DESEADO DESEO
DESEADO DESEO
La deseó tanto y tanto que se enamoró de su propio deseo y ya no la pudo amar.
Julia
La deseó tanto y tanto que se enamoró de su propio deseo y ya no la pudo amar.
Julia
martes, 20 de marzo de 2018
El sueño del deseo
Ahí estabas, junto a mi, mirándome, acariciando cada rasgo de mi rostro. Perplejo de tanto silencio, de tanta ausencia del movimiento, pues sólo deseabas una frase, esa frase que sabias yo nunca diría.
Y por fin, tus labios se arriesgaron y empezaron a saludar a mis labios, al momento sentí como se paseaban por cada rincón de mi cuerpo, excitándolo, calentándolo con la presión de tu lengua.
Tus caricias fueron quitando mi ropa delicadamente.
Era tan fácil percibir el temblor que se escapaba de mis ingles. Entonces tu sexo empezó a acercarse a mi sexo. Me hiciste completamente tuya.
Tumbados, entrelazando nuestras piernas, era como si fuéramos uno solo. Nuestras respiraciones se unieron, tu corazón se desbordaba, te notaba tan cerca, tan real.
Marta Cerezuela.
Y por fin, tus labios se arriesgaron y empezaron a saludar a mis labios, al momento sentí como se paseaban por cada rincón de mi cuerpo, excitándolo, calentándolo con la presión de tu lengua.
Tus caricias fueron quitando mi ropa delicadamente.
Era tan fácil percibir el temblor que se escapaba de mis ingles. Entonces tu sexo empezó a acercarse a mi sexo. Me hiciste completamente tuya.
Tumbados, entrelazando nuestras piernas, era como si fuéramos uno solo. Nuestras respiraciones se unieron, tu corazón se desbordaba, te notaba tan cerca, tan real.
Marta Cerezuela.
- Primer relato libre -
Ese día en
que empecé a tener consciencia estaba todo tenebroso, tenía compañeros siempre
a mi lado, eran de distintos orígenes aunque eso no nos detenía para que habláramos
o incluso disfrutáramos juntos mezclándonos y haciendo cosas bonitas. Durante algunas
horas del día había luz donde siempre teníamos oscuridad y entonces era cuando
nos dábamos cuenta de que todo estaba lleno de colores y brillos a nuestro
alrededor. Todavía no éramos nada a pesar de que sabíamos que en algún momento
podríamos ser cualquier cosa.
Hubo un día
en que entro la luz y yo conseguí salir
de aquel lugar nocturno. Me hizo mucha ilusión, estaba emocionado por saber que
sería, por saber en qué me convertiría. Eran unas manos muy agradables las que
me cogieron para empezar a darme forma y un compañero con mucho brillo de aquel
primer lugar donde viví ayudo en el proceso de mí crecimiento. Al principio me
hicieron un poco de daño, me retorcieron, pero fue un dolor necesario para
empezar el trabajo que me llevaría a la calle. Les llevo varios días llegar al
resultado que se habían propuesto para mí, me mezclaron con más compañeros y
otros tantos ayudaron a la creación, eran todos muy bondadosos y creativos.
Una mañana
cuando desperté tenía un espejo cerca y al mirarme me quedé asombrado del magnífico
trabajo que habían hecho conmigo, me convirtieron en algo precioso, en algo que
cuando saliera a la calle todos me mirarían y querrían tenerme para ellos. Lo
que todavía no sabía yo era que para ese momento aún quedaban semanas, pues me
metieron en otro sitio negro durante varios días más, notaba como se movía
todo, me zarandeaba de un lado a otro sin poder hacer nada para remediarlo,
hasta que por fin alguien me saco de ese lugar negro y pude resplandecer como
debía.
No estaba sólo,
y tampoco parecía que fuera tan único como creía que era, no era algo especial
y eso me hizo entristecer un poco. Estaba situado en el medio de una habitación
muy grande, desde ahí lo podía ver todo, veía a todos mis compañeros y
compañeras, a simple vista todos nos parecíamos, aunque cada uno éramos de un
origen y un color diferentes. Estuve varios días triste, sin ni siquiera querer
hablar con nadie ni mirar demasiado a mi alrededor, pues me ponía cada vez más
depresivo al ver que algunos de mis compañeros salían muy pronto de esa
habitación gigante, mientras yo seguía en el mismo sitio día tras día.
De repente me
colocaron en otro sitio de la gran habitación, era más vistoso y tenía más
cerca que nunca a una compañera nueva que todavía no había visto. Un día ella
se atrevió a hablar conmigo, yo todavía no me había dado cuenta del cambio de
lugar que me habían hecho, no era consciente de que ahora estaba situado en un
sitio mucho más atractivo y con nuevos compañeros y compañeras, eso me empezó a
animar. Las palabras de mi nueva compañera me hicieron sentir mejor, lo más
importante es que hizo que me fijara más en mi alrededor, en ese momento me di
cuenta de lo especial que era, tenía complementos que ninguno más tenia, era de
un color único en esa habitación donde habían miles de colores,… después de ese
instante ya no volví a estar triste, sino que cada día estaba más y más
contento, pues seguía fijándome en los detalles y cada vez veía más diferencias
con mis compañeros, eran cosas que me hacían exclusivo.
Esa
compañera que un día me hablo quería hacer equipo conmigo, quería sentirse
única a mi lado, que fuéramos una pareja envidiable para nuestro alrededor,
pero aunque juntos hacíamos una gran pareja nos faltaban compinches con los que
haríamos algo especial y con un sentido único e inigualable. Así que empezamos a
reclutar socios, cada uno de ellos tenía que ser especial en su ámbito, hasta
que un día pudimos estar en el mejor lugar de la gran habitación todos juntos.
Habían
pasado varias semanas incluso diría que algún mes pero por fin empecé a ver la
calle y a todas esas personas que pasaban por delante, unos iban con prisas,
otros solo paseaban, pero los que más me gustaban eran los que se paraban para
admirar nos, para admirar el gran equipo que conseguimos hacer mi pareja
perfecta y yo con todos nuestros especiales amigos, pues nuestro gran sueño era
poder salir de ese lugar y pasear por las calles de la ciudad, queríamos
disfrutar de un paseo, de sentarnos en un parque o simplemente de estar parados
en medio de una gran avenida donde la gente va y viene sin preocuparse
demasiado de lo que pasa a su alrededor, y ahora estábamos más cerca de
conseguir ese gran sueño.
Llevábamos 3
días viendo la calle, observando a las personas que pasaban por esas aceras
anchas que recorrían una gran avenida, y por fin una de las personas que nos
admiraba decidió tenernos solo para él, decidió lucir por la ciudad con
nosotros. Él se llamaba Carlos, nos sacó de esa gran habitación un poco a
oscuras, estuvimos horas en ese lugar donde solo entraba algo de luz, una luz
que calentaba y nos hacía sentir muy a gusto a todos juntos allí dentro,
pasaron horas antes de que nos sacara de allí y viéramos su hogar.
El hogar de
Carlos era algo especial, nada más verlo me pareció increíble, era como si
estuviera hecho para vivir allí con él. Lo primero que vi fue una habitación,
no tan grande como en la que había estado viviendo los últimos meses, pero
estaba llena de cosas bonitas, cosas únicas entre ellas, cosas inmejorables,
todas me gustaban y pronto se convirtieron en amigos y amigas para toda la
vida, habían cosas brillantes aunque discretas, varios éramos iguales entre
nosotros aunque a la misma vez éramos y nos sentíamos únicos, todos nosotros teníamos
socias con las que hacíamos unas parejas increíbles y luego estaba el resto del
equipo que sin ellos nada tenía sentido para nosotros, me sentía en casa pues
todos nos entendíamos y nos respetábamos.
Carlos ese
mismo día decidió escoger a mi gran equipo para salir a cenar. Todos estábamos nerviosos
por ser nuestra primera noche por la ciudad, nos fuimos en coche hasta un
restaurante muy elegante donde Carlos saludo a muchas personas a las que adulaba
por sus prendas al igual que le adulaban a él. Nos sentamos todos en una mesa
redonda muy amplia. Pasaron horas allí sentados comiendo cosas muy vistosas y
bebiendo vino tinto, hablaban entre ellos, reían y brindaban con sus copas,
mientras nosotros esperábamos que ninguna gota se callera sobre él. Al salir de
allí y volver al coche Carlos nos llevó a un sitio donde la música estaba algo
elevada y no paraba de bailar, todos estábamos muy contentos y espitosos, no
queríamos que esa noche terminara nunca, estaba siendo una noche increíble,
estábamos conociendo a muchos más como nosotros, eran todos especiales y en
aquellos sitios todos éramos únicos y todos estábamos felices, pero la noche
termino y llegamos a casa, a nuestro nuevo hogar, donde Carlos nos dejó en esa
habitación llena de cosas increíbles.
Durante días
veíamos como Carlos entraba y salía sin ser nosotros su elección para ese día,
pero mientras estábamos en esa habitación lo pasábamos bien con el resto de
nuestros nuevos amigos que con el tiempo se convirtieron en nuestra gran
familia, cada día nos tocaba a unos salir a la calle y cuando volvíamos nos
contábamos todo lo que habíamos vivido, con lo que los días pasaban realmente
rápido y sin darnos cuenta pasaron años y años, en los cuales entraban nuevos
compañeros más bonitos en esa habitación, aunque Carlos nos seguía queriendo a
todos los que permanecíamos allí.
Recuerdo que
era un domingo por la mañana cuando Carlos entro en la habitación con traje
pijama, ese día no se disponía a elegir a ninguno de nosotros para salir a la
calle, ese día empezó a deshacerse de cosas, y es que al fin y al cabo solo
éramos ropa, y ya éramos ropa vieja, en concreto mi equipo y yo, era unos
simples pantalones de pinzas granates, mi pareja perfecta era una americana de
un tono granate a juego conmigo, la camisa blanca que tantos años había estado
refugiada dentro de la chaqueta, el cinturón negro y reluciente que tan bien
hizo su trabajo, aguantándome para que no me fuera a saludar a nuestros amigos
los zapatos negros, que siempre estaban dispuestos a llevarnos a todos de un
lado a otro de la ciudad, todos llevábamos 8 años en el vestidor de Carlos, ya
estábamos muy gastados, habíamos salido muchas veces de fiesta y cenas, y la
verdad que no nos importaba dejar paso a la juventud, a cosas más modernas y
nuevas, brillantes y relucientes, así que irnos a la bolsa donde descansaríamos
para siempre no era tan
doloroso como parecía.
Marta Cerezuela.
Marta Cerezuela.
lunes, 19 de marzo de 2018
Poco hecho
Poco
hecho
Conduce
su furgoneta y en la radio suenan “Love of Lesbian”, no es que sus canciones le
gusten especialmente pero las letras le parecen interesantes, reflexiona sobre trozos
de frases que hablan de libros de auto-ayuda, Murakami, el sexo, la muerte y cómo
sobreviven los seres vulnerables en un mundo inestable. No se cree vulnerable,
al contrario, hace ya tiempo que se siente crecida y poderosa, se han
despertado en ella instintos que le atrapan y en cierta medida también le
preocupan.
Esta
mañana temprano salió de Corral Rubio, quiere llegar pronto a la clínica en Albacete,
es posible que cuando llegue, el pequeño Saul ya esté muerto, ayer lo dejó solo
y agonizando, aún tiene presente su respiración entrecortada y el movimiento
fatigoso de su abdomen, ya ha decidido que si no ha muerto le ayudará a morir. Todavía
se pregunta porque estudió veterinaria, pero sabe que le atrae la muerte y le
gusta estar presente cuando la vida se detiene, ver como la quietud y la falta
de aliento inundan un cuerpo.
De
pequeña en él pueblo jugaba con sus primos a ¨morirse¨ como ella decía, se
desplomaba de repente y dejaba su cuerpo inerte en el suelo. Así podía estar
horas, paralizada como en trance, llegaba a controlar su respiración y podía debilitarla
hasta el límite vital haciéndola casi imperceptible. Luego se dejaba zarandear
y arrastrar como un amasijo de carne, apretujada y pellizcada, continuaba
impasible, incluso alguno de sus primos más osados llegaba a meterle mano por
debajo del vestido apartando su bragas y buscando su sexo con dedos
escrutadores, pero ella seguía igual, inalterable y estática, con los ojos
cerrados como si ya no habitara vida alguna en su cuerpo.
También
recuerda como le gustaba ir a la carnicería de su tío Tomas, admiraba su
habilidad como matarife y le encantaba contemplar como descarnaba los cuerpos
aun calientes de los animales para convertirlos en piezas descabezadas que
luego colgaba en la cámara frigorífica. En alguna ocasión su tío le enseñó de
forma furtiva como temblaban algunas de esas piezas suspendidas de los ganchos,
para ella, aquello era algo mágico y tétrico.
Pero lo
que más le atraía realmente de la carnicería era la imagen de su tía Miguela
sentada frente una fría mesa de acero inoxidable agarrando pedazos de carne
para meterlos en la trituradora. Lentamente su tía hacía girar la manivela y
las cuchillas desmenuzaban músculos, grasas y nervios, para convertirlos en un
montón de carne picada que salía por los orificios de la máquina y caían sobre
un enorme papel de estraza. Muchas veces su tía, con cierta complicidad, hacía
que Dolores se acercara a la mesa para poder apreciar el aroma de la carne
fresca, cogían un puñado con las manos y jugando con su textura se la llevaban
a la boca, de ella aprendió a masticar y apreciar el sabor de la carne recién
cortada. Además recuerda el olor característico de la carne que se quedaba
impregnada en sus dedos y como a lo largo del día se los llevaba a la nariz
para revivir esos momentos, sin dejar de pensar que hubiera ocurrido si metiera
un dedo por la tolva de la máquina.
Ya tiene
aparcado el coche frente a la clínica, coge su maletín y sube la persiana metálica
con energía, odia el letrero “Life Canin” y la imagen del perro sonriente que
preside la puerta de entrada, piensa que no debió de hacer tantas concesiones a
su socio. Desde el vestíbulo se oyen los estertores del animal, enciende las
luces y se dirige a su despacho, deja el maletín sobre la mesa para ponerse una
bata verde del perchero y atravesar el pasillo que conduce a la sala de jaulas,
allí esta Saul, tumbado, el perro se ha percatado de su presencia y la persigue
con el hocico buscando su atención. Dolores se acerca a su jaula, abre la
puerta y le quita el collar, ambos se miran por unos instantes, ella le sonríe mientras
le atenaza la boca con una mano y comprime fuertemente su cuello con la otra, el
perro se resiste pero las manos de Dolores son rudas y fuertes.
Dolores
observa ahora la imagen inerte del animal y de forma inconsciente se lleva las
manos a la nariz, aun puede distinguir en sus dedos restos de ella, acaba de
recordar la visión desnuda de Mónica, tumbada y abandonada en la cama, mostrando
su cuerpo vulnerable, sonrosado y tierno, poco hecho. Mónica es una joven
vegetariana, delgada y elegante que trabaja de dependienta en Mango, las dos
saben que su relación no atraviesa un buen momento, aun así hoy temprano han
dejado que sus lenguas se exploren y acaben encontrando sus sexos.
Mónica
está cansada de juegos, pero esta mañana ha vuelto a obedecer cuando Dolores le
ha puesto una mano en su garganta y le ha dicho al oído, “- hazte la muerta”,
mientras la masturbaba de forma frenética. El placer y la agonía se han unido
por un momento hasta correrse. Después silencio y calma, Mónica ha permanecido
tumbada en la cama, relajada y ausente, Dolores se ha ido a la ducha y ha
puesto su canción preferida “Love is to Die” de Warpaint.
A
Dolores le pierde el cuerpo apetecible de Mónica y la inocencia perturbadora
que le rodea, pero el miedo se ha apoderado de su relación, sabe que la quiere
dejar y no soporta la idea del abandono. Es un sentimiento que le persigue
desde la infancia cuando fue abandonada por sus padres en Coral Rubio, criada
por su abuela y tíos tuvo que sobrevivir en un ambiente rural cargado de juegos
masculinos ausencias maternas y sin espacio para la compasión, donde la
convivencia con los animales hace que la vida y la muerte se entrelacen en lo
cotidiano. Dolores no entiende a los seres vulnerables, piensa que deben ser
sacrificados.
Mónica
ha comenzado a dudar de su sexualidad, quiere ternura, le atrae lo bello y
elegante y está cansada de juegos y dominaciones, empieza a estar asustada,
hace unos días encontró escondido en el armario dos bisturíes unidos al
consolador que tanto placer les ha proporcionado y cada vez que inician su
ritual amoroso de juegos cierra los ojos y espera que esta vez no le ponga el
collar de perra, le meta el consolador por la vagina y le diga al oído
“muérete”.
Paco
Florentino
19-03-2018
domingo, 18 de marzo de 2018
ENTRE CUATRO PAREDES
La ciudad del amor era un pequeño salón en el que vivíamos con pasión cada una de las veinticuatro horas del día. No necesitábamos candados en los puentes y tampoco fotos en lugares emblemáticos. Cada abrazo era una excursión hacia un paraje desconocido, cada beso un monumento que se visitaba mil veces, y todo recogido entre cuatro paredes. Es lo que tienen los amores clandestinos que no pasean por lugares concurridos pero transitan por la ciudad de los afectos, la ruta de los sentimientos y el océano de los sentidos.
Gustavo
domingo, 11 de marzo de 2018
LA CASA DE LAS VENTANAS
En la primavera de mil novecientos setenta,
mi empresa me destinó a Tryp City, (Ciudad de los Viajes). Entonces ignoraba
que existiera una ciudad que pudiera llamarse así en todo el Estado de
Minnesota. A decir verdad, cuando el jefe lo propuso no pensaba que una
población con ese nombre, entrara en los planes de promoción de una empresa
dedicada a la venta de comida para animales domésticos. ¿Qué se les había
perdido allí? Era más bien una ciudad
pequeña, apenas tenía censados veinte mil habitantes y no os miento cuando os digo que en invierno,
hacía un frio polar. Me daba vueltas la
cabeza –algo así como vértigo- solo de pensar en vivir bajo esas condiciones
climáticas y tampoco llegaba a entender como una mascota –por lo delicados que
llegan a ser los animales domésticos- era capaz de soportar las bajas
temperaturas de aquellas noches interminables de invierno. No era posible que
cualquier animal hogareño, -ni ataviado de lana- se resistiese a acabar con congelaciones, si
el dueño insistía en sacarlo a dar un
paseo nocturno con el fin de satisfacer sus necesidades fisiológicas. Tras
pensarlo hasta altas horas de la noche, me convencí de que ese proyecto tenía
las horas contadas, lo tenía tan claro que ni tan siquiera me puse a preparar las maletas. Además no tenía
ninguna intención de irme de Pensilvania, me venía francamente mal, acababa de
conocer a una chica que me gustaba, se llamaba Linda, nos veíamos a menudo
desde hacía unas tres semanas. Me largué a la cama con una decisión tomada: ¨Si
la empresa continuaba adelante con esa idea tan descabellada, les diría que el
jefe mandara otro vendedor¨
Unas horas después me desperté con una
pesadilla. El corazón bailaba desbocado dentro del pecho y mi cuerpo sudaba con
profusión. Segundos más tarde había cambiado de opinión. La responsable de
aquel cambio repentino no era otra que Karen, mi compañera agregada del
gabinete de ventas, una rubia delgada, de piernas estilizadas que a diario se
pintaba los labios de color rojo. A menudo paseaba por las oficinas,
exhibiéndose con actitud sensual y provocativa que subía de tono cuando el jefe
nos llamaba a su despacho. No albergaba dudas al respecto, aquella pesadilla me
lo acababa de advertir; si rechazaba el trabajo ella, no dudaría en correr a
solicitarlo de inmediato, para quedar bien ante el jefe. Luego, tras colgarse
los galones suficientes para devaluarme ante sus ojos, estaría en buena
disposición para desplazarme de mi puesto como coordinador de ventas del
departamento. No podría haber seguido trabajando en aquella empresa siendo un
subalterno; mi vida se hubiera convertido en un infierno. Nunca le caí bien a
Karen desde que la destinaron a mi
departamento siempre que estaba en sus manos me hacía la vida imposible.
Estaba convencida, de que ella tenía más cualidades que yo para desempeñar
mejor el cargo que me había asignado el Consejo Directivo.
Seguro que de su sensual boca, saltaba un
rotundo: ¡SI! No se lo iba a pensar dos veces, en cuanto se lo ofrecieran. No
podía arriesgarme que fuera a Trip City,
le salieran las cosas a pedir de boca y
volviera al departamento, con un cartel de impresión, más triunfal y altanera
de lo que ya se mostraba en el día a día, con su trabajo. De inmediato yo
pasaría a segunda línea, convertido en chupatintas, uno de esos pobres diablos
que se arrastran de despacho en despacho todo el día anotando números para
confeccionar estadísticas. No tuve más remedio que aceptar la oferta. ¿Cómo iba
a permitir que se fueran al traste los logros que con tanto esfuerzo había
alcanzado después de tantos años en la empresa?
Ningún vendedor, hasta ahora, había llegado tan lejos como yo lo había
hecho. Durante muchos meses, a lo largo de años, había ostentado el primer
lugar en el ranking de ventas, lo cual, no cabían las dudas, me había hecho
merecedor del puesto que actualmente ocupaba.
Llegué
al atardecer, a Trip City, tras un largo viaje en bus de ocho horas, después de
aterrizar en el aeropuerto de Minneapolis. Mientras despegaba los párpados tras
haber intentado dormir algo durante el trayecto, sin haberlo apenas conseguido,
contemplaba desde mi asiento como el bus se adentraba en unas de las calles
desiertas. En verdad tal como había sospechado, con solo entrar en la
ciudad me pareció inhóspita. Cuando el
bus se detuvo, fui el único viajero que se apeó en aquella parada. El
conductor, un hombre negro que portaba en su cabeza una gorra del equipo de
beisbol de los Minnesota Twins se levantó de su asiento, abrió el maletero y
descargó mi equipaje. Hice rodar mi maleta, sobre una acera repleta de planchas de hielo grisáceo en descomposición,
andaba con cautela para no resbalar, saqué de mi bolsillo una libreta de notas:
Hotel Town-Place; Street: Nº 635-D; Dto.
2ª Nº 112. En el cielo, las nubes flotaban pegajosas a unos metros de mi sombrero,
en ese momento silbé a un taxi que venía calle abajo. Le mostré la dirección,
sin mediar palabra, activó el taxímetro y se puso en marcha.
Era
un hotel antiguo construido quizás unos cincuenta años después de que se
firmara la Independencia, había sido restaurado en dos ocasiones la última
hacía tan solo unos tres años. A primera vista parecía confortable, en la radio
de recepción se escuchaba música ambiental y había flores en todos los jarrones
del hall. Un botones negro se encargó de subir el equipaje a mi habitación,
cuando salió tras soltarle una suculenta propina cerré la puerta con llave,
deposité mi maletín en el suelo, lancé mi sombrero sobre la cama, colgué la
gabardina en el perchero y me tumbé en la cama. Mientras exploraba el techo desnudo
de la habitación, me quedé dormido. Al despertar, tuve la sensación de haber soñado bastante, aunque
no conseguía recordar nada. Estaba sobresaltado, sin motivo alguno sudaba al
mismo tiempo que sentía mi piel irritada, como si alguien se hubiera dedicado a
derramar sobre ella algún producto
tóxico mientras dormía; lo cual no era
posible pues no me había dado tiempo a quitarme la ropa al caer sobre la cama.
Miré las agujas del reloj en mi muñeca, eran las tres y cinco de la madrugada.
Unos destellos de luces furiosas se reflejaban en los cristales de la ventana.
No tardé nada en levantarme y abrirla, a continuación me asomé a la calle. Era
muy estrecha, enfrente de mí se
alzaba un enorme edifico, lo mismo si
estiraba los brazos podía llegar a tocar sus paredes. Era gigantesco daba la
impresión de ocupar una manzana entera.
No se parecía en nada a ninguno de los otros edificios por donde anduve nada
más llegar. Su fachada estaba iluminada
con miles de luces de neón que destellaban sobre el gris del cielo, que
continuaba ennegrecido y sin estrellas. Tenía forma de prisma y una de sus
aristas casi llegaba a tocar la pared de la casa que lo circundaba. Era como un
abanico de colores lanzado al océano de
la noche para iluminarlo sin descanso, debajo de cada neón pulsante incrustadas
dentro del ladrillo se podían contemplar
innumerables ventanas, todas del mismo
tamaño, dispuestas en largas e inacabables filas centrales ,una por cada
piso del edificio Al parecer estaban dotadas de un sistema mecánico, eso
explicaba que acompañando la orquesta lumínica, unas persianas blancas de
manera rítmica se abriesen de izquierda a derecha y luego se cerraran en sentido contrario, siguiendo siempre la
misma cadencia. Al principio llegué a pensar que podía tratarse de una gran
nave espacial, que emitía mensajes de colores hacía el firmamento en mitad
de una ciudad perdida en la geografía del Norte de los Estados Unidos de
América. Aquella visión no me intranquilizo, muy al contrario, acabó con el
sobresalto con el que me había levantado hacía unos minutos y mi mente se
dispuso con placidez a entrar en un estado celestial, como sí de un trance se
tratara. Cerré la ventana, me di una buena ducha caliente y no sabría
explicar el porqué, pero me tragué un somnífero; lo mismo porque deseaba volver al sueño de donde me
había arrancado esa visión embrujada.
Lo cierto es que a la mañana siguiente, todo
vino rodado. Tryp City era una ciudad
que en nada se parecía a otras en las que había intentado la promoción de
ventas de mis productos. Desde el principio tuve la sensación de estar como en
casa (a pesar de lo inhóspita que me había aparecido a su entrada) como si
desde siempre aquella ciudad, hubiera estado esperando mi llegada. Era abrir
los catálogos y llover pedidos. En dos días había cerrado seis contratos,
cuatro de ellos en nuevas zonas comerciales que proliferaban como hongos, en
las afueras de aquella gélida ciudad y otros dos, en negocios caseros, pero no
por ello menos sustanciosos. Al mediodía, descansaba en un bar del centro.
Sentado en un taburete de la barra, una joven y agradable camarera me servía
una hamburguesa especial con un batido de frutas. Aquel lugar me reconfortaba.
Al acabar salía del bar con un café largo bien cargado y reanudaba la jornada,
hasta que las espesas nubes negras de
nuevo rozaban las alas de mi sombrero. Eso tenía lugar alrededor de las
seis de la tarde.
Regresaba al hotel, y sepultaba mi cuerpo
cansado sobre la cama, apenas me
quedaban fuerzas para quitarme la ropa; el cansancio cerraba mis
párpados ocultándolos en el sueño. Habría pasado al menos una semana, cuando en
medio de una noche desperté de nuevo sobresaltado y volví a sentir la misma
irritación en la piel que días atrás, aunque esta vez era mayor la sensación de
escozor, llegó a ser tan intensa, que frote profusamente mis brazos; un
sarpullido rojo apareció a lo largo de la piel de mis brazos y se extendió
rápidamente hasta el pecho. Froté mi piel con saña hasta que se alivió la
sensación de prurito, cuando de nuevo en la ventana se reflejaban las luces de
la calle. Al abrirla hizo de nuevo su aparición, en medio de la noche, como
surgido de la nada el mismo bloque de
aquel gigantesco edificio. Recordé la conversación que había mantenido con el botones hacía unos días en la escalera,
cuando le pregunté si podía decirme algo al respecto de aquel fantasmagórico
bloque de viviendas. Dijo que se llamaba “La Casa de las Ventanas” que había
sido una fábrica de cerillas propiedad de un rico financiero que vino desde
Alabama a Minnesota. Hacía tiempo que el negocio se había ido a pique. Bajaron
las ventas cuando un buen día saltaron al mercado los mecheros de gas y tras
perderlo todo, el negociante acabó marchándose. Desde entonces la fábrica
estaba abandonada, ahora no era más que
un basurero, un estercolero, en donde se amontonan junto a la basura:
vagabundos, mendigos, prófugos, alcohólicos drogadictos y prostitutas. Estaba
pendiente de una orden de derribo pero las autoridades no se atrevían a
ejecutarla. La verdad es que no daban con el paradero del propietario y
mientras no lo hicieran, no estaban seguros de que fuera legal derribarla. El
asunto está en manos de un juez, pendiente de veredicto.
¡Cómo no había caído en la cuenta! tantos
días en la misma habitación, y aún no había visto que la ventana daba a una
especie de balcón diminuto, con un descansillo desde donde comenzaba una
escalerilla de hierro que se descolgaba hasta la calle. Uno a uno bajé los
escalones. Abajo se amontonaba la basura, se veían correr las ratas y las
paredes repletas de pintadas daban una impresión de abandono y miseria a toda
aquella manzana. La calle era tan estrecha que tenía que apartar los cubos para
poder andar, en ocasiones tuve que avanzar con el cuerpo ladeado rozando las
paredes con la espalda. Me detuve al llegar a la altura de una colosal puerta
metálica pintada de azul con una gran mirilla. Las luces de neón comenzaron a
encenderse, al juego de colores se sumaron los ruidos acompasados y maquinales
de un abrir y cerrar de ventanas. Golpeé con los nudillos, alguien desde dentro
la dejó entreabierta. La impulsé con las manos, momento en el cual las luces de neón se encendieron y
parpadearon con tal intensidad; que acabaron por lanzar después de transformarse
en una nube refulgente, una especie de radiación que me alcanzó de lleno. A
modo de un calambre electrizante se esparció con gran impulso a través de mis
fibras nerviosas. La puerta cedió al empuje de mis manos hasta quedar
completamente abierta. Di varios pasos
al interior de aquel edificio que
parecía engullirme. No sentía miedo, sólo experimentaba la sensación de una fuerza desconocida, como si un inmenso
imán me atrajese sin remedio hacia algo desconocido. Andaba por una gran sala
de forma piramidal, hasta que se abrió a mis pies un gran foso negro y redondo;
era como una gran espiral alargada en forma de caracol con rampas deslizantes.
Pensaba que iba a resbalar si intentaba seguir, pero al dar un paso adelante me
percaté que mis pies permanecían estables, anclados al suelo. Al bajar por las rampas, mostraban colores diferentes
según al nivel que descendía;
muchos de los cuales mi retina
era incapaz de reconocer. Continué bajando siguiendo aquellos sinuosos caminos
hasta perderme en un profundo laberinto subterráneo en las mismas entrañas
coloreadas de la tierra. No sé cuánto tardé en llegar hasta el final del foso,
pero cuando lo hice una gran plancha de metal rojo y caliente vibraba bajo mis
pies. Se trataba de una vasta plataforma, me instalé encima de ella, segundos
después comenzó a descender, cuando se detuvo: ante mis ojos se exhibía una
gran ciudad con un cielo repleto de estrellas. Los enormes edificios conformaba
inmensurables avenidas que descansaban sobre
grandes columnas de neón y de cada uno de los bloques se lanzaban
interminables haces de luz que dibujaban un firmamento repletos de puntos de
luz que me alumbraban. La gran caricia de la ciudad de la luz se expuso en toda
su grandiosidad ante mí. De repente sin
saber porque, pensé en mis ventas del día siguiente, y en que tal vez
Linda creyera mi historia cuando se la
contara.
─Jefe,
la policía ha encontrado a James -dijo un empleado con voz cínica- Se ve
que ha liado una gorda.
─ ¿Dónde está ese cabrón? Cuando lo tenga
delante de mí, se va a enterar. Firmó cientos de contratos en ventas, en Tryp
City, le enviamos las partidas y desapareció como si se lo hubiera tragado la
tierra─
─Lo encontraron en una fábrica abandonada,
ha llamado el médico de la cárcel, dice que tiene alucinaciones o algo así.
─ ¿Han dicho algo del dinero? De lo que me
ha robado estos meses
─No, de eso
no han dicho nada─
──Llamad a Karen y que salga ahora mismo
para Triyp City, -el jefe agitó sus brazos al aire, con gesto de rabia y dijo-,
¡A ver si nos enteramos de que pasa!──
En el penal, psiquiátrico de Los Ángeles
comenzaba un encuentro entre James y el psiquiatra de la cárcel.
──Dígame James – pregunto el psiquiatra- ¿le
suena el nombre de una ciudad que se llama Tryp City? ¿Golpeó hasta matar a un mendigo en la
antigua fábrica de cerillas?
James levanto su mirada, suelta y relajada-
sonrió-
─Hábleme de esa ciudad ¿Es allí donde esta
¨ La Casa de las Ventanas¨?
En ese mismo instante Karen, bajaba del
autobús en Tryp City, la tarde era como siempre grisácea, gélida y caía como
una gran penumbra sobre su espalda.
ENGAÑO
-Estoy reunido con mi socio y no quiero
que nadie me moleste.
-Tranquilo
jefe, aunque aparezca la división acorazada Brunete no los dejos que pasen.
-Bueno
Alberto, ahora ya estamos solos tú y yo y quiero que me respondas sinceramente
a una pregunta.
-Dime
Miguel, ¿a qué viene tanto secretismo?
-¿Tú
sabes lo que yo siento por mi mujer?. La quiero más que a nada en el mundo.
-Si
claro y ¿por qué me haces esa pregunta?
-María
y tu tenéis mucha complicidad ¿no es
cierto?
-Sabes
que somos buenos amigos, nos conocemos hace mucho tiempo y compartimos un
montón de aficiones.
-¿Y
algo más?
-¿Qué
quieres decir?
-No
voy a seguir creando un clima de misterio, con
algo que es muy evidente. Lo sé todo lo que está pasando, me estáis
engañando.
-Pero
que tonterías estás diciendo, Miguel tranquilízate por favor
-No
son tonterías y tú lo sabes ¿dónde estabais el jueves de la semana
pasada?, vamos a ver si te atreves a
negarme que os vieron juntos en el hotel Barceló y no es la primera vez que
esto ha ocurrido.
-Por
favor Miguel, no voy a entrar en ese juego tan sucio
-¡Quieres
contestarme!
-Nada
de lo que estás insinuando es cierto.
-No
lo niegues, lo sé todo, estoy locamente enamorado de María y su
conducta me está resultando tan extraña en las últimas semanas, nos conocemos tan bien, y no me cuadra, para
nada su comportamiento actual….
-Estará
atravesando un mal momento ¿por qué no le preguntas a ella?
-No
soportaría que me engañara con excusas y evasivas, de manera que decidí ponerle
un detective.
-Estás
loco, ¿cómo te has atrevido?
-Simplemente
estoy en mi derecho de saber lo que está pasando con mi matrimonio.
-Pero
no de esa manera tan sucia
-Lo
que nunca me hubiera imaginado es que mi mejor amigo fuera capaz de engañarme,
robando lo que yo más quiero. Ahora atrévete a negarlo de nuevo
-Te
estás equivocando. ¿por qué no hablas con María antes de sacar conclusiones?.
Pero, hazme un favor, no le cuentes tu innoble conducta siguiendo sus pasos.
-Para
que le voy a preguntar nada si ya sé las respuestas, no podría resistir
escucharlas en su boca, por eso he decidido hablar contigo y pedirte por favor,
suplicarte si lo prefieres, eres mi última baza. Por la amistad que hemos
tenido lárgate, desaparece de nuestras vidas.
-Miguel
estás equivocado,
-¡No
insultes a mi inteligencia!, te digo que tengo las pruebas del engaño.
-En
fin. le di mi palabra a María, pero creo que no tengo más remedio que incumplir
esa promesa.
-De
que me estás hablando.
-Está
bien Miguel, es cierto que María y yo nos hemos estado viendo pero no por lo
que tú estás insinuando.
-No
me cuentes una patraña, me haría sentir peor.
-Desgraciadamente no es una
patraña, María está enferma, se va a morir en unas semanas y te quiere tanto
que no se atreve a hacerte sufrir contándote lo que pasa, prefiere retrasar el
momento en el que tu conozcas la verdad, me ha estado usando como paño de
lágrimas, si no llega a contar conmigo, hace días que habría estallado loca por
el dolor. De manera que guárdate las fotos del detective y sobre todo esconde
bien el resultado de esta conversación,
ahora te toca a ti cargar con esta pesada carga, ocultar el dolor y la
pena por la pérdida.
Gustavo
sábado, 10 de marzo de 2018
CAMARADA
CAMARADA (Extractos del diario de una maestra republicana)
Valencia, 25 de Mayo de 1937.
Como cada día me he levantado cuando todavía no había salido
el sol, después de una larga noche de bombardeos. A pesar de que cada vez caen
más cerca y, a veces, tiembla la casa, ya no bajamos al refugio. Solo mi abuela
Rita y el gato.
Mientras desayuno eso que llaman café -pura achicoria- me gusta ver a lo lejos las primeras luces
del alba.
Pienso en los niños que me esperan en lo que, así recién
levantada, todavía con el calor de las sábanas pegado a la piel, me parece el
otro lado del mundo: Coger el tranvía que va al Cementerio en las Torres de
Quart, bajarme en la Cruz Cubierta y caminar entre huertas hasta la escuela de
La Torre…
Pero ellos rápidamente me hacen olvidar el duro despertar de
cada día. Siempre quise ser maestra. Ver cómo se ilumina en sus ojos la chispa
de la curiosidad, el deseo de aprender.
Son niños y niñas de las alquerías, la mayoría de las
familias no saben leer, pero quieren que sus hijos aprendan. Me respetan y me
aprecian.
Y yo tengo también que estarles muy agradecida, no solo por
su aprecio sino porque gracias a ellos podemos comer en mi casa muchos días. La
familia de Pere me hace llegar ¡un pan blanco! y la de Quino unos huevos,
María, de vez en cuando un quesito de servilleta, unas pastas, naranjas…alguna
vez, para fiestas, un “conillet”. Valiosísimos tesoros cuando el hambre reina
en las calles de la ciudad. Ya no quedan ni ratas.
Cuando he bajado a la calle he tenido que ir sorteando las
nuevas ruinas de la noche.
Hoy el tranvía ha llegado casi a su hora, un milagro, ahora nunca
se sabe si llegará y cuándo.
Conforme nos alejamos, la huerta se va abriendo camino entre
las casas.
Cada mañana me acompañan los primeros rayos del sol, el fuerte
olor del humo de alguna chimenea, de la tierra removida y esquilmada, vacía de
frutos, de algún brote de azahar, las alegres conversaciones de los pájaros,
pero, sobre todo, me acompaña él: Mi compañero Antonio.
Lo movilizaron en Octubre al frente de Aragón.
Sus ojos llenos de lágrimas pero brillantes de ilusión, sus
besos al aire, como queriendo compartir conmigo el universo, el puño en alto
alejándose en el andén.
-¡Venceremos camarada!
Me aprendo de memoria
las cartas que me vienen de vez en cuando y me las repito con su voz para
alegrarme el camino.
Me cuenta que ha organizado entre
trincheras un “Rincón de cultura”.
Me
escribe: “Buenas noches, mi dulce
compañera. Cuando se callan los morteros y las bombas de mano, y dejan de
silbar las balas explosivas de las ametralladoras, se hace un silencio denso
que invita a reencontrarse con uno mismo, sentir el cuerpo y casi celebrar
estar vivo. En esos momentos me llegas tú, tu sonrisa abierta y acogedora, tus
manos protectoras, el recuerdo de tu abrazo, que suaviza como un bálsamo las
magulladuras del día, me acuna y me acompaña al sueño breve y siempre alerta.
Hoy tengo
una buena noticia que darte. Sabes que aquí muchos camaradas no saben leer y
siempre me andan pidiendo que les ayude con las cartas y nos miran con envidia
a los que, muy de vez en cuando, podemos leer en los ratos de descanso. Pues
bueno, se me ha ocurrido montar un “Rincón de cultura” y no tienes idea del
entusiasmo que ha despertado. Todos han ayudado a excavar con las bayonetas un
hueco un poco más seguro, incluso hemos improvisado unos bancos y un estante
para poner al alcance de todos los pocos libros que disponemos. Un trozo de
madera medio quemada se ha transformado en mural que siempre está lleno de
fotografías, artículos de escritores y de líderes políticos que hablan de la
lucha que sostenemos, de por qué y para qué luchamos. Allí nos reunimos a leer
y ayudamos a muchos soldados a ir desvelando letra a letra los secretos de la
palabra y a dibujar despacio, con dificultad sus primeros trazos. No sabes cómo
se esfuerzan en aprender. Ellos saben mejor que nadie que la cultura es un arma
eficaz contra el fascismo.
De lo demás
para qué contarte. No quiero ni que lo imagines.
Siempre
cerca de ti este soldado de la libertad.”
Me admira la fuerza de sus ideas. Su fe en el poder
liberador de la cultura. Pero me aterra pensarlo tan frágil a expensas del
capricho del fuego enemigo.
En mi fantasía acaricio su cuerpo querido, sus labios, sus
ojos. Creo sentir el olor de su piel, el calor de sus manos.
Imagino una burbuja de cristal que le protege de cualquier
mal. La pienso con tal intensidad que me convenzo de su milagroso efecto.
En ese delirio ando hasta que, como cada mañana, cuando
llego al puentecillo sobre la acequia, en lo que debe ser un puesto de guardia,
me encuentro con un miliciano. Me sonríe, me saluda con el puño en alto, y me
regala una flor. Una flor sencilla, pequeña, de las miles que llenan el campo
en primavera: “Para ti, camarada”.
Apenas intercambiamos unas pocas palabras. Ni siquiera sé su
nombre.
-Gracias, que tengas un buen día compañero. Parece que mayo
se esfuerza en mostrarnos su mejor cara.
Él se queda allí sonriendo, apoyado en su fusil, hasta que lo pierdo de vista.
Enseguida me llegan las voces de los niños. Ellos me traen
los pies a tierra y me llenan de alegría.
12 de Julio de
1937.
Seguir vivos cada día es una victoria. Desde que el Gobierno
de la República se ha trasladado a Valencia siempre estamos bajo la amenaza de los
bombardeos.
La subsistencia se hace difícil, solo se encuentran naranjas
y arroz con cáscara. La huerta ya no puede dar más de sí, pero todo se va para
el frente. Se hace imposible controlar a los que trafican con las pocas
existencias que nos llegan. Afortunadamente no tengo problemas para comer,
aunque sean piedras. La que lo lleva peor es mi abuela. Se ha hecho famoso su “Mare
meva, mig ou, ¡quina desgràcia!”
Afortunadamente, por unos días, hemos visto brillar la
esperanza. Se ha celebrado el 2º Congreso Internacional de Escritores Antifascistas.
Hemos podido tocar casi con nuestras manos lo mejor del pensamiento, la luz de
las ideas, la fuerza de la palabra.
Han pasado camino de París, dejando atrás una estela de
sentido.
¡Cómo lo hubiera disfrutado él!
El verano nos cae a plomo. Suerte que, a pesar del peligro,
de vez en cuando puedo acercarme al mar y dejar volar mi mirada hasta el
infinito.
Las noticias de Antonio me llegan muy de tarde en tarde. Me
habla poco de lo que pasa en el frente. Tiene puesta su ilusión en ver cómo sus
camaradas van aprendiendo a leer. Le conmueve ver cómo van descifrando el
periódico letra a letra y cómo escriben sus primeras cartas a sus esposas y a
sus novias y, a veces, ¡a La Pasionaria! para comunicarle que han vencido al
analfabetismo.
Así vamos ganando cada día al desaliento.
27 de Septiembre de 1937
Ayer el cielo cayó sobre nosotros. El bombardeo más terrible
hasta la fecha. Cada vez son más frecuentes y destructivos.
Con muchas dificultades, sobre todo con el transporte, hace
unos días he podido volver a mi escuela.
Tengo que salir todavía más temprano porque nunca se sabe
cómo ni en qué vehículo ni a qué hora voy a llegar.
A pesar de todo cada mañana me espera mi miliciano en su
puesto, en el puente de la acequia. Es extraño que siga allí. Que no lo hayan
movilizado. Parece que se encarga de organizar las “brigadas de choque”-jóvenes
comunistas que van a trabajar las huertas-. Vaya, lo deduzco porque veo cómo se
le acercan a veces y él les da instrucciones, porque es parco en palabras. Pero
sigue ofreciéndome cada día una pequeña flor: “Para ti, camarada”
Las noticias de Antonio cada vez me llegan más de tarde en
tarde. A veces dos cartas juntas y casi siempre ninguna.
10 de Octubre de 1937
¡No estaba! ¡Esta mañana no estaba mi miliciano!
Hoy he salido casi de noche todavía. El camino entre huertas
está más difícil estos días por las lluvias.
Empezaba a clarear cuándo he llegado a la acequia y no había
nadie. He vuelto más tarde. Nadie.
He preguntado a los jóvenes que intentaban recomponer la
huerta después de la inundación. No me han dado razón ninguna.
Sé que Antonio ha muerto. Algo se ha roto dentro de mí. El
corazón se me ha detenido, mi alma está vacía…
Aquí se termina el diario. Por lo que sé mi madre nunca
volvió a tener noticias de Antonio, se le dio por desaparecido. Su vida se
detuvo. Después todo fueron sombras.
Julia
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