sábado, 31 de marzo de 2018

Aforismos

La mediocridad es la castración del espíritu.

Dios es nuestra fantasía de eternidad.

Julia.

domingo, 25 de marzo de 2018

ELEVANDO SUEÑOS

María estaba ilusionada y dispuesta a cambiar su aburrida y anodina vida. Había descubierto un extraño anuncio por palabras, tan escueto como inquietante: ELEVAMOS SUEÑOS. No lo dudó,  concertó una cita, pero los atascos de la ciudad le impidieron llegar a la hora prevista. A pesar del retraso se dirigió hacia la puerta de entrada y comprobó que estaba abierta, atravesó el umbral y se situó en medio de una enorme sala absolutamente vacía. Sobre la pizarra que presidía el local pudo leer: Hemos salido volando a recuperar nuestros sueños y tú ¿A qué estas esperando?
   Gustavo

EXTRAÑA CEREMONIA

       
En la pequeña ciudad fronteriza se estaba produciendo un hecho poco habitual. En la vieja iglesia se desarrollaba una ceremonia en la que los bancos del recinto estaban ocupados por rostros jóvenes, muy jóvenes poco  habituados a ritos funerarios y despedidas, por lo que les resultaba difícil seguir las consignas propias de la ceremonia. En el ara el oficiante, situado muy cerca del féretro que contenía el cadáver del joven fallecido, trataba de contraponer la aflicción hablando de la futilidad de la vida y los inescrutables caminos del Señor.
De repente se abrieron las puertas del templo y un grupo de encapuchados, armados hasta los dientes, se abalanzó hacia el interior, lanzando amenazas y gritos intimidatorios. Los asaltantes, corrieron hacia el centro de la estancia y de un empellón desplazaron al sacerdote de la proximidad del féretro, seis de ellos se hicieron cargo del túmulo mortuorio y lo cargaron sobre sus hombros. A continuación entonaron un himno revolucionario y se dirigieron hacia la puerta de salida. A modo de despedida lanzaron una soflama:
Ahora ya es nuestro, nunca será vuestro, su vida y su cuerpo pertenecen a la revolución.
Abandonaron el recinto causando estupor, miedo y angustia entre los sorprendidos asistentes a tan extraño ritual. El Sacerdote intento retomar la situación  pero de manera paulatina todos y cada uno de los presentes abandonaron el recinto, dejando, como único ocupante un escalofriante grito de soledad y silencio
   Gustavo

Ahora



Ahora

Ahora que vienes a rondarme, no digo yo, que no me guste. Ahora que tu órbita se aproxima a la mía, no digo yo, que no te note. Ahora que esparces tu pegamento, no digo yo, que no me adhiera. Ahora que despliegas tu magia, no digo yo, que tu conejo no huela mi chistera. Ahora que lanzas tus golpes, no digo yo, que no se acoplen a mis bloques. Ahora que todo parece que va a renglón seguido, no digo yo, que no falten comas. Ahora que por fin te dignas a mirarme, yo no digo nada, y no pareces entender que yo, ahora, no te quiero ni ver.

Paco Florentino

sábado, 24 de marzo de 2018

Desequilibrio




Desequilibrio

Cuando me gobiernas me llevas a la cumbre con efímeras locuras pero cuando me faltas me desborda el valle del perpetuo recuerdo. ¡ A la mierda la cordura del término medio !

Paco Florentino

miércoles, 21 de marzo de 2018

DESEADO DESEO

DESEADO DESEO

La deseó tanto y tanto que se enamoró de su propio deseo y ya no la pudo amar.

Julia 

martes, 20 de marzo de 2018

Allí estaba, en la puerta de su casa cuando la volvió a ver y en ese momento volvió a sentir algo que ya había sentido.

Marta Cerezuela.

El sueño del deseo

Ahí estabas, junto a mi, mirándome, acariciando cada rasgo de mi rostro. Perplejo de tanto silencio, de tanta ausencia del movimiento, pues sólo deseabas una frase, esa frase que sabias yo nunca diría.

Y por fin, tus labios se arriesgaron y empezaron a saludar a mis labios, al momento sentí como se paseaban por cada rincón de mi cuerpo, excitándolo, calentándolo con la presión de tu lengua.
Tus caricias fueron quitando mi ropa delicadamente.

Era tan fácil percibir el temblor que se escapaba de mis ingles. Entonces tu sexo empezó a acercarse a mi sexo. Me hiciste completamente tuya.

Tumbados, entrelazando nuestras piernas, era como si fuéramos uno solo. Nuestras respiraciones se unieron, tu corazón se desbordaba, te notaba tan cerca, tan real.

Marta Cerezuela.

- Primer relato libre -


Ese día en que empecé a tener consciencia estaba todo tenebroso, tenía compañeros siempre a mi lado, eran de distintos orígenes aunque eso no nos detenía para que habláramos o incluso disfrutáramos juntos mezclándonos y haciendo cosas bonitas. Durante algunas horas del día había luz donde siempre teníamos oscuridad y entonces era cuando nos dábamos cuenta de que todo estaba lleno de colores y brillos a nuestro alrededor. Todavía no éramos nada a pesar de que sabíamos que en algún momento podríamos ser cualquier cosa.

Hubo un día en que entro la luz y yo conseguí  salir de aquel lugar nocturno. Me hizo mucha ilusión, estaba emocionado por saber que sería, por saber en qué me convertiría. Eran unas manos muy agradables las que me cogieron para empezar a darme forma y un compañero con mucho brillo de aquel primer lugar donde viví ayudo en el proceso de mí crecimiento. Al principio me hicieron un poco de daño, me retorcieron, pero fue un dolor necesario para empezar el trabajo que me llevaría a la calle. Les llevo varios días llegar al resultado que se habían propuesto para mí, me mezclaron con más compañeros y otros tantos ayudaron a la creación, eran todos muy bondadosos y creativos.

Una mañana cuando desperté tenía un espejo cerca y al mirarme me quedé asombrado del magnífico trabajo que habían hecho conmigo, me convirtieron en algo precioso, en algo que cuando saliera a la calle todos me mirarían y querrían tenerme para ellos. Lo que todavía no sabía yo era que para ese momento aún quedaban semanas, pues me metieron en otro sitio negro durante varios días más, notaba como se movía todo, me zarandeaba de un lado a otro sin poder hacer nada para remediarlo, hasta que por fin alguien me saco de ese lugar negro y pude resplandecer como debía.

No estaba sólo, y tampoco parecía que fuera tan único como creía que era, no era algo especial y eso me hizo entristecer un poco. Estaba situado en el medio de una habitación muy grande, desde ahí lo podía ver todo, veía a todos mis compañeros y compañeras, a simple vista todos nos parecíamos, aunque cada uno éramos de un origen y un color diferentes. Estuve varios días triste, sin ni siquiera querer hablar con nadie ni mirar demasiado a mi alrededor, pues me ponía cada vez más depresivo al ver que algunos de mis compañeros salían muy pronto de esa habitación gigante, mientras yo seguía en el mismo sitio día tras día.

De repente me colocaron en otro sitio de la gran habitación, era más vistoso y tenía más cerca que nunca a una compañera nueva que todavía no había visto. Un día ella se atrevió a hablar conmigo, yo todavía no me había dado cuenta del cambio de lugar que me habían hecho, no era consciente de que ahora estaba situado en un sitio mucho más atractivo y con nuevos compañeros y compañeras, eso me empezó a animar. Las palabras de mi nueva compañera me hicieron sentir mejor, lo más importante es que hizo que me fijara más en mi alrededor, en ese momento me di cuenta de lo especial que era, tenía complementos que ninguno más tenia, era de un color único en esa habitación donde habían miles de colores,… después de ese instante ya no volví a estar triste, sino que cada día estaba más y más contento, pues seguía fijándome en los detalles y cada vez veía más diferencias con mis compañeros, eran cosas que me hacían exclusivo.

Esa compañera que un día me hablo quería hacer equipo conmigo, quería sentirse única a mi lado, que fuéramos una pareja envidiable para nuestro alrededor, pero aunque juntos hacíamos una gran pareja nos faltaban compinches con los que haríamos algo especial y con un sentido único e inigualable. Así que empezamos a reclutar socios, cada uno de ellos tenía que ser especial en su ámbito, hasta que un día pudimos estar en el mejor lugar de la gran habitación todos juntos.

Habían pasado varias semanas incluso diría que algún mes pero por fin empecé a ver la calle y a todas esas personas que pasaban por delante, unos iban con prisas, otros solo paseaban, pero los que más me gustaban eran los que se paraban para admirar nos, para admirar el gran equipo que conseguimos hacer mi pareja perfecta y yo con todos nuestros especiales amigos, pues nuestro gran sueño era poder salir de ese lugar y pasear por las calles de la ciudad, queríamos disfrutar de un paseo, de sentarnos en un parque o simplemente de estar parados en medio de una gran avenida donde la gente va y viene sin preocuparse demasiado de lo que pasa a su alrededor, y ahora estábamos más cerca de conseguir ese gran sueño.

Llevábamos 3 días viendo la calle, observando a las personas que pasaban por esas aceras anchas que recorrían una gran avenida, y por fin una de las personas que nos admiraba decidió tenernos solo para él, decidió lucir por la ciudad con nosotros. Él se llamaba Carlos, nos sacó de esa gran habitación un poco a oscuras, estuvimos horas en ese lugar donde solo entraba algo de luz, una luz que calentaba y nos hacía sentir muy a gusto a todos juntos allí dentro, pasaron horas antes de que nos sacara de allí y viéramos su hogar.

El hogar de Carlos era algo especial, nada más verlo me pareció increíble, era como si estuviera hecho para vivir allí con él. Lo primero que vi fue una habitación, no tan grande como en la que había estado viviendo los últimos meses, pero estaba llena de cosas bonitas, cosas únicas entre ellas, cosas inmejorables, todas me gustaban y pronto se convirtieron en amigos y amigas para toda la vida, habían cosas brillantes aunque discretas, varios éramos iguales entre nosotros aunque a la misma vez éramos y nos sentíamos únicos, todos nosotros teníamos socias con las que hacíamos unas parejas increíbles y luego estaba el resto del equipo que sin ellos nada tenía sentido para nosotros, me sentía en casa pues todos nos entendíamos y nos respetábamos.

Carlos ese mismo día decidió escoger a mi gran equipo para salir a cenar. Todos estábamos nerviosos por ser nuestra primera noche por la ciudad, nos fuimos en coche hasta un restaurante muy elegante donde Carlos saludo a muchas personas a las que adulaba por sus prendas al igual que le adulaban a él. Nos sentamos todos en una mesa redonda muy amplia. Pasaron horas allí sentados comiendo cosas muy vistosas y bebiendo vino tinto, hablaban entre ellos, reían y brindaban con sus copas, mientras nosotros esperábamos que ninguna gota se callera sobre él. Al salir de allí y volver al coche Carlos nos llevó a un sitio donde la música estaba algo elevada y no paraba de bailar, todos estábamos muy contentos y espitosos, no queríamos que esa noche terminara nunca, estaba siendo una noche increíble, estábamos conociendo a muchos más como nosotros, eran todos especiales y en aquellos sitios todos éramos únicos y todos estábamos felices, pero la noche termino y llegamos a casa, a nuestro nuevo hogar, donde Carlos nos dejó en esa habitación llena de cosas increíbles.

Durante días veíamos como Carlos entraba y salía sin ser nosotros su elección para ese día, pero mientras estábamos en esa habitación lo pasábamos bien con el resto de nuestros nuevos amigos que con el tiempo se convirtieron en nuestra gran familia, cada día nos tocaba a unos salir a la calle y cuando volvíamos nos contábamos todo lo que habíamos vivido, con lo que los días pasaban realmente rápido y sin darnos cuenta pasaron años y años, en los cuales entraban nuevos compañeros más bonitos en esa habitación, aunque Carlos nos seguía queriendo a todos los que permanecíamos allí.

Recuerdo que era un domingo por la mañana cuando Carlos entro en la habitación con traje pijama, ese día no se disponía a elegir a ninguno de nosotros para salir a la calle, ese día empezó a deshacerse de cosas, y es que al fin y al cabo solo éramos ropa, y ya éramos ropa vieja, en concreto mi equipo y yo, era unos simples pantalones de pinzas granates, mi pareja perfecta era una americana de un tono granate a juego conmigo, la camisa blanca que tantos años había estado refugiada dentro de la chaqueta, el cinturón negro y reluciente que tan bien hizo su trabajo, aguantándome para que no me fuera a saludar a nuestros amigos los zapatos negros, que siempre estaban dispuestos a llevarnos a todos de un lado a otro de la ciudad, todos llevábamos 8 años en el vestidor de Carlos, ya estábamos muy gastados, habíamos salido muchas veces de fiesta y cenas, y la verdad que no nos importaba dejar paso a la juventud, a cosas más modernas y nuevas, brillantes y relucientes, así que irnos a la bolsa donde descansaríamos para siempre no era tan doloroso como parecía.

Marta Cerezuela.

lunes, 19 de marzo de 2018

Poco hecho



Poco hecho

Conduce su furgoneta y en la radio suenan “Love of Lesbian”, no es que sus canciones le gusten especialmente pero las letras le parecen interesantes, reflexiona sobre trozos de frases que hablan de libros de auto-ayuda, Murakami, el sexo, la muerte y cómo sobreviven los seres vulnerables en un mundo inestable. No se cree vulnerable, al contrario, hace ya tiempo que se siente crecida y poderosa, se han despertado en ella instintos que le atrapan y en cierta medida también le preocupan.

Esta mañana temprano salió de Corral Rubio, quiere llegar pronto a la clínica en Albacete, es posible que cuando llegue, el pequeño Saul ya esté muerto, ayer lo dejó solo y agonizando, aún tiene presente su respiración entrecortada y el movimiento fatigoso de su abdomen, ya ha decidido que si no ha muerto le ayudará a morir. Todavía se pregunta porque estudió veterinaria, pero sabe que le atrae la muerte y le gusta estar presente cuando la vida se detiene, ver como la quietud y la falta de aliento inundan un cuerpo.

De pequeña en él pueblo jugaba con sus primos a ¨morirse¨ como ella decía, se desplomaba de repente y dejaba su cuerpo inerte en el suelo. Así podía estar horas, paralizada como en trance, llegaba a controlar su respiración y podía debilitarla hasta el límite vital haciéndola casi imperceptible. Luego se dejaba zarandear y arrastrar como un amasijo de carne, apretujada y pellizcada, continuaba impasible, incluso alguno de sus primos más osados llegaba a meterle mano por debajo del vestido apartando su bragas y buscando su sexo con dedos escrutadores, pero ella seguía igual, inalterable y estática, con los ojos cerrados como si ya no habitara vida alguna en su cuerpo.

También recuerda como le gustaba ir a la carnicería de su tío Tomas, admiraba su habilidad como matarife y le encantaba contemplar como descarnaba los cuerpos aun calientes de los animales para convertirlos en piezas descabezadas que luego colgaba en la cámara frigorífica. En alguna ocasión su tío le enseñó de forma furtiva como temblaban algunas de esas piezas suspendidas de los ganchos, para ella, aquello era algo mágico y tétrico.

Pero lo que más le atraía realmente de la carnicería era la imagen de su tía Miguela sentada frente una fría mesa de acero inoxidable agarrando pedazos de carne para meterlos en la trituradora. Lentamente su tía hacía girar la manivela y las cuchillas desmenuzaban músculos, grasas y nervios, para convertirlos en un montón de carne picada que salía por los orificios de la máquina y caían sobre un enorme papel de estraza. Muchas veces su tía, con cierta complicidad, hacía que Dolores se acercara a la mesa para poder apreciar el aroma de la carne fresca, cogían un puñado con las manos y jugando con su textura se la llevaban a la boca, de ella aprendió a masticar y apreciar el sabor de la carne recién cortada. Además recuerda el olor característico de la carne que se quedaba impregnada en sus dedos y como a lo largo del día se los llevaba a la nariz para revivir esos momentos, sin dejar de pensar que hubiera ocurrido si metiera un dedo por la tolva de la máquina.



Ya tiene aparcado el coche frente a la clínica, coge su maletín y sube la persiana metálica con energía, odia el letrero “Life Canin” y la imagen del perro sonriente que preside la puerta de entrada, piensa que no debió de hacer tantas concesiones a su socio. Desde el vestíbulo se oyen los estertores del animal, enciende las luces y se dirige a su despacho, deja el maletín sobre la mesa para ponerse una bata verde del perchero y atravesar el pasillo que conduce a la sala de jaulas, allí esta Saul, tumbado, el perro se ha percatado de su presencia y la persigue con el hocico buscando su atención. Dolores se acerca a su jaula, abre la puerta y le quita el collar, ambos se miran por unos instantes, ella le sonríe mientras le atenaza la boca con una mano y comprime fuertemente su cuello con la otra, el perro se resiste pero las manos de Dolores son rudas y fuertes.

Dolores observa ahora la imagen inerte del animal y de forma inconsciente se lleva las manos a la nariz, aun puede distinguir en sus dedos restos de ella, acaba de recordar la visión desnuda de Mónica, tumbada y abandonada en la cama, mostrando su cuerpo vulnerable, sonrosado y tierno, poco hecho. Mónica es una joven vegetariana, delgada y elegante que trabaja de dependienta en Mango, las dos saben que su relación no atraviesa un buen momento, aun así hoy temprano han dejado que sus lenguas se exploren y acaben encontrando sus sexos.

Mónica está cansada de juegos, pero esta mañana ha vuelto a obedecer cuando Dolores le ha puesto una mano en su garganta y le ha dicho al oído, “- hazte la muerta”, mientras la masturbaba de forma frenética. El placer y la agonía se han unido por un momento hasta correrse. Después silencio y calma, Mónica ha permanecido tumbada en la cama, relajada y ausente, Dolores se ha ido a la ducha y ha puesto su canción preferida “Love is to Die” de Warpaint.

A Dolores le pierde el cuerpo apetecible de Mónica y la inocencia perturbadora que le rodea, pero el miedo se ha apoderado de su relación, sabe que la quiere dejar y no soporta la idea del abandono. Es un sentimiento que le persigue desde la infancia cuando fue abandonada por sus padres en Coral Rubio, criada por su abuela y tíos tuvo que sobrevivir en un ambiente rural cargado de juegos masculinos ausencias maternas y sin espacio para la compasión, donde la convivencia con los animales hace que la vida y la muerte se entrelacen en lo cotidiano. Dolores no entiende a los seres vulnerables, piensa que deben ser sacrificados.

Mónica ha comenzado a dudar de su sexualidad, quiere ternura, le atrae lo bello y elegante y está cansada de juegos y dominaciones, empieza a estar asustada, hace unos días encontró escondido en el armario dos bisturíes unidos al consolador que tanto placer les ha proporcionado y cada vez que inician su ritual amoroso de juegos cierra los ojos y espera que esta vez no le ponga el collar de perra, le meta el consolador por la vagina y le diga al oído “muérete”.



Paco Florentino

19-03-2018

domingo, 18 de marzo de 2018

ENTRE CUATRO PAREDES


La ciudad del amor  era un pequeño salón en el que vivíamos con pasión cada una de las veinticuatro horas del día. No necesitábamos candados en los puentes y tampoco fotos en lugares emblemáticos. Cada abrazo era una excursión hacia un paraje desconocido, cada beso un monumento que se visitaba mil veces, y todo recogido entre cuatro paredes. Es lo que tienen los amores clandestinos que no pasean por lugares concurridos pero transitan por la ciudad de los afectos, la ruta de los sentimientos y el océano de los sentidos.

Gustavo

domingo, 11 de marzo de 2018



LA CASA DE LAS VENTANAS

En la primavera de mil novecientos setenta, mi empresa me destinó a Tryp City, (Ciudad de los Viajes). Entonces ignoraba que existiera una ciudad que pudiera llamarse así en todo el Estado de Minnesota. A decir verdad, cuando el jefe lo propuso no pensaba que una población con ese nombre, entrara en los planes de promoción de una empresa dedicada a la venta de comida para animales domésticos. ¿Qué se les había perdido allí? Era más bien una ciudad  pequeña, apenas tenía censados veinte mil habitantes y  no os miento cuando os digo que en invierno, hacía  un frio polar. Me daba vueltas la cabeza –algo así como vértigo- solo de pensar en vivir bajo esas condiciones climáticas y tampoco llegaba a entender como una mascota –por lo delicados que llegan a ser los animales domésticos- era capaz de soportar las bajas temperaturas de aquellas noches interminables de invierno. No era posible que cualquier animal hogareño, -ni ataviado de lana-  se resistiese a acabar con congelaciones, si el dueño insistía en sacarlo  a dar un paseo nocturno con el fin de satisfacer sus necesidades fisiológicas. Tras pensarlo hasta altas horas de la noche, me convencí de que ese proyecto tenía las horas contadas, lo tenía tan claro que ni tan siquiera me  puse a preparar las maletas. Además no tenía ninguna intención de irme de Pensilvania, me venía francamente mal, acababa de conocer a una chica que me gustaba, se llamaba Linda, nos veíamos a menudo desde hacía unas tres semanas. Me largué a la cama con una decisión tomada: ¨Si la empresa continuaba adelante con esa idea tan descabellada, les diría que el jefe mandara otro vendedor¨
Unas horas después me desperté con una pesadilla. El corazón bailaba desbocado dentro del pecho y mi cuerpo sudaba con profusión. Segundos más tarde había cambiado de opinión. La responsable de aquel cambio repentino no era otra que Karen, mi compañera agregada del gabinete de ventas, una rubia delgada, de piernas estilizadas que a diario se pintaba los labios de color rojo. A menudo paseaba por las oficinas, exhibiéndose con actitud sensual y provocativa que subía de tono cuando el jefe nos llamaba a su despacho. No albergaba dudas al respecto, aquella pesadilla me lo acababa de advertir; si rechazaba el trabajo ella, no dudaría en correr a solicitarlo de inmediato, para quedar bien ante el jefe. Luego, tras colgarse los galones suficientes para devaluarme ante sus ojos, estaría en buena disposición para desplazarme de mi puesto como coordinador de ventas del departamento. No podría haber seguido trabajando en aquella empresa siendo un subalterno; mi vida se hubiera convertido en un infierno. Nunca le caí bien a Karen desde que la destinaron a mi  departamento siempre que estaba en sus manos me hacía la vida imposible. Estaba convencida, de que ella tenía más cualidades que yo para desempeñar mejor el cargo que me había asignado el Consejo Directivo.
 Seguro que de su sensual boca, saltaba un rotundo: ¡SI! No se lo iba a pensar dos veces, en cuanto se lo ofrecieran. No podía arriesgarme que fuera a Trip  City,  le salieran las cosas a pedir de boca y volviera al departamento, con un cartel de impresión, más triunfal y altanera de lo que ya se mostraba en el día a día, con su trabajo. De inmediato yo pasaría a segunda línea, convertido en chupatintas, uno de esos pobres diablos que se arrastran de despacho en despacho todo el día anotando números para confeccionar estadísticas. No tuve más remedio que aceptar la oferta. ¿Cómo iba a permitir que se fueran al traste los logros que con tanto esfuerzo había alcanzado después de tantos años en la empresa?  Ningún vendedor, hasta ahora, había llegado tan lejos como yo lo había hecho. Durante muchos meses, a lo largo de años, había ostentado el primer lugar en el ranking de ventas, lo cual, no cabían las dudas, me había hecho merecedor del puesto que actualmente ocupaba.
            Llegué al atardecer, a Trip City, tras un largo viaje en bus de ocho horas, después de aterrizar en el aeropuerto de Minneapolis. Mientras despegaba los párpados tras haber intentado dormir algo durante el trayecto, sin haberlo apenas conseguido, contemplaba desde mi asiento como el bus se adentraba en unas de las calles desiertas. En verdad tal como había sospechado, con solo entrar en la ciudad  me pareció inhóspita.  Cuando el  bus se detuvo, fui el único viajero que se apeó en aquella parada. El conductor, un hombre negro que portaba en su cabeza una gorra del equipo de beisbol de los Minnesota Twins se levantó de su asiento, abrió el maletero y descargó mi equipaje. Hice rodar mi maleta, sobre una acera repleta de  planchas de hielo grisáceo en descomposición, andaba con cautela para no resbalar, saqué de mi bolsillo una libreta de notas: Hotel Town-Place; Street: Nº 635-D;  Dto. 2ª Nº 112. En el cielo, las nubes flotaban pegajosas a unos metros de mi sombrero, en ese momento silbé a un taxi que venía calle abajo. Le mostré la dirección, sin mediar palabra, activó el taxímetro y se puso en marcha.
            Era un hotel antiguo construido quizás unos cincuenta años después de que se firmara la Independencia, había sido restaurado en dos ocasiones la última hacía tan solo unos tres años. A primera vista parecía confortable, en la radio de recepción se escuchaba música ambiental y había flores en todos los jarrones del hall. Un botones negro se encargó de subir el equipaje a mi habitación, cuando salió tras soltarle una suculenta propina cerré la puerta con llave, deposité mi maletín en el suelo, lancé mi sombrero sobre la cama, colgué la gabardina en el perchero y me tumbé en la cama. Mientras exploraba el techo desnudo de la habitación, me quedé dormido. Al despertar, tuve  la sensación de haber soñado bastante, aunque no conseguía recordar nada. Estaba sobresaltado, sin motivo alguno sudaba al mismo tiempo que sentía mi piel irritada, como si alguien se hubiera dedicado a derramar sobre ella  algún producto tóxico mientras dormía;  lo cual no era posible pues no me había dado tiempo a quitarme la ropa al caer sobre la cama. Miré las agujas del reloj en mi muñeca, eran las tres y cinco de la madrugada. Unos destellos de luces furiosas se reflejaban en los cristales de la ventana. No tardé nada en levantarme y abrirla, a continuación me asomé a la calle. Era muy estrecha,  enfrente de mí se alzaba  un enorme edifico, lo mismo si estiraba los brazos podía llegar a tocar sus paredes. Era gigantesco daba la impresión de ocupar una  manzana entera. No se parecía en nada a ninguno de los otros edificios por donde anduve nada más llegar. Su fachada estaba  iluminada con miles de luces de neón que destellaban sobre el gris del cielo, que continuaba ennegrecido y sin estrellas. Tenía forma de prisma y una de sus aristas casi llegaba a tocar la pared de la casa que lo circundaba. Era como un abanico de colores  lanzado al océano de la noche para iluminarlo sin descanso, debajo de cada neón pulsante incrustadas dentro del ladrillo se podían contemplar   innumerables ventanas, todas del mismo  tamaño, dispuestas en largas e inacabables filas centrales ,una por cada piso del edificio Al parecer estaban dotadas de un sistema mecánico, eso explicaba que acompañando la orquesta lumínica, unas persianas blancas de manera rítmica se abriesen de izquierda a derecha y luego se cerraran  en sentido contrario, siguiendo siempre la misma cadencia. Al principio llegué a pensar que podía tratarse de una gran nave espacial, que emitía mensajes de colores hacía el firmamento  en mitad  de una ciudad perdida en la geografía del Norte de los Estados Unidos de América. Aquella visión no me intranquilizo, muy al contrario, acabó con el sobresalto con el que me había levantado hacía unos minutos y mi mente se dispuso con placidez a entrar en un estado celestial, como sí de un trance se tratara. Cerré la ventana, me di una buena ducha caliente y no sabría explicar  el porqué,  pero me tragué un somnífero; lo mismo  porque deseaba volver al sueño de donde me había arrancado esa visión embrujada.
Lo cierto es que a la mañana siguiente, todo vino rodado. Tryp City  era una ciudad que en nada se parecía a otras en las que había intentado la promoción de ventas de mis productos. Desde el principio tuve la sensación de estar como en casa (a pesar de lo inhóspita que me había aparecido a su entrada) como si desde siempre aquella ciudad, hubiera estado esperando mi llegada. Era abrir los catálogos y llover pedidos. En dos días había cerrado seis contratos, cuatro de ellos en nuevas zonas comerciales que proliferaban como hongos, en las afueras de aquella gélida ciudad y otros dos, en negocios caseros, pero no por ello menos sustanciosos. Al mediodía, descansaba en un bar del centro. Sentado en un taburete de la barra, una joven y agradable camarera me servía una hamburguesa especial con un batido de frutas. Aquel lugar me reconfortaba. Al acabar salía del bar con un café largo bien cargado y reanudaba la jornada, hasta que las espesas nubes negras de  nuevo rozaban las alas de mi sombrero. Eso tenía lugar alrededor de las seis de la tarde.
Regresaba al hotel, y sepultaba mi cuerpo cansado sobre la cama, apenas me  quedaban fuerzas para quitarme la ropa; el cansancio cerraba mis párpados ocultándolos en el sueño. Habría pasado al menos una semana, cuando en medio de una noche desperté de nuevo sobresaltado y volví a sentir la misma irritación en la piel que días atrás, aunque esta vez era mayor la sensación de escozor, llegó a ser tan intensa, que frote profusamente mis brazos; un sarpullido rojo apareció a lo largo de la piel de mis brazos y se extendió rápidamente hasta el pecho. Froté mi piel con saña hasta que se alivió la sensación de prurito, cuando de nuevo en la ventana se reflejaban las luces de la calle. Al abrirla hizo de nuevo su aparición, en medio de la noche, como surgido de la nada  el mismo bloque de aquel gigantesco edificio. Recordé la conversación que había mantenido con  el botones hacía unos días en la escalera, cuando le pregunté si podía decirme algo al respecto de aquel fantasmagórico bloque de viviendas. Dijo que se llamaba “La Casa de las Ventanas” que había sido una fábrica de cerillas propiedad de un rico financiero que vino desde Alabama a Minnesota. Hacía tiempo que el negocio se había ido a pique. Bajaron las ventas cuando un buen día saltaron al mercado los mecheros de gas y tras perderlo todo, el negociante acabó marchándose. Desde entonces la fábrica estaba abandonada, ahora  no era más que un basurero, un estercolero, en donde se amontonan junto a la basura: vagabundos, mendigos, prófugos, alcohólicos drogadictos y prostitutas. Estaba pendiente de una orden de derribo pero las autoridades no se atrevían a ejecutarla. La verdad es que no daban con el paradero del propietario y mientras no lo hicieran, no estaban seguros de que fuera legal derribarla. El asunto está en manos de un juez, pendiente de veredicto.
¡Cómo no había caído en la cuenta! tantos días en la misma habitación, y aún no había visto que la ventana daba a una especie de balcón diminuto, con un descansillo desde donde comenzaba una escalerilla de hierro que se descolgaba hasta la calle. Uno a uno bajé los escalones. Abajo se amontonaba la basura, se veían correr las ratas y las paredes repletas de pintadas daban una impresión de abandono y miseria a toda aquella manzana. La calle era tan estrecha que tenía que apartar los cubos para poder andar, en ocasiones tuve que avanzar con el cuerpo ladeado rozando las paredes con la espalda. Me detuve al llegar a la altura de una colosal puerta metálica pintada de azul con una gran mirilla. Las luces de neón comenzaron a encenderse, al juego de colores se sumaron los ruidos acompasados y maquinales de un abrir y cerrar de ventanas. Golpeé con los nudillos, alguien desde dentro la dejó entreabierta. La impulsé con las manos, momento en el cual  las luces de neón se encendieron y parpadearon con tal intensidad; que acabaron por lanzar después de transformarse en una nube refulgente, una especie de radiación que me alcanzó de lleno. A modo de un calambre electrizante se esparció con gran impulso a través de mis fibras nerviosas. La puerta cedió al empuje de mis manos hasta quedar completamente abierta. Di varios pasos  al interior  de aquel edificio que parecía engullirme. No sentía miedo, sólo experimentaba la sensación de  una fuerza desconocida, como si un inmenso imán me atrajese sin remedio hacia algo desconocido. Andaba por una gran sala de forma piramidal, hasta que se abrió a mis pies un gran foso negro y redondo; era como una gran espiral alargada en forma de caracol con rampas deslizantes. Pensaba que iba a resbalar si intentaba seguir, pero al dar un paso adelante me percaté que mis pies permanecían estables, anclados al suelo. Al bajar  por las rampas, mostraban colores diferentes según al nivel que descendía;  muchos  de los cuales mi retina era incapaz de reconocer. Continué bajando siguiendo aquellos sinuosos caminos hasta perderme en un profundo laberinto subterráneo en las mismas entrañas coloreadas de la tierra. No sé cuánto tardé en llegar hasta el final del foso, pero cuando lo hice una gran plancha de metal rojo y caliente vibraba bajo mis pies. Se trataba de una vasta plataforma, me instalé encima de ella, segundos después comenzó a descender, cuando se detuvo: ante mis ojos se exhibía una gran ciudad con un cielo repleto de estrellas. Los enormes edificios conformaba inmensurables avenidas que descansaban sobre  grandes columnas de neón y de cada uno de los bloques se lanzaban interminables haces de luz que dibujaban un firmamento repletos de puntos de luz que me alumbraban. La gran caricia de la ciudad de la luz se expuso en toda su grandiosidad  ante mí. De repente sin saber porque, pensé en mis ventas del día siguiente, y en que tal vez Linda  creyera mi historia cuando se la contara. 
─Jefe,  la policía ha encontrado a James -dijo un empleado con voz cínica- Se ve que ha liado una gorda.
─ ¿Dónde está ese cabrón? Cuando lo tenga delante de mí, se va a enterar. Firmó cientos de contratos en ventas, en Tryp City, le enviamos las partidas y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra─
─Lo encontraron en una fábrica abandonada, ha llamado el médico de la cárcel, dice que tiene alucinaciones o algo así.
─ ¿Han dicho algo del dinero? De lo que me ha robado estos meses
─No, de eso  no han dicho nada─
──Llamad a Karen y que salga ahora mismo para Triyp City, -el jefe agitó sus brazos al aire, con gesto de rabia y dijo-, ¡A ver si nos enteramos de que pasa!──
En el penal, psiquiátrico de Los Ángeles comenzaba un encuentro entre James y el psiquiatra de la cárcel.
──Dígame James – pregunto el psiquiatra- ¿le suena el nombre de una ciudad que se llama Tryp City?  ¿Golpeó hasta matar a un mendigo en la antigua fábrica de cerillas?
James levanto su mirada, suelta y relajada- sonrió-
─Hábleme de esa ciudad ¿Es allí donde esta ¨  La Casa de las Ventanas¨?
En ese mismo instante Karen, bajaba del autobús en Tryp City, la tarde era como siempre grisácea, gélida y caía como una gran penumbra sobre su espalda.




ENGAÑO



-Estoy reunido con mi socio y no quiero que nadie me moleste.
-Tranquilo jefe, aunque aparezca la división acorazada Brunete no los dejos que pasen.
-Bueno Alberto, ahora ya estamos solos tú y yo y quiero que me respondas sinceramente a una pregunta.
-Dime Miguel, ¿a qué viene tanto secretismo?
-¿Tú sabes lo que yo siento por mi mujer?. La quiero más que a nada en el mundo.
-Si claro y ¿por qué me haces esa pregunta?
-María y tu tenéis mucha complicidad  ¿no es cierto?
-Sabes que somos buenos amigos, nos conocemos hace mucho tiempo y compartimos un montón de aficiones.
-¿Y algo más?
-¿Qué quieres decir?
-No voy a seguir creando un clima de misterio, con  algo que es muy evidente. Lo sé todo lo que está pasando, me estáis engañando.
-Pero que tonterías estás diciendo, Miguel tranquilízate por favor
-No son tonterías y tú lo sabes ¿dónde estabais el jueves de la semana pasada?,  vamos a ver si te atreves a negarme que os vieron juntos en el hotel Barceló y no es la primera vez que esto ha ocurrido.
-Por favor Miguel, no voy a entrar en ese juego tan sucio
-¡Quieres contestarme!
-Nada de lo que estás insinuando es cierto.
-No lo niegues,  lo sé todo,  estoy locamente enamorado de María y su conducta me está resultando tan extraña en las últimas semanas,  nos conocemos tan bien, y no me cuadra, para nada su comportamiento actual….
-Estará atravesando un mal momento ¿por qué no le preguntas a ella?
-No soportaría que me engañara con excusas y evasivas, de manera que decidí ponerle un detective.
-Estás loco, ¿cómo te has atrevido?
-Simplemente estoy en mi derecho de saber lo que está pasando con mi matrimonio.
-Pero no de esa manera tan sucia
-Lo que nunca me hubiera imaginado es que mi mejor amigo fuera capaz de engañarme, robando lo que yo más quiero. Ahora atrévete a negarlo de nuevo
-Te estás equivocando. ¿por qué no hablas con María antes de sacar conclusiones?. Pero, hazme un favor, no le cuentes tu innoble conducta siguiendo sus pasos.
-Para que le voy a preguntar nada si ya sé las respuestas, no podría resistir escucharlas en su boca, por eso he decidido hablar contigo y pedirte por favor, suplicarte  si lo prefieres,  eres mi última baza. Por la amistad que hemos tenido lárgate, desaparece de nuestras vidas.
-Miguel estás equivocado,
-¡No insultes a mi inteligencia!, te digo que tengo las pruebas del engaño.
-En fin. le di mi palabra a María, pero creo que no tengo más remedio que incumplir esa promesa.
-De que me estás hablando.
-Está bien Miguel, es cierto que María y yo nos hemos estado viendo pero no por lo que tú estás insinuando.
-No me cuentes una patraña, me haría sentir peor.
-Desgraciadamente no es una patraña, María está enferma, se va a morir en unas semanas y te quiere tanto que no se atreve a hacerte sufrir contándote lo que pasa, prefiere retrasar el momento en el que tu conozcas la verdad, me ha estado usando como paño de lágrimas, si no llega a contar conmigo, hace días que habría estallado loca por el dolor. De manera que guárdate las fotos del detective y sobre todo esconde bien el resultado de esta conversación,  ahora te toca a ti cargar con esta pesada carga, ocultar el dolor y la pena por la pérdida.

Gustavo

sábado, 10 de marzo de 2018

CAMARADA


CAMARADA (Extractos del diario de una maestra republicana)
Valencia, 25 de Mayo de 1937.
Como cada día me he levantado cuando todavía no había salido el sol, después de una larga noche de bombardeos. A pesar de que cada vez caen más cerca y, a veces, tiembla la casa, ya no bajamos al refugio. Solo mi abuela Rita y el gato.
Mientras desayuno eso que llaman café -pura achicoria-  me gusta ver a lo lejos las primeras luces del alba.
Pienso en los niños que me esperan en lo que, así recién levantada, todavía con el calor de las sábanas pegado a la piel, me parece el otro lado del mundo: Coger el tranvía que va al Cementerio en las Torres de Quart, bajarme en la Cruz Cubierta y caminar entre huertas hasta la escuela de La Torre…
Pero ellos rápidamente me hacen olvidar el duro despertar de cada día. Siempre quise ser maestra. Ver cómo se ilumina en sus ojos la chispa de la curiosidad, el deseo de aprender.
Son niños y niñas de las alquerías, la mayoría de las familias no saben leer, pero quieren que sus hijos aprendan. Me respetan y me aprecian.
Y yo tengo también que estarles muy agradecida, no solo por su aprecio sino porque gracias a ellos podemos comer en mi casa muchos días. La familia de Pere me hace llegar ¡un pan blanco! y la de Quino unos huevos, María, de vez en cuando un quesito de servilleta, unas pastas, naranjas…alguna vez, para fiestas, un “conillet”. Valiosísimos tesoros cuando el hambre reina en las calles de la ciudad. Ya no quedan ni ratas.
Cuando he bajado a la calle he tenido que ir sorteando las nuevas ruinas de la noche.
Hoy el tranvía ha llegado casi a su hora, un milagro, ahora nunca se sabe si llegará y cuándo.
Conforme nos alejamos, la huerta se va abriendo camino entre las casas.
Cada mañana me acompañan los primeros rayos del sol, el fuerte olor del humo de alguna chimenea, de la tierra removida y esquilmada, vacía de frutos, de algún brote de azahar, las alegres conversaciones de los pájaros, pero, sobre todo, me acompaña él: Mi compañero Antonio.
Lo movilizaron en Octubre al frente de Aragón.
Sus ojos llenos de lágrimas pero brillantes de ilusión, sus besos al aire, como queriendo compartir conmigo el universo, el puño en alto alejándose en el andén.
-¡Venceremos camarada!
 Me aprendo de memoria las cartas que me vienen de vez en cuando y me las repito con su voz para alegrarme el camino.
Me cuenta que ha organizado entre trincheras un “Rincón de cultura”.
Me escribe:  “Buenas noches, mi dulce compañera. Cuando se callan los morteros y las bombas de mano, y dejan de silbar las balas explosivas de las ametralladoras, se hace un silencio denso que invita a reencontrarse con uno mismo, sentir el cuerpo y casi celebrar estar vivo. En esos momentos me llegas tú, tu sonrisa abierta y acogedora, tus manos protectoras, el recuerdo de tu abrazo, que suaviza como un bálsamo las magulladuras del día, me acuna y me acompaña al sueño breve y siempre alerta.
Hoy tengo una buena noticia que darte. Sabes que aquí muchos camaradas no saben leer y siempre me andan pidiendo que les ayude con las cartas y nos miran con envidia a los que, muy de vez en cuando, podemos leer en los ratos de descanso. Pues bueno, se me ha ocurrido montar un “Rincón de cultura” y no tienes idea del entusiasmo que ha despertado. Todos han ayudado a excavar con las bayonetas un hueco un poco más seguro, incluso hemos improvisado unos bancos y un estante para poner al alcance de todos los pocos libros que disponemos. Un trozo de madera medio quemada se ha transformado en mural que siempre está lleno de fotografías, artículos de escritores y de líderes políticos que hablan de la lucha que sostenemos, de por qué y para qué luchamos. Allí nos reunimos a leer y ayudamos a muchos soldados a ir desvelando letra a letra los secretos de la palabra y a dibujar despacio, con dificultad sus primeros trazos. No sabes cómo se esfuerzan en aprender. Ellos saben mejor que nadie que la cultura es un arma eficaz contra el fascismo.
De lo demás para qué contarte. No quiero ni que lo imagines.
Siempre cerca de ti este soldado de la libertad.”

Me admira la fuerza de sus ideas. Su fe en el poder liberador de la cultura. Pero me aterra pensarlo tan frágil a expensas del capricho del fuego enemigo.
En mi fantasía acaricio su cuerpo querido, sus labios, sus ojos. Creo sentir el olor de su piel, el calor de sus manos.
Imagino una burbuja de cristal que le protege de cualquier mal. La pienso con tal intensidad que me convenzo de su milagroso efecto.
En ese delirio ando hasta que, como cada mañana, cuando llego al puentecillo sobre la acequia, en lo que debe ser un puesto de guardia, me encuentro con un miliciano. Me sonríe, me saluda con el puño en alto, y me regala una flor. Una flor sencilla, pequeña, de las miles que llenan el campo en primavera: “Para ti,  camarada”.
Apenas intercambiamos unas pocas palabras. Ni siquiera sé su nombre.
-Gracias, que tengas un buen día compañero. Parece que mayo se esfuerza en mostrarnos su mejor cara.
Él se queda allí sonriendo, apoyado en su fusil,  hasta que lo pierdo de vista.
Enseguida me llegan las voces de los niños. Ellos me traen los pies a tierra y me llenan de alegría.


12 de Julio  de 1937.
Seguir vivos cada día es una victoria. Desde que el Gobierno de la República se ha trasladado a Valencia siempre estamos bajo la amenaza de los bombardeos.
La subsistencia se hace difícil, solo se encuentran naranjas y arroz con cáscara. La huerta ya no puede dar más de sí, pero todo se va para el frente. Se hace imposible controlar a los que trafican con las pocas existencias que nos llegan. Afortunadamente no tengo problemas para comer, aunque sean piedras. La que lo lleva peor es mi abuela. Se ha hecho famoso su “Mare meva, mig  ou, ¡quina desgràcia!”
Afortunadamente, por unos días, hemos visto brillar la esperanza. Se ha celebrado el 2º Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Hemos podido tocar casi con nuestras manos lo mejor del pensamiento, la luz de las ideas, la fuerza de la palabra.
Han pasado camino de París, dejando atrás una estela de sentido.
¡Cómo lo hubiera disfrutado él!
El verano nos cae a plomo. Suerte que, a pesar del peligro, de vez en cuando puedo acercarme al mar y dejar volar mi mirada hasta el infinito.
Las noticias de Antonio me llegan muy de tarde en tarde. Me habla poco de lo que pasa en el frente. Tiene puesta su ilusión en ver cómo sus camaradas van aprendiendo a leer. Le conmueve ver cómo van descifrando el periódico letra a letra y cómo escriben sus primeras cartas a sus esposas y a sus novias y, a veces, ¡a La Pasionaria! para comunicarle que han vencido al analfabetismo.
Así vamos ganando cada día al desaliento.

27 de Septiembre de 1937
Ayer el cielo cayó sobre nosotros. El bombardeo más terrible hasta la fecha. Cada vez son más frecuentes y destructivos.
Con muchas dificultades, sobre todo con el transporte, hace unos días he podido volver a mi escuela.
Tengo que salir todavía más temprano porque nunca se sabe cómo ni en qué vehículo ni a qué hora voy a llegar.
A pesar de todo cada mañana me espera mi miliciano en su puesto, en el puente de la acequia. Es extraño que siga allí. Que no lo hayan movilizado. Parece que se encarga de organizar las “brigadas de choque”-jóvenes comunistas que van a trabajar las huertas-. Vaya, lo deduzco porque veo cómo se le acercan a veces y él les da instrucciones, porque es parco en palabras. Pero sigue ofreciéndome cada día una pequeña flor: “Para ti, camarada”
Las noticias de Antonio cada vez me llegan más de tarde en tarde. A veces dos cartas juntas y casi siempre ninguna.

10 de Octubre de 1937
¡No estaba! ¡Esta mañana no estaba mi miliciano!
Hoy he salido casi de noche todavía. El camino entre huertas está más difícil estos días por las lluvias.
Empezaba a clarear cuándo he llegado a la acequia y no había nadie. He vuelto más tarde. Nadie.
He preguntado a los jóvenes que intentaban recomponer la huerta después de la inundación. No me han dado razón ninguna.
Sé que Antonio ha muerto. Algo se ha roto dentro de mí. El corazón se me ha detenido, mi alma está vacía…

Aquí se termina el diario. Por lo que sé mi madre nunca volvió a tener noticias de Antonio, se le dio por desaparecido. Su vida se detuvo. Después todo fueron sombras.

Julia















EL CUADRO. (pACO)

EL CUADRO Desde que me encargaron hace más de dos meses - como no podía ser de otra manera-   la restauración de Mujeres de Tahití de...